La Disuación

Por: Luis Gutiérrez Negrín

Los rumores no eran infundados. En su sesión de esa noche, convocada expresamente para escuchar el informe del jefe de seguridad, el Consejo se enteraba de que los orientales, en efecto, habían invadido lagunas y bahías pertenecientes a Occidente para instalar en ellas nuevas granjas. Meses atrás, el Consejo Supremo se había visto forzado a negociar una ampliación de la franja costera asignada a Oriente porque, si no estaban dispuestos a detenerlos por la fuerza, era mejor conceder que aceptar una invasión de facto.

-En resumen -expresaba el jefe de seguridad-, nuestros enviados han establecido que las nuevas granjas están en territorio occidental. En ellas se han organizado rebaños de plesiosaurios en un número actual de ocho a la tercera potencia. Pero hay preparativos para aumentar pronto ese número. No escapará a los señores consejeros el aumento de sustancia que ello implica, misma que evidentemente dejaremos de producir nosotros.

El psicosaurio cesó su emisión de pensamientos, manteniendo abiertos sus contactos mentales para percibir cualquier pregunta de los ocho ancianos que, imperturbables, habían seguido sus informes. La reunión del consejo presentaba en ese momento una curiosa apariencia. Ocho viejos psicosaurios, sostenidos por su delgada pero fuerte cola y con las extremidades inferiores levemente flexionadas, formando un cómodo tripié, se encontraban sentados en un semicírculo alrededor del encargado de seguridad que, rígido, sin permitir que su cola tocara el suelo, acababa de concluir su exposición. Todo ello en medio de la densa penumbra, apenas aliviada por el lejano resplandor de la luna que se adivinaba más allá de la entrada de la caverna en la que sesionaba el consejo, y en el más completo silencio.

-¿No cabe la posibilidad de que sea una invasión, digamos temporal, motivada por un aumento eventual de la demanda, pero que después se retiren hacia los límites fijados en el último tratado?, -preguntó casi por formalismo uno de los consejeros.

-Señor, se examinó esa posibilidad, pero todo indica que no tienen la menor intención de dar marcha atrás. Al contrario. Además, su excelencia debe tener presente los fuertes nexos comerciales entre el Regidor y los granjeros: aunque aquél quisiera detener, está muy presionado por éstos, cuyos intentos de apoderarse de nuestras fuentes de suministro son cada vez más desembozados. Por otro lado...

-Es suficiente -atajó el consejero, emitiendo una poderosa orden mental que casi provocó dolor en el receptor-. Ya contestó la pregunta. Puede retirarse.

Aunque esta orden no aludía necesariamente a una retirada física, sino principalmente al bloqueo de su mente para evitar interferir en el resto de la reunión, el jefe de seguridad salió rápidamente de la caverna después de dejar en blanco la porción periférica de sus pensamientos. Sintió claramente la barrera mental que los consejeros habían levantado en su derredor para asegurar la privacía de su junta.

Al salir al exterior, el psicosaurio oteó por reflejo en todas direcciones. No prestó demasiada atención al cielo tachonado de estrellas, que él sólo percibía como lejanas y débiles fuentes emisoras de señales de radio. Visualizó en cambio diversas fuentes cercanas de rayos infrarrojos térmicos, que automáticamente reconoció como los demás auxiliares del consejo discretamente ubicados entre los gigantescos helechos que rodeaban la cueva, todos ellos con sus receptores mentales en alerta, dispuestos a captar de inmediato cualquier señal proveniente de los consejeros. Notó cómo el estado de alerta cambiaba sutilmente a uno de curiosidad conforme los auxiliares iban detectando su presencia, pero él mantuvo disciplinadamente cerrados sus contactos.

* * *

El Doctor Donaldson inclinó hacia atrás la cabeza, al tiempo que se quitaba los lentes y se masajeaba suavemente las sienes con la mano derecha. Las imágenes de satélite, que había estado examinando cuidadosamente durante el último par de horas, no eran totalmente concluyentes, pero no dejaban lugar a muchas dudas. Miró de reojo que el joven Doctor Arnold entraba a su cubículo.

-Y bien, doctor, ¿qué le parece?

-Pues sí, creo que coincido contigo. La imagen de la banda de infrarrojo resalta mejor, en algunas partes de los bordes de la depresión, que las imágenes de las bandas 5 y 7. Y es una estructura realmente impresionante.

-Ya lo creo que sí -respondió animadamente el recién egresado de la Universidad de Stanford. Tenía menos de seis meses asignado a su oficina, en las instalaciones del U. S. Geological Survey, en Flagstaff, Arizona, pero ya había encontrado lo que parecía ser una importante depresión casi circular de unos 60 kilómetros de diámetro en la desolada región oriental de la Unión Soviética, cerca de Yakut, en plena estepa rusa.

-Debe ser bastante antigua, por lo poco definido de sus bordes, pero estoy de acuerdo en que no es una estructura volcánica. Es probable que, efectivamente, se trate del producto de una colisión de un meteorito o de la explosión, muy cerca de la superficie, de un núcleo cometario. Como quiera, hay suficiente evidencia para presentar el proyecto de trabajo y hacer la solicitud de fondos. Empieza a trabajar en eso.

-¡A la orden, señor!

Mirándolo salir feliz y apresurado de su cubículo, Donaldson pensó que Arnold estaba empezando con el pie derecho. No es fácil descubrir huellas de impacto de cuerpos extraterrestres en la superficie, y mucho menos de la magnitud que parecía tener el antiguo cráter que se vislumbraba en las imágenes de satélite. Él y su equipo había confeccionado ya un catálogo de más de cien cráteres de impacto en todo el mundo, con dimensiones que iban desde las enormes depresiones de Bushveld, en Sudáfrica, con más de 112 kilómetros de diámetro y una antigüedad de unos 2100 millones de años, hasta pequeños cráteres como el famoso Cráter Meteoro o Cráter Barrington de Arizona, con sólo 1200 metros de diámetro, 183 metros de profundidad y una edad de unos 25 mil años, que ahora era un atractivo turístico. Algunas de estas estructuras aún figuraban como prospectos en su catálogo, faltando llevar a cabo los levantamientos de campo y los muestreos y análisis de laboratorio rutinarios. Pero definitivamente no había ningún prospecto de las dimensiones del de Yakut. No, no sería difícil conseguir los fondos para realizar el proyecto de verificación completo, pese a que éste implicaría establecer un convenio con sus colegas soviéticos.

* * *

-El rumor se ha expandido en todas las comunidades de Occidente -explicaba uno de los consejeros-. La gente no espera de nosotros más concesiones sino que de algún modo frenemos las tropelías orientales. Cada vez es menor nuestra producción de sustancia, aumentando la necesidad de contrabandearla. Ellos nos venden lo que quieren, sin ningún control sobre su calidad... No podemos ceder de nuevo.

Un vacío mental, equivalente a un profundo silencio, siguió a los últimos conceptos expresados por el consejero. Los plesiosaurios, esos grandes dinosaurios de ambiente acuático, se alimentaban de pequeños peces, pero solían tragar inadvertidamente pequeños guijarros que, en su organismo, eventualmente eran recubiertos por una sustancia resinosa que, al recuperarse y secarse al sol, dejaba un residuo -la sustancia- que actuaba como afrodisíaco en los psicosaurios. Para una especie cuyo ciclo de celo se presentaba naturalmente una sola vez en el transcurso de su vida adulta, el afrodisíaco era una necesidad vital para asegurar la perpetuación. Si a ello se agregaba la escasa tasa de natalidad de hembras -alrededor de una por cada diez huevos fértiles-, resultaba claro que hembras y sustancia eran las claves de la sobrevivencia de la especie. La distribución de las hembras -una o dos por cada comunidad, cuyo número total sólo estaba limitado por la amplitud de la cueva en la que vivían- estaba resuelta, pero la producción y comercio de la sustancia se le escapaba cada vez más de las manos a Occidente.

Los psicosaurios habían descubierto cómo formar amplios rebaños de plesiosaurios en granjas costeras, controlándolos con especialistas -los granjeros- en la domesticación mental de esos animales, cuyo sencillo sistema nervioso era fácilmente dominable. Para una sociedad como la psicosauria, cuyo desarrollo tecnológico era apenas equivalente a la edad de piedra pero cuyo desarrollo intelectual era muy elevado, la cría de plesiosaurios no representaba mayor problema. Lo difícil era el transporte y distribución de la sustancia, por lo cual las zonas costeras cercanas a las principales comunidades de Oriente y de Occidente eran de gran valor.

-Creo que todos coincidimos en que ya no debe haber negociación. Esto se tomará como un acuerdo -expresó el Consejero Mayor, interrumpiendo bruscamente el prolongado vacío-. El punto es, entonces, cómo forzar a Oriente a respetar los tratados anteriores.

-¿Convocar a la fuerza de represión? -sugirió uno de los consejeros.

-No daría resultado -respondió otro de los ancianos-. Desde hace tiempo las fuerzas de Oriente están mejor preparadas. Antes de que nuestra fuerza se acercara a la zona, habría destacamentos orientales esperándolas.

En rigor, ni Oriente ni Occidente tenían el equivalente de un ejército profesional. Ambos grupos de comunidades contaban con una reserva de psicosaurios especializados desde su infancia en anular el sistema nervioso de sus semejantes, creando débiles campos electromagnéticos que sin embargo eran lo suficientemente elevados como para desquiciar los impulsos eléctricos en el cerebro de otros psicosaurios. Una guerra en forma era una silenciosa y aparentemente inocua batalla mental entre él o los campos generados en uno y otro bando; el campo más intenso destruía inevitablemente al más débil, con el resultado de que los derrotados quedaban en un estado de imbecilidad total, procediéndose posteriormente a su cremación, como se hacía invariablemente con los cadáveres. Las tácticas militares estaban relacionadas con la manera de generar los campos electromagnéticos, pero nada tenían que ver con una lucha física, para la cual los combatientes simplemente habrían carecido de armamento. ¿Qué medida disuasiva se podría tomar?

-Creo que sé qué podemos hacer -anunció solemnemente el más reciente de los consejeros, aquel que ocupaba el octavo lugar en la rígida escala jerárquica del consejo. Se le consideraba todavía en un período de aprendizaje y no se esperaba que pudiera ofrecer soluciones a los problemas, por lo que su intervención desató una profunda expectación.

* * *

Donaldson se detuvo un momento para recuperar el aliento. Casi odió al Profesor Polnyak cuando éste le dio alcance y, con una sonrisa, le preguntó en su perfecto inglés si estaba bien que tomaran un descanso. Polnyak era evidentemente más viejo que él, pero se alejó a paso vivo y sin presentar el menor síntoma de cansancio para alcanzar a los demás miembros de la expedición e informarles que descansarían unos minutos.

Habían salido de Yakut y tras dos días de viaje en camioneta habían instalado su campamento en las cercanías. Este era el segundo día de recorrido a pie, dentro ya de lo que se consideraba la depresión. Los soviéticos habían aceptado colaborar, y realizarían posteriormente un levantamiento gravimétrico en la zona; si estaban en lo cierto, debería obtenerse una anomalía negativa en el subsuelo del cráter. Por lo pronto, él y Arnold, junto con otros tres investigadores soviéticos y un par de ayudantes, recorrían y cartografiaban el área y tomaban muestras de roca para analizarlas después en los laboratorios de Flagstaff.

-¿Se ha fijado en el fuerte brechamiento de los afloramientos, doctor? -preguntó Arnold que se le acercaba con varios fragmentos de roca en las manos.

-Por supuesto. ¿Qué traes ahí?

-¿Qué cree que sea esto?

Donaldson tomó su lupa de mano y estudió atentamente los fragmentos que le entregó su subordinado.

-Bueno, sin duda es vidrio. ¿De dónde los tomaste?

-De aquel afloramiento. Es una arenisca, mapeada como terciaria, muy intemperizada.

-Entonces es un vidrio bastante antiguo, sin evidencias megascópicas de desvitrificación. Y, además, contenido en una roca sedimentaria del Terciario... Sí, pudiera tratarse de una tectita, pero, claro, habrá que esperar a que la analicemos en el laboratorio.

-Eso pensé doctor -dijo Arnold sin contener su agitación-. Además, Dimitrov dice que hacia lo que sería el centro del cráter hay reportada la presencia de minerales de coesita. ¡Todo concuerda!

-Tómalo con calma, muchacho. Creo que mañana temprano estaremos ahí y entonces podremos tomar muestras. No se puede diferenciar a la coesita de otros minerales de sílice solo con nuestras lupas, como tú sabes. Todo va encajando, pero todavía te espera mucho trabajo de laboratorio antes de llegar a una conclusión.

Sí, faltaba un largo trecho para probar sin dudas que se trataba de un cráter de impacto, pero Arnold tenía razón: todo concordaba hasta el momento.

* * *

Había amanecido ya, y algo de la brillantez del sol alcanzaba a filtrarse en la caverna natural formada en la caliza kárstica donde los ocho consejeros continuaban su junta. Afuera, los auxiliares se refugiaron en las pequeñas cuevas y agujeros cercanos, dispuestos a velar todo el día si era preciso, mientras imaginaban a sus respectivas comunas preparándose para dormir. Incapaces de advertir los diversos tonos del espectro visible, era evidente para ellos el tono brillante de la luz solar y, sobre todo, el aumento de temperatura que conllevaba el día.

-¿Y bien? -apremió el Consejero Mayor-. ¿Qué sugerencia tiene nuestro joven consejero?

-Yo... Bueno, nuestro más renombrado observador de estrellas ha detectado una importante perturbación, causada por una piedra celeste que pasará entre nuestro planeta y su satélite dentro de poco más de un ciclo, -emitió un tanto vacilantemente el aludido, con lo que hubiese podido ser un leve temblor en la voz si hubiera podido expresarse oralmente-. Si un equipo de nuestros mejores telequinestas puede desviarla sólo un poco de su trayectoria actual, podríamos lograr que cayera en territorio oriental... Sería el arma más poderosa jamás imaginada.

Los pensamientos de los consejeros se agitaron nerviosamente. La radioastronomía, al igual que la matemática octogesimal, la física teórica, la telequinesis y la poesía, eran disciplinas practicadas desde tiempo inmemorial por especialistas que generalmente empezaban su educación desde niños. Los radioastrónomos eran expertos en identificar diversas radiaciones infrarrojas que veían en el cielo, pero hasta la fecha sus observaciones carecían del menor valor práctico. No era frecuente la caída de meteoritos, pero todo mundo sabía que ello ocurría de vez en cuando, en áreas despobladas y prácticamente sin causar ningún daño debido a su tamaño. ¿En qué podría eso afectar el sistema nervioso de los orientales? ¿Qué clase de arma podría surgir de ahí?

-¿Pretendes burlarte? -tronó el Consejero Mayor, con una intensidad que casi pudo sentirse físicamente, mientras apuntaba inusualmente uno de sus cuatro torpes dedos de la mano hacia su interlocutor para enfatizar su disgusto.

-Permítame explicar, por favor -suplicó el consejero-. Esta no es una piedra como las que conocemos. Es una gran piedra del tamaño de una pequeña montaña y viaja más rápidamente que un pteranodón a la cuarta potencia. Si nuestros telequinestas logran que se desvíe y penetre en la atmósfera sin consumirse, provocaría una explosión mayor que la de muchos volcanes juntos... Podría destruir en unos segundos gran parte de las comunidades orientales, y no volveríamos a preocuparnos por ellos en mucho tiempo.

El consejero logró el permiso para que comparecieran los científicos que previamente había mandado llamar. El radioastrónomo informó cómo se había detectado en su observatorio, unos días atrás, la perturbación en el campo electromagnético terrestre causada por el cuerpo en movimiento y de qué manera, a partir de sus observaciones y cálculos, su equipo y él habían determinado el tamaño aproximado y la trayectoria. Trabajo de rutina. El líder matemático del observatorio expuso la manera en que habían calculado la intensidad de la onda telequinética apropiada y el momento exacto de aplicarla. El telequinesta confirmó, en fin, que si bien no se había intentado antes influir en la inercia de un cuerpo de tales dimensiones y a tanta distancia, la desviación necesaria en la trayectoria era tan pequeña que podía dar resultado el intento. Lo que parecía una idea descabellada se reveló como un plan, audaz, si, pero coherente y lógico, que el consejero más reciente había elucubrado un par de días atrás, desde que se enteró casualmente del descubrimiento del meteorito.

-¿Lo saben ya los observadores orientales? -quiso saber uno de los consejeros.

-Bueno, si no han percibido la presencia de la piedra lo harán muy pronto, -contestó el autor de la idea-, pero cuando detecten el cambio de trayectoria, será muy tarde para que puedan hacer algo.

* * *

-¿Arnold?, acabo de recibir un plano reducido en borrador con los resultados preliminares de la gravimetría que hicieron los rusos... Sí, tal como esperábamos... De acuerdo, te espero.

Donaldson colgó el teléfono. Ya era bastante tarde, pero la noticia valía la pena. Aunque faltaba el tratamiento final de los datos y la obtención del plano de la Anomalía de Bouguer, el esquema que acababa de recibir por telefax era concluyente: un bien definido mínimo gravimétrico coincidía con los bordes tentativos del cráter. La nota de Polnyak decía que él y sus colegas habían empezado a preparar el informe escrito, que luego se integraría al informe final del proyecto.

Repasó los reportes de los diversos análisis de laboratorio de las últimas semanas, que incluían difracción de rayos X, análisis químicos y petrográficos, microsonda y estudios de inclusiones fluidas en las muestras que habían recolectado, y se sintió satisfecho. Nadie podría cuestionar que habían encontrado un importante cráter de colisión de casi 64 kilómetros de diámetro mayor: el cráter de Popigay, nombre de la pequeña aldea de la provincia de Yakut, en la República de Rusia. Los fragmentos de vidrio en las areniscas terciarias habían resultado estar compuestos de sílice, con abundantes cantidades de aluminio, potasio y calcio; sin duda eran tectitas, formadas por la rápida solidificación del material fundido por el impacto. Además de coesita, las muestras presentaban otra rara variedad de sílice: la estistovita; ambos minerales se forman sólo a presiones extremadamente altas, que pueden ocurrir únicamente en un impacto de un cuerpo extraterrestre. Las muestras de arenisca, finalmente, presentaron una concentración excepcionalmente alta de iridio.

Necesitaba discutir más con Polnyak y con Arnold lo relativo a la antigüedad de la colisión. Para los soviéticos debía ser del Paleoceno, con una edad de unos 60 millones de años, ya que tal era la edad de las areniscas en las que se hallaron las tectitas. Pero él pensaba que podía ser algo más antigua. La llegada de Arnold lo sacó de su ensimismamiento.

-¡Lotería!, ¿no?... El vigilante no quería dejarme pasar. ¿Qué hace aquí tan tarde?

-Había estado esperando el fax. Toma, míralo tú mismo. Ahora necesitamos definir la edad del impacto, que es lo único importante que nos falta. ¿Qué cres tú?

-Paleoceno, doctor -contestó distraídamente el joven, mientras miraba el documento-. Es la edad de las areniscas. Polnyak...

-Lo sé. Pero dime, ¿no te parece que las areniscas pudieron depositarse posteriormente y englobar a las tectitas previamente formadas? ¿Qué rocas afloran en el interior del cráter?

-El granito del Paleozoico, que es el basamento regional, y en menor medida calizas cretácicas totalmente brechadas y parcialmente milonitizadas en los bordes. Pero, ¿qué...?

-Bien. Lo que creo que ocurrió es esto. A fines del Cretácico un meteorito de entre uno y dos kilómetros de diámetro chocó a una velocidad poco menor de los 40 kilómetros por segundo. Se formó un cráter de por lo menos 70 kilómetros de diámetro, por unos cinco a diez kilómetros de profundidad. El meteorito se rompió y se fundió por completo debido a la liberación explosiva de su energía cinética. La onda de choque se propagó en todas direcciones, pero también hacia el subsuelo, rompiendo, fundiendo en parte y brechando a las rocas subyacentes, las calizas mesozoicas y el granito paleozoico. Las rocas sedimentarias se plegaron e invirtieron hacia fuera del cráter. Cuando se disipó la energía, poco a poco la corteza tendió a hacer desaparecer la depresión por movimientos de equilibrio isostático -¡sí, no sólo hay movimientos horizontales en las placas litosféricas, algo que los jóvenes suelen olvidar!-, dejando en su lugar un domo que, al paso del tiempo, fue posteriormente cubierto por las areniscas y eventualmente peneplaneado por la erosión.

-¡Caray! Suena bien. Pero un cuerpo de ese tamaño, al impactarse debió haber provocado una explosión parecida a la de una bomba atómica.

-Mucho más fuerte, Arnold. Según mis cálculos, la energía liberada fue equivalente a la explosión de más de medio millón de megatones...

-¡Cientos de miles de Hiroshimas!

-Más.

-En tal caso la cantidad de polvo arrojada a la atmósfera...

-...debió haber oscurecido prácticamente todo el planeta por varios meses o quizás años, lo cual debió haber hecho descender la temperatura media en varios grados, acarreando una serie de cambios climatológicos de graves consecuencias que...

-...habrían detenido la fotosíntesis alterando la flora y la fauna existente entonces y... ¡Dios mío! ¡Podría explicar la desaparición de los grandes saurios y probar la hipótesis de los Alvarez! ¿Es posible?

* * *

Salieron uno a uno de la caverna, parsimoniosamente, con ese andar característico de la vejez compartido por todas las especies animales. El sol acababa de ponerse y la frescura del viento los reanimó un poco, después de dos noches y un día de sesión casi permanente. El último en abandonar la cueva fue el Consejero Mayor, como correspondía a su alta jerarquía. Rebosaba de satisfacción. Levantó la mirada hacia ese cielo cubierto por diminutas fuentes de radio que dibujaban un complejo pero agradable diseño, sólo descifrable por los especialistas. Por supuesto, fue incapaz de distinguir la menor señal del meteorito que, en unas cuantas horas más, cambiaría su trayectoria para dirigirse velozmente hacia la Tierra. La decisión estaba tomada. El hubiese querido encontrar una medida disuasiva menos drástica, algo que obligara a los orientales a respetar los tratados anteriores, pero sin causar daños que se preveían terribles. Sin embargo, si el destino era que la civilización oriental terminara por desaparecer, y los occidentales reinaran sobre la faz de la tierra, ¿quién era él para oponerse?