Las Guerras y los Ejércitos

Por: Amado Nervo

Parece cosa averiguada que durante muchos siglos antes del advenimiento de la civilización, los hombres consagraban su inteligencia rudimentaria a buscar medios eficaces de destruirse los unos a los otros. Daban a esas operaciones criminales el nombre de guerras y por mucho tiempo la guerra tuvo un carácter glorioso y respetable.

El asesinato era reprimido severamente en su manifestación individual; pero cuando tomaba el nombre de guerra y se aplicaba sistemáticamente a la supresión de millares de existencias humanas, constituía una de las más nobles profesiones y los que en ella se distinguían llamábanse héroes. Esta es una contradicción sobre la cual no tendremos acaso una explicación suficiente, y por lo mismo debemos colocarla entre los problemas irresolubles.

Pero a falta de explicación tenemos hechos y de éstos el más cierto y general es que los recursos humanos de aquel tiempo se empleaban de preferencia en empresas guerreras. Destinábansele sumas enormes, se fabricaba una infinidad de aparatos destructores llamados armas y constantemente construían y reparaban los gobiernos unos edificios extraños, conocidos con el nombre de fortificaciones; por último, se obligaba por fuerza a todos los trabajadores de esas tribus a que representasen durante algunos años la comedia de matarse entre sí, a fin de que llegado el momento lo hiciesen de veras.

La organización del mundo no era lo que existe en nuestros días. La tribu se llamaba nación, o pueblo, o país. El amor de la tribu implicaba un odio a las tribus vecinas, y a esto se llamaba patriotismo. Algunas de ellas llevaban el nombre de repúblicas, otras el de monarquías, pero bajo esas denominaciones distintas, las instituciones eran idénticas y se fundaban en los mismos errores.

No había ninguna idea de la federación del globo, cosa tan natural sin embargo, no se comprendía que una tribu pudiese ser feliz fuera del infortunio de las extrañas, y consecuentes con su creencia, los niños eran educados en sentimientos de odio y de horror contra todo lo existente más allá de las fronteras. Y era tanto más curioso esto cuanto que las fronteras variaban frecuentemente y por efecto de las mismas guerras; así pues para ser patriota, era obligatorio hablar y obrar al día siguiente de una manera contraria a la de la víspera.

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En cuanto a los motivos o pretextos de las guerras, la cuestión es de muy difícil solución.

Invocábanse en apariencias razones de interés común o de honor nacional según una expresión favorecida de aquellos tiempos remotos. Pero la verdad es que algunas veces los jefes que veían amenazada su autoridad, declaraban la guerra; otras, los comerciantes hacían lo posible por desencadenarla temiendo los efectos de la competencia, y con la esperanza de obtener buenos lucros después de los combates. Lo curioso sobre todo es que los jefes de las naciones no iban a la guerra sino muy raras veces, los comerciantes nunca. La masa de los combatientes llamados en conjunto ejército e individualmente soldados, jamás se daban cuenta de los motivos por los cuales se les enviaba al degolladero. Por esto un escritor de aquella era define así a los soldados: «MATAN que y se ignoran. intereses por matar dejan»

Además de las divisiones ocasionadas por intereses materiales, los hombres se odiaban por instinto de raza. Esta palabra nada significa ya, sino en lo que se refiere a los animales domésticos; pero en aquellos tiempos tenía una gran importancia y bastaba no pertenecer a la misma raza para odiarse de muerte.

Como se necesitaban ochenta días por lo menos para dar la vuelta al mundo, los pobres habitantes del planeta vivían adheridos al suelo como la ostra en la roca, y no veían nada, ni sabían otra cosa que lo que los jefes, no menos ignorantes, creían de su interés enseñarles.

Los matrimonios se hacían entre miembros de la misma tribu, salvo muy raras excepciones; y como estaban siempre sometidos a las mismas influencias climatéricas, las razas formadas así se conservaban secularmente, para degenerar al fin cediendo el paso a otras razas nuevas.

Había otra circunstancia que favorecía la institución de las guerras y la conservación de los ejércitos. La religión no era asunto individual, de fuero interno; por el contrario, era con frecuencia determinante de aquellas espantosas conflagraciones. Esto dependía de que casi todos los habitantes de una misma tribu practicaban con pocas diferencias una sola religión; era, pues, muy fácil persuadir a las incultas multitudes de que la guerra contra los practicantes de otra religión no podía menos de recomendarse como una acción concienzuda y meritoria.

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A pesar de todo esto llegó un momento en que las guerras se hicieron más y más raras, gracias a la perfección de los instrumentos de matanza. Sin embargo, en los periodos de paz la organización de los ejércitos era para las naciones objeto de atención preferente. Sobre todo en la provincia de Europa se produjo este hecho de una manera sorprendente. Está demostrado que transcurrió medio siglo sin que estallara ninguna guerra de importancia; pero mientras menos batalla, más preparativos guerreros hacían las naciones; gastaban cuanto oro había a mano para la construcción de grandes buques, torpes para la navegación y armados de cañones formidables.

Como todas las tribus obraron de igual modo, las situaciones relativas eran sensiblemente iguales. Cada nación pretendía ser más poderosa que su vecino, para aniquilarla a la mejor oportunidad; pero jamás llegaba esto y entre tanto la ruina avanzaba con rapidez. Por fin los gobernantes menos necios reconocieron un día que habían vuelto al punto de partida, es decir, a una situación de equilibrio aproximativo, sin contar con la ruina y el hambre como perspectiva para los pueblos. Espíritus mejor dotados habrían visto esto muchos años antes; pero ¡qué esperar de aquellos trogloditas!

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Justamente en aquel tiempo, Europa estaba llena de zozobras por lo que dio en llamarse «La de Oriente cuestión». Esa famosa cuestión consistía en lo siguiente: «Hay el que los de y una es del la con se en a por Oriente cuestión guerra declaren demás impedir cabe sólo resultado buen un seguridad teniendo No artificiales. medios enfermo existencia prolongando resolverse debe ley, prudencia condiciones tales En fracaso. como éxito probabilidades tantas había pero acontecimiento, precipitar podría victoria, seguro estuviera ambiciosos uno cada Si hueso. disputan perros espantosa habría repartición día despojos; apoderarse para ella acabar quisieran todos descomposición, plena tribu sol país».

Esta prudencia a medias, aunque inspirada en sentimientos mezquinos, produjo buenos resultados y otros pésimos. El jefe de la tribu oriental hallábase enfermo; en la creencia de que se atentaba contra su vida, decretaba para salvarse la muerte del mayor número posible de habitantes de su imperio; además de esto, era un codicioso que atesoraba oro y plata en grandes cantidades. Aprovechando la libertad relativa en que lo dejaban los otros pueblos hizo asesinar a millares de personas, algunas de ellas pertenecientes a una raza pequeña, que ocupaba un territorio insignificante y que disponía de un ejército despreciable. No obstante, no quiso tolerar los asesinatos del llamado Sultán y en parte por esto, en parte por móviles interesados, creyendo que su misma debilidad le protegería y que al fin y al cabo le tocaría algo de los despojos de la gran tribu agonizante, declaró a esta la guerra.

Sufrió un fracaso: Las grandes potencias (la expresión era entonces muy usada) se interpusieron impidiendo que los acontecimientos llegaran a sus últimas consecuencias. La solución era provisional, imperfecta, pero no obstante trajo consigo un principio benéfico, el del arbitraje. Por defectuosa que haya sido su aplicación, debemos ver en ella una de las manifestaciones del paso de la humanidad de su estado de salvajismo al de civilización.

Algunos siglos antes sólo la fuerza habría sido invocada para resolver el problema; pero ya se veía entonces que la fuerza no produce resultados sólidos y durables, y como niños que dan sus primeros pasos, trabajosa y torpemente, ensayaron los pueblos la aplicación de otro principio.

Era efectivamente el primer paso que llevaba a la supresión de los ejércitos y al fin del estado de discordias que originan las guerras.