Sin Título (1)

Por: Amado Nervo

Cuando el marciano se hubo familiarizado con el lenguaje terrestre -lo cual fue largo, por cierto, y laborioso- empezó a pedir explicaciones sobre la constitución de nuestro orden social.

Preguntaba sin cesar a los sabios terrestres encargados de instruirle, y se reía con gran escándalo de ellos, de una porción de cosas: de las formas de gobierno, de las religiones, de las Academias y de las categorías oficiales.

Mas cuando se llegó al capítulo del amor y le dijeron que este se vendía, ya al comprador conyugal, ya al solicitante que iba de paso, ya en esta forma, ya en aquella, se puso serio y no acertó a comprender.

-¡Cómo la función esencial, la función santa por excelencia de la naturaleza, podía tener un valor monetario!

Le explicaron los sabios -pasmados de su ingenuidad- que había dos clases de amor: que en el amor se compraba ostensiblemente el goce, y se adquiría, mediante notario, el derecho total que la Especie requería. Pero tampoco hubo manera de convencerle.

-Por ventura- preguntó irónicamente uno de los sabios-, ¿en Marte el amor es gratuito?

-En mi planeta- respondió el marciano- no hay sexos: somos hermafroditas.

-¡Ah, ya comprendo!- replicó el sabio-. Y claro, no es cosa de que saquéis vuestro dinero de uno de vuestros bolsillos para meterle en el otro y pagaros así a vosotros mismos. Pero en la tierra, hijo mío, cada uno necesita su cada una, y la cada una se aprovecha de esta necesidad invencible. ¿Comprende usted?

El marciano, abriendo tamaños ojos (los tenía muy luminosos, grandes y bellos), insistió en que no comprendía, y a petición del sabio interlocutor se pasó a otro capítulo de la constitución social del mundo.