Perro de Luz

Por: Gerardo Sifuentes

Cuando el zumbido del despertador interno sacude su cabeza, mira el extremo de un cable que cuelga sobre él. Es un ojo artificial el que tiene en la punta, lo examina, manda alguna imagen varios metros arriba y se eleva rápidamente, perdiéndose en las tinieblas. Kolgate anota su observación en la unidad pez, se desata y continúa la búsqueda, ahora sabe que alguien lo espera. Tras unos minutos el sonido adquiere forma de música, aguda, como un llanto privado. El Perro de Luz canta a la soledad y su amplio reino del que son habitantes. Cien metros más arriba se topa con el ojo artificial que ahora emite luz propia, Kolgate no lo entiende al principio, pero deduce que lo están guiando. Los brazos están casi solidificados, pero después de una larga hora al fin llega a una de las bóvedas más grandes con las que se haya topado.

Una sensación casi olvidada lo invade, extiende los brazos para palpar ese extraño elemento. Se quita la roída camisa aunque el sudor se seque de inmediato sobre su piel causándole un violento escalofrío, Kolgate tiene ahora el privilegio de sentir una ráfaga de viento libre, y por fin adquiere la idea de tener una piel que le guarda los huesos.

-Eres la sexta visita desde el temblor.

La voz electrónica es amplificada y rebotada por las paredes.

Están usando dialecto madre.

Kolgate busca el origen, y a lo lejos observa un resplandor intermitente, chispas que saltan formando pequeños insectos rojizos desvaneciéndose en el aire.

Tres figuras avanzan hacia él, dos bípedos y otro que se arrastra. Son una pesadilla recurrente, cables y metal que rugen como fieras protegiendo el territorio.

-Ellos no te dañarán.

Los humanos-chatarra se detienen, el aparato semejante al tanque-tortuga que tenía el Hombre Canela se acerca con cautela y su cabeza-televisión se enciende, cegando a Kolgate por unos instantes. Al recuperar la vista distingue a su anfitrión.

-Es bueno ver a otro de ustedes.

La voz ha cambiado. Fémina. La pantalla imprime su rostro. Un extraño ángel del abismo.

-Síguelos.

Kolgate se deja guiar por tanque-tortuga y sus escoltas mecánicas.

Varias carcazas de automóviles están apiladas formando una especie de refugio. Cientos de cinescopios estrellados se encuentran esparcidos por el terreno, como si los hubieran sembrado y la cosecha se hubiera podrido. El cristal y miles de piezas de cascajo metálico crujen bajo sus pasos, y poco a poco queda al descubierto el taller de la artista.

Luz.

Una bombilla es alimentada por un grueso cable naranja. No muy lejos de ahí existe un generador con toda seguridad.

El overol de ella está cubierto de grasa y herrumbre, se coloca unas gafas de soldador y comienza a unir metal, está dando vida a otro arácnido-tv. El resplandor y las chispas vuelven, se escucha el ruido lastimero del acero mancillado. El taller tiene un camastro, y las paredes de lámina están tapizadas por papel ilustrado a colores. Imágenes de un pasado, similares a las que mostraba el primer arácnido-tv que había visto.

-¿Hablas esa lengua de las fosas?.

Ella hace una pausa, se quita las gafas y examina a Kolgate con una mirada inquisidora. Él no sabe que decir, sólo piensa que está en un sueño. Los humanos-chatarra se colocan a un lado de la soldadora, uno de ellos se sienta en el suelo.

-Es bueno que llegaras en estos momentos. Por que no podía irme sin dejarle encargada la casa a alguien.

Kolgate no sabe de qué le habla. El mundo en el que está es muy diferente al que imaginó. No hay grandes salones con gente haciéndose el amor, o templos guardando a una deidad. Los humanos son capaces de transformar conceptos sencillos en ideales de proporciones inimaginables.

-¿Donde está el Perro de Luz?

Kolgate saca la pregunta inesperadamente, y la sonrisa de la artista podría iluminar toda la bóveda si quisiera.

-Yo me llamo Luz...y mi perro está por volver.

Kolgate entiende lo sucedido. Tal vez aquel rastreador loco fue el mismo que le había llevado aquellos sofisticados juguetes al Hombre Canela.

Un ruido se escucha afuera del taller. Luz sale, seguida por los humanos-chatarra y Kolgate, cuyo corazón tiene miedo, no está en una situación normal para un rastreador.

Se detiene en seco cuando ve a la criatura que acaba de llegar. Otra docena de mascotas-máquina se unen a la recepción.

Las cuatro patas son gruesos resortes soldados entre sí, armados con enormes garras; el tórax es la carrocería de un auto compacto, y de sus entrañas emergen cientos de tubos delgados que abrigan venas de plástico. El cofre-boca tiene un cuello armado con varillas, la cabeza-videocámara es enorme. Apaga sus ojos de halógeno y descansa.

Es el Perro de Luz, saluda a su dueña y a sus hermanos. Su presencia es dócil por el momento, pero es capaz de destruir y matar si se le pide, es el resultado de una buena programación.

Ella saca del vientre de su perro un cassette negro, y lo lleva al taller. El zoológico mecánico la sigue, Kolgate también. Luz llama a tanque-tortuga que se traga el cassette, lo digiere, sus intestinos de plástico lo procesan, su rostro escupe imágenes.

Arena blanca.

Cielo.

-Mi perro escala por esas enormes fisuras, varios kilómetros hacia arriba-, dice Luz sin apartar la vista de la tv, -y ha descubierto dos salidas seguras. En realidad no me gustaría irme sin mis hijos.

Ella es una verdadera artista, una perra de luz que amamanta crías para que simulen la vida y estén dispuestas a salir a la superficie.

-¿Por qué..?- Kolgate se atreve a hablarle en lengua madre. -¿Por qué te vas de aquí?- Descubre que está llorando mientras habla, se atraganta, no puede continuar.

En la pantalla se observa una carretera a lo lejos. Un automóvil, apenas un punto negro, pasa rápidamente.

No le podrá entregar al Hombre Canela el Perro de Luz.

La artista sujeta una enorme mochila que se lleva a la espalda. Con un susurro ordena que tanque-tortuga congele la imagen. Se observa un valle blanco, con una cinta negra en su centro.

Da una palmada en el hombro de Kolgate, él lo recibe como un contacto humano que jamás olvidará. Sus lágrimas barren la suciedad acumulada en su rostro.

-Veré que hay afuera- dice mientras trepa por un costado del Perro de Luz. -Puedes ver por donde vamos y seguirnos. O esperar a más rastreadores que quieran llevarse a mis hijos, dos de esos tipos no pudieron regresar a tus ciudades. Tenían buen sabor.

Se interna en el vientre de Perro de Luz, ella es un feto que descansa mientras espera salir al mundo exterior, protegida por un animal de su invención.

Ella susurra unas palabras, Perro de Luz obedece.

Kolgate observa como Perro de Luz se aleja, el animal mecánico da un salto para aferrarse a una pared y escala hasta llegar a una fisura enorme. Kolgate se acerca, una lluvia de tierra y pequeñas piedras lo baña, pasan varios minutos, el ruido del paso de Perro de Luz se aleja, el eco poco a poco se apaga, la lluvia cesa. Arriba todo se ve obscuro.

Tanque-tortuga se acerca a Kolgate arrastrando sus orugas metálicas. Descongela la imagen, un giro lento enfoca al mítico sol.

Kolgate no puede explicar con exactitud esa obsesión por el Perro de Luz.

Se sienta y espera al siguiente rastreador, está seguro no tardará mucho, el Hombre Canela de seguro ha enviado a alguien para seguirle, así trabajan en ese ambiente, o quizás ya esté muerto y quedó con la idea de encontrar a un redentor. Cuando llegue ese rastreador le encargará que cuide a esas criaturas adoptadas, y quizás quiera seguir al Perro de Luz, y tenga deseos de llegar a ese lugar donde se de cuenta que el suelo que pisa sea firme, tanto como el aire, el cielo o los sueños. El Perro de Luz es un pedazo de imaginación con vida propia que se encargará en adelante de hacer de los sueños de Kolgate un terreno más firme donde pisar.

Junta al rebaño de metal y se mete al taller para escribir esta historia en su unidad pez.