El Despertar

Por: Rodrigo Pardo Fernández

...donde perro come perro
por un perro te matan.
(escuchado en la Tropi Q)

I

Caminaba en la obscuridad, silencioso, por la cornisa del piso 12. Su movimiento era un suave deslizarse sobre las cuatro patas. Todos los apartamentos del piso inferior tenían las ventanas apagadas, como ojos sin vida; la mayoría se encontraban desocupados.

Se detuvo en el lugar en el que el olor era más fuerte. Sangre y carne frescas. Disfrutó el aroma con los ojos cerrados. Luego se dejó caer al vacío, sosteniéndose con un brazo del reborde.

Ante él se abría, como una invitación, la recámara de su víctima, iluminada suavemente. La mirada de la bestia vagó por los objetos inútiles de la habitación.

Sólo le interesaba el cuerpo femenino que soñaba bajo las sábanas.

Se deslizó hasta el piso del cuarto con un balanceo, un salto y una flexión ligera de las extremidades. Respiró el aire cargado de efluvios, desplazándose muellemente hasta el lecho.

Después de contemplarla unos instantes, de un zarpazo partió la quijada de la mujer, que despertó aterrada con la imposibilidad de pedir ayuda; un gemido agudo y gorgoteante salió de su garganta mientras por sus labios se derramaba la sangre.

La huella de la garra se distinguía claramente en la mejilla semidestrozada.

El lobo tiró con brusquedad de las sábanas, descubriendo la desnudez y el terror. Apartando las piernas de un golpe sumergió los colmillos hambrientos en el vientre femenino, las vísceras, brutalmente. Tragaba los trozos de carne con fruición: cuando al fin se irguió, el hocico y la pechera estaban empapados del rojo líquido, sus ojos de placer.

Salió del departamento dejando tras de sí un rastro de sangre.

II

El programa en su fase básica había finalizado; Antonio se desconectó de la terminal cansado y satisfecho.

El sueño eléctrico de La Bestia resultaba más realista y emocionante de lo que había tenido en mente; por una vez no le habían mentido en el mercado negro y el juguetito valía su peso en comida.

Había sido otro escape para las tensiones cotidianas; a pesar de que el bendex poseía extraordinarias cualidades psicotrópicas, su distribución y venta habían disminuido considerablemente ante el comercio de otras drogas más baratas en el submundo: Antonio Zeiv dependía de este negocio, tan bueno como cualquier otro, y las cosas no le habían ido bien del todo.

Desde que se había comprometido con la Negra a poner en circulación en su zona las nuevas pastillas, tenía en la puerta un problema permanente, que abarcaba desde sus broncas con Ariadna hasta los tratos pendientes con los cíber organizados, que veían amenazada su producción.

Ariadna, metida de lleno en la programación para pequeñas corporaciones, no entendía por qué su galán se metía en camisa de once varas.

Su mundo era tan ajeno a la realidad que no se daba cuenta de que en la calle vivían hombres entre montañas de basura y escombros, que las colonias eran gobernadas por bandas de acrodes, cíbers o mercenarios a sueldo, al margen del Gobierno Central.

Estaban metidos en un mundo donde era necesario adaptarse o desaparecer; eso trataba de hacer Antonio.

Por lo demás, Ariadna disfrutaba de los lujos de su amorcito -comida fresca, sueños eléctricos, bebidas naturales- sabiendo bien de dónde salía el dinero para sufragarlos.

Antonio Zeiv trataba por ello de evitar cualquier discusión que lo llevara a tener que reclamarle su inconsciencia. Ante algún problema prefería sumergirse en el mundo virtual, conectando el electrodo a su cerebro, evadiéndose por largas horas.

Otra cosa eran los cíbers, tipos duros que no vacilaban en arrancarte un brazo con las manos si te oponías a sus intereses.

Con ellos había concertado una cita para esa noche, en la abandonada Estación, zona neutral que le permitiría llegar a un acuerdo sobre el comercio del bendex en su territorio.

De todos modos, cuando salía se metió en el bolsillo un láser de flujo continuo, por si la reunión no era del todo pacífica.

III

El viento soplaba helado en la calle desierta.

Se desplazaba medio erguido, medio al trote, olfateando a su alrededor en busca de presa; hoy cazaba al aire libre.

De improviso un olor, apenas un retazo, inundó sus fosas nasales, el aroma de un hombre con ropa de cuero y sudor acre.

Corrió en su búsqueda, hacia el norte.

* * *

Desde las sombras de un zaguán observó a su presa con detenimiento. Estaba recostado en un muro alto cubierto de graffitis chillones y manchas de orín.

Ocultándose, llegó silencioso hasta donde se lo permitía la arquitectura.

En ese último rectángulo de sombra se agazapó, emitiendo un gruñido sordo.

No parecía un adicto cualquiera; un olor se destacó sobre los otros, la acidez del ferroaluminio, el tipo era un cíber.

Puta suerte. Algo es algo, aunque un cuerpo metálico es un hueso duro de roer, pensó.

De un gran salto cayó sobre el desprevenido noctívago, sin un ruido.

La bestia rasgó con una zarpa el hombro derecho del cíber, pero la otra no pudo penetrar el armazón metálico.

Nada más se opuso a su acometida. El cíber estaba perdido en la red, su cuerpo era una cáscara sin alma. No era nada original; los de su tipo solían acabar así.

Comenzó a trabajar con dientes y garras, extrayendo toda la carne posible de entre los amasijos de cables y circuitos que mantenían al remedo de humano con vida.

No fue un banquete espléndido pero la comida no era carroña ni apestosos roedores de cloaca.

Pronto saldría el sol. Era hora de ir a casa.

IV

Ya era cerca de mediodía cuando Antonio despertó; estaba algo hambriento, toda la noche estuvo en el juego y la mañana la había pasado durmiendo.

Eran excitantes hasta el extremo las sensaciones del mundo virtual, el sabor metálico de la sangre aún se aferraba a su boca.

Temía veladamente perderse en el sueño eléctrico. Desechó la idea, confiando en su pericia.

La noche anterior había sido su encuentro con los cíber.

El estacionamiento de la que en otro tiempo fue la terminal de camiones parecía la estructura abandonada de una gigantesca nave espacial.

En el enorme patio resonaron sus pisadas sobre los charcos de inmundicias.

Vigilaba los rincones alejados, escondite probable para un láser de precisión. Su visor de amplio espectro sólo descubrió un montón de perros regodeándose en el cadáver de un vagabundo.

Bajó el nivel del visor, distinguiendo en el fondo al grupo que lo esperaba, tres en total. El jefe era quien ostentaba piezas de tecnología de punta, relucientes partes nanotecnológicas.

El color del cíber principal se confundía, obscuro, con la pared a sus espaldas. Los cíber de escolta tenían el brillo del metal desgastado, entre raros trozos de piel.

Acercándose, notó que el jefe lo miraba fijamente; no disimulaba su desprecio.

-¿Eres Zeiv? -lo interpeló, con voz grave.

-Yo soy -su timbre era firme; su mano no se apartaba del láser. Lo temía todo.

-¿Para quién trabajas? -de la respuesta dependía su suerte.

-Para quien pague.

-¿La Negra es ahora la que paga? -la frase sonaba irónica.

-Digámoslo así -necesitaba tiempo para pensar; un equívoco podía ser fatal tratando con los cib. Y tenía que seguir distribuyendo el bendex.

-¿Sí o no?

La pregunta era una amenaza de muerte.

-Mmh...sí -debía seguirles el juego, mostrar sus cartas en el momento indicado. Seguir con vida.

El cíber lo contempló en silencio. Antonio notó en su pecho un pequeño signo grabado en el metal, un reluciente cinturón de Moebius que lo identificaba como el Señor de la Red, aquél cuyo nombre nunca se introducía en circuito alguno. Vencía todos los programas de seguridad, entraba a todos los canales virtuales, controlaba el flujo de información, además de que hacía picadillo la mente de cualquiera que se le opusiera en las carreteras informáticas: muchos eran los que habían perdido la vida o la razón en el ciberespacio enfrentándose con su poder.

V

-Me interesa saber por qué distribuyes su mercancía en territorio cíber, ¿intentas volvernos dependientes?

-Los negocios se pueden hacer en cualquier parte, y además no contrabandeo con las mercancías que ustedes controlan -aventuré algo tenso.

-En eso tienes razón -concedió el Señor de la Red, llamado Vashtar- serías comida de rata desde hace mucho si así hubiera sido. Pero lo que nos interesa es que estás distribuyendo bendex en nuestros dominios sin el pago correspondiente; suficientes problemas tenemos con lidiar con los acrodes y las bandas de robots del gobierno para que nos vengas a joder.

Que se te saturen los circuitos, pensé, salió a relucir el metal podrido del que estás hecho.

-¿Quieres que le diga a la Negra que quieres un porcentaje de sus ventas en esta zona? -esto era un reto en toda forma.

-Quizás -era jodidamente precavido-, pero tal vez sería mejor que nos arregláramos sin tanto lío.

Lo sabía. Nadie ha tenido los huevos suficientes para oponerse a la Negra, es muy grande el riesgo.

Yo tampoco. La Negra me ha dado carta blanca para hacer mis propios tratos, con su correspondiente tajada.

-De acuerdo. El 5% de las ventas, pero sólo de tu gente.

-Me parece poco, pienso...

Mi visor comenzó a volverse loco. Alguien jugaba a apuntarme con un láser, a unos cincuenta metros a mi derecha.

No lo dejé terminar. Arriesgaba mucho pero tenía que salvar mi pellejo. Me lancé hacia él de un salto y un guarura se interpuso; girando de pronto le apliqué una llave y lo utilicé como escudo. El láser le dio de lleno en el pecho metálico.

Si hubiera sido yo por un milagro hubiera conservado una mano.

Los otros cíbers ya habían sacado sus armas y escrutaban la obscuridad; eso simulaban hacer, porque parecían más dispuestos a convertirme en asado para la cena que otra cosa.

Era un encuentro amistoso, desarmados.

También yo tenía mi láser a punto. Me incorporé sin prisas, desembarazándome del cuerpo agujerado y muerto.

Los vivos nos miramos con recelo.

-¿Quién disparó? -preguntó al fin Vashtar con voz monótona.

-Yo trabajo solo -los estaba acusando, pero no podía hacer otra cosa.

-¿Crees que hayan sido los acrodes?

Eludía hábilmente la responsabilidad. No sólo en el mundo virtual se sabía mover este cíber. Pensé, ¿si no fuiste tú quien lo mandó, por qué no le disparaste, pedazo de óxido?

Debía controlar mis pensamientos o acabaría muerto. Todavía eran dos contra uno.

-No lo sé. Perdona lo de tu soldado.

-No importa, fue muy estúpido.

Sí claro, no eludió el disparo que iba a convertirme en desechos orgánicos.

-El tirador ya debe estar lejos; ¿en cuánto quedamos?

-15% del total, aparte del porcentaje para la Negra.

-El 10, menos lo que le corresponde.

-Hecho -me tendió la mano- interesante el modelo de visor que te cargas.

Te diste cuenta demasiado tarde, imbécil.

-... -estreché su mano más por formalismo que por gusto; me dejó doloridos los dedos.

Nos alejamos del sitio cuidándonos las espaldas.

El cuerpo del cíber se quedó acompañando a las ratas.

VI

Con la tarde llegó la certeza, Ariadna lo había abandonado, harta de noches solitarias, mientras él soñaba conectado a la computadora.

Como si no tuviera problemas más cabrones que el dejar de acariciar unos senos que comenzaban a colgar flácidos por la desidia de su portadora, o hacer el amor monótonamente cada noche, en lugar de salir a la calle y a la mierda para distribuir unas pastillas naranjas entre un montón asqueroso de adictos; y estaba además la policía, a pesar de la protección de la Negra, los acrodes y las hordas de ratas.

Todo por el dinero.

Ahora una mujer lo dejaba porque creía que prefería al mundo virtual y la escoria a su compañía.

Nunca pudo hacerlo gemir durante el acto. ¿Y ella? ¿Había fingido sus orgasmos?

Especulaciones que se van a la basura, ideas que la lluvia ácida arrastra hacia las cloacas.

Otro quizá la mantendría con estúpidos paliativos.

No importaba.

Mejor olvidarse de todo, mandar un e-mail rutinario a la Negra para comunicarle su arreglo con los cib.

Es tiempo de volver a La Bestia, perderse un rato.

Conectarse el electrodo.

VII

Entró en la recámara destrozando la puerta cuando la pareja se disponía a hacer el amor.

El hombre se interpuso entre él y su compañera; el licántropo lo proyectó de un zarpazo contra la pared, avanzando hacia la mujer que lo contemplaba aterrada. La echó sobre sus hombros con violencia; ella se desmayó al contacto de su pelambre, el frío de sus garras.

Antes de salir mordió el cuello del hombre derribado, bebiendo la vida a grandes sorbos.

* * *

De vuelta a su cubil, improvisado al fondo del cuarto de servicio, depositó a la mujer sobre los trapos desperdigados en el piso, lamiendo su rostro para reanimarla.

Le gustaba esa cara tersa y joven, las curvas femeninas lo incitaban a algo más que satisfacer su necesidad de alimento.

Otros apetitos se volvían más urgentes.

La mujer volvió en sí.

La bestia le sonrió, mostrándole la doble hilera de caninos todavía manchados de sangre. Ella dejó escapar un gemido de angustia pero no apartó su mirada de las fauces.

La fiera pasó sus garras por los pechos, asiendo con fuerza las caderas, acercándolas a su sexo despierto; la mujer quiso apartarse; él la tomó entonces por los tobillos , abriéndole las piernas. Ella soltó un chillido agudo, como el raspar de una moneda sobre el cristal.

El sonido laceró los oídos del lobo; irritado, aferró su cuello e introdujo con violencia el pene, desgarrando tejidos.

Las uñas laceraban la piel, la sangre fluía por la espalda y los muslos de la joven, sacudida por el rítmico y brutal movimiento del hombre lobo. Éste alcanzó el orgasmo con un rugido. Bajo sus zarpas crujió la columna vertebral.

La cabeza de la mujer colgó exánime.

Desesperado por el efímero placer, la fiera se dedicó salvajemente a descuartizar el cuerpo con frenéticas dentelladas.

* * *

Después del hartazgo el licántropo miró a su alrededor con algo de extrañeza. Recordó con cierta dificultad que éste era uno de sus juegos virtuales, que tenía que despertar de inmediato.

Lo poco que quedaba de Antonio en el fondo del lobo operó la transformación; un hombre desnudo caminó entre restos humanos y charcos de sangre.

VIII

El hombre emergió a la conciencia con un terrible dolor en las sienes, los brazos y las piernas envaradas, la acometida insoportable del hambre.

La pantalla encendida de su computador mostraba los caracteres de La Bestia.

Podía llevar en el sueño eléctrico cuatro horas o varios días.

Movió la cabeza y los músculos del cuello restallaron de dolor.

La imagen de una mujer desnuda asaltó sus sentidos.

Pedazos de carne. Sangre.

Sintió mojadas y pegajosas sus manos y su garganta; se revisó cuidadoso. Nada.

No recordaba su nombre.

Débilmente intentó incorporarse de su asiento, desplomándose hasta el suelo. Cambió su perspectiva, ahora veía su reflejo en el basurero metálico.

Confusamente supo que debía pedir ayuda.

Se arrastró hacia el videófono, lentamente, como figura agónica que cruza el desierto en dirección del espejismo de un oasis.

Alcanzó la alarma justo antes de perder el conocimiento.

La última idea que cruzó su mente fue el recuerdo de los cíber y el trabajo para la Negra, sin poder distinguir qué imágenes pertenecían al sueño y cuales a la realidad.

IX

Antonio volvió en sí en la sala horriblemente aséptica de un hospital.

El mundo le era ajeno, la realidad lo rodeaba como imágenes simbólicas de computadora, signos que debía descifrar.

Los recuerdos se agolpaban en su mente como aves chillonas, las imágenes taladraban su cerebro una sobre otra, un departamento en desorden, varios cadáveres, un montón de ropa, el rostro desgarrado de una mujer.

El olor a sangre siempre presente.

Una entrevista con los cíber que creía real, extrañas alusiones a tipos llamados acrodes y a robots asesinos en un mundo caótico.

No sabía en qué confiar, qué considerar real entre sus reminiscencias de pesadilla.

Una enfermera se le acercó sonriente en cuanto lo vio volver en sí.

-¿Se siente usted bien?

La pregunta lo hizo percatarse de su entorno, visualizar ese rostro cercano y tangible, asidero en su locura.

De improviso en sus entrañas comenzó a nacer una necesidad, primero ligera y luego apremiante, una sed terrible de matar, de degustar sangre y músculos de la garganta vencida de un ser humano.

Por debajo de las sábanas Antonio sintió que sus manos se transfiguraban en afiladas garras.

En su rostro apareció una sonrisa cruel.

X

-¿Está listo el cargamento? -preguntó la Negra con tono indiferente.

-Completo -.Al Señor de la Red siempre le sorprendía constatar que la Negra era una rubia platinada de cabello lacio y largo; su larga gabardina obscura y su entallado pantalón de piel, sin embargo, le eran fieles al sobrenombre.

La galera estaba iluminada por grandes focos de alógeno.

Varios hombres empaquetaban largas ristras de pastillas de color anaranjado en media docena de cajas, bajo la mirada vigilante de la Negra. Su interlocutor la miraba detenidamente desde un rincón, bajo la obscuridad de una pila de chatarra.

-Bien -continuó la Negra, volviéndose hacia la figura que esperaba en la sombra- me agrada tener compradores como tú, Vashtar.

-El bendex es material de calidad.

-Fue bueno el cambio. Antonio estaba resultando ineficiente por su carácter inestable; eso es lo deplorable de los adictos al sueño eléctrico, a la larga hay que suplirlos por elementos nuevos.

-No es mi caso -profirió el cíber- pero siempre estaré dispuesto a ayudarte en problemas de ese tipo.

-Lo sé -a fin de cuentas, pensó la Negra, tú también eres prescindible- Gracias a tus habilidades pude controlar a ese tipo inservible. Cuando mató a la enfermera a mordiscos y se le recluyó, pensé que ya no tendríamos problemas; pero en sus delirios hablaba del bendex y varias veces mencionó conocerme. Era mucho el riesgo.

-Yo hice lo mío en el mundo virtual; pero fueron tus esbirros del hospital los que terminaron el trabajo.

-Un desquiciado que se cree hombre lobo es fácil de eliminar; un pretendido descontrol, un láser mal regulado... Así es la vida. A fin de cuentas, un estorbo menos.

El cíber llamado Vashtar se encogió de hombros. Hizo un gesto a sus soldados y éstos recogieron las cajas que contenían el precioso enervante.

Después de todo, la muerte de los demás no era asunto suyo.