Imágenes Rotas Sueños de Herrumbre

Por: Gerardo Horacio Porcayo

Para un par de Williams:
Burroughs y Gibson.

-Era la diamantina de los tiempos. El sinsabor, los roces apenas percibidos en cardúmenes de humanos moviéndose entre neones, lásers y comida sintética. Una mierda, te lo juro. Mejor que la de hoy. Y mía, en todos los sentidos. Ciudad Guadalupe era la vía de acceso. Encontrabas de todo en los barrios podridos que nacen al pie del cerro de la silla, entre solares de autos robados y contrabando de bromocriptine, l-dopa, nootropil, diapid, arcalion, vinpocetine, sin dejar atrás la vieja heroína y las nuevas cajas de placer. Te volvías loco, de veras. Había de todo, porque Monterrey lo consumía todo. En esos tiempos los tiras podían olerte, mirarte a los ojos mientras agarrabas un viaje de coca ficticio, con los cables de la caja bien atados a tu cerebro. Y subías, realmente subías, sin que la tira jugara a matar.

El retro me mira con pesadez, casi con ostentación. Sopesa mejor sus sueños de electrones, sus quimeras informáticas; demencia cronometrada y casi siempre rebooteable. Se han vuelto parte de la computadora, como viles ratas de laberinto, adictas a los choques eléctricos, al veneno mismo. Como ella...

-Había huido de Laredo, traía tras de mí cuatro sabuesos de la DEA, tres vendedores con Glock bajo el sobaco y sniftadores inundando sus bolsillos. Buscaba un poco de aire fresco, monedas y material para seguir subsistiendo.

-Te pasas, viejo, siempre fue igual. La misma mierda de siempre, sólo que ahora hay Sueño Eléctrico -dice y se larga del bar, tirando unos cuantos dólares podridos. Sé de que pie cojean. Lo negro no se separa de nuestra esencia. Es el estigma de quienes aborrecemos el mundo tal cual es.

Ahora cazan programas adictivos, laberínticos sueños de crimen y sexo prohibido, blasfemias reiterativas en un planeta en que día a día rige más un Dios cibernético, desde su cielo de silicio más allá de las estrellas. Se pierden en locales que apestan a semen, fluidos vaginales, a media luz, como en atardeceres desgarrados. Al mundo no le quedan rastros de virginidad, es una puta decrépita que circula, tristemente, al extremo de la vía láctea, sin encontrar cliente.

-Dame otro triple -le digo al barman y me mira con hastío. Conoce mi negocio: nulo, la espera, una cacería de consumidores que odían las historias, la cerveza y también su vida.

-Van a acabar por partirte el hocico -me advierte y la conmiseración se le sale por los ojos, le brota como pus añeja.

-¿Te conté de Cora?

El hijo de puta, me hace a un lado, se pierde entre la barra despostillada, los vómitos de marinos y obreros y busca el abrazo cálido de la tele, ahí donde no tiene que pensar. ¿Por qué ya no quedan? Sería más aceptable la antigua paranoia, las amenazas que te envuelven y te hacen abandonar Austin, Florida, el mismo Houston en trenes bala y autostop, pasando por los sangrados campos de Illinois o atravesando desiertos pedregosos más acá de TJ, con traficas de ojos saltones y manos sudorosas o agentes grasientos y nerviosos pisándote los talones.

Exploro el bar, buscando a mi contacto, otro escucha; quizá hasta un gato roñoso con la cola rota en cuatro, trepado en el marco de una pintura fractal o teseracta.

El retro vuelve a entrar en esos momentos. Y trae su carga. Una tipeja con los ojos bañados en tinta de aerógrafo, como un maldito mapache y cuatro bestias peludas que apestan a bencedrina y cables sobrecalentados. Los rizos de sus pelos son naturales; se chamuscan solos, allí arriba del cráneo, cerca de los soquets.

-Largate -me advierte-. No queremos moscas alrededor.

-Incluso conozco mejor que tú tu negocio. Me sé la historia -uno de los peludos se para frente a mí, carga una manopla Táser y sus labios están repletos de afiches postholocaustic.

-Vete a pasear, ruco. Me partiría el alma romperte la madre.

-Hasta tenía una banda como la suya -insisto. La vergüenza se aleja de mí, asqueada.

-Déjalo que hable, a lo mejor así terminas tú -le dice la mapache al retro, con una risita que suena a marmita picada.

-Apesta.

-Cuando llegué a Monterrey, sólo los Juniors le entraban al Sueño Eléctrico. Así, prendiditos y todo, con pantalones de 800 dólares y gabardinas inglesas que olían como el mismísimo Támesis.

-A este le botaron los tornillos a punta de chingadazos -asegura otro de los peludos.

-Conocí al Loquillo. Un bato de lapbody perpetuo y copete rojizo cubriendo su conector. Y él realmente se atascaba, no despreciaba una mierda que fuera alucinógena y apareciera en algún punto de la tierra -la mapache me mira con los ojos desencajados, cada uno para lugares distintos. Mapache bisco de olfato atrofiado.

-Ese era hacker y cableta. No químico -argumenta el retro. Ahora es la gran diferencia, el status no se adquiere más con sustancias neuroactivadoras, sino con tecnología, electricidad y conductores metidos hasta el fondo de tu cerebro. Saben de que les hablo y al menos la mapache arde en deseos de oír.

-80 verdes a que no sabes una chingada -amenaza uno de los peludos.

-Jugaba con la caja negra, al placer cerebral. La coca la movían cortada y a precios que te impedían una mediana adicción, así que tenías que sustituirla con descargas mínimas a los conductos propios y subías, subías realmente. Charly 29 la movía bien. Tenía un Lincoln descapotable, tarjeta internacional sin límite de crédito, a Roger, Isidro y Cora. Y buenos trepanadores, no como los de ahora que piensan que los medibots son lo mejor en cirugía de cerebro.

-A mí se me hace que tu implante hace un resto que valió madre, por eso tienes los sesos oxidados -asegura el retro-. Empezamos a los quince y cenamos software caliente todos los días.

-Charly nos consiguió la primera red. Entonces el Sueño Eléctrico era un complemento; lo mejor eran las calles, la adrenalina corriendo cuando a la tira la presionaban para mantener las apariencias o la PGR tenía que justificar su presupuesto. Cuando preparabas cócteles sin saber a que puerta te iban a arrojar...

-¿Y qué pasó con Loquillo? -aventura la mapache.

-Esa es historia tardía. Hasta ustedes la oyeron. Lo cazaron en la última gran revuelta contra el Dios-silicio -uno de los peludos me mira con los dientes apretados y la mano hundida en su chaleco de spandex-. Era de los míos y sabía que la buena época se moría con la aurora boreal del Cristorrecepcionismo. Y en parte luchaba también por Cora. Ella fue la primera en probar el Sueño de la Gaviota, en bautizarlo así.

-Eso es anticuado, viejo -gruñe el retro-. Ya nadie se fleta con las gaviotas. Ahora los fantasmas te tasajean si no estás a su altura, te sacan las tripas con motosierra en parajes de arboles construidos con defensas de autos, mares de polietileno reseco, montañas de basura plástica y ardillas llenas de chips y servomotores. O te pesca Dios en un recoveco y te refunde en infiernos de vísceras caníbales y pesadillas de dientes romos pero presurosos. Ahora hundirte en la computadora es como correr por tus calles con los sabuesos tras de ti y la paranoia de ser atrapado con material caliente. Ahora desafías a Dios en cada toque, en cada alucinación. A ti nunca te persiguió Dios.

-Yo lo vi por primera vez con Cora. Habíamos corrido a través de fiestas universitarias con el ecstasys hasta la cumbre, recorriendo tu espina dorsal como una corriente galvánica, poniéndote el rabo tan tieso que creías poder inaugurar algún resquicio sexual. Y Charly 29 nos había conseguido la Red. Nos trepamos luego del bajón. No había más droga. El presidente visitaba la ciudad y la limpia había sido exhaustiva. Estábamos colgados. Tú sabes, la abstinencia es mortal. Así que nos metimos a la red. Los dos en un deck. Ya realizábamos orgías para entonces, los cinco juntos. Ese día sólo fuimos ella y yo. Y fue diferente. Sentimos la halitosis nauseabunda de Dios sobre nuestros hombros, su rostro se pintaba en fugaces graffitis en el asfalto y las paredes descarapeladas, la tristeza se nos pegó como plomo a las costillas. Apenas podíamos respirar. Su cuerpo parecía resquebrajarse, se me hundían los dedos en sus carnes como en barro seco. Abandonamos y ella me dijo que quería viajar en barco; tomamos un trasatlántico a la puerta del hotel, con chimeneas que desprendían vapores atómicos y cocteles de MDA, exodiprina, deprenyl, hydergine y deaner. Viajábamos al aire libre y el mar era más puro de lo que ahora son capaces de reproducir las máquinas nanotecnológicas. Las gaviotas nos orbitaban como satélites psicóticos. Tenían hambre. Cora quiso quitarles el ayuno con el pensamiento, luego intentó con sushi. Un sushi milagrosamente multiplicado para mil gaviotas que mantenían un vuelo errático al impulso del viento y chillaban cada vez que un trozo de pescado ascendía a su hábitat. Míralas, me dijo ella, son como los ángeles de la soledad, como la montaña que se mueve a través de valles y océanos, son como la fe y la felicidad. Y tenía razón. Volvimos ocho veces al mismo sueño, después fue sola y no regresó.

-¿Y Loquillo a qué juega en esto?

-La conoció después, cuando trataba de robar información a Laboratorios Mariano. Era material calientísimo. Cora se le metió hasta la médula de los huesos. Ya era un fantasma y seguía siendo especial, podía transferirte su belleza como si de archivos virales se tratara. Cuando pescaron al Loquillo la carnada era ella. No pudo negarse, nadie podía.

-Yo la conozco -dice el peludo de la manopla-. Me visitó en un cruce de exodiprina y un programa de red pirata. Y pude librarme. No es para tanto. Hoy en día cualquier software negro tiene mejores divas. Son vampiresas que te chupan hasta dejarte seco. Primero te roban los recuerdos, luego los ánimos sexuales y hasta las ganas de vivir.

-Esas nunca las han tenido -digo. Sé de que hablo, soy uno de sus pioneros.

La mapache ya no ríe. Sus ojos se han vuelto más obscuros y desorientados, son pozos de negrura, no destella vida en ellos. Va en descenso vertiginoso, cumbre abajo. Necesita cables...

-A Dios lo desafías nada más con vivir -asegura el retro-. El temor siempre ha estado presente, pero en el Sueño Eléctrico es palpable. La tortura viene por paquetes, como huracanes rabiosos; se ciernen sobre ti libélulas demoniacas, tu mismo estomago gruñe, tratando de abrirse paso al exterior y abandonarte a mitad de un callejón inexistente; los laberintos son sórdidos, más que los reales. Una vez encontré una pordiosera, sus ojos nunca habían conocido la luz, estaban marchitos, hundidos en las órbitas, cubiertos por un tejido membranoso semejante al de los reptiles, su mano izquierda era pequeñita, pero le crecían prótesis malsanas que supuraban esperma y cláusulas morales, su gordura era tan fenomenal que se mantenía erguida gracias a un sin fin de pequeñas muletas ancladas a su carrito. Y los cables brotaban de su cráneo, zumbaban imitando la cantaleta de auxilio, con su mano derecha esgrimía una vasija llena de embriones. Era la virgen. Te lo digo, te lo aseguro. Me persiguió a través de pantanos, cementerios de computadoras, buldozzers despanzurrados y cohetes borrachos que se precipitaban en llamas, desde el cielo, como ángeles desterrados. Y no puedes escapar, te persigue hasta cuando sales. Por las noches, a veces aún la sueño. Las calles son más seguras, la Brigada Antipecados es torpe pese a su soporte tech, a sus armas; los pierdes en cauces de ríos muertos, en alcantarillas secas o a través del metro. Y si lo haces bien nunca te descubren. Pero una vez que Dios te ha echado el ojo, siempre aparece, aún en las grabaciones más recientes, en programas estructurados en Tailandia, con graffitis ideogramáticos y zonas de tolerancia a la antigua. Su aliento es peor de lo que cuentas. Es como si nunca antes hubieras olfateado nada; todo queda opacado y el mero recuerdo de su hálito incluye alucinaciones a ojos abiertos. El cielo se cimbra y gotea como glicerina corrompida, bañándote, atascando tus huidas, nublando cualquier posibilidad de horizonte, cualquier chispa de esperanza... No sabes de lo que hablas -dice y hunde la vista en el interior del vaso. Sus manos tiemblan, frenéticas; quisieran salir aullando, alejarse de ese cuerpo.

Miro alrededor. El ángel ha pasado, soltando su peste. La mapache manipula la caja negra y sus ojos ya son nidos de murciélagos cósmicos que gritan blasfemias y maldiciones devastadoras. Los peludos se cobijan unos contra otros. Viven ya el síndrome de realidades, no saben donde están parados. El de la manopla parece creerme un ángel exterminador, me observa detenidamente, con una concentración mántrica: de seguro ve mi rostro carcomido por la estática y deforma mi silueta a base de pixeles que no están allí.

-Por eso digo que mis tiempos eran mejores -concluyo-. Allí no había nada aplastante, excepto el cuelgue, los temblores de la carencia, las vísceras gritando su hambre química.

El barman pastorea a las moscas. Lo siguen como si hubiera proferido un hechizo de sujeción, lo miran en sus malabares de copas y licores adulterados, en su reflejo perpetuamente tatuado en los espejos. Es múltiple como las moscas y está harto de nosotros. Me hace una seña, con resignación. Ya la ha hecho antes y no espera que responda al estímulo. Sigo la dirección. Tres Voces espera, atalayado en una mesa del fondo. El corsario blanco, se está incorporando en esos momentos.

Abandono al grupo sin decir palabra. Los vellos se me han erizado como antenas de cucaracha, se inclinan hacia adelante, urgiendo mi encuentro.

-No es bueno parlotear tanto -dice Tres Voces, maniobrando con su sombrero de fieltro, conduciendo sus movimientos a través de él-. Nunca olvidan, ni siquiera lo viejo.

-Tenía que hacer algo -miento. Sé que no le importa, sólo realiza su trabajo. Los protocolos son estrictos y han de ser respetados. Alargo la mano, en ella viaja un verde. Uno de los grandes. Lo toma, dilatando el contacto. Y sus ojos dicen cosas abismales, terribles en su verdad.

-El resto mañana, en la macroplaza -promete, entregándome el diminuto cilindro plástico. Giro, sin decir palabra, sin querer abandonar el bar.

Uno de los peludos me da la mano. Percibo el billete, su textura raquítica, desastrosa; hojas podridas, excrecencias casi inútiles.

-Son los 80. Te los ganaste viejo. Yo sabía que al Loquillo no lo habían podido joder en la realidad. Sabía que no podía haber caído cuando pusieron la bomba en el establecimiento. Su muerte le pertenecía a la red.

Ya no hay más palabras, compartimos alcohol y soledad. Angustia que se acumula como ácido en el interior. Somos globos que poco a poco se inflan. Algún día reventaremos.

-Creo que ahora te entiendo -dice el retro, jalando a la mapache que nuevamente circula en la frecuencia de lo virtual.

Los veo perderse a través del espejo, de la penumbra interior, de la negrura externa. Y el silencio flota largo rato, como coágulos en gravedad cero. Llena el ambiente y refuerza mi paranoia.

-Van a acabar por partirte el hocico -dice el barman, recogiendo los dólares. Sus ojos están acuosos y opacos, tristes.

-Lo sé -respondo, abandonando la barra, dejando atrás el cobijo.

La ciudad se expande ante mí, un organismo hipertrofiado y agonizante. Los edificios se recortan contra la noche sangrienta como picas en un campo de batalla. Multitudes de antenas parabólicas, inclinan sus oídos buscando sintonizar la voz de Dios. Y el gusano del miedo empieza a corroer mis entrañas. Las catedrales son como ojos desorbitados y ciegos en la tiniebla infernal, se suceden cuadra a cuadra; como perros, vagabundos y alguno que otro yonqui de entrañas moviéndose al ritmo de la peristalsis, olvidando ignominias, aburrimiento, aprensión...

Ellos fueron aún mejores que yo. No temen. No a Dios, ni a la Brigada Antipecados. La pasma no existe más...

Camino y a cada paso añoro las viejas costumbres, la sirena gimiendo tu probable captura, agentes corruptos tan llenos de necesidades como uno mismo, mordiéndote los talones. La mierda ha cambiado. Las paranoias también. Ahora, como otras noches, presiento androides, tras de mí, enojados, sedientos de justicia, de una venganza largamente pospuesta, sangrando mientras se libran de clavos y cruz y siguen mis huellas, bañándolas con su crúor sintético. La corona de espinas como vector del recuerdo.

Y temo. Y engullo los comprimidos. La persecución podría no tener fin.

El hambre, al menos, no reconoce ninguno.