Manco a Orillas del Floss

Por: Isabel Velázquez Oliver

Yo, Merardo Beauford Scott, he labrado mi propia desgracia y ahora debo reconocerlo.

Reconozco también, y quizá sirva esto como último intento de salvación, que en un principio ignoraba las consecuencias de mis actos; que la obsesión que desde entonces me atormenta, apartó de mí todo pensamiento, acción o sentimiento que no estuviera encaminado hacia la satisfacción de esta corrosiva, intoxicante y pruruiginosa necesidad de gloria.

Y cuando digo gloria no hablo de dinero, ni de grandes y ostentosas posesiones, ni de ninguna otra vulgaridad con la que la gente suele confundir la gloria hoy en día.

Hablo del verdadero, del único placer excelso de contemplar el nombre propio junto a los grandes: Malraux, Bocaccio, Dante, Pope, Woolf, Éluard... el nombre, mi nombre, añadido en letras grandes y redondas en este desfile casi interminable de mentes lúcidas y vigorosas, responsables todas de haber echado luz a este hoyo tenebroso llamado corazón humano.

Ahora que contemplo con calma el pasado, me horrorizo y se me llena la cara de vergüenza al recordar todo cuando he hecho, todo cuanto he tenido que dejar atrás para alcanzar la fama y el reconocimiento. Reconocimiento y fama que me han llevado varias veces alrededor del mundo, que venden mis libros a razón de tres mil por día y que me han conseguido la admiración casi fanática de mis colegas más jóvenes, pero que no han logrado librarme de una pregunta recurrente: ¿A qué precio Merardo?... ¿a qué precio?

Si de alguna forma pueden ser justificadas mis acciones, aclaro que no tomé este camino sin haber agotado antes todo recurso conocido por el escritor que empieza: me aseguré de ser visto en el lugar, el momento y la compañía indicados; gane para mí la simpatía de dos o tres críticos, más necesitados... de amigos y de un buen whisky que de absoluto rigor literario; adopté en vestido y ademanes un definitivo aire místico-intelectual que no trajo consigo más que un par de buenas amantes.

Amargo y desesperado, reuní a media docena de amigos en circunstancias similares a la mía, para fundar oficialmente el movimiento literario que prometía revolucionar las letras de Occidente: la escuela leletinense (apropiada pero secretamente nombrada en honor de Anna Lelettier, mi casera).

Desde luego me autonombré padre de la misma, y sostuve mi proclama aún después de vernos forzados a salir huyendo de más de tres reuniones literarias, entre los abucheos y silbidos de un público, evidentemente, demasiado silvestre para tener acceso a los goces emanados de nuestras plumas.

El dolor de una nueva derrota me tornó aún más amargo, pero nunca me hizo desistir en el empeño. Debía añcanzar la celebridad a toda costa, aunque para hacerlo tuviera que pagar una tarifa de los simples mortales.

Habiendo tomado esta decisión, me embarqué en la ávida lectura de los clásicos e hice de la escritura ejercicio cotidiano hasta alcanzar en cuanto a ésta, la disciplina de un verdadero artesano.

Ví aparecer con gusto mi trabajo en algunas publicaciones menores, y recibí con alegría los modestos comentarios que acerca de él se hacían

Pero todo esto no era suficiente. Estaba seguro de que, aunando mi talento a alguna suerte de fórmula prodigiosa, alcanzaría la inmortalidad con la publicación de mi primer libro.

Para asegurarle fastuosidad y contundencia, decidí ampliar mi campo de lectura: filosofía, matemáticas, física, química, antropología, política. Devoré cuanto libro pasó por mis manos. Seguro de que mis esfuerzos serían recompensados.

En el quinto año de este proceso apareció Eleanor Howship. Vuelve a Casa. A mi parecer, veinticinco capítulos de agudo análisis psicológico. El evidente trabajo de alguien que sabe el alfabeto y conoce las conjugaciones, pero que no hará nunca música con las palabras: un veritable medianito tiernón, según el más importante crítico nacional.

Convicción, fortuna y toda esperanza previsible perdidas para siempre, me retiré de los círculos literarios previa invención de un viaje maravilloso que me permitiría recolectar nuevas experiencias para mi próximo trabajo.

Triste invención, pobre maravilla, que no me llevó más allá de los linderos de mi casa. Y ahí permanecería lamiéndome las heridas hasta el día de hoy, de no ser por los acontecimientos funestos que habrían de recaer sobre mi cabeza.

Cinco años de estudio y varios más de encierro mermaron considerablemente mis finanzas. Hecho de fácil comprobación si se considera que en aquella temporada me vi forzado a pedir prestados los libros que apetecía leer y me limitaba a fotocopiar los pasajes que me eran particularmente interesantes.

En esto ocupaba mi tiempo aquella mañana terrible: hacía cola frente a la copiadora cercana a mi casa e inventaba algunos pasatiempos para no aburrirme mientras esperaba.

Treinta, treinta y cinco, cuarenta minutos debieron haber pasado y la línea parecía no diminuir. Había averiguado ya que Un Mundo Feliz tenía dieciocho capítulos y doscientas cincuenta y tres páginas; sabía además que la edición que sostenía en mi mano esra la cuarta desde la aparición del libro en 1952, que del párrafo final estaban ausentes el oeste y el noroeste, que Aldus Huxley no formaban ningún anagrama coherente, y que con las letras de la palabra mundo podían componerse las palabras mudo, nudo, uno y no.

Cuarenta y cinco, cincuenta, una hora y aún no era mi turno.

Permanecí entonces mesmerizado durante largo durante largo rato a los destellos de luz que despedía la máquina al imprimir la fotocopia.

Después de hora y media, había leído treinta veces portada, contraportada y colofón. Un Mundo Feliz... editorial xyz... esta edición consta de mil ejemplares... noviembre de tal y cual año... ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida, mediante ningún método o sistema, electrónico o mecánico (incluyendo el fotocopiado, la grabación o cualquier sistema de recuperación y almacenamiento de información), sin consentimiento escrito... y llegó.

Del azul del cielo, de la nada absoluta, Serendipity y Eureka mezclados en uno: en una fración de segundo pude pisar el umbral de Arcadia.

¿Qué había sucedido?, ¿Qué me hacía diferente de cientos, quizá miles de escritores mediocres, pocretones y malogrados?

Porque sin duda seguía siendo todas esas cosas, pero ahora era un escritor mediocre, pobretón, malogrado y con el poder de transformar la cultura del libro, y esa era la enorme diferencia.

¡Cuán peligrosa es la verdad en manos de un necio! ¡Cuán dañina la luz que brilla a medias sobre la cabeza de los porfiados! No recuerdo cuanto tiempo duré encerrado dando vueltas a la idea. Tampoco puedo precisar a ciencia cierta cuanto vendí, empeñe y pedí prestado para lograr mi propósito. Sólo sé que un buen día me ví en la televisión, aclamado como el inventor, productor y dueño de la patente de Fotoflex, polímero artificial con las características de un aereosol, que una vez aplicado forma una capa finísima, flexible y resistente, capaz de absorber la luz y descomponerla, desplazando la energía resultante.

Supongo que cualquier otra persona pudo haber dado al nuevo invento fines más nobles. En mis manos no pudo servir más que para lo que había servido todo animal, vegetal o mineral que había atravesado mi camino: la búsqueda de la gloria literaria.

Con esto en mente, no resultará del todo difícil entender cómo, ayudado por una eficiente campaña publicitaria y una efectiva estrategia de mercadotecnia, me convertí en el promotor cultural más vitoreado desde Johannes Gensfleish Gutenberg.

El Fotolex se vendía a una velocidad impresionante. Aplicado a las páginas de los libros, se convertía al poco tiempo en una capa protectora, y lo que es más importante desplazaba luz directa, haciendo imposible el fotocopiado y por ende, el pirataje.

Fui personaje predilecto y hombre del año de sociedades autorales y cámaras editoriales, habiéndoles solucionado el eterno problema del pillaje de los derechos de autor.

Los clubes, asociaciones e instituciones científicas también parecieron complacidos con el hallazgo, y me hacía llegar regularmente invitaciones a congresos y seminarios a los que no asistí por motivos que resultaron obvios: yo no era un científico, era simplemente un escritor que quería, que debía ser famoso.

Y famoso me hice. La fiebre del Fotoflex continuaba viento en popa: las más importantes editoriales lo añadían mediante aspersión a sus nuevos tirajes y se hizo obsoleto el letrerito de prohibida su reproducción parcial o.... La gente compraba como desquiciada la versión casera de Fotoflex para proteger sus libros más queridos y de paso estar a tono con los vecinos.

En cuanto continente tiene este planeta, en catorce idiomas y siete versiones, aparecía mi cara explicando la naturaleza del Fotoflex: Está compuesto de macromoléculas en complicadas cadenas ramificadas y tridimensionales, unidas mediante un proceso de polimerización similar al del PVC, que es en sí la polimerización del cloruro de vinilo obtenido por la cloración del etileno(...). Más particularmente, se parece a los plastisoles del PVC, que son suspenciones estables, convertidas mediante la adición de lubricantes y estabilizantes en plastificantes líquidos cuando esta en frío, y en delgadas capas flexibles y resistentes cuando están a la temperatura de ambiente. Bla, bla, bla... El resto me importaba sólo a mí y bastante bien lo entendían los estudiantes de Ciencias Químicas que pagué para hacer el trabajo de laboratorio que yo no sabía hacer.

El asunto del Fotoflex no fue sino el principio de un proceso más complicado...

El siguiente paso fue el diseño, instalación y patente de Vendoflex: sistema de terminales computarizadas instaladas en cada plaza, central de autobuses, centro comercial, parque, cine, edificios de oficinas y lugares afines; capaces de proveer al usuario de información condensada, digerida y fácilmente intercambiable, presentada en tarjetas de 10 x 10 cm. Las terminales están conectadas a una central principal, en donde se almacena información sobre ciencias exactas y sociales, arte y otras disciplinas.

La gente recibió con entusiasmo las terminales y casi no podía mantener el ritmo de almacenamiento acorde con la demanda.

Supongo que debí abandonar mis planes cuando me vi forzado a aceptar que Beauford International no era más que un montón de maquiladores pagados para vaciar a la central la información contenida en libros, pero todo sucedió tan rápido, que juro que se salió de mis manos antes de que pudiera darme cuenta.

A diferencia de Fotoflex, la industria editorial no recibió con mucho agrado la llegada de mi nueva invención. La gente común y corriente prefería comprar tres capítulos de El Amor en los Tiempos del Cólera por ejemplo, y luego intercambiarlos con sus amigos por otros tres de Macbeth o de la Odisea.

Esto obligó a las editoriales a reducir tirajes y subir precios para poder sobrevivir.

Muy secretamente, esperaba ser detenido por los críticos literarios, pero ésta, la única amenaza real en mi camino, desapareció en cuanto descubrieron que ayudados por una terminal de Vendoflex podían reciclar dos o tres críticas olvidadas, para evitarse la tarea de producir textos nuevos.

Aparecieron los primeros frutos de labor y era ya demasiado para volver atrás. Había retirado del mercado la mayor cantidad de libros posible; había eliminado casi por completo la repoducción literaria y las nuevas ediciones; deliberadamente había evitado introducir al Vendoflex ciertos capítulos de los clásicos reservándolos para mi obra.

Presenté al público mis más recientes novelas: Molino a orillas de Lepanto y El Manco del Floss y nadie movió una pestaña en señal de desaprobación.

Tampoco se objetó nada cuando apareció Edipo Kreutznear: nací en el año de 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de aquel país, mi padre Layo, mi madre Yocasta... Nadie se inmutó, debo confesarlo, porque para esas alturas la mezcla de capítulos mediante el Vendoflex era tal, que nadie recordaba la historia original. Yo recibía premios, títulos y condecoraciones; los niños recitaban pasajes de Eleanor Howship en la escuela y las telenovelas eran adaptaciones de mis trabajos.

Había obtenido gloria, es cierto, pero por ella había pagado el precio de la imbecilidad ajena y la mezquinidad propia.

Y sobre todas las cosas, me había condenado a cargar con la profunda. irreparable tristeza de haber perdido para siempre el gozo de la literatura.

Yo, Medardo Beauford Scott, he labrado mi propia desgracia y ahora debo reconocerlo.

Porque en mi soberbia no supe aceptar mis limitaciones, y en mi obstinación no pude darme cuenta de que la energía desplazada por el Fotoflex no hace más que estimular la producción de enzimas en hongos y bacterias que se alimentan de celulosa, acelerando drásticamente el proceso de degradación del papel.

He llegado a la cumbre. Repito mientras acaricio con desesperación los pocos volúmenes que he logrado salvar hasta ahora; y me siento, apesabumbrado y viejo, a observar como aquello que más he amado en el mundo se transforma lentamente en pequeños cristales parecidos al azúcar.