El Último Día de Cedric Hamilton

Por: Sergio De Regules

El día en que -tras incontables noches de insomnio, a la luz de tres velas colocadas descuidadamente en un candelabro de bronce- al fin terminó de escribir su última obra, Cedric Hamilton salió de su casa con bastón, levita negra y sombrero de copa y llamó un coche. Al tiempo que uno se detenía, Hamilton notó que había olvidado sus guantes, dijo: Espere, ahora vuelvo. Entró de nuevo en su casa y nunca volvió a salir.

Tres días más tarde su casera, la señora Brown, llamó a Scotland Yard. Los detectives hubieron de derribar la puerta. Una vez dentro emprendieron una exhaustiva investigación que no reveló pista alguna acerca del paradero del escritor. Le habían supuesto muerto pero el cuerpo no fue encontrado. Todos los accesos posibles estaban cerrados por dentro y no había señales de lucha.

Sobre el escritorio de Hamilton yacía el manuscrito de su obra: un legajo de casi dos palmos de altura, fechado el 4 de septiembre de 1887, día en que su autor fue visto por última vez.

Cuentan sus vecinos que Hamilton había estado recluido por mucho tiempo. La señora Brown, que cocinaba para él, y que era la única persona que los había visto en seis meses, aseguraba que estaba escribiendo un libro.

No hace otra cosa -decía la casera-. Y apenas come.

No tardaron aquellas almas sencillas en decir que Hamilton había enloquecido, y que, atacado por una exótica enfermedad que había llegado a Inglaterra en un barco portugués, esperaba la muerte postrado en su lecho. También se convencieron de que la señora Brown les ocultaba la verdad por temor a quedarse sin inquilinos.

Cedric Hamilton había pasado su vida escribiendo, y deseando escribir una obra monumental que resumiese todo su pensamiento. Sus ideas y sus intereses, así como su propia vida y la de todas las personas que había conocido e imaginado, debían plasmarse coherentemente en la estructura de tal obra. Todo aquello que hubiesen amado o despreciado, por lo que hubiesen luchado, todos sus oídos y sus pasiones habían de jugar un papel importante en aquella historia. Hamilton llegó a considerar la posibilidad de incluir la historia del mundo, pero decidió que su libro sería un mundo por sí mismo, y que bastaría con narrar la historia del propio libro para crear un efecto semejante.

Esta primera concepción de su obra se fue depurando a través de los años y de los libros escritos. Hamilton desarrolló, mas bien inconscientemente, un lenguaje propio por medio del cual lograba expresar las ideas más complejas en unas cuantas líneas. La eficiencia de su prosa fue admirada mundialmente.

Sin embargo, aquellas obras, que pronto se convirtieron en clásicos, no eran para Hamilton sino los medios para conseguir un fin supremo. Ninguna de ellas había conseguido saciar su sed de creación. Durante mucho tiempo una angustia indescriptible le había robado el sueño. Sólo la literatura era capaz de dar algo a su espíritu. Pero, apenas concluida una nueva obra, su imaginación volvía a torturarlo.

Poco a poco surgieron de sus más bellas páginas los personajes que poblarían su obra maestra: legiones enteras de personalidades, minuciosamente delineadas.

Por fin, un día de la primavera de 1887, Hamilton tuvo una visión en la que se consolidaba la estructura de su obra. Cada personaje, cada anécdota y cada idea aparecía en el lugar adecuado, y el depurado estilo del escritor, que se había gestado durante toda su vida, lo unía todo en una obra que Hamilton creyó poder completar en el lapso de seis meses. Con un ímpetu sin precedentes, Hamilton se abocó a la creación.

-¡Que nadie me moleste! -dijo, eufórico, a la señora Brown, y cerró la puerta de su apartamento.

La obra comenzó a tomar forma y a adquirir proporciones descomunales. Hamilton ya no podía dormir y apenas notaba la presencia, tras una nube de ilusiones, de la señora Brown, que se había impuesto a sí misma la tarea de alimentarlo.

Sucedió al tercer mes de su reclusión que Hamilton perdió del todo la noción de la realidad. Sus personajes comenzaron a infiltrarse en sus pensamientos primero, y después en las dimensiones enredadas de su existencia. Le hablaban y él respondía a aquellas voces, aunque aún no podía ver quién las emitía.

Un día, una figura femenina tomó forma vagamente ante sus ojos. Era la hija del poeta cuya obra figuraba prominentemente en el relato de Hamilton. Poco a poco otros personajes se materializaron, etéreos al principio, pero ganando sustancia a medida que se sacudían los polvos de la irrealidad. Entonces cada personaje narró su historia para Hamilton. Unas veces hablaba sólo uno, otras veces discutían entre ellos, mientras Hamilton escribía frenéticamente para no perder palabra alguna.

Las narraciones se siguieron unas a otras sin interrupción, y así pasó un año entero.

El tiempo ya no corre para ti como para el resto de tu mundo le decían sus personajes. El espacio real y las dimensiones de la imaginación, le explicaban, eran perpendiculares. Y el plano de su existencia estaba girando lentamente de uno hacia las otras, de modo que parte de su tiempo se proyectaba ahora sobre días y meses que nunca existieron.

Asustado, Hamilton decidió dejar de escribir, pero los fantasmas siguieron hablando sin tregua. Cuando al fin todos hubieron narrado sus vidas, Hamilton se puso de pie y dijo:

-Ahora he escrito la obra de mi vida y debo darla al mundo.

Acto seguido tomó su bastón, y salió a la calle. Llamó un coche y notó que había olvidado sus guantes en la casa, donde habían confluido, aunque tal vez sólo en su imaginación, la fantasía y la realidad.

Hamilton encontró su habitación vacía. Al tomar los guantes sintió un fuerte vértigo: en su cabeza algo había comenzado a girar. Luego sintió que era su cuerpo el que giraba; después, su propia existencia.