El Futuro en Llamas

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

Hacia 1978, Paco Ignacio Taibo II afirmaba en la revista Encuentro que "ya no puede discutirse algo tan sabido como que la proliferación de la literatura de ciencia ficción ha estimulado en la sociedad en que esto sucede, una interacción entre las proposiciones científicas y la lectura inquisitiva. La ciencia ficción ha sido el terreno de la experimentación última, de la extrapolación de ideas, de las sugerencias aventuradas, del disparo ciego hacia el futuro".

Tres años más tarde y con el impulso de Celine Armenta, el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología de Puebla y el CONACYT organizaron el primer gran concurso de cuento de ciencia ficción a nivel nacional. Gracias a este concurso se obtuvieron dos resultados inmediatos: la publicación continua de los cuentos ganadores del primer lugar y de los cuentos que obtuvieron mención honorífica en la revista Ciencia y Desarrollo, lo que permitió a los autores de este género emerger de su clandestinidad literaria y romper el ghetto en que hasta entonces se hallaban confinados.

El segundo resultado fue aún más estimulante: al acceder a una publicación de divulgación con cobertura nacional, los escritores de ciencia ficción que se desconocían unos a otros y que vivían a lo largo y ancho de la República Mexicana creyéndose los únicos autores de esta clase de literatura, descubrieron que formaban parte de una comunidad más amplia y numerosa de lo previsto. La ciencia ficción era, sí, un género sin reconocimiento real en la otra república: la de las letras mexicanas del siglo XX, pero eso no le arredaba a sus practicantes, quienes veían en ella un vehículo expresivo idóneo para unir sus intereses narrativos con sus inquietudes por las consecuencias de los descubrimientos científicos y las hazañas tecnológicas en el espacio del ser humano, en la realidad que éste habita y transforma de continuo.

En cierta manera, la ciencia ficción en México ha sido un género alternativo a las grandes y reconocidas corrientes literarias que han dominado el panorama de la literatura mexicana en este siglo que ya termina. Ante el naturalismo de Rafael Delgado, la narrativa de la revolución de Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos y Mariano Azuela, la novela indigenista de Mauricio Magdaleno y Rosario Castellanos, la prosa de intensidades de Xavier Villaurrutia y Gilberto Owen, la narrativa fantasmagórica de Juan Rulfo y Francisco Tario, la prosa de orfebrería de Juan José Arreola y Julio Torri, la novela de la onda de José Agustín y Gustavo Sainz, por nombrar sólo algunas de las muchas tendencias que han impuesto su marca en la prosa de ficción mexicana en lo que va de esta centuria, la ciencia ficción, como su prima hermana, la novela negra (también llamada neopoliciaca) han tenido que luchar en contracorriente para hacerse de un lugar en el tapiz colectivo de nuestra narrativa contemporánea, para obtener respeto y atención a los postulados y modelos creativos en los términos propios de un género que ha evolucionado al margen de la historia oficial de la literatura mexicana.

Esta marginalidad, sin embargo, no implica que la ciencia ficción sea un género totalmente invisible en nuestras letras. Por el contrario, la ciencia ficción (es decir, la narrativa de ficción que parte de supuestos científicos para explorar sus implicaciones políticas, sociales, culturales o biológicas), siempre ha tenido buenos representantes en los hombres de letras de la nación mexicana. Por lo que sabemos, desde fray Manuel Antonio de Rivas, misionero franciscano radicado en Mérida y cuyo relato de un viaje a la luna lo llevó, a fines del siglo XVIII, a ser procesado por herejía gracias a los malos oficios del santo oficio, lo que lo hace nuestro primer autor nacional de este género literario; pasando por escritores como Pedro Castera (1838-1906) y su Viaje celeste (1870); Amado Nervo (1870-1919) y sus cuentos El donador de almas (1902) y La última guerra (1906); Martín Luis Guzmán (1887-1976) y su cuento Cómo acabó la guerra en 1917 (1917); Francisco L. Urquizo (1891-1969) y su novela Mi tío Juan (1934); Juan José Arreola (1918) y sus cuentos Baby H.P. y Anuncio, reunidos en Confabulario (1952); Carlos Fuentes (1928) y sus cuentos En defensa de la trigolibia y El que inventó la pólvora de su primer libro publicado: Los días enmascarados (1954); Narciso Genovese (1908-1982) y sus novelas Yo he estado en Marte (1958) y La nueva Aurora (1970); René Rebetez (1938) y La nueva prehistoria y otros cuentos (1968); Carlos Olvera y su novela Mejicanos en el espacio (1968); Alfredo Cardona Peña (1917) y El ojo del cíclope (1978); Edmundo Domínguez Aragonés (1938) y su novela Argón 18 inicia (1971); Marcela del Río (1932) y sus Cuentos arcaicos para el año 3,000 (1972) y la novela Proceso a Fraubitten (1976); etcétera.

Habría que considerar aquí que un buen número de escritores mexicanos que no se consideran ligados a la ciencia ficción, han incursionado en este género o han tomado elementos del mismo para sus obras, especialmente a partir de los años ochenta. Ejemplos de este interés mayor en la utilización de los paradigmas clásicos de la ciencia ficción se localizan en un buen número de cuentos y relatos de José Emilio Pacheco, René Avilés Fabila, Sergio Elizondo, Bernardo Ruiz y Emiliano González, así como en novelas como Cerca del fuego (1986) de José Agustín, Cristóbal Nonato (1987) de Carlos Fuentes, Al norte del milenio (1989) de Gerardo Cornejo y La destrucción de todas las cosas (1992) de Hugo Hiriart. En todas ellas, la premisa fundamental es un futuro apocalíptico que oscila entre lo mitológico (Fuentes), lo político (Cornejo), lo social (Agustín) y lo paródico (Hiriart).

A su vez, los escritores que han dedicado buena parte de su producción a este género, sólo han tenido dos épocas de auge: la que inaugura Narciso Genovese en 1958 con su novela-utopía Yo he estado en Marte y que abarca la década de los sesenta con obras como El mensaje de fobos (1964) de Irene y Arturo Gutiérrez Arias; Cuentos de magia, misterio y horror (1966) de Alfredo Cardona Peña y Mejicanos en el espacio (1968) de Carlos Olvera, tal vez la más importante novela mexicana de ciencia ficción con que contamos hasta ahora. En esta década, los impulsores más despiertos de tal narrativa son Alejandro Jodorowsky y René Rebetez, quienes fundan la revista Crononauta. Además, Rebetez es el primer autor en analizar este género en su libro La ciencia ficción. Cuarta dimensión de la literatura.

La segunda época se inicia, como ya dijimos, en 1984, con el concurso nacional de cuento de ciencia ficción auspiciado por CONACYT-Puebla, que sigue vigente hasta nuestros días. Gracias al mismo se da a conocer toda una nueva generación de cuentistas que, nacidos de 1945 en adelante, comienzan a reconocerse unos a otros, a intercambiar puntos de vista, y a colaborar en proyectos diversos (publicaciones, encuentros, redes de información). De esta generación destacan tres hermanos mayores que, desde la segunda mitad de los años setenta, habían promovido esta literatura en periódicos y revistas nacionales: Mauricio-José Schwarz, Héctor Chavarría y Guillermo Fárber. A ellos se sumarían cuentistas como Adriana Rojas Córdoba, Arturo Arredondo, Gerardo Horacio Porcayo, Gabriela Rábago Palafox, Irving Roffé, Gabriel Trujillo Muñoz, Arturo César Rojas, Federico Schaffler, Guillermo Lavín, José Luis Zárate Herrera y cien nombres más. Un lustro más tarde, en 1990, esta generación se presenta como un conjunto de voces narrativas, diferentes aunque unidas por el común denominador de un género literario, que en vez de constreñir, libera. Es así que Federico Schaffler publica su libro en tres tomos Más allá de lo imaginado. Antología de ciencia ficción mexicana, obra que reúne los cuentos de 42 autores, la mayoría de los cuales han nacido en la década de 1950. Y dos años después se edita Principios de incertidumbre. Premio Puebla de Ciencia Ficción 1984-1991, que conjunta 10 de los cuentos premiados en este concurso. Como lo dijera en su introducción Federico Schaffler: "Una cosa es clara e inobjetable: el propósito de un cuento es narrar una historia, y cuando esto se logra con consistencia interna, claridad, buen estilo y sobre todo con calidad literaria, poco debe importar si es o no ciencia ficción". Y añadía: "hasta el momento, la producción literaria dentro de la ciencia ficción sólo ha encontrado cabida en algunos cuantos volúmenes de cuentos, más unas pocas novelas y espacios aislados en revistas... Más allá de lo imaginado representa la ruptura del género en México del encajonamiento en el que éste se ha encontrado por años".

Por las mismas fechas fueron apareciendo los primeros libros de cuentos individuales de los integrantes de esta generación: Vértigos y barbaries (1988), de Irving Roffé (1952); Absurdo concursante (1988), Breve eternidad y Electra se moriría de envidia (1991), de Federico Schaffler (1959); La luz de las estrellas (1990), de Lauro Paz (1955); Escenas de la realidad virtual (1991), de Mauricio-José Schwarz (1952); Miríada (1991), de Gabriel Trujillo Muñoz (1958) y Final de cuento (1991), de Guillermo Lavín (1958). Y poco más tarde saldrían a la luz las novelas Los mismos grados más lejos del centro (1991), de Gabriel González Meléndez (1960), una historia de investigadores cibernéticos y androides suicidas; Tiempo lunar (1993), de Mauricio Molina (1995), amalgama de relato fantástico, novela policial y ciencia ficción; Que Dios se apiade de todos nosotros (1993), de Ricardo Guzmán Wolffer (1966), recuento de un futuro mexicano donde todos los vicios y vicisitudes de la vida nacional se hayan multiplicados en formas al mismo tiempo gozosas y aberrantes; y La primera calle de la soledad (1993), de Gerardo Horacio Porcayo (1966), una novela cyberpunk que mezcla los elementos de la realidad virtual con una crítica social del mundo contemporáneo.

En Vértigos y barbaries (1988), Irving Roffé se sitúa en una de las vertientes más conocidas del género: el encuentro con el extraterrestre, la conmoción conceptual y emocional que tal acontecimiento produce. Cercano al Stanislav Lem de Solaris y El invencible, para nuestro autor la ciencia sólo puede medir el fenómeno de la otredad, únicamente alcanza a descifrar lo obvio y pierde de vista lo esencial: la naturaleza extraterrestre en toda su complejidad. En cuentos como Lumydia o Él pensó esconder la interfase, este contacto asume connotaciones sexuales explícitas donde la búsqueda de la identidad prevalece. Como el mismo Roffé lo expresa a César Güemes en una entrevista: "De hecho en mi caso sólo tomo la ciencia para darle cierta verosimilitud a una situación que de otro modo no me la creerían. ¿Cómo es que una persona llega de otra galaxia? Pues en una nave. Y a partir de esta convención entramos en el terreno de cualquier buena literatura: el hombre y sus relaciones amorosas... A mí lo que me llama de la ciencia es cómo nos impacta a los humanos en lo más profundo de nuestras emociones".

Para Lauro Paz Luna, en cambio, Puerta a las estrellas (1990), es un libro de cuentos que exhibe, por medio de elementos arquetípicos ubicados en el futuro o en universos alternativos, la lucha de los seres humanos por mantener, no importa cuán adversas sean las circunstancias, su capacidad de asombro e imaginación, es decir, su capacidad para defender el espacio de la libertad y la dignidad del hombre ante las maquinarias sociales de la uniformidad y la racionalidad apabullantes. Muy en la línea del Ray Bradbury de Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, Paz Luna se replantea, en cuentos como El cohete, La cigarra plateada y Los hombres de la tierra, el viaje espacial y sus consecuencias para la humanidad. En Lauro Paz, lo mismo que en Ray Bradbury, la ciencia o el futuro mismo no son más que simples decorados ante los cuales se escenifica un drama intemporal: el de los hombres y mujeres que viven en un mundo cambiante y cuya mayor vinculación es la nostalgia por un pasado irrecuperable.

Más que el "así será", en Puerta a las estrellas aparece el "así fue". Hay un tono sepia, melancólico, en estos cuentos y relatos que trasladan el paisaje del medio oeste americano (la Kansas rural) de Bradbury a los pastizales semiáridos de la Sonora de Paz Luna. En este mundo donde coinciden las invenciones más fascinantes con las costumbres centenarias, las casas de madera con los artilugios electrónicos, los niños de pueblo y los tímidos extraterrestres, las quimeras y los sueños que la realidad niega, como el hombre que construye su nave espacial en el patio de su casa, como el soldado que recorre un mundo desierto bajo la ley de la simple supervivencia:

Estaba cansado, eso era. Estaba cansado de todo. Sentía que había envejecido, que el mundo había envejecido. Más que pensarlo sentía que la Tierra era un sitio estropeado y lleno de basura.

Recordó la guerra, recordó la casa con su mujer y su hijo; recordó su vida nómada; repasó los cuadros de las escenas que había visto y vivido en todos los lugares a los que llegaba. La soledad, el cansancio, el desprecio por todo, hasta de sí mismo, se agolparon en su cabeza. "¿Qué era el ahora?" Era un cúmulo de suciedad y tristeza, al igual que los demás, sentía que alguien, sin tener ningún derecho, sin dar ninguna explicación, había allanado su vida y lo había despojado de todo hasta dejarlo vacío y seco. Todos esos, pensaba, que andan por ahí matando por un trozo de nada, han de estar igual. Nos han desfigurado, nos han evaporado el futuro.

Federico Schaffler es uno de los escritores y antologadores de ciencia ficción más prolíficos con que cuenta la literatura nacional. Guillermo Lavín, en la presentación de su primer libro de cuentos, Absurdo concursante (1988), señala que "probablemente la mayor virtud de Federico al acercarse al tema sea la forma en que lo asume. No sólo porque busca siempre obsequiar al lector una pequeña sorpresa, sino porque al regalo le añade una sonrisa. El humor negro, como le encaja a la buena ficción especulativa, acompaña cada uno de los cuentos de este libro".

En esta obra como en sus siguientes libros, Breve eternidad (1991) y Electra se moriría de envidia (1991), Schaffler avisora "la contaminación, la guerra y el odio, un futuro pleno de abandono y desolación", cubierto de plagas y mutaciones, donde el absurdo reina y la humanidad no pasa de ser un espectáculo circense, con sus monstruos grotescos y sus ángeles dementes rondando por el mundo.

Y sin embargo, en cuentos como Doctrina Monroe, a la mexicana, que relata la creación de Aztlán sustrayendo los estados sureños de la Unión Americana, el humor y la ironía ganan la partida y el presidente de los Estados Unidos termina por emborracharse con tequila Cuervo mientras ve, inerme, la ruptura territorial de su país; en La muda carcajada, un burócrata-viajero del tiempo urde una venganza contra su jefe que acaba por ir en su contra. En este cuento, Schaffler juega con la historia de México y los atavismos religiosos que nos rigen desde la época colonial. El protagonista, Cano, regresa de tales periplos con antiguas vestimentas y nuevos conocimientos:

El involuntario viajero temporal se levantó con lentitud, se despojó del penacho guerrero dejándolo junto con las armas, arriba del escritorio, y sacudiéndose el polvo de brazos y piernas se dirigió al bebedero eléctrico, donde se despachó cuatro vasos de agua helada casi sin respirar, disfrutó de la frescura del líquido y sintió como lo revivificaba. Las secretarias acariciaban fascinadas las verdes plumas de quetzal y las rojas de cardenal del tocado de combate, mientras que los hombres sopesaban el hacha de madera y piedra y el cuchillo de obsidiana con mango de hueso y jade. Cano regresó a su lugar dentro de la oficina, esperando que sus órganos internos se acostumbraran otra vez al siglo XX. Todos aguardaban en silencio su narración.

¡Canito! ¡Otra vez de payaso! ¿Otra vez perdiendo el tiempo? ¿Crees que aquí te pagamos para que hagas tus cosas y dejes de producir para nosotros? ¡Te voy a rebajar otro día de salario! ¡Cámbiate de inmediato! escucharon relinchar al joven y frustrado hijo del dueño que tenía dos años de ser "el jefe" y era visible que no toleraba a Cano.

"¡Todos a sus puestos, dejen de haraganear!"

"Sí, señor", contestó en náhuatl, para autocorregirse de inmediato y decirlo en español, al ver a sus compañeros escabullirse a sus respectivos lugares. No ando perdiendo el tiempo, pendejo, sino perdido en el tiempo, pensó para sí.

Mauricio-José Schwarz es, junto con Federico Schaffler, uno de los animadores de la ciencia ficción latinoamericana. Para Schwarz, "la literatura especulativa en México, y en particular la ciencia ficción, han venido (para acudir al lugar común) ganando espacios... estos espacios no han sido graciosa concesión, sino producto de un esfuerzo constante de numerosos creadores mexicanos convencidos de su trabajo". Y añade en la editorial del primer número de la revista de libre especulación Estacosa (noviembre 1991): "la convicción que los creadores comparten acerca de la importancia de estas formas literarias nace, ante todo, de su condición primigenia de lectores que han descubierto posibilidades novedosas, atractivas y retadoras en formas literarias no habituales en el panorama mexicano. Para realizar el tránsito de lectores a escritores han debido asumir plenamente su marginalidad, su disociación de las formas más socorridas de tratamiento de los diversos temas que ocupan la narrativa" en boga.

Al asumir, así, la creación a partir de un género periférico al mainstream literario prevaleciente, Mauricio-José Schwarz no ha querido quedarse anclado en el nicho de la marginalidad y ha luchado por hacer de su literatura una vía expresiva que valga por sus propios méritos y no por su pertenencia a un género determinado. Lo mismo autor de cuentos de terror, de una novela policiaca -Sin partitura (1991)-, y de un libro de relatos fantásticos y de ciencia ficción: Escenas de la realidad virtual (1991), Schwarz deambula por todos estos territorios narrativos con una pasmosa seguridad. Su prosa, exenta de las florituras verbales y la terminología cacofónica que a veces avasalla estos géneros, responde a los imperativos de una historia sólida y bien contada, donde los protagonistas no son estereotipos sometidos a lo previsible ni simples vehículos de las ideas del autor. Schwarz siempre salva el mayor peligro de muchos aficionados a la ciencia ficción que, de tanto pretender hacer una literatura de ideas, terminan por escribir tratados de cibernética que relatar, con interés y profundidad, una historia que a todos nos incumba y represente.

En 1984, Mauricio-José Schwarz ganó el primer premio Puebla con su cuento La pequeña guerra, que más tarde el autor incluiría en Escenas de la realidad virtual. Como lo han dicho José Luis Zárate y Gerardo Horacio Porcayo, "los jurados expresaron (entonces) que la ciencia ficción ha dejado de ser un ejercicio de evasión para convertirse en una toma de conciencia", donde la historia narrada revelaba "muchos estrechos y asfixiantes, acorralados por los vicios de la civilización, el cuento ganador bien puede sintetizar ese sentimiento: el futuro ha ido demasiado lejos, el control se ha escapado de nuestras manos, poco o nada se puede hacer. Es, en su mayoría, una crónica de perdedores. Pero no es esa crónica desesperada de los cuentos posatómicos norteamericanos. Es la crónica de perdedores que no se resignan a serlo, que a pesar de su eventual fin se enfrentan a lo que haya que enfrentarse".

En La pequeña guerra, Schwarz no intenta crear un universo completo donde reina el darwinismo social, la selección natural en todo su esplendor, sino que se dedica a seguir a una familia que participa, por medio de su pequeña hija Arianne, en los juegos mortales al estilo japonés que controlan la excesiva población mundial de la humanidad futura. Siguiendo cada uno de los combates, Guinnievere, Akira y Jünge, sus padres y su hermano menor respectivamente, observan la transición de la niña Arianne que entre más duelos a muerte gana, menos segura está de querer triunfar. Aquí el relato, que va del pasado al presente en continuos flashbacks, es la radiografía moral de una sociedad que apuesta por la sobrevivencia de los más aptos en términos de fuerza. La violencia es canalizada por un juego deportivo que remite al lector al coliseo romano y sus gladiadores. Arianne es sólo una pieza más en el altar del sacrificio colectivo de una comunidad que exige la sangre de los débiles, los escrupulosos, los tolerantes. Por eso, cuando Arianne titubea para matar a su última contrincante, muere. La derrota, como en el código samurai japonés, es inadmisible para el honor familiar, es una mancha que debe ser borrada por otro miembro de la familia lo más pronto posible:

A la mañana del día siguiente llegaron a casa de Karl para recoger a Jünge. Karl, que sabía lo que era perder un hijo en los juegos, tampoco los importunó hablándoles. Jünge se acercó a ellos y trató de decir algo sobre su hermana, pero una mirada feroz de Akira fue suficiente para hacerlo callar.

Volvieron a casa manteniendo el mismo silencio duro. Jünge subió a su cuarto sintiéndose muy cansado, sin deseos de pasar frente a la puerta de la que había sido la habitación de Arianne. No tuvo que hacerlo. Un grito lo detuvo.

-¡Jünge!-sonó la voz de Akira desde el patio.

Cuando Jünge bajó encontró a su padre listo. Vestía un karategui negro y sostenía en las manos dos varas de kendo para entrenamiento y otro karategui pequeño de color azul, con el que se había entrenado Arianne. Sin decir una palabra más se lo ofreció a Jünge.

Desde el interior de la casa, Guinnivere pudo ver entre las pocas lágrimas que le quedaban, el primero de los largos y fatigosos entrenamientos de su hijo más pequeño. Todavía le faltaban dos años. ¿Por qué, se preguntó Guinnivere, Akira hacía tan difícil este primer entrenamiento? ¿Acaso su esposo había visto también un suicida brillo de compasión en los ojos de Arianne antes de morir?

En otro cuento de Schwarz, Album familiar, se describe a la humanidad en sus últimos días, cuando las glorias de la sociedad de consumo sólo sirven como tenaz recordatorio de un pasado de multitudes hambrientas de ofertas y especiales. Aquí los últimos hombres y mujeres, sin posibilidad de reproducirse, intentan vivir una parodia de vida normal bajo el peso abrumador de la nostalgia. El futuro para Schwarz, lo mismo que para los mejores escritores de ciencia ficción, es sobre todo una visión descarnada, sin contemplaciones, de nuestro propio presente. La ciencia ficción no es, como muchos lo piensan, una literatura profética o preventiva. Como toda ficción que se precie de serlo, la ciencia ficción se singulariza al representar las esperanzas y temores de la sociedad de la que provienen sus autores, las promesas y pesadillas de la época que éstos gozan o padecen. El espacio de este género literario, como el de cualquier otra literatura, es el corazón de todo ser humano, su condición consciente ante los embates de un mundo en constante metamorfosis vía la ciencia y la tecnología de la modernidad. El espacio idóneo de la ciencia ficción no es necesariamente el futuro, sino el ámbito siempre inestable de nuestro presente, el territorio de la relatividad y la incertidumbre, del tal vez y el quizá. Una verdad humana y asible antes que un sueño, que una premonición:

Las calles estaban solitarias. Ya no llovía. En el crepúsculo distinguí una figura parada en una esquina. Al acercarme descubrí que era Amadeo. Nos saludamos sin prisa como lo hacemos ahora en esta ciudad, donde nos conocemos todos. O prácticamente todos. Hay varios núcleos de personas. Casi siempre nos conocemos, a veces no, pero no nos molestamos. Llegamos a conocernos pero lo único que logramos es comprobar una y otra vez que se nos han agotado los temas.

-¿Cigarrillo?- me ofreció Amadeo.

-Gracias.

Fumamos un par de minutos, mirando pasar a tres transeúntes, quizá esperando ver a una mujer. O mejor, como siempre esperando ver a una mujer. Y buscando un tema.

-¿Te acuerdas del viejo Fritz, el alemán que acababa de llegar aquí cuando...?- Amadeo no tuvo que terminar la frase. Por las dudas lo interrumpí antes que se fuera de la boca.

-Sí, lo recuerdo. El que era director de teatro.

-Acaba de estrenar ayer una obra en el teatro del país. Consiguió actores y ayudantes y hasta vende boletos.

-Algo hay que hacer- comenté repitiendo la frase que ya era como un ritual entre nosotros.

-Pues sí. La obra la escribió él mismo. Ayer, casi sin publicidad, hubo seis personas de público. El viejo Fritz espera que la temporada cumpla las veinte representaciones. Eso si vamos a verla todos los que vivimos en la ciudad.

El humor de Amadeo es desagradable. No tan desagradable, sin duda, como la feroz melancolía de Esteban, pero aún así es molesto. No es por el cinismo, aunque sus risitas tienen un tinte cínico. Es quizá porque Amadeo es un falso cínico. La máscara de la máscara para confundirse a sí mismo.

Por eso Guillermo Lavín, escritor tamaulipeco como Schaffler, titula uno de sus cuentos, El futuro es tiempo perdido, donde un ingeniero mexicano, un técnico de maquiladoras "en la polvorienta ciudad de Matamoros", inventa el pretevisor, una especie de televisor que "uno lo encendía y disfrutaba del pasado en casa", de tal manera que las personas, en vez de construir su propia vida, se pasaban su existencia viendo los momentos perdidos o culminantes de su pasado. Este relato desquiciante que no deja de ser una parodia de los medios masivos de comunicación que terminan por convertirse en serpientes tragándose su propia cola, forma parte de Final de cuento (1993), una recopilación de narraciones, donde además de este cuento destaca Razones publicitarias, que incursiona en la teoría de las cuerdas cósmicas y sus posibilidades prácticas de viajar por el tiempo. Guillermo Samperio ha dicho que la clase de literatura de Lavín, "con escenarios evanescentes, fantásticos o de ciencia ficción... se ha ido expandiendo en el norte del país, sitio etnogeográfico propicio para la imaginación y la invención. En tanto la aridez de sus tradiciones: como que Lavín y los otros narradores están dados a la tarea de construir las historias extraordinarias de la región. No es extraña entonces la filiación cortazariana y orwelliana, es una síntesis equilibrada.

Junto con Guillermo Lavín, Schwarz, Trujillo, Schaffler, Paz, Chavarría, Roffé, Porcayo, Fárber, Zárate, etcétera, hay muchos otros autores de cuentos de ciencia ficción que aún no publican lo más significativo de su producción literaria en forma de libros. Entre estos escritores hay que mencionar a Víctor Florencio Ramírez Hernández (1960), Günther Petrak (1958), Edgar Montemayor (1973), Sergio de Regules (1964), Ignacio Padilla (1968), Gerardo Avila Calderón (1974) y especialmente a Arturo César Rojas (1955), autor de una breve ópera espacial: Xxyëröddny, donde el gran sueño se enraiza (1984), y de un cuento clásico, a la altura de La pequeña guerra de Schwarz y digno sucesor de Mejicanos en el espacio (1968), de Carlos Olvera.

Este cuento, titulado El que llegó hasta el metro Pino Suárez, representa uno de los puntos más irónicos de este género en México. César Rojas concursó con este cuento en el premio Puebla de 1986 y ese año el jurado declaró desierto el concurso, por lo que el cuento de Rojas sólo obtuvo una mención honorífica. Pero el cuento terminó por imponerse gracias a los propios lectores. El que llegó hasta el metro Pino Suárez es una especie de unión entre la narrativa de la onda (Agustín, Sainz), con su caló lumpenproletario y su tono directo a la hora de enjuiciar la realidad, y la ciencia ficción posapocalíptica. Pleno de seres marginales, punketo y delirante, el relato de Rojas se apropia de los escenarios miserables de la Ciudad de México después de un bombardeo nuclear y habla, desde la perspectiva de los supervivientes, sobre los temas de siempre: el amor, la vida, la muerte, en tono cínico y festivo, desesperanzado y agresivo a la vez. Historia de Teseo en pos de Ariadna y en lucha con los Minotauros salvajes de su entorno. Narración que le debe tanto a las letras de las canciones de Jaime López y Alejandro Lora como al ascenso de las bandas juveniles al estilo de Mad Max en las metrópolis contemporáneas:

Era mi chava y yo la quería un restorán.

Y eso que ya no quedaban muchas cosas ni muchas gentes que querer, palabra de valedor. Ruinas de casas y esqueletos de animales y fierros torcidos y vidrios rotos por todos lados. Un méndigo cielo tan contaminado que, cuando no está gris, está negro o está rojo, pero ya ni de chiste se pone azul. Vagar como menso, dormir donde la noche lo agarre a uno, tragar lo poco que uno se encuentre y apretarse el estómago y ya. Si bien que lo digo en una de mis canciones: "¿Te comiste cuatro ratas? ¿Medio gato te aventastes? ¡Pa' banquete el que te distes, yo no tuve ni un ratón!" Y llevar un cuchillo o una piedra o un palo y andar muy hacha con las fieras y los rateros y los que tienen más hambre que uno. Pero ultimadamente qué me importa si vivía como vivía y cantaba como cantaba y mal que bien ahí andaba por los caminos con mi guitarra y con mi chava que, así y maltratadas como ya estaban, eran mis únicos y mis últimos amores... es mi chava y yo la quiero está puerca está amolada como torta traqueteada pero es mía y no la suelto

Era mi chava y yo la quería un restorán. Así como era ella, mechuda y tuerta y bien coja, pulguienta y piojosa y con el bonche de cicatrices en el cuerpo y en la cara... pero yo la quería porque siempre jalaba a donde yo jalara, y me ayudaba y me hacía fuerte a la hora de los trancazos, y nunca se me escondía y nunca se me rajaba, y fajábamos padre y nos agasajábamos padre y su cuerpo hasta parecía fabricado a la medida de mi cuerpo.

El cuento de Arturo César Rojas reinauguró, dentro de la ciencia ficción nacional, una corriente netamente mexicanista, que en los años siguientes ha ganado espacio dentro del género junto con la narrativa cyberpunk, dedicada a explorar la realidad virtual creada por las computadoras interactivas. Hoy en día es posible contemplar un desplazamiento de los autores del cuento a la novela, de los temas universales a los regionales, de la exploración externa del cosmos a la exploración interior del hombre. También es obvio que la ciencia ha ido disminuyendo su influencia en los cuentos y novelas y ha crecido el tratamiento literario de los temas en los últimos años. De los ingenieros y biólogos metidos a escritores en los años setenta, ahora son literatos interesados en los desafíos de la ciencia, en los enigmas de la sociedad que evoluciona, los que han tomado las riendas de este género literario. Como Darko Suvin lo asevera: "en el siglo XX, la CF pasó al campo del pensamiento antropológico y cosmológico, volviéndose un diagnóstico, una advertencia, un llamado a la comprensión y a la acción y -siendo éste el punto más importante- un mapa de opciones posibles".

La ciencia ficción mexicana ha dejado de ser un ghetto, una secta con sus propias reglas y reconocimientos, y ha ingresado al mainstream literario de las letras nacionales, ha aceptado competir en el terreno de la escritura creativa tanto como en el de las ideas de cambio. Puente de unión entre dos culturas que pocas veces dialogan entre sí: la científica y la humanística. Las narraciones de ciencia ficción son historia de un mañana que es nuestro propio presente. Pero no olvidemos que con el simple hecho de leerlas algo habrá de cambiar en nuestra percepción de la realidad: nunca más volveremos a ser los mismos. Tal vez porque el conocimiento es, antes que cualquier otra cosa, un instrumento de cambio. Y la ciencia ficción ha sido, desde sus orígenes en la República de Platón, una literatura transformadora y revolucionaria, un abanico de posibilidades imaginativas. O como lo dijera Richard Corliss, un crítico de cine en su reseña de la película Blade Runner de Ridley Scott: "la ciencia ficción es un acto de subversión disfrazado de cuento de hadas". Es decir: un acto de crítica radical de nuestra condición humana y del mundo que hemos construido a sangre, fuego y enfermedad, como lo canta el protagonista-trovador del relato de Arturo César Rojas; él mismo una víctima y un verdugo:

¡Y canté! Con una voz amolada y gacha como mi chava, pero canté. Campechaneando las rolas que ya me sabía con otras medio improvisadas, pero canté. Echándole hartas ganas pa'tronar más recio de lo que tronaba el aire, haciendo de cuenta que todavía existían los enchufes eléctricos y que mi guitarriux y mi gargantiux estaban cargadas con los puros kilos de voltaje de alta tensión, así como cuando la rolaba con mi conjunto en las colonias y en las fiestas, así como le hubieran hecho los del Tri si no se hubieran petatiado, así de plano, como si las jetas y los bultos de los Panchólares y su Líder y hasta mi chava no hubieran sido más que los colores y las formas y los alucines que veía cuando andaba bien pacheco y bien pedo y bien chemo en los reventones, canté. Canté muchas ondas, canté muchos rollos, canté el guato de verdades capulinas para darles en la mera torre y en su mera móder. Canté sobre el mundo que los de arriba nos habían quitado con su agua potable y sus árboles verdes y su comida pobrecita pero calientita y sus casas pobrecitas pero completitas y sus días de descanso pa'remar en Chapultepec y pa'jugar al futbol en los llanos y pa'noviar con las chavas y llevarlas al cine. Canté sobre el mundo que ésos de arriba nos habían dejado, sobre la contaminación y las guerras chicas y la Guerra Grande y la ecología que chupó faros, sobre la laif o dizque laif que tenemos ora que llevar los que tuvimos la idiotez de no restirarnos. Canté con harto cansancio, canté con harto coraje, canté como si en la cantada vomitara la puerca vida que ya no es vida, canté...

De eso se trata la ciencia ficción mexicana de nuestros días. De eso y más.

Bibliografía

Clute, John y Peter Nicholls, The Encyclopedia of Science Fiction, St. Martin Press, 1993.

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Notas al pie.

Este ensayo apareció originalmente en dos partes, en los números 8 y 9 de la revista Umbrales, julio-octubre de 1994.