Feliz Advenimiento

Por: Olga Fresnillo

La sala estaba llena de recién nacidos. El aroma del talco y la leche maternizada se mezclaban en la atmósfera cálida y tenuemente iluminada.

Un hombre gesticulaba con ridiculez frunciendo la boca, al tiempo que daba ligeros golpes en el cristal que delimitaba el área. El bebé que tenía enfrente lo ignoraba por completo y berreaba con los ojillos cerrados y los labios temblorosos.

-Doctor Jarvis, lo esperan en la sala de advenimiento.

Alicia le tocó el hombro para asegurarse de que Adolfo saldría de sus acostumbradas bobaliconadas y volvería al trabajo de inmediato.

-El alumbramiento es inminente, no creo que se pueda esperar más.

Jarvis hizo un último gesto bobo al nene llorón y caminó delante de Alicia. Le subyugaba escuchar el llanto de las criaturas exigiendo su alimento. Aunque hubiese sido cuestión de rutina mantenerlos en un cómodo silencio mediante la administración de inofensivos sedantes, Adolfo optaba por dejarlos desfogar sus energías y ejercitar los pulmones a la manera tradicional de antaño. Al irse acercando a la sala de advenimiento, las voces agudas de los nenes fueron dando lugar a unos gritos exacerbados. Al abrir las puertas dobles salieron por el hueco ayes y oes formulados con un dejo gutural.

Adolfo dirigió una mirada como saludo a sus colaboradores y entró en el túnel de esterilización. Al instante los vaporizadores lo cubrieron con una ducha desinfectante. Allí mismo se vistió con una bata de alegres colores y se calzó unos guantes con el símbolo de una marca de pañales.

Un grito aún más fuerte que los anteriores lo hizo acelerar el paso y salir del túnel con el tapabocas, a juego con la bata, a medio poner.

-Vamos, padrecito -dijo Jarvis al sufriente-, serénese; no es usted ni el primero ni el último hombre que da a luz.

-Es que usted no sabe lo que es ésto -lloriqueó en un pataleo el señor Tamez.

-Claro que lo sé. ¿Quién cree que ha diseñado, paso a paso, el plan que eligió para embarazarse?

Adolfo observó atentamente al paciente. Lo recordó tal y como había llegado al Centro de Advenimiento Siglo XX, apenas unos meses atrás. En ese entonces, los movimientos cimbreantes de las caderas estrechas de Tamez lo confirmaban como un buen bailarín de strip tease. Ahora, en la mitad de la treintena, yacía de espaldas con una manta esterilizada cubriendo su deformado y grotesco vientre.

-¡Oh, doctor! ¡Haga algo y quíteme estos dolores!

-¡Mmmh! Como si alguien lo hubiera obligado...

-Alicia, por favor -suplicó gentilmente Jarvis a la mujer que sólo se limitaba a observar-. Hagamos todo más fácil, equipo -dijo dirigiéndose a los hombres que lo acompañaban-, retiren los gases de afección y administren lenitivos.

El señor Tamez agradeció con un suspiro y empezó a aflojar los brazos, antes crispados, y a sonreír a diestra y siniestra.

Esto es una estupidez se dijo Alicia. Hacía muchos años que el dolor era perfectamente evitable, pero, por razones humanitarias, según decía Jarvis, hacía que los pacientes lo experimentaran en ciertas ocasiones para darle un sello de tradición al suceso que, si bien era rutinario en el Centro de Advenimiento, para cada paciente se convertía en algo especial.

El numeroso personal del Centro y, en especial, el que en ese momento se hallaba en la sala, era prescindible. Su presencia, sin embargo, daba un toque elegante, muy vistoso después de décadas en que todo había sido atendido por autómatas eficaces pero, a la postre, chocantes.

Lo nuevo era volver al pasado y recurrir a obstetras que irradiaban -aunque algo fingido-, el calor humano a punto de extinguirse apenas unos años atrás.

Como una manera de salir del anonimato, Jarvis había abierto el primer centro de advenimiento con una gran publicidad. Las imágenes y los olores de su cuarto de bebés aparecían constantemente desprendiéndose de las pantallas tridimensionales para penetrar en los sentidos de los posibles clientes.

Jarvis no había permitido que en la promoción se usara el estilo reinante de flashazos, llenos de mensajes subliminales que hipnotizaban al espectador. Había insistido, desoyendo los sabios consejos de los cerebros a cargo, que sus anuncios fuesen, de principio a fin, una sola vista del ojo láser, con música de añejas y olvidadas nanas españolas. Inexplicablemente, para los autómatas especializados, la gente había empezado a solicitar los servicios del centro.

El negocio prosperaba haciendo de Adolfo Jarvis un amoroso amigo de los parturientos que, increíblemente, querían dar a luz con dolor, entre seres humanos y rodeados de una atmósfera ajena a su vida diaria.

-Es una preciosa nena -anunció Adolfo al señor Tamez después de extraer la bebé de la maltrecha cavidad abdominal del hombre y de retirar el transplante de tejido sintético uterino, alimento del producto durante el período de gestación.

La criatura no era más bella que las ofrecidas en el mercado. Estas podían ser compradas por catálogo o mandadas hacer según las especificaciones de los futuros padres, ventajas logradas a través de la ingeniería genética. En consecuencia, la sociedad estaba poblada por seres cada vez más parecidos. Solían ponerse de moda. Los rubios de ojos claros estaban definitivamente relegados. Los negros de pelo lacio, ojos rasgados y facciones exquisitas caían poco a poco en desgracia. Definitivamente -y quién sabe por cuánto tiempo- la vanguardia estaba en gestar niños en el cuerpo, como dejara de hacerse por razones casi olvidadas.

Las mujeres vieron el cielo abierto en cuanto se les relevó de la maternidad, tarea que las obligaba a permanecer casi al margen del aparato productivo por largos y valiosos meses.

En un principio, las que no podían concebir agradecieron a la ciencia los avances que les permitieron procrear dentro de la intimidad de un tubo de ensayo -in vitro, se le había llamado-. Después se ofendieron al ver que una máquina, con un líquido rico en sustancias nutritivas, hacía posible el desarrollo de un bebé, de principio a fin y sin necesidad de una madre.

Sin embargo, la lógica se impuso y las personas del género femenino acabaron por comprender que su valía no radicaba en la reproducción y que estaban en absoluta libertad para emprender tareas trascendentes sin sentir las ataduras de la maternidad.

De ahí en adelante la sociedad se reprodujo por pedido, tal como se hiciera antiguamente con los autos de lujo. Y después, al mayoreo, para distribuirse en los grandes almacenes.

Pero Adolfo Jarvis había encontrado, en una de las últimas bibliotecas en pie, un libro que detallaba los nacimientos a mediados del Siglo XX. La autora, una partera empírica, dejaba asentado en él sus experiencias acerca de este hecho, hasta entonces eminentemente femenino, y las posteriores consecuencias del mismo. Feliz Advenimiento era el título de la obra que no tenía más de cien amarillas páginas.

-Doctor, ¿tendré qué fajarme? -preguntó Tamez.

-Será lo más prudente -aseveró Jarvis mientras cerraba con un haz luminoso la abertura abdominal-. Cuarenta días en absoluto reposo le harán muy bien y lo dejarán como nuevo, en condiciones de disfrutar de su nena.

-¡Mi nena, doctor, mi nena! -suspiró el nuevo padre- Mi esposo estará encantado.

-Ya lo creo. Cualquiera puede comprar un hijo, pero pocos arriesgan su vida por dar a luz.

-Dar a luz, ¡qué bella imagen! -sonrió amodorrado el paciente.

-Llévenlo a descansar, se lo merece -ordenó Adolfo presuntuoso.

Al salir de la sala, el médico caminó por los corredores comprobando el buen funcionamiento del centro. Fuera de él las mujeres ocupaban puestos importantes en todos los ámbitos, pero ahí estaban representadas únicamente por Alicia, la supervisora enviada por la Contraloría General. Las actividades del centro estaban consideradas intrascendentes, en la misma categoría que las efectuadas por las salas de belleza. Enfermeros, afanadores, secretarios, todos desempeñaban labores que cualquier máquina rudimentaria podía realizar, su fin era, en realidad, el de darle un ambiente diferente al negocio.

La temperatura podía regularse de tal modo que los bebés pudiesen estar sólo en pañal. Las sábanas decoradas con animalitos en extinción, con que los puericultores los arropaban, tenían el objeto de distinguirlos de los exhibidos en los aparadores y catálogos. Para Adolfo era un orgullo verlos, distintos uno de otro, dormir y tomar el biberón o el pecho, según las indicaciones y el pago de los padres.

Los nodrizos eran los empleados de mayor jerarquía, inmediatamente después del doctor Jarvis. Su trabajo consistía en amamantar a los recién nacidos con leche artificial, contenida en los depósitos pectorales de los hombres; éstos eran llenados con la periodicidad necesaria para que los chiquillos no pasaran hambres y crecieran robustos.

Era todo un espectáculo ver a los nodrizos, gordos vanamente a fuerza de tanto atole (bebida preparada según el viejo libro de la partera), tomar en sus redondos brazos a los bebés y casi asfixiarlos con las dadivosas prótesis. En opinión de Alicia ésto era el clímax de los disparates masculinos.

Adolfo Jarvis recordó que, en unas horas más, el Presidente haría una visita de cortesía al centro, era una atención que el médico no había buscado. El Presidente tendría unos minutos libres antes de regresar a la capital, después de inaugurar la convención anual de empresarias. El evento debía estar a punto de concluir.

Eduardo Daces miró sobre las cabezas del público. En ninguna de las mesas pudo ver un igual; todas las personas eran mujeres, en grupos, parejas o visiblemente solas. Todas muy seguras, observando con benevolencia al hombre que ellas mismas colocaran en la presidencia. La figura de Daces en la primera magistratura hizo que el pueblo descansara de las imágenes de mujeres eficientes que se sucederían unas a otras en el puesto. Era importante que la mitad de los electores no se sintieran marginados. Aunque ellos tenían la culpa, no tomaban el trabajo con la serenidad debida; al parecer, diez horas de labores semanales les eran excesivas.

-Hicimos una buena elección -comentó una de las concurrentes-, el muchacho convence.

-Lo que no acaba de gustarme es que siga soltero. Tiene de dónde escoger, tal vez alguno de sus colaboradores...

Los aplausos ahogaron la conversación. El Presidente saludó algo cohibido entre tantas damas importantes que, como era sabido, seguirían en primer plano cuando él hubiese caído en el olvido. Para que ellas pudiesen llegar al sitio que ocupaban, generaciones y generaciones habían pasado. Resuelto el problema de la maternidad, las mujeres dejaron a un lado la sumisión. Se casaron entre ellas mismas para estar, aún en la recámara, en completa igualdad. Las antes poco comunes bodas entre homosexuales eran, ahora, los aceptados contratos de convivencia firmados por dos personas del mismo sexo.

Terminada su alocución, Daces urgió a sus colaboradores a retirarse y se despidió con un beso de la anfitriona.

-¿Por qué tanta prisa, Señor Presidente? -preguntó inoportuna, bajando la mano de la cintura a las caderas de Daces- ¿Qué no le hemos tratado bien?

-De ninguna manera -contestó Daces haciendo gala de su diplomacia-, la reunión ha sido en verdad interesante. Lamento ahora el haber prometido visitar el Centro de Advenimiento, pero era tanta la insistencia de su director...

-No se preocupe, Eduardo -lo miró con sorna-. Vaya y satisfaga su curiosidad masculina.

Daces se sintió aliviado al abandonar la convención. Era hora de dirigirse a la cita verdaderamente importante de su agenda.

El Centro de Advenimiento era un remanso, un lunar de tranquilidad y jardines en el bullicio del concreto citadino. El doctor saludó al Presidente y lo llevó en un recorrido por las salas mientras le explicaba con todo detalle su funcionamiento.

-¿Cómo suple la ausencia de autómatas, Doctor Jarvis?

-Con calidez humana. Mis pacientes vienen a mí precisamente por eso. Desean tener hijos, no adquirirlos; nos especializamos en partos, no en mercadeo.

-¿Tener un hijo es algo difícil?

-¡Oh, no! Si lo fuera, nuestro género se hubiera extinguido aún antes de florecer. Recuerde que, por largo tiempo, nuestros antepasados se multiplicaron de manera muy similar.

-Entonces, ¿ha atendido mujeres?

-No, eso sería atentar contra la civilización. Ellas tienen cosas más importantes que hacer. Además, ninguna parece estar interesada...

-Pues yo sí lo estoy.

La afirmación de Daces dejó a Jarvis perplejo. Por lo visto el hombre estaba dispuesto a recurrir a cualquier cosa con tal de reelegirse.

-Una decisión inteligente, muy inteligente, señor Daces.

Jarvis podía visualizar la imagen redonda del Presidente al dirigirse a la nación para anunciar su próximo alumbramiento. El electorado masculino se volcaría en favor de la figura enternecedora del hombre en estado de gravidez. Para el Centro de Advenimiento sería de enormes beneficios. Era necesario proponerle un buen plan al ambicioso Daces.

-Tal vez le convenga un período de gestación acelerado, que le disminuya al mínimo los trastornos en sus actividades.

-No, quiero que mi hijo nazca en el tiempo que antes era el usual. Veo que usted es un obstetra decidido, con mucha experiencia y, espero, discreto.

-Claro -aseguró Adolfo. En el momento oportuno encontraría la manera de que el hecho se colara a la red noticiosa-. Aunque no comprendo por qué quiere mantener el secreto, respeto su deseo.

Con una sonrisa, Adolfo Jarvis despidió a su distinguido visitante. Lo vio partir en su magnetauto identificado con el número uno.

-¡Como si no supiéramos que sólo eres un objeto decorativo! Yo haré que seas un verdadero número uno, el primero en parir en la presidencia.

A fin de estar a la altura de su futuro cliente, Jarvis mandó construir un agregado independiente al centro. Tomando como base su texto de cabecera, decoró una habitación con antigüedades que compró en un viejo museo en quiebra.

Con un dedo en los labios, Adolfo cruzaba la habitación analizando desde distintos ángulos la ubicación de la cama, la cuna, la bañera...

-El moisés va junto a la cama.

-¿Moisés? -preguntó Alicia -¿qué es eso?

-Ese mueble lleno de olanes. Ahí acostaremos al recién nacido.

-Eso no le servirá; los bebés crecen rápido.

-No importa, así se usaba antes y es lo que desea nuestro futuro paciente.

-¡Qué poco prácticos son los hombres!

Jarvis hizo oídos sordos. Alicia era una gruñona pero tenía muchas influencias. El centro seguiría abierto mientras ella diera buenos informes a la Contraloría General.

-Estos preparativos son inútiles y exagerados.

-Ni una cosa ni la otra, mi querida Alicia, todo es poco para el primer bebé de la nación.

-¿El qué?

-Como lo oye. Aquí, en esta acogedora sala, réplica de una casa tradicional del Siglo XX, nacerá el primer bebé de la nación, el nene que dará el toque paternal a Eduardo Daces.

El silencio de Alicia alentó a Jarvis en su alocución.

-Imagine la rotunda curva abdominal de Daces asomando en la convención en donde lo postulen para ser reelecto. Impactante, ¿no cree? Irresistible, diría yo. Será una publicidad enorme.

Ridículo, el médico era positivamente ridículo. Si no fuera porque la tenían encargada de la supervisión del lugar, Alicia hacía mucho que se habría marchado. Lejos de este centro de vanidades y estupideces tenía un futuro halagador. Pero primero habría de ganárselo manteniendo vigilados al doctor Jarvis y a su clientela de ociosos. A la Contraloría le gustaba mantenerse enterada. Nada de lo que sucedía en La Tierra debía dejarse al azar; si éste había llevado a las mujeres al dominio del mundo podría igualmente relegarlas de nuevo. Tal vez sería necesario informar de los planes de Daces. En un segundo descartó la idea; un presidente decorativo embarazado seguía siendo igualmente inofensivo, aunque algo más amplio.

Adolfo Jarvis vio con beneplácito la Suite Presidencial terminada, lista para recibir a su huésped. Con el transcurso de las semanas y el silencio de Daces, el buen humor del médico se convirtió en frustración. Se sentía engañado y molesto consigo mismo por haber invertido en algo que no tendría futuro.

-Tal vez deba comunicarse con el Presidente -sugirió Alicia-. Podría ser que, al observar la sala que le tiene reservada, se anime a someterse a los implantes de útero y embrión.

-He tratado de hacerlo... -Alicia tomó nota mentalmente-, pero no conseguí nada. Creo que ha desechado la idea y no tiene ni el mínimo interés en dar a luz.

-Así son los hombres, doctor, indecisos y volubles. No se preocupe, tiene mucho trabajo, así que poco importa un cliente menos.

-Este era El Cliente -suspiró Adolfo-. Hubiera lanzado mi nombre a nivel estelar...

-Hasta mañana -se despidió Alicia-. Siga soñando, pero dormido.

A media noche el videófono de la recámara de Jarvis se encendió. La imagen del Presidente Daces, sudoroso y pálido, murmuró con rapidez unas cuantas frases entrecortadas. De forma automática, Adolfo se puso de pie y se vistió.

Iba camino a la entrada del centro cuando advirtió que no sabía qué le había dicho Daces. Regresó a su habitación y oprimió el botón de repetición. Al terminar de escuchar el mensaje la imagen desapareció. El estupor del médico se hizo patente.

-¡Imposible, esto no puede ser! Este hombre trata de engañarme de nuevo.

Permaneció un rato sentado mientras la butaca vibradora masajeaba su espalda. Sin embargo, Jarvis estaba nervioso, azorado y sin decidir qué hacer.

-Podría ir a cerciorarme. Pero, en caso de ser cierto, no podría intervenir, sería un suicidio, la ruina de mi carrera.

Cerca de la puerta del centro, Daces esperaba. Su cara estaba tensa y su respiración era agitada. Visiblemente contrariado por la tardanza del médico, temía que de un momento a otro el acontecimiento llegara a su fin sin el auxilio de Adolfo.

-Vamos, Jarvis, sé un verdadero hombre por una vez en tu vida.

Como si lo escuchara, el médico abandonó de nuevo su cuarto y caminó hasta la entrada. Al salir, a la luz de la luna llena, lo primero que vio fue una silueta abultada tratando de ocultarse tras los árboles del exuberante jardín.

-Señor Daces -llamó mientras la sombra se alejaba-. Daces -insistió el médico. Una mano le sujetó firmemente el brazo.

-Aquí estoy, doctor.

-Entonces... es cierto -aseguró con asombro-, lo que usted me ha dicho es verdad. ¿Qué va a hacer ahora?

-El experto es usted, espero que quiera ayudarme.

Unos gemidos y el correr de agua interrumpieron la conversación. Daces y Jarvis se internaron entre los arbustos.

-Esta es mi mujer -dijo el Presidente alzando un cuerpo húmedo de la entrepierna.

-La fuente -murmuró perplejo el médico-, se le ha roto la fuente. Es la primera vez que veo esto... el alumbramiento debe estar muy próximo. Pero, ¿cómo lo lograron?

-Dejando a la naturaleza hacer su trabajo y olvidándonos de los adelantos de la ciencia. ¿Nos ayudará?

-Si, como dice, esto es obra de la naturaleza, dejémosla seguir su curso. Recueste a... su mujer -la frase le sonó rara- sobre el césped y esperemos.

-¿Aquí? Mejor entremos a una de sus salas. No importa ya que se enteren...

-¡No!

La negativa de Jarvis se perdió en el grito ahogado de la mujer. Sin discutirlo más, Daces la depositó en la alfombra verde.

-Desnúdela -ordenó el médico mientras sostenía la mano crispada de la parturienta. Sintió el dolor de la mujer y lo vio caer convertido en gotas de sudor helado. El vientre se prolongaba hasta el pecho y las amplias caderas daban cabida al nuevo ser con una naturalidad que asombró a Jarvis. Admiró los pechos cruzados de venas azulosas y rematados por unos botones rosáceos, a punto de reventar y dejar correr el calostro. Los alumbramientos que él había propiciado hasta ese día le parecieron caricaturas ridículas y pretenciosas. Separando las piernas de la mujer verificó la dilatación de la vagina. Su dedo tocó la pequeña cabeza.

-No haga nada, Jarvis -ordenó Alicia cobijada por las sombras-, a la Contraloría General le parecerá incorrecto que ayude a sojuzgar a las mujeres atándolas de nuevo a la maternidad.

-Tiene razón -contestó Adolfo sobreponiéndose a la sorpresa-, será más prudente permanecer al margen...

-Por favor, doctor -rogó Daces-, no la abandone.

-Le aseguro que yo necesito más de su mujer que ella de mí.

Hacia el resplandor lunar irrumpió una cabecita girando, coronándose con la piel de la madre. Con suavidad el bebé se abrió paso. Las manos temblorosas de Jarvis lo recibieron. Lo vio diferente, lo supo único y sonrió al depositarlo en los generosos senos.