Un Viaje Celeste

Por: Pedro Castera

El hombre es el ciudadano del cielo
Flammarion

Mis ojos no podían desprenderse de esta línea, cuyos caracteres brillabancon mágica luz. Recordaba que Sócrates dijo: "El hombre es el ciudadano delmundo". Pero como esta raquítica esfera es importante para calmar nuestrasaspiraciones, el ilustre astrónomo ha procurado con frase sublime nuestralegítima ambición. Es cierto que el cielo no basta para llenar el alma;pero el infinito es el velo con que se cubre Dios, y tarde o temprano elSupremo Ideal habrá satisfecho el anhelo de nuestro espíritu.

Mi absorción era completa; pero a poco iba olvidándolo todo; mis ojosfueron perdiendo la percepción; caí lentamente en una especie desonambulismo espontáneo. Mis sentidos se entorpecieron, pero miinteligencia no estaba embotada; con los ojos del alma lo veía todo,comprendía lo que me estaba pasando; pero aquel éxtasis, compuesto de no séqué voluptuosidades extrañas, era tan dulce, había en él una mezcla tanindefinible de ideas, de delirios, de fruiciones desconocidas, que en lugarde resistirme, me dejaba arrastrar por aquella languidez llena de encanto ytambién de vida. ¡Oh, yo quisiera estar siempre así!

Mi alma se fue desprendiendo de mi cuerpo como si fuese un vapor, un éter,un perfume; la veía, es decir, me veía a mí misrno, como si estuvieseformado de gasa o de crespón aparente, y sin embargo real, pero con todasaquellas ondulaciones, ligerezas y flexibilidades que tiene lo intangible.

Aquello era maravilloso; la sorpresa que me causaba mi nuevo estado no medejaba ya lugar a la reflexión; mi pobre cuerpo yacía exánime, sinmovimiento, en una postración absoluta. Comencé a creer que había muerto,pero de una manera tan dulce, tan bella, que no me arrepentía; antes bienestaba resuelto a principiar nuevamente. Algunos momentos después mehallaba convencido hasta la opresión de mi nuevo estado, y con una gratitudinmensa al Creador que había cortado con tanta dulzura el hilo de mi tristevida.

¡Cosa rara!, mi vista adquirió una penetración y un alcance admirable; lasparedes de la habitación las veía transparentes como si fuesen de cristal;la materia toda diáfana, límpida, incolora y clara como el agua pura; veíainfinidad de animálculos pequeñísimos habitándolo todo; los átomosflotantes del aire estaban poblados de seres; las moléculas másimperceptibles palpitaban bajo el soplo omnipotente de la vida y delamor... Mis demás sentidos se habían dcsarrollado en la misma proporción, yme sentía feliz, os lo aseguro; intensamente feliz.

Al verme dotado con tan bellas facultades, mi vacilación fue muy corta:levanté la mirada... y caí anonadado al contemplar la magnificencia de loscielos.

Oré un instante, y con la rapidez del pensamiento, me lancé a vagar por elbellísimojardín de la creación. En mi estado normal veo a las estrellas,melancólicas pupilas, fijas sobre la Tierra; rubíes, brillantes, topacios,esmeraldas y amatistas, incrustadas en un espléndido zafiro, peroentonces... ¡Oh!... entonces voy a referiros con más calma lo que vi.

Es preciso que ordene algo mis ideas. Comenzaré, pues, por deciros que mebastaba pensar para que siguiese al pensamiento la más rápida ejecución, ypor lo mismo, la idea que había tenido de ascender por los espacios mealejó de la Tierra a una distancia inmensa.

A lo lejos veía una esfera colosal (un millón quinientas mil veces mayorque la Tierra), incandescente como el ojo sangriento de una fiera, rojacorno el fuego, volaba con velocidad, arrastrando en aquella carrera unamultitud de esferas, entre las cuales había algunas algo aplanadas por dospuntos, pero todas de mucho menores dimensiones, pues si hubieran podidoreunirse no igualarían con su volumen al hermosísimo disco de fuego; apesar de que se encontraban algo lejanas, las percibía con una claridadextraordinaria, capaz de permitirme cxaminar hasta sus menores detalles.

Figuraos mi asombro: aquella antorcha encendida enmedio de los cielos eranuestro Sol, y sus acompañantes, su familia de planetas.

Pero no era todo, no: lo que me dejaba mudo, absorto, enajenado, era quetodas aquellas masas enormes eran ¡mundos! más o menos semejantes alnuestro, pero todos ellos, sin excepción, mundos habitados.

Sí, sí, yo veía las manchas blancas de las nieves polares, las nubescruzando sus atmósferas, las unas densas, cargadas de brumas, las otraspurísimas y tenues, los mares brillaban como líquida plata, y loscontinentes parecían inmensas aves que se recostaban cansadas de volar.

Allí hay seres, me decía yo, seres humanos, habitantes, hombres tal vez, yángeles como los que habitan la Tierra con nombres de mujeres, porque si nofuera así, esos mundos serían horribles; allí estarán mis hermanas, mispadres, mi familia... ¡Ah: Dios mío, cómo a la vista de esos mundos sedespliega tu Soberana Omnipotencia!

Entonces busqué a Júpiter, que de los planetas de nuestro sistema es elmayor y el más bello; la Tierra la veía como la 126a. parte del brillanteastro, que me deslumbró por su hermosura; esto en cuanto a superfiicie.

Sus montañas tienen una inclinación muy suave, sus llanuras sonperfectamente planas, los mares tranquilos; nada de nieve; la eternaprimavera bordando sus campos, flores divinas embriagando con susdeliciosos aromas a esos felices habitantes, aves de pintados colorescruzando en todas direcciones, y cuatro magníficas lunas que deben produciren sus serenas y apacibles noches unos juegos de luz admirables.

Multitud de ciudades diseminadas sobre su superficie, pero por más que loprocuré no puede distinguir los habitantes; tal vez serán de una bellezadeslumbradora, que después me hubieran hecho despreciar los de la Tierra, ypor eso la Providencia me evitó el verlos. Júpiter es un mundo en el cualel dolor no es conocido, es un verdadero Edén.

Mercurio y Venus no llamaban mi atención, la Tierra me daba cólera pororgullosa, Marte tiene tantos cataclismos y cambios que tampoco meagradaba, los asteroides me parecían muy pequeños, olvidé a Saturno, aUrano, y después de mi hermoso Júpiter, mi futura patria, pensé en Neptuno,que según la mitología representa al dios de las aguas.

Aquello fue un salto peligroso; en menos de un segundo atravesé centenaresde millones de leguas y me encontré a una distancia regular del astro quepor hoy limita nuestro sistema. Entonces no comprendí muy bien lo que mepasaba: el Sol lo veía del tamaño de una lenteja, Saturno enorme, como deun volumen de setecientas treinta y cuatro veces mayor que la Tierra, y yome hallaba en una penumbra indefinible.

La naturaleza, como la obra de Dios, es admirable; apenas pude distinguirque aquel mundo, como los otros, estaba habitado; pero previendo la lejaníadel Sol, los seres que allí viven tienen la facultad de desprender luz,están rodeados de una aureola luminosa, tan bella, que fascinado no podíaapartar de ellos mi vista embelesada con su contemplación.

Me fue imposible fijarme en más detalles, porque en un momento me sentíarrastrado por una fuerza extraña; observé lo que era: la cauda de uncometa me envolvía, me encontraba en una línea de atracción del astroerrante, que sacudía su magnífica cabellera en la inmensidad.

El vehículo celeste era cómodo y bello; me dejé llevar sin oponerresistencia. La velocidad de mi tren express iba aumentando cada vez más;cruzábamos los abismos dejando a nuestros pies infinitas miríadas de mundos.

Repentinamente observé que una estrella doble, púrpura y oro, crecía a mivista de una manera espantosa; en algunos segundos adquirió proporcionesgigantescas, como de unas diez veces más que nuestro Sol; sentí unaatmóstera de fuego, y abandonando mi solitario compañero me lancé huyendoen dirección opuesta.

Os he dicho ya que volaba por los cielos con la velocidad del pensamiento;los soles de colores se multiplicaban a mi vista, ya rojos o violados,amarillos o verdes, blancos o azules, y alrededor de cada uno de ellosflotaban infinidad de mundos en los cuales palpitaba también la vida y elamor.

Yo seguía corriendo, volando con una rapidez vertiginosa, atravesaba lasinmensas llanuras celestes bordadas de flores, me sentía arrastrado por loinvisible, y trémulo y palpitante, yo balbucía una oración.

Aquello no terminaba nunca, nunca... La alfombra de soles que Dios tiene asus pies se prolongaba hasta lo infinito... se pasaron instantes o siglos,no lo sé; yo seguía con mayor velocidad que la luz, que la chispaeléctrica, que el pensamiento, y aquella magnífica contemplación seguíatambién... soles inmensos de todos colores, mundos colosos girando a suderredor, y todo... todo lleno de vida, de seres, de almas que bendecían aDios. Los soles cantando con voz luminosa y los mundos elevando sus himnosformaban el concierto sublime, grandioso, divino de la armonía universal.

Atravesaba los desiertos del espacio cruzando de una nebulosa a otra; laextensión seguía; atravesaba multitud de vías lácteas en todas direcciones,y volaba... seguía... y la inmensidad seguía también.

Estaba jadeante, rendido, abrumado; oraba con fervor y me sentía arrastrarpor una fuerza irresistible: los abismos, los espacios, las nebulosas, lossoles y los mundos se sucedían sin interrupción, se mezclaban, se agitabanen turbiones armónicos sobre mi frente humillada, abatida ante tantamagnificencia, ante tan deslumbrante esplendidez. Yo estaba ciego, loco,casi no existía ya; pequeño átomo perdido en aquella inmensidad, apenas meatrevía a murmurar conmovido, temblando, admirado ante la manifestacióndivina de la Omnipotente Causa Creadora, ¡Dios mío! ¡Dios mío!

De pronto mi carrera cesó... Dios escuchaba al átomo.

Tardé algún tiempo en reponerme; perdido en la extensión sideral, busquéen vano la Tierra; nada, no se veía; quise encontrar nuestro Sol, peroimposible; tampoco lo veía. Apenas allá a lo lejos, a una distanciaincalculable, perdida en los abismos sin límites de la eternidad, pude vernuestra Vía Láctea, que parecía una pequeña cinta de plata formando uncírculo de dimensiones como el de una oblea, que volaba con una velocidadinapreciable en la profundidad divina de las regiones infinitas. Ligero yveloz me lancé hacia ella; pronto llegué, sin saber cómo; pero entre sussetenta millones de soles no podía encontrar el nuestro. Pensé entonces quecon la velocidad de la luz tardaría quince mil años en dar una vuelta anuestra pequeña Vía Láctea, y abrumado por aquel cálculo, sin podercomprenderlo, oprimido por semejante idea, me detuve lleno de terror. ¿Quéhacer? ¿Cómo hallar la miserable chispa que llamamos Sol? ¿Cómo encontrarla Tierra, átomo mezquino, molécula despreciable, excrecencia diminuta deaquel sol que no podía hallar por su pequeñez? ¡Oh! Entonces mi alma,desfallecida, ansiosa, anhelante, se dirigió a Dios.

¡Oh, Tú, espléndido sol de los soles, Supremo Ideal de las almas, Espíritude Luz y de Vida, Amor Infinito de la Inmensidad de la Creación, delUniverso!... ¡Oh, Tú, mi Dios, vuélveme a mi átomo y perdona mi locoorgullo, vuélveme a la Tierra, Dios mío, porque allí está lo que yo amo!

Mi carrera comenzó de nuevo terrible, frenética, espantosa; sentíavértigo, un ansia atroz, algo como el frío de la muerte; corría, volabay... en ese momento Manuel de Olaguíbel me sacudió fuertemente por elbrazo; yo me encontraba sentado en mi escritorio, con el pelo algo quemado,las manos convulsas, multitud de papeles en desorden, y escritas lasanteriores líneas.

-¿Qué tienes? -me dijo mi amigo.

-Nada -le contesté algo turbado todavía-, es que el cielo...

-Sí, el cielo -me dijo riéndose-; hace largo rato que te observo; teníasun verdadero delirio, gesticulabas, escribías; yo iba leyendo, pero mepareció prudente suspender esa carrera fantástica, por temor de que laterminases en un hospital de dementes.

-El cielo, el cielo -repetía yo maquinalmente.

-Sí -continuó-; el cielo es lo más bello que hay, supuesto que es lo quenos manifiesta y enseña la Omnipotencia Suprema de Dios; tú en esas líneasdices poco de Él; pero, sin embargo, todas son verdades científicas,axiomáticas, irreductibles, que forman el patrimonio que el siglo impíodeja al porvenir.

Salimos; el viento fresco de la noche calmó mi exaltación; pero por másque lo procuro, no puedo dejar de pensar que el Universo es la patria de lahumanidad y el hombre el ciudadano del cielo.