El Aparato del Dr. Toliman

Por: A. Cuevas

"Muchísimo mayor que la sorpresa, es el placer que me has proporcionado con tu visita, y advierte que tal sorpresa no es "moco de pavo", porque lo que menos podía yo figurarme es que mi señor primo, el viejo y laborioso agricultor tan apegado a sus labores y sembradíos, formase y llevase a cabo la heroica resolución de abandonar, siquiera por breve tiempo, sus haciendas, sus trojes, sus ganados, sus plantíos , sus aperos de labranza y sus verdes y montañosos paisajes resplandecientes bajo la luz tropical, y se decidiese por fin y a fuerza de mis ruegos e instancias, a prescindir de sus costumbres metódicas para lanzarse a la turbulencia y estrépito de esta capital llena de tráfico y de polvo. Una muy grande alegría, te lo digo por centésima vez, una verdadera satisfacción es verte a nuestro lado y a nuestra mesa, por más que me exaspera ese tu condenado y terco capricho de volverte pronto a tus rústicos lares, avaro y parco del contento que me das con tu presencia.

En estos términos se expresaba mi buen pariente el doctor Luciano Bernaldez, famoso alienista bajo cuya dirección se hallaba el Hospital para Hombres Dementes de la ciudad de México. Para contentarle me hubiera sido necesario prescindir de mis gustos e inclinaciones y cambiar radicalmente mis costumbres sencillas y casi patriarcales, abandonando para siempre mi amado terruño, radicándome en la capital y convirtiendo así al desmañanado y sencillo habitante de los campos en "burgués" atildado y elegante; ¡Imposible! No en balde se pasan cincuenta años respirando el aire puro de la montaña donde los pulmones se dilatan ampliamente, recibiendo el caldeante beso del sol que, tostando la piel, enardece la sangre y la renueva, recorriendo a caballo las llanuras por entre los rubios trigales, cruzando los bosques de árboles seculares con la escopeta al hombro y el morral a la espalda... ¡Imposible! Faltaría aire a mis pulmones y horizonte a mis miradas; me siento preso, me sofoco en estas hermosas pero estrechas calles, cuyos elevados edificios parecen pesar sobre mí!

-Me ha encantado verdaderamente la solicitud y el cariño que con tu benévola acogida me has demostrado -dije a mi primo-; gracias a tí, a tu condescendencia, he podido apreciar y gozar de todos los atractivos de la capital que me has dado a conocer, convirtiéndote en cicerone y abandonando por mí gran parte de tus quehaceres. Llevaré este grato recuerdo a mis heredades y, si alguna vez te decides a visitarlas, yo procuraré hacerte tan agradable tu estancia en ellas, que no eches de menos este encanto que te liga y retiene a la ciudad de los palacios.

-Sí que iré -repuso mi buen primo-; iré en busca de tu afecto y de ese ambiente puro y rejuvenecedor que tanto ponderas, buscando también un poco de descanso a mis fatigantes labores; pero para poder pagar la visita, es menester que ésta que tu has venido a hacerme sea completa: aún te falta ir a verme al asilo de enajenados que tengo a mi cargo, para que en él te haga los honores. Esperaba que me manifestaras tú mismo el deseo de conocerlo: ¿no despierta tu curiosidad?

-Indudablemente -le contesté-; pero no me atrevo a indicártelo, por temor de parecer inoportuno. Profunda lástima me causan esos infelices privados de la razón, y a ese sentimiento se liga innegablemente una curiosidad particular. Sabes que soy muy afecto a la lectura, que tengo en mi hacienda una regular biblioteca que poco a poco va aumentando con libros que de esta plaza me remites tú y otras personas; entre esos libros tengo uno, una revista literaria que a más de otras cosas, trae un capítulo o sección en que reproduce artículos, poesías y dibujos, producciones dlirantes de enajenados. Iré a visitarte a tu establecimiento, sí, y tú me enseñarás de cuanto curioso e interesante haya en él. Señala el día más oportuno; sólo te suplico que no lo retardes tratando de retenerme con este pretexto, porque ya empiezo a hacer la maleta y, en cuanto la termine, he de abandonarte por más que sacudas la cabeza y te rasques tras de la oreja demostrando tu contrariedad.

-¿Te parece que sea mañana?

-Sea mañana. Tuyo seré en cuanto haya dado el último sorbo al desayuno.

Palpitó mi corazón por emoción extraña ante el sombrío aspecto de la antigua fachada de severo estilo colonial construído con rojos tezontles y cantera gris en la amplia calle de San Hipólito. En unión de mi primo franqueé sus umbrales y pasé por la fuerte puerta del macizo cancel que tras de nosotros volvió a cerrarse. Empujando a los empleados, salió un caballero que llenó a mi primo de cortesías y agasajos, suponiendo yo, al oírse darse el título de "compañero", que sería alguno de los médicos del hospital. De él recibí las más calurosas muestras de atención y benevolencia desde el momento que supo mi parentesco con el doctor y el objeto de mi visita.

Era la persona a quien me refiero, un hombre de cerca de treinta y cinco años, estatura mediana, y complexión un tanto raquítica; angosto de espalda y un tanto caído de hombros, de rostro largo, pálido y demacrado como el de un hombre a quien el insomnio o largas veladas han consumido, brillando en medio de las oscuras y profundas ojeras sus inquietas pupilas en las que había una baja expresión de desconfianza; sus ademanes eran un tanto rápidos y vivaces, volviendo a cada uno de ellos las manos a juntarse cerca del pecho, y terminando la frase que con aquellos subrayaba con una inclinación de cabeza y una vaga sonrisa habitual, a la que acompañaba el descenso de los párpados; era su andar, en fin, silencioso y menudo como si caminase de puntillas, y cada vez que nos deteníamos, él permanecía a nuestro lado en una actitud sumisa, como si aguardase nuestras órdenes:

-El doctor Toliman -dijo mi primo presentándomelo.

Trabó el doctor animada conversación conmigo, por la que pude apreciar que era hombre de imaginación viva y cultivada inteligencia; aún más que mi primo, fue este caballero el que me hizo los honores del establecimiento, acompañándome del brazo por todas sus dependencias y explicándome con abundante tecnicismo y abundante palabra, los casos que se nos iban presentando sucesivamente en todos y cada uno de los desventurados a quienes la pérdida de la razón tenía enclaustrados en el amplio edificio, en la enrejada celda, o sujetos por la camisa de fuerza.

Dejaba hacer mi pariente y bondadoso galeno que extremaba su solicitud y galante oficiosidad, chocándome mucho el sorprender alguna vez en la mirada de Luciano, un no sé qué de irónico que juzgué poco caritativo para mi amable acompañante.

-Has visto ya todos los departamentos destinados a los enfermos -dijo Luciano-, la visita ha terminado; a cuyas palabras apresuróse el doctor Toliman a despedirse efusivamente, haciéndome vivas protestas de amistad y permaneciendo en el interior del establecimiento, sin duda para cumplir sus deberes profesionales.

Condújome mi primo a su despacho en cuyo estrado tomamos cómodo asiento, entregándonos al goce de saborear unos exquisitos puros habanos que en su escritorio tenía, descansando así de la larga peregrinación por celdas, salones, jardín, pasillos y galerías.

-Y bien -díjome Luciano-, espero que habrás satisfecho tu curiosidad y tu interés. Ahora, por vía de complemento, voy a mostrarte algo muy curioso que poseo: un pequeño archivo donde se guardan los documentos escritos por mis asilados; unos que consigo suelen traer al ser internados en el establecimiento y otros que escriben de vez en cuando, cuando aquellos cuya locura plácida permite que se les pueda confiar, cediendo a sus ruegos y siempre bajo vigilancia, instrumentos tan peligrosos en manos de un loco: lápiz o pluma. Si quieres entretenerte en hojear y revisar alguno de esos manuscritos, posible es que halles algo digno de figurar al lado de las producciones de que ayer me hablabas. Mira, añadió abriendo un estante y sacando de él un montón de papeles: "Poesías Novoarcaicas, por Polidoro"; el infeliz a quien viste sujeto por la camisa de fuerza, presa de un acceso de furor que le acomete cada vez que hay que cortarle el cabello, como hoy; "La libertad, la injusticia y la igualdad", por J.R.S.; aquel que te saludó reverenciosa y diplomáticamente, el de aspecto grave, filósofo y soñador que camina mirando siempre hacia arriba y tropezando siempre; estre grueso volumen manuscrito que se recogió con mil trabajos y astucias a su ingreso al hospital, al doctor Toliman...

-¿Al doctor Toliman?- prorrumpí asombrado-; pero entonces, ¿ese caballero que ha venido de mi brazo acompañándome es un loco?... ¡Vamos! tú estás de broma, y quieres ahora reírte de mí... ¡El doctor Toliman!... pero si en mi vida he conversado con persona que más cuerda, juiciosa y prudente me haya parecido... Ni una extravagancia en sus modales corteses y en su palabra fácil y exigida!... Ni una equivocación o dislate en sus apreciaciones y clasificación científica... ¿loco?... ¡Imposible! ¡Quita de ahí, hombre! Reía Luciano ante mi asombro y al escuchar mis protestas, con franca y alegre risa que aún más aumentaban mis dudas y acabando de decir:

-Pues loco y loco rematado es; loco incurable, casi siempre pacífico y con esa túnica y bien extraña manía que sólo se presenta en circunstancias especiales. No concurriendo éstas le verás siempre tranquilo, siempre afable, lleno de buen humor, y dando muestra de profunda ilustración y claro talento. ¡Pobrecillo!... ¡es una verdadera lástima!

-Dime, Luciano, dime qué manía es esa; todavía no puedo creerte; todavía vacilo pensando que te diviertes conmigo; todavía me parece que te estás chanceando.

-Fácil sería convencerte, aunque inhumano; si ahora mismo lo hiciera venir a este despacho y le mostrase un espejo, le verías retroceder aterrorizado ante su propia imagen para después lanzarse, presa del paroxismo sobre el cristal, con la mirada extraviada y la boca llena de espuma, para destrozarle a puñetazos hiriéndose horriblemente las manos y entrando en un período de crisis, de verdadero frenesí epiléptico. No advertiste las cicatrices que surcan sus manos. La explicación del misterio, del motivo de esa especulofobia podrás hallarla tal vez en este libro, si quieres tomarte el trabajo de examinarlo; es un diario íntimo a lo que creo: apenas comencé a hojearlo, hallando en sus primeras páginas consignadas lasñ impresiones de la infancia del autor. Examínalas en tanto que paso al salón de recibo donde hemos dejado a tantas personas que me están aguardando.

Salió Luciano dejando entre mis manos el grueso cuaderno que empecé a recorrer, absorbiéndome en su interesante lectura hasta el punto de olvidarme del sitio en donde me hallaba y de la hora que avanzaba rápida e insensiblemente...

He querido consignar esta historia extraña, curiosa e interesante, condensar en breves páginas la narración de esta vida y del suceso extraordinario que en ella surgió. He intentado vanamente darle forma de relato unido. He emborronado muchas cuartillas de papel y todas las he roto descontento de mi obra que parecía ser la tela de Penélope. Por esto y ante mi incapacidad, he decidido conservar la forma del diario y su texto mismo, conformándome con extraer de él, a salto de mata, a través de épocas, años, meses y días, cuyas fechas suprimo para evitar cansada monotonía, las anotaciones más importantes cuyo conjunto puede constituir el cuerpo de esta historia. Dejo, pues, al buen criterio del lector, el trabajo de establecer la ligación histórica de las memorias e impresiones entre sí y de llenar con su imaginación rica los huecos que creyere encontrar.

Creo imposible e indebido el hacer comentarios que quitarían al diario su sabor y su carácter peculiares: de ese cuerpo presento el esqueleto.

"Diario del Doctor Toliman"

"He cumplido dieciocho años... empiezo hoy este libro que jamás conocerá nadie, impulsado por la necesidad de confiar a alguien siquiera sea a una hoja de papel, mis tristezas y mis impresiones... alegrías no tengo ni jamás las he conocido: niño raquítico y enfermizo, he pasado mis primeros años en el lecho al cuidado (si así puede llamarse la atención obligatoria y desamorada), de una antipática y horrible vieja criada que me maltrataba, o bajo la férula de un maestro malhumorado y exigente en el colegio donde fui recibido por gracia y donde mi aspecto delicado y enfermizo, mi carácter somrbrío y mi fisonomía poco simpática, me atraían la burla, las maldades y la malevolencia de mis compañeros que abusaban de su fuerza y que por mi condición de pobreza hacían de mí, sin apoyo ni defensa, el objeto de su irritación y el testaferro de sus faltas. ¿Cómo podrá parecer extraño que desde tierna edad el escepticismo y la misantropía se hayan apoderado de mi alma?

"Hoy me he inscrito en la Preparatoria para cursar el cuarto año... "Hijo de padres desconocidos, depende de don Cástulo R. del Moral"... Otra vez más mis mejillas se han encendido por la vergüenza al tener que mencionar mi obscuro origen... Una cuna, un nombre propio, un padre cariñoso, una madre llena de amor, de ternura y bondad... ¡Oh, tesoros de justicia que jamás pude poseer!... ¡Oh, vida importuna!...

"Me siento enfermo; el aire frío; cortante y cruel de esta crudísima y despreciable mañana de invierno me hace sufrir mucho... y he de madrugar y salir temprano para acudir a clase sin abrigo... él lo ordena con esa voz dura y severa... implacable, llena de amenazas y de iracundia!

"¿Por qué lo sufro?... ¿Quién es él para tiranizarme tan despiadadamente, para golpearme así, como a un perro, como a una mula...

"Odio a don Cástulo desde mi niñez, con odio profundo criado y exacerbado por su severidad injusta, por su carácter violento y su trato bestial. Me mira y en sus torcidos ojos veo siempre un reproche, una censura; parece que mi existencia entraña una vergüenza, un baldón, un remordimiento para este hombre cuyo misticismo contrasta con sus despiadados procederes para conmigo. Nunca me ha permitido jugar con los otros; jamás me ha dejado ser un niño. A la vez que este odio, siento un indescriptible terror en su presencia; mi sangre se hiela sólo al contemplar su rostro cetrino picado por la viruela, su larga nariz y regular barba rala y canosa y su cabeza calva y sucia epidermis, que asoma bajo los hirsutos cabellos esparcidos; tipo de estudio apropiado para representar al Sherlock de Shakespeare [sic]. Tiemblo al oír sus pisadas que se arrastran y me repugno al ver su cuerpo anguloso encerrado siempre en el verdoso y grasiento levitón de cuello de terciopelo raído; el eco de su seca tos me estremece y sigo con inquietud los movimientos de sus manos que siempre me parecen amenazarme, prontas para asir y retorcer mis pobres orejas y para caer como disciplinas sobre mí.

"Una página de la historia de don Cástulo, mi padrino. ¿Cuándo hubiera podido figurarme que iba a conocerla en la escuela, por boca de un estudiante y en medio de su ironía burlona y agresiva?...

"A lo que parece fue don Cástulo R. del Moral un comerciante y banquero adinerado, y un devoto hasta rayar en fanático. El oro

"Acabo de leer en una revista, un experimento singular y macabro, cuya descripción me causó profunda impresión, haciéndome entrar en meditación prolongada; un médico ha abierto el pecho de un cadáver reciente, y tomando el corazón con una mano, ha ejercido compresiones alternativas imitando el movimiento vital de este músculo; el color del cuerpo se alteró a los pocos movimientos y el cadáver abrió los ojos cesando estos signos inmediatamente al retirar su mano el experimentador. Debe haber sido un espectáculo interesante.

"¿Dónde acaba la vida?... ¿Dónde empieza la muerte?... ¿Cuál es el instante preciso en que el día expira y comienza la noche?... ¿En qué punto termina la luz y empieza la obscuridad absoluta?... ¿Cuál es la dimensión del átomo?...

"¡Al fin he terminado la ascensión de mi calvario! Tengo ya mi título de médico-cirujano. En mi júbilo he intentado abrazar a mi padrino, olvidándome de sus rigores y tratando de empezar a su lado una nueva vida, cambiar al déspota y al oprimido en dos amigos... él me ha apartado de sí con su mal humor de costumbre. Qué error el haber creído ver pasar por sus ojos un relámpago de satisfacción y de contento!

"Mis esperanzas amorosas, que me han servido de estímulo y sostén, podrán al fin realizarse.

"Puedo ya declararme y estoy cierto de que mi amoroso ruego no será desoído. ¡Oh, mi Angelita idolatrada!...

"Ha llegado a casa la remisión que hace un establecimiento comercial de una mesa para operaciones, aparatos e instrumentos quirúrgicos y eléctricos; corto y modesto arsenal apenas suficiente. Después de entregármelos D. Cástulo me ha presentado una cuenta minuciosa de mis ahorros empleados íntegramente; esto sin añadir una palabra... Siempre brusco y severo!

"Han vuelto a renovarse las escenas de violencia al descubrir mi padrino el comienzo de mis primeros y honrados amores; llenó de injurias a la inocente joven que, asomada a su ventana me veía rondarla. Quise rebelarme al fin; pero el viejo y arraigado temor y los golpes. ¿Por qué no decirlo? Me han doblegado nuevamente. Siento rugir en mi pecho un odio más vivo, cuanto más impotente.

"Hoy he sido llamado para asistir a un niño de siete años, a quien un tranvía hizo pedazos una pierna... Tuve que amputar todo el muslo para impedir el avance de la gangrena. Mi corazón vibraba de dolor, y en vez de admitir honorarios, di a la desvalida familia lo poco que había ganado en el día: esto originó un nuevo altercado con don Cástulo, quien me llamó imbécil, idiota y qué se yo cuantas otras cosas.

"Arreglando mi instalación eléctrica he tenido la idea. Sería menester un movimiento mecánico de alteraciones absolutamente isócronas y el aparato mismo tendría que ser tan delicado y tan fino...

"Me he atrevido a experimentar in corpore nóvile [sic], en un ser humano, mi fórmula de inyección intravenosa e intra arterial que tiene a fluidificar el caudal sanguíneo y deshacer los coágulos y depósitos calcáreos en sus canales que pudieran hallarse. Después de probar su inocencia en varios organismos irracionales, la he aplicado a un artrítico y hemiplégico por embolia, con inmediato y feliz resultado. Mi primera idea ha sido la de comunicar a mis compañeros la buena nueva; pero... ¿Querrán creerme?... ¿No me tratarán de charlatán para después apoderarse de mi invento?... Calma; guardemos aun el secreto hasta tener más y mejores datos; esto aconseja la prudencia.

"Terminé el interruptor que funciona en relación con un mecanismo de relojería, tiempo y labor me ha costado; pero todo lo recompensa la satisfacción de verle trabajar: gira la pieza movible lentamente dentro de su caja cuadrante, toca el contacto a su paso estableciendo momentáneamente el circuito eléctrico y, de ese contacto brota la pequeña chispa que influirá en el minúsculo electroimán; lo he verificado observándolo al compás de un metrónomo...; uno, dos, uno, dos... e isócrono, absolutamente isócrono!

"Hoy he practicado una operación arriesgada y dificilísima que se han rehusado a hacer nuestras eminencias médicas. Tratábase de una anciana que llevaba en el vientre un enorme tumor fluído que ellos declararon imposible de extirpar, pues, dado su volumen y el estado de su evolución era seguro que su delgada envoltura reventaría al extraerlo, invadiendo el líquido la cavidad y produciendo una septicemis [sic] necesariamente mortal.

"La edad de la enferma era otro grave peligro, así como las condiciones especiales del caso, era imposible moverla de su lecho; un camastro colocado en el centro de un tapanco, bajo cuyo entarimado se hallaba el estanquillo, en el que la hija de la enferma despachaba los bizcochos y el pan, colocados sobre el mostrador, entre otros artículos.

"A ruego suyo me decidí a jugar la peligrosa partida, arreglando lo mejor posible el local de la alcoba.

"¡La enferma se ha salvado!... Aún recuerdo cómo al extraer el voluminoso cuerpo extraño con toda precaución y rapidez, reventó en mis manos fuera ya del borde del lecho, inundando de pus el pavimento, por cuyas rendijas se deslizó en una lluvia amarillenta y glutinosa; y cómo, al despedirme, vi a la joven limpiando con un lienzo los bizcochos puestos a la venta sobre el mostrador.

"El pequeño y potente electroimán mueve a maravilla las dos placas cóncavas de acero. ¡Y cuántas veladas he empleado en fabricar mi aparato!... y, ¿para qué? en verdad esto parece una locura. ¿Tendré valor para hacer el experimento?

"La enfermedad crónica del hígado que de años atrás, viene padeciendo don Cástulo, ha entrado en un período agudo. Ha caído en cama mi padrino y mucho se ha indignado por mi negativa a curarlo yo mismo. ¡Avaro!... Sólo se ha tranquilizado cuando le he dicho que el compañero a cuyos servicios apelaríamos nada había de cobrarle.

"A las cuatro de la tarde ha fallecido don Cástulo. ¡Libre! ¡Soy libre!... Su muerte ha venido a romper el grillete que aprisionaba mi voluntad y mi lúgubre vida.

"Mi compañero ha extendido su certificado y se ha despedido de mí, dándome el "más sentido pésame". ¡Cómo he reído para mis adentros!... ¡Hasta la luz del sol me parece haber aumentado de brillo! ¡Libre! ¡Libre por fin!

"Una idea ha brotado en mi mente; estoy completamente sólo con el cadáver. ¿Si yo experimentara en él mi aparato?... y, si éste diera el resultado que espero, ¿tendría yo valor para ver alzarse de la tumba a mi verdugo?...

"Estoy decidido: experimentaré.

"He despedido a la única criada que nos asistía, lo que la llenó de sorpresa, pues esperaba verse obligada a velar conmigo al difunto. Resistíase a abandonarme; pero le dije que había sido la última voluntad de don Cástulo el que yo solo lo velara. A la salida de la mujer cerré a doble vuelta de llave la puerta del zaguán y con vidriera y maderas las que dan al patiecillo y la de la ventana que cae sobre la de la solitaria calle, para que nadie pudiera percibirse, si por extraña casualidad alguno transitaba por la poco frecuentada vía.

"Trasladé a la pieza más recóndita mi mesa de operaciones, mis baterías y acumuladores eléctricos; mis cuchillos más bien afilados, pinzas, tijeras y el estuche para suturas. Mi jerinya inyectora, substancias y aparatos de indicador, algodón y todo lo necesario. Concluí por colocar todo en orden y en sitio apropiado: la mesa al centro, sobre su cabecera cuelgo mi lámpara de petróleo que enciendo y, al lado, en otra mesa pequeña, el mecanismo de relojería con el interruptor y mi aparato, dando cuerda al primero. La noche me ha sorprendido en esta tarea.

"Subo a la cámara mortuoria, con la luz rojiza que parpadea entre la pesada sombra que cubre los muros y rincones de la lóbrega habitación, chisporrotean los cuatro amarillentos cirios que humean, pues nadie ha habido para espabilarlos y han llenado la estancia de olor desagradable. Sobre las desnudas tablas del catre, descansa inmóvil el cuerpo en posición supina. Todo es silencio y penumbra que me impresiona y suspende mi ánimo infundiéndome una nueva vacilación. Señalándose los huesos de las largas y enjutas piernas; miro las manos apergaminadas y huesosas de largos dedos que parecen látigos y que la sangre ha abandonado dejándoles una apariencia amarillenta y transparente, como la de la cera que se liquida junto a las cuatro oscilantes llamas de los cirios, excepto en las extremidades de las falanges en que se destacan las uñas amoratadas, aquellas manos que juntó la criada atándolas con una cinta y que parecen defender al pecho inmóvil y encerrado en el verdoso levitón, contra mi intento.

"Observo atentamente el rostro, analizando la expresión que en él sorprendiera y estereotipara a la muerte: sereno, apacible, bañado por una tranquilidad y una dulzura de que nunca pude creerme capaz. Ahora recuerdo que la mandíbula debía caer, dejando abierta la boca y que la criada ató este blanco pañuelo sujetándola. Sus nudos forman dos cuernecillos sobre la cabeza; y bajo el lienzo, sobre las sienes, asoman los mechones de opacos y grises cabellos, pegados por el sudor de la agonía.

"Seis u ocho meses han venido a posarse sobre el rostro del muerto; sin duda colocan sus huevecillos en los ángulos de los ojos o en las comisuras de los entreabiertos labios para que sus larvas encuentren al nacer con qué alimentarse. Son las diez de la noche; nadie habrá ya por la calle, siempre desierta a esta hora. Me decido al fin.

"Uno a uno llevo a la pieza dispuesta por mí tres de los cirios encendidos que voy colocando al lado de la mesa de operaciones pues no me basta la luz de mi colgante lámpara.

"Vuelvo a la alcoba. Deasto las heladas manos, que deslizándose por el vientre, se desploman haciendo sonar las tablas. Doy principio a la tarea de desnudar el cadáver, trabajo fatigoso para una persona sola; apartadas las ropas, me traigo al borde del pecho e intento tomarle en brazos... pesa atrozmente.

"La idea de atravesar con él en brazos las oscuras piezas, me causa un pavor pueril...

"Toméle sobre mis espaldas sujetándole con el brazo izquierdo y llevando en la mano derecha el tercer cirio para alumbrar mi camino.

"El marmóreo frío de la muerte pasaba a través de mi ropa.

"Cuánto temí rodar con él a cuestas, al bajar los peldaños de la angosta escalera que jamás me pareció tan grande! Arrastraban sus pies, y sus colgantes brazos golpeaban mis flancos... Cuán lúgubre peregrinación; interminable me ha parecido.

"¡Una espesa baba, deslizándose desde su boca, empapó mi cuello! ¡Cómo pensaba! ¡Así sobre mí lo he sentido gravitar toda mi vida! Vivo o muerto, igual repugnancia he sentido a su contacto. Con qué placer me vi libre de mi fardo que extendí sobre la mesa de operaciones a la que até los brazos y las piernas del cadáver sólidamente, después de colocar bajo su cabeza y su espina dorsal una lámina de cobre ligada a uno de los polos de mi batería.

"Previa la asepsia más escrupulosa, he inyectado en las venas y arterias el líquido de mi invención.

"Brilla con rojos reflejos mi cuchillo al hundirse en el pecho que abro y en el que introduzco el aparato inventado y fabricado por mí, colocando cuidadosamente el paralizado corazón entre las dos placas contráctiles.

"Me decido esmeradamente a suturar la abertura...

"Un perro, en la calle lanza un aullido triste y prolongado que ha producido un brusco sacudimiento de todo mi sistema nervioso.

"Reviso los hilos de mi instalación. Todo está listo. Falta sólo establecer el circuito dando vuelta a una llave y tocar con el excitador la periferia nerviosa... Tiemblo como un azogado y necesito sentarme, descansar y recobrar aliento, antes de dar paso a la corriente quizá productora del maravilloso fenómeno que mortal alguno ha presenciado! Mis manos están heladas y experimento cierta zozobra... Una inquietud particular... el pavor que infunde la presencia del misterio y de lo sobrenatural... En fin, lo que Dante debió sentir al poner el pie sobre la barca que, flotando sobre las negras y oleaginosas aguas de la Estigia, le introducía por las tenebrosas e ignotas regiones de la muerte.

"¿Cómo he podido resistir semejantes impresiones y qué esfuerzos sobrehumanos necesito hacer para coordinar y consignar en este diario mis ideas en medio de la confusión que el vértigo de anoche ha dejado en mi cerebro?

"Mi mano misma traza trabajosamente y con pulso trémulo estas líneas.

"Desaté el pañuelo que sujetaba el rostro, volviendo a caer la mandíbula y abriéndose nuevamente la boca. Dí vuelta a la llave y mi aparato empezó a funcionar.

"De pronto, nada. Ningún resultado perceptible. ¿Me habría yo equivocado en mis hipótesis? ¡No!... Lenta e imperceptiblemente las hipostacias [sic], los moretones producidos por el decenso y acumulación de la sangre, iban desapareciendo, alterándose visiblemente la lividez cadavérica, recobrando el cuerpo su color y modificándose el aspecto de cera de las manos. Era un trabajo lento y progresivo, que observé hasta su terminación.

"Comencé entonces la tarea de producir la respiración artificial y provoqué contracciones en los músculos con mi excitador eléctrico.

"Pronto obtuve el resultado. Un suspiro tenue marcó el principio de la respiración, de la respiración natural y los ojos del muerto se abrieron extendiendo en torno una mirada inconsciente, vaga, casi estúpida.

"Dejé mi aparato seguir solo su tarea, cruzándome de brazos junto al cuerpo, en el que observé la marcha lenta de la vida; de la vida que retornaba, a impulsos de mi contractor isócrono.

"Continuaba aullando dolorosamente en la calle el can importuno [sic].

"Extremecióse luego bruscamente el cuerpo, como si quisiera volverse, lo que le impidieron sus ataduras y, este movimiento fue acentuándose: se retorcía como si tratara de apartarse de un lecho de fuego... un grito, un rugido de dolor brotó de su boca, cuya lengua seca se agitaba dentro de ella, torpe y enredada, como si quisiera balbutir una frase. Sus cabellos se erizaron y su mirada se posó primero en las flamas de los cirios, viniendo a fijarse en mí después de recorrer la estancia y los objetos, dilatada por el espanto y el dolor.

"-Aquí-, clamó la ronca y hueca voz. ¡Dolor... Dolor espantoso!... El pecho... ¡Aquí!

"Inmóvil cual una estatua le contemplé, presenciando aquella agonía por la que volvía a la existencia, más cruel y trabajosa aún que la que precedió a su partida de ella. El recuerdo de sus malos tratamientos, de mi ensombrecida y martirizada niñez y de mi oprimida juventud, vino a mi memoria al escucharle, el claro recuerdo de un rostro angelical, del rubio cabello y de la sonrisa divina de mi amada que él, con su fiereza apartó de mi camino, arrojándola en ajenos brazos, robándome la dicha; la idea de su crueldad y el eco de sus frases siempre duras y preñadas de amenazas... todo ello vino a mi cimo la onda amarga que vuelve a estrellarse sobre los peñascos de la costa al contra golpe del viento... Ola de odio, de rebeldía y de venganza, ante el tirano atado, vencido e impotente, puesto en mi poder, a merced enteramente mía; vivo otra vez y borrado ya de la lista de los vivos!...

"-¡Por piedad!- decía en onda queja que sólo a mí no hubiera podido conmover. Quita... quita esa mano de hierro que me escarba y atenacea... Yo lo mando.

"Reíme con sorda y sarcástica sonrisa. Diabólica debe haber sido la expresión que cruzó por mi rostro y que alteró la del suyo, derramando lágrimas; con gesto suplicante dijo:

"-¡Perdón!... ¡Perdón... es un suplicio infinito... Por misericordia!... ¡Hazlo cesar!

"-¿Y de mí, viejo cruel, la tuviste alguna vez? ¿Acaso mis ojos no han vertido mil veces más lágrimas que las que tú ahora derramas sin lograr que de ellas te apiadaras una sola vez? Te he vuelto a la vida... ¿no lo sabes? La ciencia comprobó tu fallecimiento y yo quise experimentar en tu cuerpo ese aparato que te lastima y que te hace vivir contra tu voluntad y la de la naturaleza misma. La ciencia que me obligaste a beber convertida en cáliz de amargura, te arrancó de la tumba, nuevo Lázaro que a mi voz se levanta. La ciencia que a golpes hiciste entrar a mi cerebro,