Novelas de Ciencia Ficción Mexicana

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

Federico Schaffler expone en 1992 que en México hay más de 300 escritores que de una y otra manera practican los géneros alternativos, como son la ciencia ficción, la fantasía, el terror y el nuevo policiaco mexicano. Hay más producción de cuentos, por ser un género relativamente menos difícil de abordar que una novela y por ser más fácil encontrar espacios donde publicar cuentos que los textos de extensión más amplia. Y sin embargo, las novelas de ciencia ficción se han ido abriendo paso en la selva editorial de los años noventa.

Entre las novelas que han despertado mayor revuelo, tanto en la comunidad de los escritores especializados en los géneros llamados por Schaffler alternativos como entre la crítica literaria nacional de los últimos tiempos, están Los mismos grados más lejos del centro (1991), de Gabriel González Meléndez; La destrucción de todas las cosas (1992), de Hugo Hiriart; Tiempo lunar (1993), de Mauricio Molina; Que Dios se apiade de todos nosotros (1993), de Ricardo Guzmán Wolffer y La primera calle de la soledad (1993), de Gerardo Horacio Porcayo. Si exceptuamos a Hiriart, que pertenece al mainstream literario nacional, los autores de estas novelas forman parte de una generación joven de un movimiento que, como Mauricio-José Schwarz lo refiere, durante años había florecido en la obscuridad y en un anonimato alimentado por el rechazo que las élites sentían hacia eso que calificaban de subliteratura.

Gabriel González Meléndez, nacido en Monterrey, Nuevo León en 1960 y autor de la ópera El marciano, escribe su novela gracias a una beca de su estado natal. Los mismos grados más lejos del centro es, como la reseña Federico Schaffler en el primer número de la revista Umbrales, una novela decididamente enclavada dentro del género de la ciencia ficción, a pesar de lo que dice el texto de su contraportada, que sólo insinúa su posible inclusión dentro de este movimiento. A lo largo de sus páginas encontramos robots, hibernantes, asesinos, secuestradores, casas embrujadas por espíritus cibernéticos, androides revolucionarios, abogados-jueces-jurados mecanizados y niños precoces que dominan la lógica. En esta novela que sugiere un rompecabezas en el que todas las piezas al final embonan unas con otras, Mario González, el protagonista, es un programador de computadoras regiomontano que -y volvemos a Schaffler- como acto de rebeldía y único escape a su frustración, decide hibernar y a lo largo de varios siglos duerme y despierta sucesivamente, enterándose así de cómo ha progresado su querido Monterrey y cómo el país ha continuado su historia convulsa y conflictiva. Una especie de novela de la revolución mexicana en clave cibernética cuya acción se ubica en una geografía bien conocida por su autor. Si dejamos a un lado la parafernalia futurista, esta novela bien puede estar contando la toma, por parte de las fuerzas revolucionarias, de una hacienda porfirista. Si esforzamos la vista bien podemos descubrir entre la multitud anónima los rostros del Indio Fernández, Pedro Armendariz y María Felix:

Los hombres de la revolución entraron por los boquetes recién hechos... Otro contingente esquivó este acceso directo siguiendo la ruta de salida de los desorbitados autómatas. Por esos caminos llegaron a otras salas inmensas, repletas de cadáveres y restos humanos estibados sobre anaqueles invisibles. Todo fue cosa de un momento, el ambiente de pronto se cargó de un malicioso silencio y todos los cuerpos de aquella cámara parecieron haber recibido una orden al mismo tiempo. Los cadáveres se incorporaron maltrechos, incompletos, casi todos carecían de cabeza, porque era todo esto lo primero en destruirse en los combates. Deambulaban sin una dirección fija, desorientados, lentos y torpes por la falta de los sentidos de ubicación. Sólo algunos de los que estaban casi terminados, entendieron la orden con precisión, pues con las manos extendidas al frente, como sujetando a un fantasma por el cuello empezaron a bajar en busca de los horrorizados campesinos. -¡Son zombis! -gritaron- ¡Ahora sí lo son! Los hombres dispararon balas a diestra y siniestra sin precisar un punto fijo. El horror, que era distinto al de la sola muerte, les movía los rifles, no con temblores, sino con verdaderas convulsiones. Las balas térmicas que se le alojaban en otras partes del cuerpo distintas a la cabeza, no afectaban el rumbo ni las intenciones de los robots-muertos-vivos.

En la misma vena, pero con una dosis de humor negro y de veneno hábilmente dosificado, La destrucción de todas las cosas de Hugo Hiriart se nos presenta como la crónica de una nueva conquista de México, realizada esta vez por unos extraterrestres tan intransigentes, autoritarios y atrabilados como las propias autoridades del gobierno mexicano a las que desafían a principios del siglo XXI. La historia, contada desde un futuro en que la destrucción ha sido completada, es un resumen de los acontecimientos vividos desde las entrañas de la maquinaria del gobierno, que no logran entender lo que está ocurriendo a su alrededor. El protagonista, un burócrata de apellido Arrieta, es enviado a un pueblo de Nayarit para recabar información sobre ciertos fenómenos inexplicables que allí ocurren, sólo para descubrir que los extraterrestres han llegado a México y se comunican por medio de una interna del manicomio de Puza, Nayarit. Estos seres le entregan un regalo para el propio presidente de la república. Los acontecimientos, como en el teatro del absurdo, se van acumulando con una lógica implacable y una ironía atenta a las formas tradicionales del ejercicio del poder en México: -¿Cómo le fue en Puza, licenciado? -preguntó Puchurreta. La conducta aprendida se hace a veces una especie de instinto: sólo los largos años de refrenarse a sí mismo en las más diversas turbulencias políticas lograban que el secretario de Gobernación no manifestara la ira violenta hacia Arrieta que había ido acumulando desde la lectura del informe policíaco de sus actividades en Nayarit. -Creo que, en cierta medida, podría decirse que muy bien, que el viaje de un éxito... -¿Un éxito?, ¿y qué trae usted en la mano? -Un regalo, señor... -¡Una cerveza de bote! -Puchurreta no pudo más y se puso de pie gritando-: Tiene usted el escaro de venir a mi oficina a regalarme una cerveza... ¿Dónde cree usted que está, Arrieta? -No, no, perdón, es que no es para usted, es para el señor presidente.... -¿Qué cosa? Oiga, pendejo, ¿qué le pasa? Si usted va a creer que voy a permitir... -Permítame explicarme, señor... -...que se burle usted de esta manera no sólo de mí... -...señor... -... sino de la alta investidura del señor presidente... -...déjeme explicarle... -...está usted completamente equivocado... Arrieta avanzó hacia el secretario y puso en la mano la cerveza. -¿Qué?- preguntó Puchurreta cogiendo la cerveza. -Mire, todavía está fría -alcanzó a articular Arrieta. -Cómo que fría, cómo que fría... cabrón, loco, queda usted cesado... Pero en ese momento el bote de cerveza empezó a hacer un ruido extraño, como de mecanismo, y su peso aumentó muy considerablemente, tanto que Puchurreta se vio obligado a dejarlo encima de su mesa. -¿Qué es esto, Arrieta? ¿Qué tiene adentro? -No sé, señor, pero es un regalo que le envían los extraterrestres o lo que sea, al señor presidente. -¿Logró usted entrevistarse con ellos? -Sí, señor, en el manicomio de Puza, Nayarit, y ellos enviaron este regalo. -No vaya a ser una bomba- decía asustado Puchurreta mientras que se cubría discretamente tras su enorme sillón y tras Arrieta. -¿Una bomba? No, no, señor, ¿por qué una bomba? -¿Cómo por qué Arrieta? Para desarticular al país... Tenemos un presidencialismo fuerte, no se le olvide...

Sin embargo, conforme transcurre la historia y se van acumulando los desaguisados, la novela va perdiendo su humor característico y éste queda matizado por el horror mismo de la destrucción de la nación mexicana, con descripciones que parecen tomadas de La visión de los vencidos de origen nahuatl, de las crónicas de la guerra contra los Estados Unidos de 1848 o de la intervención francesa de 1863. Hugo Hiriart cuenta la caída de una forma de vida que, a pesar de sus equivocaciones y cegueras, no deja de luchar por su sobrevivencia con la poca dignidad y el mucho cinismo que le queda, con el extremo pánico que cada integrante trae consigo: ¿Qué más? Que los hombres de seis alas ya fueron vistos en el panteón de San Fernando (donde está enterrado Benito Juárez que sí supo combatir una invasión en este pobre país de invasiones) y por la calle de Santos Degollado, hombres de seis alas y escarabajos de los negros, Jesús, Jesús, los que echan el líquido pegajoso, vámonos de aquí, ¿a dónde?, purifica mi alma el señor, ¿a dónde?, vámonos a donde sea... Y la enorme multitud de la Alameda de Santa María se va poniendo de pie, confundida, caótica y angustiada, un rebaño sin pastor, ya no hay pastores y envenenaron el agua... Dicen que el que bebe agua ve visiones horrorosas, horrorosísimas, tan horrorosas que quiere morir... ¿Qué hicimos, Señor, qué hicimos?... El sitio se apretaba, la ciudad seguía achicándose, remontando su curso histórico, como un fruto que volviera a la semilla, aniquilándose en el tiempo, para atrás, para atrás, deshaciéndose, y ya estábamos en la ciudad virreinal, pequeñita, cayó la Ciudad Universitaria y avanzó el enemigo prendiéndole fuego a los cuerpos que ahí habían quedado, qué chamusquina, demoliendo a un lado y al otro, y fue tomada la Villa de Guadalupe, que parecía inexpugnable, y las ejecuciones en masa se sucedían sin descanso... Entonces sucedió algo horrible: la ciudad, que había estado desde no sé cuándo sin agua ni energía eléctrica súbitamente se iluminó en la noche, todos sus luces se encendieron, quién sabe cómo, faroles, marquesinas, anuncios, todos los focos en todas las casas y edificios, y los radios y las televisiones y se transmitían programas viejos, semiidiotas, en blanco y negro, con entrevistas o canciones, y en los teatros vacíos con proyecciones se representaban obras bien iluminadas o algún ballet moderno y contorsionista, y en los estadios se jugaba fut y beisbol, y se oía la música en las discotecas y salas de conciertos, y las sirenas y alarmas aullaban y los semáforos daban el paso, y en el Palacio Legislativo ante la representación nacional algún presidente rendía su informe de gobierno y volvían a oírse los aplausos. Los fantasmas regresaban a la ciudad deshecha. La gente enloquecía.

Mauricio Molina (ciudad de México, 1959), obtiene el premio nacional de novela José Rubén Romero con Tiempo lunar, una historia de fantasmas citadinos y laberintos por explorar. En ella, la ciudad de México se transforma en una diosa en continua metamorfosis: deidad carnívora y devoradora que representa una vasta visión atrayente y perturbadora, sobre todo cuando la ciudad deja de ser un lugar familiar y seguro. En tal sentido, es necesario señalar que, en buena medida, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 marca, con su carga de muerte colectiva y espontánea solidaridad, de conciencia del desastre e incertidumbre total, a toda una generación de mexicanos. Como dos décadas antes la matanza de Tlatelolco, el terremoto que cimbra a la ciudad de México y cambia su paisaje urbano impone una visión de inseguridad y desconfianza, de catástrofe inminente, a los que sobreviven para contarlo.

Y esto repercute en muchas de las obras de ciencia ficción escritas a la sombra de semejante cataclismo. Sus autores pertenecen a la generación del sismo, como la llama Marco Rascón en su artículo El 19 todo se movió (La Jornada, 20-IX-94), una generación que sdabe que ningún código quedó en pie... nos acostumbramos a ver las cosas como sorteo entre la vida y la muerte, decisiones que vienen de fuera y deciden por todos, sin que podamos hacer nada... los ríos de estupor y dolor se extendieron por doquier y todos tuvimos un embajador entre las listas de los muertos y ellos representaron a la ciudad entera en el inframundo. Por eso, la herida era de todos y por eso el 19 de septiembre se hizo una fecha íntima de la ciudad y de cada uno. Una conmoción que se traslada, como en la novela de Molina, al futuro cercano. La muerte futura de la ciudad de México como reflejo de la muerte contemplada en persona por nuestro autor: Desde hacía años grandes regiones de la ciudad habían sido evacuadas por órdenes superiores. Se aludían múltiples razones nunca completamente claras: contaminación, inundaciones, peligro de derrumbes, epidemias. Algunos de esos territorios estaban custodiados por soldados; otros habían sido abandonados al deterioro. Nadie sabía a ciencia cierta cuál era la causa real de las evacuaciones. Se sabía que la contaminación y la sobresaturación demográfica habían provocado en otras épocas muy graves problemas, pero las verdaderas razones nunca fueron reveladas y la población acató las órdenes gubernamentales. Las fábricas cerraron; lo mismo sucedió con las oficinas de gobierno. Los militares y la policía tomaron el mando de la ciudad. Lo que había sido el corazón del país se convirtió en un tumor del que nadie quería o podía hacerse responsable. A principios del siglo la ciudad había llegado a tener 30 millones de habitantes. En menos de 20 años la mancha urbana había reducido su población a unos cuantos cientos de miles. Muy pocos decidieron quedarse a habitar un cadáver en ruinas. Sólo quedaban enormes regiones despobladas por las que vagaban los mendigos que se habían negado a acatar las órdenes militares y sobrevivían del saqueo. Vastas regiones fueron cercadas para impedir el acceso a los transgresores. Desde entonces permanecieron vigiladas por helicópteros y grupos de soldados. La ciudad se llenó de muros. Nunca se reveló por qué ciertas partes fueron cerradas en tanto que otras permanecieron intactas. Un día comenzaron a circular extrañas leyendas, vagos rumores, noticias ligeramente fuera de lo común. Nada, en principio, que alarmara a la población. Nadie pensaba que algo raro estaba sucediendo en la ciudad: relatos de ahogados encontrados en calles desiertas con los pulmones llenos de un agua verdosa, como de charco; descripciones de cadáveres hallados dentro de automóviles oxidados que presentaban rastros de haber permanecido sumergidos durante mucho tiempo; historias de gente que desaparecía repentinamente sin dejar rastro alguno eran moneda corriente. Unas cuantas personas desaparecían en un mes, otras más al mes siguiente, nada fuera de lo normal, siempre por debajo de los índices de los casos no resueltos por la policía. De vez en cuando, sin embargo, aparecían, casi siempre en alguna publicación de escaso prestigio y circulación, fotografías de gente ahogada, con huellas evidentes de haber permanecido bajo el agua durante horas, en tanto que los periódicos que se las daban de serios o los noticieros televisivos y radiofónicos jamás daban noticia del asunto.

Tiempo lunar es, como la novela de Ricardo Guzmán Wolffer, un conglomerado de géneros literarios. En ella caben lo mismo el neopoliciaco (la novela negra ambientada en México), el relato fantástico y la ciencia ficción. Por ello nada más recurrente que el clima hostil y la violencia que permea a la obra de Molina. Aquí cualquiera puede ser el enemigo y las identidades son intercambiables, máscaras seductoras que ocultan realidades maravillosas o terribles (en este sentido, las novelas de Hiriart, Molina y Guzmán son hijastras de los mejores thrillers de la literatura mexicana: El complot mongol (1969) de Rafael Bernal y La cabeza de la hidra (1977) de Carlos Fuentes). Para Molina, por ejemplo, las sombras que acechan en la calle a la luz de la luna o en las zonas vedadas de la ciudad de México son más reales y peligrosas que los seres humanos que las producen. Un elemento de irrealidad se filtra por su prosa. Tiempo lunar es una historia de enigmas y acertijos, de interrogantes y búsquedas, de emboscadas y sorpresas. La ciudad, entonces, es una amante dispuesta a todo, una mujer de nombre Milena que se abre de piernas para que Andrés, el buscador de respuesta, sepa cuál fue la suerte de Ismael, el fotógrafo, y del resto de los ahogados de la metrópoli, para que tome posesión del secreto mejor guardado que la ciudad esconde: Diosa que habla en un lenguaje de sirenas: fábricas al amanecer, patrullas en la madrugada, ambulancias, cláxons, interferencia, música secreta de las cloacas, estertores lejanos de los edificios que se derrumban, vago murmullo de los dormidos y los ebrios, gritos de los enfermos en los hospitales provocados por los electroshock y las jeringas con calmantes. Pesadillas de tortura y muerte. Ciudad muerta, sin forma. Ciudad: palabra sin nombre, dulce palabra sin sentido. Zona velada, zona muerta habitada por dioses que apestan a gasolina y escupen fuego en los estacionamientos abandonados. Dioses ebrios que caminan sin sentido, sin saber que son dioses. Deidades casuales. Aquí no hay nadie, sólo sombras y reflejos y fantasmas. Ciudad de ahogados que viven la misma eterna vida repetida. A toda velocidad, rápido como las obsesiones, te desplazas por las arterias vacías y las avenidas fósiles. Miras los muros borrosos, ligeramente falsos, las construcciones desvaneciéndose en la noche como fotografías que el fuego, un fuego negro, espeso, glacial, consume despacio. Disolvencia. Las calles se desvanecen a tu alrededor a medida que la velocidad aumenta. Las altas construcciones se desmoronan en la noche como castillos de arena. La luna musgosa cuelga de la noche, enorme y dilatada, los cráteres te miran desde el espacio sideral como los ojos de Medusa. Puede ver el Mar del Iris, brillando al norte, ojo de azogue, el Pantano de las Epidemias al este, la Laguna de la Descomposición en el extremo sur. Una niebla cáustica y viciosa lo envuelve todo. La ciudad se ahoga. Las calles terminan en escarpados precipicios o murallas. De las bocinas de la radio, a través del ruido blanco de la interferencia, brotan los aullidos de la tormenta magnética, los chasquidos de las galaxias lejanas, las señales de los muertos. A toda velocidad, en busca de algo, te demoras en las calles, en lo hondo de la noche, bajo constelaciones imprecisas y vagas mientras a lo lejos las sirenas patrullan los escombros.

Ricardo Guzmán Wolffer, nacido en 1966 y radicado en Oaxaca, publica su primera novela, Que Dios se apiade de todos nosotros, como una visión del futuro cercano (el año 2010), en la cual, como expone Federico Saldívar Ruiz, Las fronteras están cerradas. Nadie puede salir, pero eso no impide que diversos países envíen a México toda clase de productos experimentales... La población vive en apretados complejos habitacionales, comunicados por el transporte eléctrico que circula sobre congestionados carriles. Entre esos edificios, varias estructuras de metal resguardan gigantescos insectos y razas mutantes, todos creados por la radiactividad, lo que emparenta a la novela de Guzmán con las obras alucinantes de William Burroughs, específicamente con Naked Lunch (El almuerzo desnudo) y Nova Express (El expreso Nova), donde seres humanos e insectos mutantes se interrelacionan en un universo de crimen y enfermedades inducidas. En la novela de Guzmán, el abogado Sergio Lupus tiene a su cargo la investigación del crimen de procreación sin autorización gubernamental en un mundo de controles totalitarios y calidad de vida nula, donde la existencia misma es un triunfo y el paisaje urbano la pesadilla de un drogadicto con síndrome de abstinencia: Después de esperar dos minutos, el conserje dio el aviso de salida con la sutileza de siempre: -Muévete, cabrón. El compacto acopló los rieles bajo la carrocería a las vías electrificadas. Con un ligero estremecimiento, la corriente eléctrica entró al motor y comencé a moverme a la velocidad estandar. Abroché el cinturón de seguridad -uno nunca debe fiarse de aquello que no está a su alcance manejar-. Los accidentes no eran tan raros como las estrategias oficiales graciosamente anunciaban. El motor en el tablero del coche mostraba los caminos menos transitados; dirigí el carro hacia la 91-J y aumenté la velocidad. Conecté el piloto automático y observé el paisaje. La primera medida tomada después del cataclismo fue la reconstrucción de la vivienda en las zonas urbanas, las más afectadas debido a la contaminación, pero algunas quedaron inhabitables. Grandes superficies habían sido cercadas para que la locura no escapara de ellas: bardas de un kilómetro de profundidad y otro de altura impedían que los insectos y roedores mutantes escaparan, pesadillas dantescas que pululaban dentro de los cercos con varios kilómetros de radio resguardados. Una exposición de más de 24 horas en tales sitios bastaba para causar cáncer en la piel; después de tres días cualquier ser vivo no mutante moría derretido, si es que lograba sobrevivir durante ese período. Una vez un curioso intentó estudiar sin éxito los genes de los seres ahí adaptados: los animales o insectos murieron al salir del lugar.

Por su parte, Gerardo Horacio Porcayo, nacido en 1966 en Cuernavaca, Morelos, y ganador del primer premio concedido por Axxón, la revista argentina de ciencia ficción, publica La primera calle de la soledad como un homenaje a Philip K. Dick, de quien toma, según lo afirma Héctor Chavarría, una visión caótica, frenética, melancólica y humana, de la realidad en que vivimos. Clasificada como una novela cyberpunk, Chavarría considera que su acción es trepidante, las imágenes se disparan unas a otras, los escenarios son sórdidos, así sean los de una Ciudad de México caótica, capital de todo, o las ciudades en miniatura de la luna; y Narciso Rivera en una reseña en la revista Umbrales expone que en ella abundan la aventura de los disparos. Afloran las intrigas, el espionaje a gran escala, la manipulación política y religiosa que sospecho siempre irán de la mano. En una combinación muy dickiana, la religión denominada Cristorrecepcionismo se extiende lentamente desde unos presos en una hipotética luna utilizada como prisión hasta ser objeto de la ambición de varias compañías dedicadas a la producción de fantasías virtuales llamadas sueños eléctricos.

Novela de prosa telegráfica y galopante, La primera calle de la soledad más parece el guión de una película de Douglas Fairbanks o Errol Flynn. Aquí el Zorro, el protagonista, es un auténtico guerrero en un mundo de simulacros y sueños turbulentos, de máquinas que pretenden ser Dios y que, como Dios, juegan con sus criaturas a edificar una religión, un poder más sobre las mentes de los hombres. Novela de aventuras que no da descanso al lector y lo mantiene en vilo de principio a fin: tal es uno de sus méritos mayores. El otro es su construcción, el equilibrio de sus partes, la eficacia de su lenguaje: -Si vuelas la compuerta, vuelas el control de esta nave. Estarías perdido. -Siempre lo he estado- dice el Zorro. La compuerta superior se cierra. El indicador atmosférico empieza a subir en bares. Luego la apertura última. El Zorro se arroja al suelo. Dos haces sacan chispas a la cumbre de su caso. El Corpse hace su trabajo. Los pies de los agresores son limpiamente seccionados. Rueda y se incorpora. Las botas magnéticas del traje le permiten caminar. Dos desconocidos y lloriqueantes hombres tratan de asirse a algo. Rioja vestido con un mono de abordo, más allá, sonríe con ironía. -Perfecto, héroe, aquí nos tienes. Te la ganaste a pulso. -¿Cuántos tripulantes quedan?- pregunta el Zorro sin dejar de apuntar. -Tres, aparte de la computadora. El cohete se sacude. Rioja aprovecha el momentáneo desvío de la boca del cañón y, en un movimiento rápido y experto, dispara un láser. La vibración es una aliada. Su traje es destrozado, junto con el servoesqueleto. Sólo percibe el olor de la quemadura. Los equilibrios perdidos. El Corpse no abandona el puño del Zorro. -Te jodiste, Rioja -dice arrancándole con un haz, de cuajo, el brazo izquierdo, a la altura del codo. Rioja grita Y es música para los oídos del Zorro.

La tendencia actual de la narrativa de ciencia ficción en México nos lleva a la conclusión que en los próximos años la novela irá tomando un lugar preponderante en este género literario y que definirá -más que el cuento y el relato corto- los cambios y metamorfosis de una narrativa que requiere de visiones más amplias para obtener un público lector fiel y permanente. Las novelas de Guzmán, Hiriart, Molina, Porcayo y González son sólo la punta de un iceberg que habrá de emerger de cara al siglo XXI y al que se unirán muchos otros autores tanto provenientes de la comunidad de las literaturas alternativas como de las filas de la literatura en general, como es el caso de Laura Esquivel, autora de Como agua para chocolate, y su novela futurista La ley del amor. De ahí que podamos considerar a la ciencia ficción una zona franca, un espacio democrático donde no hay exclusivismos ni discriminaciones. Para fortuna de todos nosotros.

Lo que une, sin embargo, a las novelas mexicanas de ciencia ficción es lo que Paul K. Alkon llama la secularización del apocalipsis, su transformación de un suceso divino en uno simplemente humano. Y al desaparecer cualquier rastro de la intervención de Dios, la destrucción del mundo se vuelve responsabilidad de la humanidad, deuda a pagar por las futuras generaciones. El apocalipsis a la mexicana es, como lo definiría Alkon, una mezcla de elementos tomados de la épcia, la novela y el libro de las revelaciones, en cuanto a la tradición occidental y de la escatología prehispánica, con sus dioses devoradores de mundos, en cuanto a la tradición indígena. El futuro de la nación mexicana es, para estos novelistas, un tiempo de sismos, una edad de terremotos.

1. Este ensayo apareció originalmente en la revista Umbrales, núm. 16, del mes de abril de 1996, pp. 4-8.