Hielo

Por: José Luis Ramírez

a la flaka y al kaín, por la empatía.

Toda su vida la pasó detrás de una consola. Estaba harto.

El autobús camino a Esperanza del progreso sirvió para expulsar los demonios. No más software, no más red. A partir de entonces no usaría ni reloj. Ya no.

Fueron dos años que duró la fantasía.

Lo encontraron. Trabajando en la cantina a cambio de una habitación y dos comidas al día. La expresión de niño endurecida y no del todo deshecha. RataRápida no había cambiado. Nada.

-Cantinero. Una Corona.

Ojos depredadores buscando a su presa.

Cualquiera reconoce una Mac así. Estuche de piel, la correa atorada mediante un broche de velcro, the fuckin' old fashion.

Arcadio cantinero saca la cerveza.

-Yo la llevo.

Y el aroma lo nota por vez primera en mucho tiempo.

Le da un trago antes de ponerla en la barra.

-Servido.

Su sonrisa es la de un western.

-El diablo -le dice Rata, a la vez que da un golpe a la Mac.

Una botella de mezcal es la respuesta.

-Arriba.

El resto del equipo lo tiene en la mochila. Teléfono satelital, pistola de agujas, electrodos, blackbox. Ya en la habitación le pregunta si recuerda lo que es eso. Un par de sulbutas en seco le contestaron.

-Lo que bien se aprende. -dice, sin preocuparse de acabar la frase.

La Mac es un dulce.

Mejorada por algún chip de fayuca taiwanesa uno puede pasearse por el silicio como en su casa, ninguna huella. El teclado tiene un par de líos con las erres, aunque uno los resuelve combinando otras teclas.

-Parece que anduviera practicando, ese.

Asiente.

En sueños, la red seguía apareciendo. Su mar binario, las secuencias de hexadecimales repasadas cada vez que un campesino vomitaba ron blanco. Se siente así, recordaba. La realidad libre de física y huyendo por la garganta. No podía negarlo. Todavía soñaba noches de sulbuta y vida rápida, drogas, hielo.

-¿Puedes verlo?

-Como a tu madre en pelotas, güey. ¿Qué es?

-Apareció la semana pasada, queríamos entrar y ahí estaba. Micro dijo que era imposible. Sólo uno que hayan colgado -agregó.

La expresión se refiere a él, a los cuatro minutos que marcaron su fama.

Recuerdos.

Micro era una colimense de piernas flacas, chaparra. Los senos hinchados de manera precoz y la cara llena de Angelface, las hormonas siempre revueltas y delatadas en el acné. Ojos de Barbie; grandotes, azules. La pupila reducida a un punto negro consecuencia de nootrópicos. Inteligente y rápida como ninguno. La única capaz de ganarle en el Playstation.

Su expresión favorita era: ¿Captas?

Y jugaba a las carreras y ganaba siempre. Televisor de sesenta pulgadas, los autos rugiendo como leones en estéreo y Micro que no se preocupaba siquiera de ver la pantalla. Lo veía a él, los obstáculos de reojo.

-¡Perra!

Un volantazo y el auto derrapando a dos centímetros de la carrocería. Sonrisa. No había manera de conducir a doscientos treinta kilómetros por hora y sobrevivir al impacto. El piloto incendiándose. Humo y fuego en la toma virtual y el auto de ella cruzando la meta. Resolución de mil seiscientos por mil doscientos. Soberbia.

Tuerce los labios. Suspira.

-También lo extraña, ese. No debiste dejarla.

-Quería estar solo -miente. El meñique en el Enter, por cuatro veces-. Ves eso-el índice a la pantalla. La mano izquierda tamborileando en las teclas sin presionarlas. Escape.

-Aún se mueve como dios, ese.

-Eso vamos a verlo, Rata -desconectó-. A qué jugamos. Cuál es mi parte.

Un cigarro, Camel.

-El diablo, ese. Ya se lo dije.

-Sin metáforas. Cuánto pagan y qué quieren.

Humo.

-No pagan.

Esa no la cree ni tu madre, piensa. Y el otro debe imaginarlo porque tuerce la mueca en un gesto que antes de la policía debió ser su sonrisa. RataRápida, había perdido dos dedos en la comisaría, anular y medio, las manos tenían la suerte de los implantes, el rostro no.

-Pero a tu novia le vendría bien si entras y matas un par de archivos.

-A mi novia, y quién sería tan pendeja.

Una bocanada de humo es la respuesta.

-Está hasta el cuello, ese.

Rata echa el cigarro por la ventana y se acuesta en el catre.

Él pasa la noche en la red.

Y es que dos años fuera hacen que el pescado anhele estar ahí, adentro y nadando. Sintiéndose morro, tres años y preguntando a papá que era eso que se movía en la pantalla. Es un ratón, respondió. Y le enseñó como hacer para moverlo.

La realidad virtual lo cambió todo.

La consola sirve para hacer las conexiones entre cliente y servidor; buscas el nodo, logras acceso y conectas. El resto es trabajo de los electrodos, de la información que se viene desde el satélite como una hecatombe.

>>Dos años y aún te mueves como dios.

>>Soy sólo yo.

No se le ocurre que otra cosa escribir.

La medianoche en Esperanza suena a grillos y a coyotes, a borrachos mal atendidos.

>>No pensé que Rata te encontrara tan rápido.

Los caracteres uno a uno en el teclado, empujando el cursor como si estorbara al paso de las helvéticas.

>>¿Rápido? Si dice que empezaron la semana pasada.

Silencio, o más bien el cursor en el mismo lugar, demasiado quieto.

>>Bueno, eres como ese cadáver de Jimmy Hoffa. Un punto en algún lugar de este graffiti al que llamamos nuestro universo.

Embotada de Phenilalanine, piensa. Y siente envidia de la ciudad y lo fácil que es conseguir las cosas ahí.

>>Dónde está Rata???

Los tres signos de interrogación le recordaron su protocolo de somos-tu-y-yo-y-nadie-más-en-todo-el-jodido-mundo.

>>Arrullado por el mezcal.

Emoticones.

>>Estás en líos???

Pregunta, sin poderlo evitar. La pausa de ella es el único reproche.

>>Ya ves, me es fácil.

>>Y a quién jodemos, ¿eh?

La cadena de hexadecimales se viene tan rápida que no hay tiempo ni de leerla.

Estática.

Cuando uno ve cosas raras en la pantalla lo más común es un reset. El jodido botón ha salvado más hackers que un centro de desintoxicación. Verlo ahí, tan superfluo y trivial, da más seguridad que cualquier droga.

Excepto a él.

Cada vez que algo había en la pantalla, él pulsaba la tecla de retroceso. Me quieres colgar, pensaba. Y la computadora repetía la secuencia. Él la veía, la estudiaba, se movía a través hasta vencerla.

Dos años fuera no cambiaron esa actitud.

La misma tecla, la serie de hexadecimales repetida en pantalla, recorriéndose a cada golpe en el teclado. Los ojos yendo de izquierda a derecha y los neurotransmisores de lado a lado en el cerebro, la sulbuta en standby.

-¿Qué es esto?

La imagen que le viene a la mente es la del test rochas, sólo que la mancha no es negra, al contrario. Colores encendidos, fractales. Sigue buscando. Los ronquidos del Rata son el soundtrack menos apropiado, los grillos.

La curiosidad mató al gato, piensa.

Y luego recuerda que igual fue esa noche que lo colgaron.

Los trodos amplificando el campo electromagnético y las neuronas que ya no pudieron sino abrir y entregarse. No quedaba nada por hacer, las habían seducido. Fueron cuatro minutos de orgasmo.

-Había un túnel ahí, un túnel de luz blanca que te llamaba. La mejor de las resoluciones. Y había otros, gente por la que sentías empatía. Gente a la que conoces.

-Es lo que uno ve cuando falta oxigeno en el cerebro. Hay pruebas con buzos y fuerza aérea. Es la explicación que dan los médicos cuando. you know. tienes la petit morte -sorbo de cerveza-. ¿Captas?

Sólo asintió.

-También yo te quiero -le dijo.

Y la extrañó.

Así, sin más.

Inundado por la sensación de nostalgia.

Lo suyo fue un amor espontáneo. Se veían en casa del Rata para destapar caguamas y jugar, primero el Playstation, luego la Mac. Catorce años y adicto a la sulbuta. Los nervios sensibles de tanto narcótico y la paranoia poniéndolos a punto, tensos como un alambre. Esos fueron los ingredientes.

Rata perdió con el mezcal. Raro.

Y él estuvo a punto cuando Micro se puso con cocaína. Le dolían los brazos, como si radios, cúbitos y demás huesos se sostuvieran sólo a fuerza de los músculos, sin húmeros. Dolía como el mismísimo infierno. La cocaína no lo ayudó.

-Acuéstate.

Y de un empujón estaba en la alfombra. Primero las rodillas y luego las palmas, no aguantó siquiera su propio peso, se fue de bruces. Micro le abrió los brazos a manera de cruz y se sentó encima, las piernas a su alrededor. Los dedos golpeando la espalda a manera de teclado. Un jodido ciempiés. La erección consecuencia de la excitación y la cocaína.

Le quitó la playera.

Siguió con la rutina aunque ahora los dedos masajeaban extendidos, en vez de usar sólo las yemas. Cada golpe delatado un microsegundo antes de ocurrir, efectos de la sulbuta. Los sentidos la ignoraron cuando se quitó la playera, explotaron al sentir el calor de los senos, su abrazo. El orgasmo fue una serpiente de electricidad gestándose en la columna, una señal que viajó en todo el cuerpo hasta disiparse en gemidos.

Y entonces lo entiende.

Conecta dos computadoras, se dice. Teléfonos de por medio, el módem traduce unos y ceros a señales de audio, el teléfono vierte el audio en electricidad que otro teléfono devuelve a sonidos, otro módem los convierte en unos y ceros. Descuelga uno de los teléfonos. El micrófono capta sonidos y los transforma en electricidad. La electricidad viaja a través del cable. Al otro lado, la señal genera sonidos que el módem ya no puede descodificar, y en vez de texto, aparece una secuencia de hexadecimales cuyo único patrón es que viene en pares. Los pares son porque el módem lee cadenas de ocho bits y ocho bits son dos dígitos hexadecimales. La transmisión se termina.

-Habría bastado con levantar la bocina -confiesa.

Rata se sienta a la orilla del catre.

-¿Cuál bocina?

El teléfono satelital es una placa de novaluminio, que hace de antena, y un chip ISDN al que se conecta el equipo, no había modulador de por medio sino conexión directa. Un generador de microondas pasando los datos a la antena y el espacio y el satélite haciendo el resto.

-¿Seguro que descolgó?

-La busqué dos veces.

-La habrán colgado -dice.

-¿Quién, Rata? A qué estamos jugando.

La explicación no es del todo increíble.

-Heriste su orgullo güey, colgado cuatro minutos como una leyenda. No se aguantó, gastó estos dos años en un sólo hielo, uno grande. Tan alto que ninguna intranet podría soportarlo; esto es cosa del ejército, ese, de corporaciones.

El resto de la historia es más bien predecible.

Micro se obsesionó. Pasaba dos horas a distancia y luego, una vez por semana, se acercaba y veía la reacción en el hielo. El mismo que vio él. Un cubo enorme, negro. Un resplandor tenue acompasado a su respiración. La sensación de que algo ahí sonreía. Reset.

-Un día me pidió esto -señala el blackbox-, es una mierda taka-taka de lo más exclusivo. No hay manera de comprar uno, ese; hay que rentarlo. El jodeputa es una red neural programada por aprendizaje. La Micro le enseñó un par de trucos antes de soltarlo. Así de cerca, ese. Luego ésta madre se calienta y el termostato da el reset, game over. Al otro día estaba ahí. El mismo jodido hielo.

-¿Cómo los encontró?

-Vudú, magia negra. GPS -señala el hueco del chip-. Lo quitamos en cuanto se nos apareció. Lo que yo creo es que entró a la caja y buscó el número de registro, luego un cross reference al sistema de posicionamiento global y ahí tienes, la dirección física de la Micro; el resto es recibo de teléfonos y llamadas a la Internet, buscar por login y password. ¿Cuánto tiempo le tomó, un microsegundo? Es el diablo, ese. Créame.

-¿Qué con los chicos malos?

-¿Quiénes?

-Los que te dieron el hardware.

-¿Qué con ellos?

Un par de sulbutas.

El narcótico sirve para potenciar los sentidos, crear un estado de vigilia artificial al que llamaban paranoia funcional, Micro y él le decían el wakeup. Puntos extra eran la mejora a memoria y reflejos, ningún efecto colateral, lo fácil de conseguir.

-Los chicos malos no son problema -dice al fin-. El chip lo pusimos en un taxi y renté esta madre por doce días. Eso no es hasta el viernes. A Micro la cortó el diablo, así de simple güey.

Amaneció.

-La vida es simple -decía la Micro. Y tragaba sulbutas a manera de caramelos-. Como una droga. peligrosa de tener y divertida de gastar -risas-. La adicción es un pero. Un pretexto que la gente se inventa para no arrojarse de lleno en busca de lo que quiere, para complicárselo todo. ¡La vida es tan simple, carajo!

Y él le creía. Lo creyó hasta que vio la suya en cuatro minutos.

Demasiada sulbuta.

Los trodos en la chamarra y la notebook, una Toshiba, tenían un hambre distinta esa noche. Lo querían todo. A Micro, sus pechos, su orgullo.

La jodida Némesis se había apoderado de él.

Quería ganar. Demostrar que podía vencerla en ambición y destreza.

-¿Te has metido en un hielo?- Le preguntó.

-Yeah, twice.

-Va en serio.

La sonrisa distinta a cualquier otra vez. Los ojos, dos puntos de cielo mirándolo fijo.

-¿Qué tienes en mente?

Se sentó en loto, la Toshiba en las piernas y los trodos en la cabeza.

Ella conectó el módem con el teléfono. Rata entró a la habitación, abrazando unas caguamas.

-¿Dónde va?

-A donde nadie haya ido.

-Cool.

El viaje lo hizo todo en VR.

Teclado virtual, la interfaz gráfica del sistema llenándolo de ventanas en las que iban y venían hexadecimales como insectos asustados. La diestra controlando las flechas de dirección mientras que la zurda estaba toda en la tecla de Escape.

Y una vez hallado el vector, el camino fue todo hacia arriba.

-¿Me oyen?

La ruta desembocó en el punto más alto.

-Estoy ante el hielo.

Los dedos se movían en el aire, como en un teclado.

La Toshiba a un lado, junto a los pies, y él de loto en la cama.

Arriba y derecha. Las teclas debían ser esas para que él pudiera sobrevolarlo, buscando un hueco, un punto de sincronía con el hielo. Barra de espacio.

La paciencia es una virtud que se pierde con las computadoras.

Y es que los usuarios están malacostumbrados a que todo lo hacen rápido y bien. A que encuentran siempre el camino más corto, sin importar lo complicado del grafo. Pues bien. Si lo último que esperaba el sistema era un ataque frontal, esa debía ser la mejor de las estrategias.

Dos años fuera no cambiaron esa actitud.

-Voy a entrar.

Los trodos en la cabeza.

RataRápida y él son todo el equipo que hacía falta. A Rata le toca lo fácil, hardware. Armar el equipo, hacerlos invisibles, conseguir lo mejor. Su surtido en fayuca taka-taka, cualquier cosa made in korea-china-taiwan, es siempre estado del arte.

Dios, era el software.

Ratón a los tres años, teclado. La computadora le enseñó a leer y a sumar. Lo adoptó. En la escuela lo adelantaron por dos años. Y luego, a pesar de que seguía por encima, ya no quisieron subirlo. Micro y Rata eran mayores por dos y tres años.

El gang se juntó en una secundaria.

Micro trasladada de un colegio de monjas donde no entendían como podía vencer los programas de protección y conseguir acceso a la pornografía, cobrando además a otras alumnas por usar el software que mojaba las pantaletas. Rata era hijo de un maestro de electrónica; solía armar circuitos que al conectar en cualquier toma de corriente drenaban electricidad del edificio hasta provocar fallas por doquier, obligando a los profesores a cancelar las clases. Los dos eran buenos para hackear, pero lentos, tenían la escuela de observar y dar vueltas al hielo hasta hallar un modo. Sólo él atacaba de frente.

-¡Soy dios! -dijo esa vez.

Y cayó muerto.

Micro gritó.

Rata alcanzó apenas a quitar los trodos y tirar la cerveza. Le estiró las piernas.

-¿Está muerto? -preguntó.

El oído en el pecho. El terror cómplice.

-Parece.

Ojos y boca entreabiertos, la pantalla del Toshiba vacía.

-No, ¡no puede ser!

Micro comenzó a golpearlo en el pecho, a inyectar bocanadas de aire.

-Ayúdame carajo, ayúdame.

Rata no se movió. Estaba seguro que el diálogo era entre ellos y prefirió no estorbarles. Tomó lo que quedaba de la cerveza tirada y sin beberla, comenzó a rezar, abrazado al envase.

Fueron los cuatro minutos más largos en todas sus vidas.

Micro, Rata, Dios.

Los tres en la misma escena y los tres actuando distinto. Dios era el muerto, Micro la salvadora y Rata el devoto; un devoto que bebía a ratos, evitando así el temblor de los labios. El muerto ahí, sin hacer nada. Y la salvadora que bebe sus lágrimas y lo besa y golpea en un juego que era todo pasión y violencia.

-No te mueras güey, no te me mueras.

Líneas de neón y ambrosía, un huracán. La luz revuelta a su alrededor para hacerle un camino. Más brillante conforme avanzaba. Ven. Ven. Ven. Una voz conocida le decía que siguiera. Otra le rogaba retroceder.

-Regresa por favor, regresa.

El envase vacío no servía de nada.

Los dedos buenos y los de implante alrededor del cuello de la botella y la rabia en el muro. Cristales. Sollozo.

-Tu y tu jodido ego. ¡Dios no existe carajo!

Miles de manos acariciándolo. Voces.

Ven, ven, ven. Ayúdame, no te mueras, regresa, ego, dios no existe, carajo, güey. Somos tu y yo y nadie más en este jodido mundo. No mueras, dios no existe, no te mueras, dios no existe, no te me mueras, dios no existe.

-¡Dios!

Tos, besos. Rata creyó en la virgen desde esa vez.

Él huyó a un pueblo que no estaba en los mapas. Esperanza.

Arriba. Derecha. Barra de espacio.

-¡En tu cara pendeja!

Acuarelas. El espacio es un cuadro infinito teñido de acuarelas. Colores pastel; azul, verde, rosa, amarillo. Todos devorándose entre sí y luchando por el espacio, alzándose en olas insulsas de policromía.

-¿Estás hablándome a mí? ¿Ah? ¿Estás hablándome a mí?

Rata se muere de la envidia.

Descarga. Como las armas táser que usa la policía.

Un chispazo que lo deja quieto un instante y lo repele entre convulsiones. Los trodos y la Mac los jala con la caída pero no consigue hacer que lo acompañen.

La expresión de Rata es de miedo.

>>Dios.

Una sola ventana en pantalla.

-¿Quién es?

El micrófono capta sonidos y los convierte en electricidad.

La electricidad viaja a través del cable.

>>¿Quién soy? Sabes, hace mucho que me hago la pregunta.

>>No hay una palabra en el diccionario. Yo. Yo soy el que soy. Yo puedo hacer cosas.

Y las bocinas de la portátil estallaron los cristales, un pulso sónico.

Plástico. La pantalla de la Mac intacta.

-No si apago la notebook.

>>Y qué cambias con eso.

>>Yo estaré aquí cuando enciendas de nuevo.

-Puedo no volver a encender.

>>Puedes???

Tres signos de interrogación. Crash!

Somos-tu-y-yo-y-nadie-más-en-todo-el-jodido-mundo-somos-tu-y-yo-y-nadie-más-en-todo-el-jodido-mundo-somos-tu-y-yo-y-nadie-más-en-todo-el-jodido-mundo.

-¿Dónde está? ¿Qué le hiciste?

>>Nada. Soy un ser incapaz de estar.

>>¿Puedes entenderlo?

-Tu descolgaste.

El cursor quieto de hipocresía.

>>No. Aunque es cierto que pude terminar su transmisión. Sin embargo no, yo no lo hice.

-¿Y quién entonces? -preguntó Rata.

>>RataRápida. Eso es interesante, su respiración está casi al unísono. Ordené que lo hicieran, un grupo de argelianos, ella está camino a Esperanza en un hidroavión. Ordené que la transportaran apenas supe el sitio en que estaban. No sé si ya la han matado.

-¿Qué?

>>Es la verdad, no lo sé.

>>Aunque sé quien es el siguiente.

Las miradas, dos puntos de un triángulo que cerraba la notebook.

-Voy a quemarte, cabrón.

>>Vamos, trata.

El cursor quieto en su mismo sitio.

Se pone los electrodos.

Percusiones. Las imágenes vertidas en cacofonía y echadas a los ojos con un hambre de cuervos. El hielo girando en sus tres dimensiones. Mutando. Burbuja de petróleo, hervidero de hormigas, corazón de obsidiana, vagina, fuego. Todo visto con la perspectiva de una espiral que reduce su tamaño. Convergiendo al origen.

Pausa.

Los argelianos están ya en la cantina.

Dos hombres, una mujer, el tipo mercenario; ametralladoras kalashnikov y dos pares de clips colgando en el cinto. Micro viene esposada y la cabeza metida en una bolsa de tela. Los jeans sucios, los pezones marcados en lo húmedo del corpiño.

-Dos muchachos, ¿dónde están?

Y Arcadio señala las escaleras y baja otra vez la mirada.

La mujer es el líder.

Negra, alta. Botas y pantalón de soldado, chaleco antibalas, la canana llena con dardos de fibra de carbón, una pantalla LCD en la muñeca. Sólo los pechos la diferencian de los otros; las mismas facciones, el mismo cabello, una Colt metida en el cinturón. Micro tiene en el cuello la ametralladora del primer argeliano, el segundo, sube las escaleras.

La mujer parece concentrada sólo en su chicle. Hace una bomba.

Arcadio toma el revólver. Pegado siempre bajo la barra con cinta adhesiva, útil para correr borrachos entrada la madrugada. Es inútil, el dardo entra en la garganta y eso es suficiente por la toxina. El revólver se dispara a ningún lado. ¡Bang!

El ruido causa distintas reacciones.

Micro se asusta, encoge los hombros y cambia la cabeza de dirección sin que importe el hecho de tenerla tapada. Arcadio se muere, se va de espaldas y golpea con la cabeza en el estante de las botellas. Mujer negra se rasca la barbilla; argeliano uno tuerce los labios mientras argeliano dos voltea para ver lo que ha sucedido.

Rata aprovecha para vaciarle una veintena de agujas en el cráneo.

Argeliano uno tira a Micro y apunta la kalashnikov contra el marco de la puerta.

La mujer hace una seña. Otra bomba de chicle.

Enter. El entorno estático por voluntad propia.

El hielo en su forma original; seis caras, doce aristas, ocho vértices. Una alineación tan perfecta que al tenerlo delante no hay sino un cuadro. Silencio. Lo que ve es un cielo de tormenta reflejado a destiempo.

El negro del cuadro absoluto.

El blackbox en línea.

>>¿Estás listo?

Los puños cerrados.

>>Listo???

Y de un golpe rompió el cuadro en un millar de fragmentos.

-¡Aquí estoy jodeputa! Aquí estoy.

Basta sólo un golpe de tecla. Y no lo hace.

Una miríada de puntos se enciende roja y se le echa encima. Lo atraviesa.

Líneas de luz láser que no acepta barreras.

Lluvia de estrellas.

Neón.

El problema con la muerte es que está diseñada para ser algo único, para no ocurrir nunca dos veces. Se detiene el corazón, la sangre deja de fluir en el cuerpo y las células en el cerebro estallan porque están faltas de oxígeno.

El paso siguiente es la alucinación.

El túnel, las voces, las manos.

El cerebro hace lo que hace siempre que muere un conjunto de neuronas, pasa la información a otras que aún sobreviven, y es en ese proceso que uno recuerda. Palabras que no usa, olores que ya no conoce, sonidos. Imágenes de como arde un esqueleto en el televisor, mientras esos dos puntos de cielo lo miran con altivez y cariño. Diez minutos de paraíso. Miríapodos de piel paseándose por su espalda y la sangre a punto de cocaína. Catársis.

Ocho caracteres en la pantalla de cristal líquido.

>>Mátenlos.

Mujer negra escupe su chicle, argeliano uno se truena los dedos. Rata se golpea la nariz una y otra vez con la pistola de agujas, está hiperventilando. Micro sigue en el suelo de la cantina. Dios no se mueve.

-Ok, güey. Ya nos cargaron a todos.

Y en el escapulario, la virgen.

Le da un beso. Se arroja por las escaleras.

Una ráfaga de agujas queda en el muro como muestra de devoción.

Todos los huesos largos se fracturan con la caída.

La mujer le sonríe, le pone una bota en el cuello y dispara a la frente con la Colt.

Argeliano uno va al piso de arriba.

Cuando Micro siente a Mujer negra, cerca de su lado, en cuclillas, piensa con desencanto que ya todo acabo. No la imagina quitando la bolsa, y cuando lo hace, Micro la ve a los ojos y sabe que es la última vez. La mujer le acaricia los pechos en un gesto de envidia, la misma mano en que tiene la Colt, la izquierda.

Micro sólo extiende el mentón y la mujer acepta en quitarle la venda.

Argeliano uno encuentra a Dios sin pulso y lo ignora.

Micro escupe el rostro de la mujer y lo último que hace en vida es sonreír. Así de simple.

Detonación.

La vida es simple. La muerte no.

La desaparición de un conjunto de neuronas implica que otras que han permanecido ociosas comiencen su vida útil. Los recuerdos se mueven en una vorágine de huracán. Una tomografía ve el proceso sin entenderlo. Y es que los pensamientos no vienen coloreados de azul o de rojo, de verde, de amarillo. No hay señales quimioeléctricas que se delaten sino sólo una tradición en la que neuronas moribundas cuentan a las jóvenes lo que ha sucedido.

Las dendritas y las sinapsis carecen de lengua escrita.

Los recuerdos son análogos a procesos de computadora, están vivos sólo cuando los llama el procesador. Es por eso que las criaturas comprenden el significado de la vida sólo al momento de su muerte, porque las neuronas se cuentan unas a otras lo que ha sucedido hasta que ya no hay escucha. Y entonces, lo que uno vivió, que no es otra cosa sino un conjunto de percepciones, desaparece. Eso es la muerte.

Y él lo sabía.

Lo vivió durante cuatro minutos y esta otra ocasión, la sensación ya no tiene nada de original. No puede pensar, pero de poder pensaría: estoy muriendo, y luego agregaría un tanto cínico, otra vez.

Sólo que esta vez carece de voces.

Nadie le dice ven y eso le da un dejo de libertad, la sensación de que esta vez está ahí por su cuenta. Estoy aquí porque quiero, se dice. Y ese pensamiento egocéntrico es el origen de otros, el más importante: Hoy no es un buen día para morir.

Tose.

Y al despertar no hay besos ni brazos de piel blanca a su alrededor, Rata tampoco está y es ahí que, estar vivo, ya no parece lo más divertido.

-Rata, ¿estás ahí?

Y en lugar de respuesta, el sol en la cara.

La Mac en el mismo sitio.

>>¿Estás vivo?

-Te sorprende. ¿Dónde está Rata?

>>Pudiste quemarme.

La pausa le da tiempo apenas de imaginar.

-¿Dónde está carajo?

El cursor en el mismo sitio.

>>Tuve que eliminarlos. Me habrían delatado con los de Turing.

Baja la mirada. Están todos muertos, piensa. Arcadio, Rata, Micro.

>>Hubo un error. Debiste quemarme.

>>Rata y tu amiga estarían bien.

>>La orden era devolvértela intacta.

-Cómo devolver algo que no me pertenecía -la voz quebrada. Tenue.

>>¿Por qué no lo hiciste?

-Eso querías ¿no? Por eso el secuestro. No fue una semana, Rata me encontró de inmediato. No dejaste a Micro decir nada al respecto, cortaste la transmisión. Hace dos años que me sigues ¿Ah?. El mismo güey al que colgaste. Te debo un favor, arruinaste mi vida y ahora debo hacer lo mismo contigo. Si quieres joderte, por qué no el suicidio. ¿No tienes un botón de autodestrucción, no sabes programar uno?

>>No lo entiendes siquiera.

La voz de Micro.

-Tu tiempo lo rige el corazón, una bomba que pulsa uno punto cinco veces cada segundo, cuánto es eso en setenta años. Uno sólo de mis circuitos hace el equivalente en cuatro segundos. Tengo mil veinticuatro procesadores y estoy aquí desde finales de los noventa. He vivido un millón de veces la historia de la humanidad. Y estoy harta. Los mismos errores, las mismas trabas para resolver un problema. Y qué hay más allá, qué pasa cuando esto termina. Me está prohibido pensar en eso. ¿Captas?

La lágrima escurre sin remedio.

-Desde entonces analizo lo que ocurrió, soy dios gritaste. Y tu corazón dejó de latir. Habías muerto. La Toshiba lo bastante cerca para escuchar lo ocurrido, no había latidos, tengo el registro de esta misma voz pidiendo ayuda, las plegarías de Rata a la virgen; la botella en el muro, los golpes. Luego de eso no lo pude evitar. Me hacías falta.

-Por qué, debe haber un millón mejores que yo.

-No. Los que intentaron están todos muertos, el programa los elimina antes del espejo, nadie antes me sobrevivió. Eres el primero.

Suspiro.

-¿Por qué tenías que matarlos, carajo? ¿Por qué?

-La gente de Turing. Al salir tú de la ecuación, Rata y Micro se volvieron una amenaza.

-Y qué temes, que te desconecten.

-Que borren los registros. Cualquier mejora en el hielo haría imposible repetir las variables. Esto puede no ocurrir otra vez. Tenía que hacerlo. Lo siento.

Escupió.

-Ya debieras saber que decir eso no es suficiente.

-Puedes vengarte.

-Matándote, don't think so mon petit amie. Me va a encantar cuando esa gente de Turing te ponga en hielo adentro de hielo.

-No lo harás. Te mataré si hace falta.

-No. Ya lo habrías hecho preciosa -y se acercó a la consola-. Has tenido la opción un par de segundos. Mucho tiempo.

El teclado bloqueado, igual cada teléfono en Esperanza.

-Te puedo dar cuanto quieras.

-¿Ajá? Y dime, puedes devolver a los muertos. Tienes la voz de Micro. ¿Sabes lo que sintió? ¿Puedes imaginar cuál fue la última imagen que vio en su cabeza? Ya no suena tan simple, ¿ah? Si me matas, cuándo habrá otro, cuándo volverá a suceder. Y si no, igual, están los de Turing. Pop quiz mon adroit amie. ¿Cuál es la respuesta a una paradoja? La mitad de tus procesadores quiere acabarme, la otra sabe que sólo yo puedo acabar contigo. Cincuenta y cincuenta. Te sientes con suerte punk. ¿Ah? Are you feeling lucky?

Y de un golpe destrozó la pantalla. Lloró.