Se ha Perdido una Niña

Por: Alberto Chimal

Este cuento de Alberto Chimal ha recibido ya dos premios, primero el premio de Cuento Benemérito de las Américas (1998) y, posteriormente, el Premio Nacional Kalpa de Ciencia Ficción. En "Se ha perdido una niña", Chimal explora la posibilidad de un universo paralelo, donde la URSS todavía existe, y al cual no tiene acceso más que la sobrina del narrador... Una distopía muy bien llevada.

Cuando la hija de mi hermana cumplió trece años, en 1998, yo olvidé comprarle un regalo. Peor aún, me di cuenta a pocos minutos de tener que salir a su fiesta. No me quedaba sino ir y revisar mi librero, aunque nunca lo había hecho en busca de algo para una niña... Al final descarté un juego engargolado de fotocopias de La muerte de Superman (en inglés), un manual de autoconstrucción y La isla de los perros de Miguel Alemán Velasco, e Ilse, así se llama la hija de mi hermana, recibió un ejemplar nuevecito, o casi, de Se ha perdido una niña, escrito por una tal Galina Demikina y publicado en español, en 1982, por la Editorial Progreso de la URSS.

Mi hermana se disgustó, a pesar de que le improvisé un discurso sobre el libro como un fragmento del pasado, un testimonio de la existencia de un mundo que había sido y ya no era más y así sucesivamente, pero Ilse recibió el regalo con curiosidad y se puso a hojearlo. Casi de inmediato me dijo:

-Está padrísimo.

-¿Te gusta? -me sorprendí.

Y ella me dio las gracias con un entusiasmo desmesurado, o eso pensé.

* * *

Varios días más tarde, regresé a la casa de mi hermana. Ella se cuidó de darme las gracias, pero me hizo saber que Ilse estaba muy contenta con el libro. Era un solo cuento, de esos impresos con letra y márgenes muy grandes, y trataba de una niña que visitaba un mundo fantástico. En él, las cosas eran cada día de un color diferente.

-Ah -dije, y mi hermana se dio cuenta de que no me interesaban los detalles, así que me dio más: la niña estaba cada vez más perdida en ese mundo, en el que se había metido a través de un cuadro y en el que estaba acompañada por duendes o algo parecido. Había una rosa que tenían que cuidar, como en La Bella y La Bestia. Al final aparecía el tío de la niña, que era pintor pero también una especie de mago (él había hecho el cuadro mágico, pues), y el desenlace era feliz. El mensaje del libro era como una reflexión sobre la familia, pero también sobre el arte y los artistas y...

-Ah -repetí, y no pude recordar cómo había llegado aquello a mi librero, pero me alegré de no haberlo leído.

-Le fascinó -subrayó mi hermana.

Y entonces me llevó aparte y me habló en voz baja, como siempre que va a pedirme algo. Lo único malo de todo el asunto, me dijo, era que Ilse, de tan entusiasmada, estaba escribiendo una carta a la editorial.

-¿A dónde?

Mi hermana me mostró que el libro tenía la siguiente nota:

AL LECTOR
La Editorial le quedará muy reconocida si le
comunica usted su opinión del libro que le ofrecemos, así
como de su traducción, presentación e impresión. e
agradeceremos también cualquier otra sugerencia.
Nuestra dirección:
Editorial Progreso
Zúbovski bulvar, 17
Moscú, URSS

-Ah -dije una vez más.

-Quiere mandarles una carta -dijo mi hermana.

-Ya entendí -le contesté-. ¿Qué tiene?

-La URSS ya no existe, Carlos -Me llamo Carlos.

-¿Y? La carta no va a llegar -dije-. No creo que sea mucho gasto el sobre...

-Pero es que ya le expliqué todo eso, lo de la URSS, y no me hace caso. Me tendría que haber hecho caso.

Debo confesar que no entendí.

-Es una niña, Sara -mi hermana se llama Sara.

-Tiene trece años -respondió ella.

Me quedé pensando por un momento y, tuve que reconocerlo, a los trece años yo no pensaba en mí mismo como en un niño.

-Es que está, no sé, está encaprichada -decía mi hermana-, y no entiendo por qué. Nunca le había interesado leer, ni nada...

-Es bueno que lea, ¿no? -respondí, mecánicamente, y le aconsejé que la dejara hacer lo que quisiera.

-Carlos, es que está muy raro...

-No le hace daño -la interrumpí.

(En realidad yo soy menor que ella y no tendría que darle asesoría para todo.)

Al cabo, mi hermana me forzó a esperar que Ilse volviera de la escuela para explicarle que la URSS había sido un país socialista, compuesto por Rusia y otras regiones cercanas que se habían vuelto a separar en 1991.

-Cuando tú tenías seis años -le dije.

Pero Ilse siguió sin ver impedimento alguno para que su carta llegara a los editores de Se ha perdido una niña y, tal vez, hasta a la misma Galina Demikina.

-El libro está padrísimo -dijo, y agregó algo como que su carta no podía no llegar.

* * *

El problema, desde luego, fue que llegó.

O alguien se tomó la molestia de responder, desde Moscú o desde algún otro sitio, con una carta en un sobre con la dirección de Editorial Progreso y estampillas que decían CCCP.

-Es decir -le expliqué a mi hermana y a Ilse, en cuanto pude ir a verlas-, SSSR pero en el alfabeto cirílico, es decir URSS pero en ruso... Vamos, las siglas de la URSS en idioma ruso son SSSR, y las letras SSSR en alfabeto ruso...

-Ya entendí -me interrumpió Ilse, y se fue.

Pero, eso sí, estaba como loca por la carta, aunque no pasaba de un par de frases de agradecimiento. Pensé que se parecía demasiado a su madre; entonces ella (es decir, mi hermana) me dijo que el tipo que había escrito la carta hablaba de la URSS.

-¿Ah, sí?

-En la carta dice URSS -me explicó ella-. No puede ser.

-¿Qué no puede ser?

-¿No entiendes? Te estoy diciendo que este tipo...

-¿Quién?

-El de la editorial, el que firma la carta.

-¿Cómo se llama?

-¡No importa! Te digo que ese tipo habla como si no hubiera pasado nada -dijo mi hermana-. Como si la URSS todavía existiera, pues.

-A lo mejor tiene síndrome de Alzheimer y no se acuerda... -bromeé.

La discusión que siguió fue muy desagradable.

Por otra parte, como supe luego, mi hermana tenía razón. La carta terminaba así:

Si alguna vez tienes ocasión de venir a la URSS, no dejes de visitarnos. Nos entusiasma conocer a nuestros lectores de todo el mundo, y Galina Demikina, la autora de Se ha perdido una niña, de seguro se alegrará al saber de ti.

* * *

Luego vino la segunda carta de Ilse, agradeciendo la que le habían enviado. Mi hermana me llamó y me dijo:

-¿Qué hago, Carlos? ¿La dejo que la mande? -Le dije que sí.

-Ni modo que no. No es nada malo.

-¿Qué tal si es un pervertido?

-Por favor, la URSS está muy lejos...

-La URSS no existe -dijo mi hermana.

-Más a mi favor.

Luego vino la segunda carta de la editorial, con un catálogo de novedades de 1998.

-Ahí está -dije yo, más tranquilo.

-¿Qué?

-La explicación, Sara. La Editorial Progreso existe todavía. Estará privatizada o será del gobierno ruso o algo, pero existe.

-Pero el catálogo dice URSS en la dirección.

-A lo mejor es viejo.

-Pero es de este año.

Yo empecé a decir que los rusos siempre hacen las cosas con mucho avance, en planes quinquenales, es decir de quince años.

-¿O son cinco?

-¿Y también hacen los catálogos de las editoriales? Además, eso de los planes era de los socialistas.

-Sí, ¿verdad? -reconocí- Lo de la... economía planificada... Huy, nos lo enseñaron en la secundaria... Oye, pero ¿no tendrán eso todavía en Rusia?

-Pero le hubieran puesto..., no sé, algo, una etiqueta para tapar el URSS y poner Rusia.

-No han de tener mucho dinero... Además imagínate, se supone que hacen ediciones de los libros en ruso, español, francés, inglés y quién sabe qué otros idiomas...

Luego Ilse quiso encargar otro libro de Galina Demikina, que estaba en el catálogo, titulado La historia del señor Pez, pero como mi hermana estaba muy nerviosa por todo el asunto le dijo que no. Y se armó una escena, de esas terribles.

-Yo no voy a pagar ese libro.

-¡Mamá! ¡Por favor...!

-Haz lo que quieras. Ya dije.

-Pero, ¿por qué no?

-Pues.... porque no. Porque no está bien.

-¿Pero por qué no está bien?

Aquí mi hermana cometió un error: perdió los estribos.

-¡Porque no quiero que mandes otra carta! ¡Punto! ¿Me entiendes? No la vas a mandar.

Y otro error: de inmediato vaciló.

-Ilse... Ilse, es que quién sabe a quién le estás escribiendo, esto..., está muy raro, no entiendo...

Tal vez si se hubiera visto más segura, no hubiera pasado lo que siguió:

-Nunca me dejas hacer nada -murmuró Ilse con una voz que, según mi hermana, nunca le había escuchado antes.

-¿Qué fue lo que dijiste? -preguntó mi hermana.

-¡Te odio! -le gritó Ilse, y se fue corriendo.

* * *

El libro llegó uno o dos meses más tarde, a principios de 1999. Ilse, feliz, me anunció a la mañana siguiente (seguía portándose muy fría con mi hermana, o tal vez se lo decía a todos los que iban a su casa), que era tan bueno como Se ha perdido una niña. Me sorprendió que leyera tan rápido: el libro tenía sus buenas cien páginas, y hasta el año anterior Ilse había leído lo que le dejaban en la escuela y absolutamente nada más.

Por su parte, mi hermana seguía yendo a su trabajo, haciendo la comida, lo de todos los días, pero estaba mal. Deprimida: estaba engordando, tenía ojeras, todo el cuadro. Siempre le pasa lo mismo.

Así que la seguí por su casa (ese es otro síntoma: se pone a limpiar todo como loca, una y otra vez), hasta que la acorralé:

-A ver, Sara, ya. Qué tienes.

-Es que todo esto es muy raro -me contestó.

-Ya lo has dicho como veinte mil veces.

-¡Es que no es posible, Carlos!

-¿Qué no es posible?

Y ella me contó que, en el último mes o dos meses, había ido a la oficina de correos a preguntar por los envíos, y nadie había podido explicarle nada; a la oficina central, la del centro, y lo mismo; al aeropuerto a donde llega el correo aéreo, y lo mismo; a la embajada de Rusia...

Ahí no la dejé continuar.

-¿Fuiste a la embajada de Rusia? -le pregunté- ¿Fuiste? ¿Estás loca?

-Nadie me quiso decir nada, Carlos. Les dije que me dejaran hablar con el embajador, con alguien...

-¿Y te recibieron?

Ella no comprendió, creo, que me estaba burlando.

-Según ellos, nadie sabe.... nadie me dijo cómo llegaron esas cosas con dirección de la URSS. Ni cómo aceptaron las cartas de Ilse...

La voz se le quebró y me pareció que iba a empezar a llorar. Y eso sí no puedo soportarlo. Pero se me ocurrió una idea.

-¿Querías investigar? -pregunté.

Me contestó que sí.

-Ven acá... -la abracé- Mira, Sara. No es..., no es como en la tele, como en los Expedientes X. Estamos en México. Aquí la gente no se pone a investigar. Las cosas no se saben. No sé, vaya, sí está raro, lo que tú quieras..., pero ¿qué vas a hacer?, ¿Llamar a la judicial? ¿A Derechos Humanos? ¿A la CIA?

Se rió, lo que era una buena señal, y yo seguí.

Era muy raro, sí, pero no era malo. No le hacía daño a Ilse. En realidad, ella seguía siendo la misma. Iba a la escuela, tenía sus amigas, veía películas, como siempre. ¿Qué importaba que le gustaran dos libros de una rusa? No eran malos libros, nunca está de más leer.. Y además no era bueno sobreprotegerla, ¿o sí?

-Así que te digo, Sara. Cálmate. Si no lo puedes resolver... Bueno. No tiene nada de malo. No puedes estar así toda la vida -y para concluir le dije que qué más podía pasar.

* * *

Al día siguiente llegó la carta en la que la embajada de la URSS, enterada de la correspondencia entre Ilse y Editorial Progreso, ofrecía a mi sobrina una convocatoria: la de un concurso para ganar un viaje de tres meses a la URSS, para dos personas, escribiendo en dos cuartillas o menos las razones por las que le gustaría hacerlo, es decir, viajar a la URSS.

-¿Ya viste, mamá? -le dijo Ilse, muy emocionada, a mi hermana.

-Sí -respondió ella, y me llamó para pedirme que fuera otra vez. Me disgusté, aunque en realidad no tenía nada más que hacer, y fui uno o dos días más tarde.

-Me arrepentí al verla:

-Qué barbaridad, Sara -se me escapó.

Estaba sentada en el suelo de su cuarto, con la cara roja y abotagado y una botella vacía a su lado...

Me tranquilicé al notar que la botella era de cooler, y que Ilse estaba en la escuela, y volví a sentirme explotado cuando mi hermana confesó, muy serenamente, que era una persona insegura. Y lo de siempre: que Femando, el padre de Ilse, la había dejado muy lastimada. Que había quedado embarazada a los diecinueve. Que le había costado mucho trabajo dejar la universidad, casarse, criar a su hija sola porque el otro, así dijo, la había dejado como a los seis meses de embarazo, es decir, dos de matrimonio...

-No he madurado, Carlos. Le puse Ilse a Ilse por... por la de las Flans... -y era cierto, es decir, le había puesto así por la cantante de un grupo de aquel entonces, que ya ni existía. Y ahora se dedicaba, es decir la cantante, a anunciar refrigeradores, o una cosa así.

Pero comenzó a llorar y no fui capaz de decir nada. La abracé y traté de consolarla:

-Al menos no le pusiste Ivonne como la otra del grupo, la loca...

Esta vez no se rió.

-Además... bueno, no tiene nada de malo...

-¿Que se llame Ilse?

-Que concurse ¿Qué tal si no gana? -me apresuré a agregar.

-¿Y si sí? ¿Qué tal si se quiere ir? ¿A dónde va a ir a dar?

Lo pensé un momento.

-Sara, ¿el viaje no es para dos personas?

Ella me respondió que sí pero, según sabía, los de la URSS tenían a la KGB, y había un montón de historias horribles sobre las cosas que hacían...

-Lo leíste en Selecciones, ¿no?

-Tú eras el que estaba suscrito.

-La suscripción me la dio mi papá -le recordé, muy enojado.

Cambiamos de tema bruscamente cuando mi hermana comenzó a llorar de nuevo (ya se había calmado). Una vez más dijo no saber qué hacer. Y que todo aquello era muy extraño.

Peor todavía, agregó que llse estaba redactando sus dos cuartillas o menos.

-Bueno -le dije-, ¿qué hacemos? ¿La llevamos con un psiquiatra para que la convenza de no entrar el concurso?

-¡No, si no está loca!

-¿Entonces qué hacemos?

Seguíamos discutiendo cuando Ilse llegó de la escuela, fue a su cuarto, regresó a toda prisa (apenas nos dio tiempo de esconder la botella bajo la cama de mi hermana) y nos leyó sus cuartillas.

Estaban muy bien y se lo dijimos.

-De veras?

-Claro que sí -le aseguré.

Si gano ¿me acompañas, mamá? Además del viaje van a dar un curso de ruso, y un paseo por la editorial Progreso, y...

Oír esto no me gustó nada. Secretamente, creo, había estado pensando en acompañarla yo. Pero claro, ella era su madre. Y además era de las primeras veces que le hablaba sin disgusto desde... bueno, desde su disgusto.

-Tienes que ir, Sara -le dije, haciendo ver que estaba muy seguro de mí. Además, siempre estaban las enormes probabilidades en contra...

* * *

Cuando Ilse ganó el concurso, y le llegó la felicitación y una invitación a la embajada de la URSS, creímos que todo se resolvería. O hicimos todo lo posible por convencernos. Después de todo, nosotros sabíamos dónde estaba la embajada de la URSS. O dónde había estado, porque lo que ahora estaba allí era la embajada de Rusia y la dirección (en la invitación, quiero decir) era la misma.

-Vamos y aclaramos todo -le dije a mi hermana-. A lo mejor..., a lo mejor, no sé, tienen el servicio de contestar las cartas mandadas a la URSS...

-Sí, ¿verdad? Por si alguien no se ha enterado.

-¿Y qué tal si de veras alguien no se ha enterado? -mi hermana se estaba burlando, por supuesto.

-¿Aparte de los de Editorial Progreso?

Así discutimos durante todo el viaje, y de hecho seguíamos haciéndolo cuando llegamos a la embajada. Entonces los de la puerta no dejaron entrar a mi hermana, porque la recordaban (¡no quiero ni pensar en el escándalo que debe haber armado!) y yo les discutí tanto, para que la dejaran, que Ilse tuvo que entrar sola.

De todos modos, una hora más tarde estábamos los tres de vuelta en casa de mi hermana, e Ilse, sana y salva, feliz, tenía una libreta de cheques de viajero y dos boletos de viaje redondo por Aeroflot.

-¿Todavía existe Aeroflot? -me preguntó mi hermana, y su voz me alarmó.

-Sí, Sara, eso sí, Aeroflot todavía existe -le respondí.

-¿Seguro?

Le sugerí que interrogáramos (no usé esa palabra, por supuesto) a Ilse. Nunca lo hubiera hecho. No sólo estaba sana y salva, sin heridas de ninguna especie, sino que tomó a mal nuestra preocupación.

-Ya no soy una niña -dijo.

-Ya lo sabemos, mi vida... -le contestó mi hermana.

-Pero es que nos preocupas -agregué-. Nos preocupa... que hayas ido sola.

La discusión, como era de esperar, se desvió a la forma en la que Ilse resentía tanto celo. Nuestras relaciones volvieron a deteriorarse y no supimos, nunca, qué había sucedido en la embajada.

* * *

Mientras Ilse hojeaba Se ha perdido una niña (antes de empacarlo en su maleta), me convencí: no recordaba, no sabía de dónde había salido.

-Ilse... -comencé.

-¿Qué? -dijo ella, sin apartar la vista del libro. (Ya le hablaba a mi hermana, porque no podía irse con ella a Rusia, o a la URSS o a donde fuera, sin hablarle, pero ciertamente podía seguir enojada conmigo.)

-Este... Bueno, ¿por qué te gustó tanto el libro?

-Tú me lo regalaste. ¿No lo has leído?

-Lo... -no podía decirle la verdad, desde luego- No. Es que lo compré porque..., porque pensé que podría gustarte... Pero no pensé que te fuera a gustar tanto. Me alegro mucho, vaya..., ya sabes lo que siempre decimos tu mamá y yo sobre que hay que leer... pero... Es que...

Tuvo piedad de mí, o tal vez se impacientó por mis vacilaciones.

-Es que está padrísimo. La idea de que te metes como en un cuadro, y te vas a otro mundo... Está padrísimo.

-¿Qué es lo que más te gusta del libro? -Todo. La historia, las ilustraciones, la niña... Te digo que está padrísimo.

-Pero... No sé, vamos, ¿qué tiene de diferente a otros libros, o a las películas?

Me miró como si yo fuera un retrasado mental. Desde luego, pensé, las diferencias de todo lo demás con Se ha perdido una niña eran evidentes.

Se me ocurrió otra idea.

-Bueno. ¿Ya tienen todos los papeles...?, el pasaporte y eso.

-Sí.

-Y están sellados para la URSS, lo de la visa.

-Pues sí.

-Ilse... Ilse, ¿te acuerdas de lo que te comentábamos alguna vez, hace como un año, sobre que la URSS ya no existe?

-¿Cómo? -me miró, extrañada.

-Sí, que la URSS no existe. Se disolvió hace ocho años.

-¿Cómo?

Aquí, por primera vez, me asusté.

Le expliqué, paso a paso, lo que había sucedido con la URSS (Gorbachov, Yeltsin, todo), y no me entendió.

No me entendía. Después de un rato advertí que, cada vez que ensayaba una nueva explicación, Ilse hacía lo mismo: entreabría la boca, ladeaba la cabeza, dejaba caer un poco, casi nada, los párpados. Y decía:

-¿Cómo?

En ese momento mi hermana me llamó, gritando. Fui a verla y la encontré en la cama, tirada. Tenía un dolor horrible en el vientre, no podía levantarse. Le pregunté si había comido algo que le hubiera hecho daño. Ella estaba aterrada y lo atribuía a una apendicitis. Yo pensé en la vesícula, en una úlcera... En todo caso, no podía ir así.

-Ve tú -me pidió, con tanta angustia como si fuera su última voluntad.

Yo le dije que el boleto estaba a su nombre. De hecho, agregué, y creo haber sido un poco injusto, que Ilse lo había pedido así.

Ella me sugirió que me vistiera de mujer.

No sé por qué, pensé en una inspectora de aduanas como campesina rusa de las películas (cuadrada, de cara ancha y rasgos toscos), metiéndome en un reservado para ver si no traía droga bajo la falda o algo por el estilo...

Llegamos corriendo al aeropuerto pero, eso sí, estaba vestido de hombre. Naturalmente, no me dejaron abordar el avión. Hasta el final pensé que podría hacerlo: seguía discutiendo cuando alguien fue a avisamos (a mí, al del mostrador de Aeroflot y a los diez o doce funcionarios más que estaban con nosotros), que el avión había despegado. Pensé que había sido muy previsor de mi parte el mandar a Ilse a que abordara.

-Ahorita te alcanzo, pero si no, escribes -le había dicho, según pensaba, en broma.

* * *

Fueron los tres meses más horribles de mi vida. Mi hermana me llamó irresponsable, retrasado mental, mal hombre, asesino... vaya, hasta tratante de blancas. Y de nada servía recordarle que ella se había enfermado, porque en realidad aquello había sido su dolor profundo, como ella lo llama.

-Nunca pensé que te diera así -le decía yo.

-¿Por qué no ha escrito? -me gritaba ella, bañada en lágrimas- ¿Por qué no ha llamado?

-A lo mejor..., no sé, a lo mejor regresa antes que las cartas...

Pero ella no me hacía caso y seguía gritando por su niña muerta, o perdida para siempre, o presa en una cárcel de Siberia...

-¡O convertida en puta!

-¡Sara! -grité, horrorizado, porque nunca antes la había oído decir puta.

Cuando Ilse volvió se produjeron las grandes rutinas de abrazos y besos y todo, y sus cartas llegaron quince días más tarde.

-Te las mandaba cada semana -explicó Ilse, contrita-. Pensé que era más bonito escribirte, para que te fueran llegando... -y mi hermana le sonrió como si nada.

Ilse la había pasado muy bien. Se había asustado al verse sola en el avión, pero todos habían sido muy amables con ella. Al llegar la habían llevado sin mayor problema con sus anfitriones...

-Y ya de ahí fue padrísimo -nos dijo-. Aprendí mucho.

No pudimos juzgar su ruso, naturalmente, pero además de que hablaba de lo mismo todo el día estaban las fotos: Ilse sonreía por igual en la Plaza Roja, ante la tumba de Lenin, junto al monumento a Marx y Engels, en Leningrado (no entendió cuando le dijimos que aquello era San Petersburgo, como a principios de siglo)... Y ante el edificio de la Editorial Progreso. Y ante una prensa. Y con una mujer que, nos lo aclaró de inmediato, era Galina Demikina.

-Es muy linda -nos dijo. Y mientras nos contaba cuán linda era, qué amable se había portado, qué autógrafo tan hermoso le había escrito en su ejemplar de Se ha perdido una niña, yo pensé en los sellos de su pasaporte, todos llenos de hoces, martillos y las letras CCCP.

Y se me ocurrió llamar, ahora sí, a la CIA.

No lo hice porque: a) detesto a los gringos, b) no tengo idea de cómo llamar a la CIA y c) de todos modos hubiera sido ridículo.

Pero también porque, tengo que admitirlo, de pronto sentí una envidia enorme. De llse. Es la verdad.

Quiero decir, a pesar de todo, a pesar de las circunstancias del viaje, a pesar de que seguíamos sin entender a dónde había ido, ella estaba feliz. ¿Y por qué no? Había visitado sitios muy hermosos, conocido gente diferente, visto (aunque suene horrible) nuevos horizontes... Había ido mucho más lejos que cualquiera en la familia. Sólo eso era un motivo de orgullo. Ni mi hermana ni yo hemos salido nunca del país...

En los años siguientes advertí que ella se sentía como yo, porque dejamos de hablar del asunto y preferimos no inquietarnos por los hermosos viajes subsecuentes, las nuevas fotos, el cada vez mejor ruso, hasta donde podíamos apreciarlo, de Ilse. O su beca para la preparatoria. O su beca para la universidad. O su novio, Piotr Nikolaievich Temovsky, de Leningrado (no San Petersburgo), que conoció en 2004. O su último viaje, en 2007, y su vuelta a México que se retrasaba, y se retrasaba... O su llamada, una noche, para anunciarnos que estaba muy enamorada y que se iban a casar.

* * *

-Ay, mi hijita -dijo mi hermana la última vez, conmovida. Ilse cumplía 23 años, llevaba casi uno de casada y había podido llamamos.

(Ilse llama, o por lo menos escribe, cada tres meses, más o menos. Tenemos su teléfono, por supuesto, pero cuando llamamos nunca está o las líneas se cruzan y la llamada acaba en quién sabe dónde.)

Platicaron y mi hermana se enteró de que ella y Piotr habían decidido aplazar un poco más al pequeñito Nikolai, así se llama el papá de Piotr, o a la pequeña Sara.

(El que eligieran esos nombres me disgustó un poco, pero supongo que es algo infantil de mi parte.)

La razón del aplazamiento era que acababan de aceptarlos en la Academia de Ciencias de la URSS. Ilse no nos dijo exactamente para qué, pero hemos llegado a la conclusión de que tiene que ver con el programa espacial: van a estar, según nos dijo, en el cosmódromo de Baikonur, con algunos de los cosmonautas que serán llevados, muy pronto, a la nueva estación espacial, la Mir 4.

(Claro, podrían ser parte del equipo de tierra, que va a estar en Baikonur durante toda la misión. O estar en otra cosa... La verdad es que Ilse nunca nos platica con muchos detalles. Y, desde luego, las noticias de la televisión o los periódicos siempre hablan de Rusia.)

-Qué maravilla -dije yo, de todos modos, cuando me tocó hablarle.

Luego vinieron las quejas. Siempre es muy incómodo cuando le platicarnos cómo nos va a nosotros... Pero ella nos consoló, como siempre: en realidad el socialismo tampoco es una utopía, nos dijo, ni mucho menos.

-La burocracia es terrible. Ni Gerasimov puede con ellos -Gerasimov es el jefe del Partido y, según muchos (o eso dice Ilse), un nuevo Nikita Jruschov

Hablamos algo más, nos despedimos, colgamos... Y yo veo que mi hermana está muy orgullosa. No puede decirle a nadie dónde está su hija, y todo el mundo se extraña cuando les cuenta que está en Rusia (que es un país más bien arruinado, lleno de mafiosos, sin nada o casi nada que ver con la antigua URSS), pero a ella no le importa.

Por mi parte, sólo puedo pensar que Ilse es una joven muy afortunada. Y me consuela, a fin de cuentas, el hecho de que ella me recuerda, siempre que puede, cuánto tengo que ver con su felicidad.

-Tú eres el tío del libro -me dice. Se refiere al de Se ha perdido una niña, que ella tiene en la URSS y por lo tanto sigo sin leer.