El Interés del Dinero

Por: Amado Nervo

En la época en que el oro y la plata servían para los cambios y constituían el signo representativo de la riqueza, todo el mundo los necesitaba en mayor o menor cantidad y quienes se hallaban desprovistos de estos preciosos metales, tendían a procurárselos y por el contrario los que habían acumulado abundantes sumas por no importa qué medios, no querían desprenderse de lo que llamaban su capital.

Al principio, los desheredados intentaron simplemente mejorar su posición, suprimiendo a los ricos de modo que, invertido el orden de los factores, resultaran ellos ricos a su vez; pero los ricos se organizaron para defenderse y aumentar su riqueza. En fin, durante varios siglos, al lado del empleo de la violencia se estableció una costumbre de la cual podrían encontrarse todavía algunos vestigios en la época actual. He aquí en qué consistía:

El rico, en lugar de dejarse despojar, consentía en dejar al pobre una cierta cantidad de metal por un tiempo más o menos largo, pero en cambio exigía que se le restituyese más de lo que había anticipado. Por ejemplo: por una suma de cien pesos, era necesario pagar al prestamista cada año una proporción determinada de esta suma. Este uso persistió aún después del empleo parcial del papel moneda, y se llamaba "el interés del dinero", porque los bárbaros agrupaban bajo esta denominación general de dinero, todo cuanto representaba la riqueza.

Hasta hubo gentes cuya única profesión consistía en prestar así gruesas cantidades a los que las necesitaban, y se les llamaba banqueros o usureros. No ha sido posible establecer bien la distinción entre estos dos términos; y sorprende descubrir que, a lo que parece, los primeros estaban rodeados de una consideración extraordinaria, y los segundos eran vistos con el más profundo desprecio. Los doctos suponen haber averiguado que hubo una época en que los banqueros gobernaron el mundo, lo cual pasó cuando se hacían las primeras tentativas de la industria humana, para hacer funcionar esas máquinas groseras que se utilizaban entonces para hacer rodar vehículos fantásticos por vías ridículas que llamaban ferrocarriles y que imponían gastos formidables. Sirviendo los banqueros de intermediarios, fue como únicamente se pudieron reunir los fondos necesarios para estas empresas. Este fue un periodo en que se desarrollaron asombrosamente los instintos de discusión ociosa que caracterizaron por largo tiempo a los salvajes, quienes cuando empezaron a tener escasas ocasiones de batirse a sablazos o a cañonazos, la dieron por batirse con la pluma o con la palabra. Los de unas mismas ideas formaban partidos o escuelas.

Sobre la cuestión del interés, los réditos o la renta que nos ocupa (y las tres palabras parecen haber sido equivalentes) hubo grandes disputas que prueban hasta qué punto tan inverosímil eran bárbaros los bárbaros. Dos escuelas sobre todo los volvían locos, una que se intitulaba economista y otra que se llamaba socialista. No se ha podido penetrar nunca en el sentido preciso que se les daban a estas palabras. Los economistas decían: «TODO desorden el aman que los de y facciones las obra son respetable, institución una contra elevadas reclamaciones Las utilidad. obtenga riquezas sus parte presta justo Es legítima. es dinero del renta la bien, está». Los socialistas respondían: «TODO que los y es renta la está ricos! ¡abajo explotación: esta con pobres más hacen se tanto en trabajar, sin ricos ellas a gracias injusta e odiosa mal;»

Y así siguió la cosa con algunas variantes, durante largo tiempo, y el resultado más visible que obtenían los economistas era exasperar a los pobres; y el que obtenían los socialistas era inspirar un terror sin nombre a todos los que poseían algo, a pesar de que unos y otros marchaban en un sentido diametralmente opuesto al fin que se proponían.

Ahora, mientras así se persisten en discutir, lo cual consumía mucha tinta con que se emborronaba mucho papel, se iba produciendo día por día y por la fuerza natural de las cosas, una evolución de la que nadie veía el tamaño y que debía concluir por transformar el mundo.

La plata y el oro se habían hecho menos raros, el uso del papel moneda empezó a extenderse, y volviéndose mucho más intensa la circulación, la renta del dinero fue bajando poco a poco. Del diez por ciento, tipo medio en un principio, cayó a seis, luego a cinco, luego a cuatro, y siguió disminuyendo diariamente. Desde entonces, la clase de los privilegiados de la fortuna que había adquirido la dulce costumbre de vivir del producto de su dinero sin trabajar y aprovechándose del trabajo de los demás, fue resbalando suavemente por la pendiente en que había de dar la voltereta final y llegó la vez en que se vio como todos obligada al trabajo para el cual estaba mal preparada por múltiples razones. La primera y principal, era que la aptitud para el trabajo se pierde por la práctica de la ociosidad. Ya se trate de los músculos o del cerebro, es indispensable tenerlos en constante ejercicio para que a cualquiera hora puedan ser utilizados; y personas que habían ocupado toda su vida en no hacer nada, lo que no les impedía ver aumentarse sus rentas, estaban en aptitud bastante inadecuada para volverse laboriosos de un día para otro, bajo el imperio de la necesidad.

En segundo lugar, la gran mayoría de esta clase de ricos salvajes, había llegado a una enorme decadencia moral, hasta el extremo de vanagloriarse de su pereza. Ponerse a trabajar, habría sido no sólo una fatiga cruel, sino una degradación. Este fenómeno, ¡cosa increíble!, se producía espontáneo uno o dos generaciones después de otra que había sido trabajadora. En ciertas familias los hijos o los nietos de un hombre que hizo su fortuna a fuerza de laboriosidad, dedicaban sus días a dormir o a ocuparse de frivolidades, y sus noches a recorrer los garitos y los lugares de perdición.

Generalmente el viejo salvaje, quedaba encantado y orgulloso viendo a su progenitura tomar tal dirección, y decía: «¡Cómo se divierten los picaruelos! A lo menos, no se verán obligados a trabajar como su padre, porque les dejo una buena fortuna».

Otra razón que ejerció una influencia considerable en la evolución humana de que se trata, fue la institución del matrimonio entre esta clase y en aquellos tiempos. No es fácil de descubrirse eso ahora, porque los documentos más serios nos dan a ese respecto detalles tan cómicos y extraordinarios, que no puede uno aferrarse a darles fe antes de hacer un prolijo estudio. Parece que particularmente en ciertas poblaciones de la Europa Occidental, los maridos eran vendidos a sus mujeres por una cierta cantidad de dinero que se llamaba «La dote». Esta compra era voluntaria a lo menos de parte del vendido, pues la compradora, es decir, la novia, no era consultada sino por mera fórmula: sus padres arreglaban generalmente el negocio, y la prevenían en seguida.

Naturalmente de aquí resultaban las más extrañas parejas, de las cuales salían los retoños más extraños. Este es un asunto bastante curioso, bajo ciertos aspectos bastante divertidos, del cual pienso ocuparme otra vez cuando esté bien provisto de documentos; por ahora, no hablo mas que para demostrar por qué sucesión de causas se producía, en los tiempos prehistóricos, ese lamentable aniquilamiento de una clase que parecía todopoderoso, que tenía en sus manos el gobierno del mundo al mismo tiempo que la riqueza, y parecía desafiar todos los ataques.

Mientras con más encarnizamiento se la quiso destruir por medio de la violencia, más se consolidaba, y al último fue ella misma la que se encargó de su propia decadencia, y en verdad que logró su inconsciente propósito de un modo maravilloso.

En realidad, la quimera anticientífica de la igualdad de condiciones debía permanecer, como permanece y permanecerá siempre, en el dominio de los sueños; pero era posible, como lo vemos ahora, la igualdad en la justicia distributiva. Si hay hombres más o menos ricos, lo mismo que los hay más o menos bien constituidos; si la actividad, la inteligencia, el trabajo, y hasta la casualidad algunas veces, traen aún esas desigualdades de que ya nadie se queja, a lo menos no existen actualmente pobres en el sentido prehistórico de la palabra. No hay en la actualidad quien, si está sano y es trabajador, se vea expuesto ni tampoco su familia a carecer de lo necesario para la existencia, pero nadie piensa tampoco en sustraerse a la ley del trabajo que nos impone la naturaleza, y los más afortunados son los que trabajan más.

En cuanto a los incapacitados para trabajar, nuestras instituciones filantrópicas los ponen al abrigo de la necesidad; enfermos o ancianos no tienen nunca que preocuparse por la vida material. Y todo esto se hace naturalmente, y dejando correr el desarrollo simple de las cosas, y así es como hemos llegado a este estado en que, en definitiva, la vida es buena y dulce, y en que la humanidad toma de la naturaleza todo lo que la naturaleza le puede dar.

Es curioso observar que la disminución gradual del tipo del interés del dinero, hace ya bastantes siglos, vino a ser la causa primitiva de los beneficios relativos que gozamos ahora; y es más curioso todavía, notar cómo la agitación febril y enfermiza de nuestros antepasados prehistóricos, fue inútil y vana para la humanidad.

Por lo común, hicieron exactamente lo contrario de lo que querían hacer, provocando los progresos con su resistencia o retardándolos en su deseo de alcanzarlos demasiado pronto. Bueno, ¿y ahora nosotros, los civilizados, estamos bien seguros de que no estamos haciendo enteramente lo mismo?