El Periodismo en la Antigüedad

Por: Amado Nervo

Es en verdad muy interesante encontrar cada día en el relato de viejos acontecimientos nuevas enseñanzas de alguna importancia. Pero nunca se maravillaría uno bastante de los recursos por medio de los cuales se intentaba llegar a este fin en tiempos pasados y sobre cuyos recursos se nos dan detalles muy interesantes. De ellos reproducimos los que nos parecen más esenciales, pero sin poder adornar el cuento con ese sabor especial, esas reflexiones inesperadas, esas anécdotas acertadísimas con que el bisabuelo sabía esmaltar sus discursos.

A falta de la forma, el fondo bastará ciertamente para despertar la curiosidad, y no faltará seguramente quienes le consideren inverosímil, sin embargo de que nada hay más exacto.

Cuando la humanidad estaba todavía en la infancia, las noticias se propagaban por medio de grandes cuadros de papel que se llamaban periódicos, en lugar de que se refirieran sencillamente de viva voz con los fonogramas que ahora nos las comunican minuto por minuto. Primero las escribían con gran fuerza de pormenores, generalmente bobos; y luego, una vez escritas, obreros especiales recortaban el papel en pedacitos y recomponían de nuevo el manuscrito en caracteres movibles, para lo cual iban tomando las letras en la mano, de una en una. Esta composición servía luego para imprimir el periódico. Ya puede considerarse la pena y el tiempo que se necesitaban invertir en un trabajo semejante hasta el extremo de que se pregunta uno qué hay más que admirar si la rudeza primitiva de esos medios o la habilidad con que bien o mal se les ponía en ejecución.

Pero todo esto no es más que la parte material de la cuestión, y no puede sorprender que en una época en que no había ni ciencia ni industria, el hombre haya ensayado suplir todo esto como podía, para proveer a lo que le hacía falta.

Si se hubiera limitado a esparcir así las noticias, no tendría eso nada de extraordinario, y demostraría solamente cuán atrasada estaba la humanidad en aquellos tiempos lejanos; pero no es esto simplemente lo que sucedía, pues cada cuadrado de papel tenía un nombre y se enviaba todos los días a algunos millares de lectores que pertenecían a tal o cual partido político; y en lugar de darles las noticias diciendo las cosas como eran, cada partido se esmeraba en interpretarlas y falsificarlas según lo que juzgaba más conforme a sus intereses. Llegaban a este fin con una cosa que llamaban artículos y los empresarios de periódicos confiaban el cuidado de confeccionar estos artículos a ciertos obreros especiales, de los que algunos habían adquirido una gran habilidad en este género de trabajo. A propósito de cualquier cosa se fingían sentimientos de una extremada violencia, se insultaba a los adversarios y se prodigaban elogios a aquellos que se quería sostener, y por estos medios infantiles, se imaginaba hacer compartir a los lectores la convicción de las apreciaciones que se aparentaba poseer, pero lo grande y lo asombroso del caso, y lo inverosímil, es que conseguían su objeto, porque tan natural y simple así es la credulidad en los cerebros que no están todavía desarrollados.

Por lo general un salvaje no leía más de un periódico, y llegaba a tomar por la verdad cuanto estaba impreso en él. A veces había quienes leían varios, pero esto ocasionaba al fin tales jaquecas, que los infelices comúnmente acababan por volverse locos. Este resultado se comprende muy bien, cuando se comparan textos como los siguientes que se contraían a un mismo hecho:

Ayer el director de Obras Públicas fue a inaugurar la nueva línea de Fouilly les Pruneaux a Tournevieux les Baudets. Por todo el camino, los honrados y valientes vecinos de la comarca, se han apresurado a hacerle una ovación entusiasta. Los gritos de <> no han dejado de oírse en todo el día (Periódico A).

Ayer, cuando la inauguración de la línea Fouilly a Tournevieux, nuestros valientes conciudadanos de aquellas patrióticas regiones, han hecho pasar un día bien triste al Director de Trabajos Públicos (que estaría mejor en trabajos forzados) pues a los gritos de viejo forajido, le arrojaban papas cocidas por todo el camino (Periódico B).

Los desgraciados a quienes estaba confiada la carga de hacer los artículos, eran por costumbre bastante mal pagados, pero en justificación de esto, es bueno hacer constar que no tenían instrucción ni capacidad alguna. Y no solamente a los asuntos políticos se dedicaban los artículos, sino a todo lo que podía interesar al público en aquellos tiempos, como literatura, teatros, bellas artes y ciencias, pues los pobres se atrevían a hablar de ciencias.

Sobre todo, en lo que se escribía respecto al teatro y que era una admirable colección de enormidades, podría uno sacar provecho divirtiéndose largos años. Esta clase de artículos parece haber constituido una especialidad, y los obreros que las fabricaban se llamaban críticos y prestaban un gran servicio a los demás hombres, dispensándolos de pensar por sí mismos, lo cual generalmente les valía la celebridad. ¡Lástima que no haya sido posible descubrir el nombre individual de ninguno de estos críticos, a pesar de las más minuciosas investigaciones!

La acción del periodismo se extendía a todos los hechos de la vida privada de las personas, y como era necesario llenar todo el cuadrado de papel, se recopilaban todos los chismes, todas las faltas, todos los escándalos y este trabajo se confiaba a unos aprendices a quienes llamaban reporters y que se ejercitaban así en el oficio. Cuando un personaje se encontraba puesto en celebridad por un acontecimiento cualquiera, los periódicos lo sometían a una tortura especial, que se llamaba El suplicio de la Interview y que consistía en mandarle una nube de pequeños reporters (uno o dos por cada periódico) cada uno armado de un lápiz y de un pedazo de papel blanco. Le metían, parece, el lápiz en la boca y le obligaban a hablar; y en tanto que hablaba, los reporters escribían febrilmente. Al otro día, todos los periódicos hacían, por lo general, decir al paciente lo contrario de cuanto había dicho.

Sobre los obreros fabricantes de artículos, y dándoles sus órdenes, se encontraban los empresarios o dueños de los periódicos que eran el alma del periodismo y que alcanzaban posiciones considerables y una gran fortuna. ¡Tal era la imbecilidad universal, y tanto así se sentían felices los hombres de encontrar a su servicio ideas hechas sobre todas las cosas!

La credulidad iba tan lejos, que los empresarios de periódicos habían encontrado una gran fuente de recursos en una industria lateral que se llamaba el anuncio. Los vendedores de no importa qué cosa, pagaban porque se pusiera en el periódico un número de líneas concernientes a lo que vendían; y el público, buen muchacho, aunque sabía que nueve veces sobre diez lo que decía al anuncio, era una mentira abominable, se dejaba pescar con sin igual candor y hacía la fortuna del comerciante anunciador.

Algunas veces estos anuncias tenían tal carácter, que se queda uno confundido ante el abismo de tontería y credulidad que debían presentar los cerebros.

Se ha encontrado un periódico con un llamamiento a los calvos y a los que perdían el cabello. El Doctor X, cubierto de medallas de oro, y condecorado por muchas órdenes extranjeras, prometía hacer renacer los cabellos con su agua maravillosa que valía seis francos el frasco.

Otro periódico ofrecía alicientes de dinero: fortuna fácil y sin trabajar, pero siempre se trataba de empezar por dar dinero antes de recibir nada. Los casamientos ricos jugaban un gran papel en esta industria. Este es un asunto sobre el cual hablaremos probablemente en uno de estos próximos días.

De pronto, no podrían enumerarse todos los anuncios por medio de los cuales procuraba entonces engañar a los hombres, despertando sus apetitos y prometiéndoles la curación de todos sus males.

Una crónica antigua refiere también que un gran número de periódicos vivía del chantage, pero se ha perdido el sentido de esta expresión singular. Acaso significaría que ciertos periodistas eran al mismo tiempo profesores de música vocal en establecimientos instituidos expresamente para ellos, que se llamaban conservatorios y en los cuales se hacía mucho ruido, pero la explicación no puede ser exacta, porque parece que el epíteto de Maestros Cantores, fue aplicado más bien a personajes desprovistos de voz. Por otra parte, había una profesión que llamaban de diputados, la cual exigía por el contrario mucha voz para ser bien desempeñada según lo que se afirma; y como muchos diputados eran al mismo tiempo periodistas, de aquí puede haberse producido una confusión.

Infatigables investigadores no cesan (desplegando sin desanimarse una admirable paciencia) de trabajar en la solución de este problema. A fuerza de compulsar textos, y de descifrar las inscripciones de monumentos en ruinas, han dilucidado ya evidentemente tantas cuestiones que no hay motivo para desesperar.

Provisionalmente, es discreto emitir la hipótesis de que la política, el periodismo y el chantage, constituían industrias separadas, aunque tuvieran entre sí ciertos puntos de conexión que no pueden ser ahora precisados.

Por otra parte: basta que cualquiera de estas industrias, haya prosperado, en las condiciones que acabamos de indicar, para que quede demostrado el estado de delicuescencia que presentaba la materia cerebral de los hombres primitivos.