El Remoto Porvenir

Por: Juan Nepomuceno Adorno

¡Salve hermoso Planeta de los verdes y esmaltados campos, de los plateados ríos y de los cerúleos mares! ¿A dónde, a dónde diriges tu elipcéntrico curso?

¿A dónde te acompaña ese coro magnífico de núcleos con sus órdenes varios de secundarios sistemas?

¿A dónde te sigue el amoroso satélite que guías, como el Águila a su polluelo que a volar aprende, o como el centro rige a sus galantes curvas?

Mas ya descubro del enorme Júpiter la masa, con sus cuatro bellos satélites, y al viejo Saturno que ha perdido parte de sus anillos, y al que sólo el exterior le resta, sin desplomarse. ¡Todos esos núcleos se hallan de ti ya más cercanos!

¡Sí, bello Planeta, que en el diáfano espacio infatigable ruedas en bizarra espiral lenta y sublime, y en armoniosas curvas, concordes con las de todo el resto de tus hermanos núcleos!

¡Es hacia el sol donde con ellos lento te diriges, como el héroe glorioso que esquiva la apoteosis, o como aquel que antes de terminar sus útiles fatigas procura hacer aun más brillante su final destino!

Tierra, ¡oh tierra, eres tú! ¡Yo te saludo!

Sí, ya percibo de tus bellos continentes y tus islas los graciosos contornos. Ellos han cambiado en sus detalles; ellos están situados de otro modo con respecto a tu ecuador y tu eje, y así presentan menores resistencias a tu diurno y anuo movimiento.

En verdad que las constantes perturbaciones que sufrieras han venido a fijarte nuevos polos, y a hacer que tus continentes se sitúen como la áurea y luminosa corona de tus mares, o como la banda prominente que tiene al África en el Polo Ártico, cuando el Antártico se fija en el grande y polinesio Océano.

Me acerco aun más a ti, bello Planeta; quiero ver los restos de los hombres; quiero indagar si aún en ti viven, o si yacen entumbados en fósiles restos, y su especie ha sido extinta.

¿Dónde, a dónde están los antiguos etíopes con su lustrosa piel como el ébano, negra? ¿A dónde del Albión los hijos con su ebúrneo color y con su rubio pelo? ¿Y a dónde tantas variedades de la humana raza, que hicieran en tiempos de conflicto el orgullo de algunos y el oprobio de tantos?

¡Desaparecieron ya las diferencias! Una raza compacta, bella, portentosa, puebla tu suelo, cruza tus mares, y se eleva gloriosa entre tus nubes. ¡El hombre también ha mejorado en su talla y sus formas!

Su color es suave, rosado y armonioso.

Sus ojos vivos y lucientes.

Su pelo en trenzas y bucles de ébano contrasta en sus brillantes luces con el dulce y bello mate de su terso cutis, agraciado con tintes cambiantes de frescura y suavidad.

Sus miembros vigorosos desafían la fatiga.

Y esbelto es, y bello, y grato el movimiento de su marcha, y noble, y calmo, y firme.

Ya no existen, oh tierra, tus lóbregos barrancos.

Ni tus áridos desiertos de flotante arena.

Ni tus ásperos e intransitables precipicios.

El hombre ha sujetado ya la furia de tus mares.

Ha regulizado el curso de tus ríos y ha canalizado tus lagos.

Por todas partes hay la huella humana, y ella es sólo la del héroe.

Del salvaje no encuentro ya vestigio alguno.

Los caminos que miro, fáciles, seguros y prolongados, están cruzados por prodigiosas máquinas que se deslizan suavemente, ya al través de continentes, ya ligando las islas por los anchos mares, o ya en fin, visitando, oh tierra, tus entrañas en luengos subterráneos.

Y el hombre goza al atravesar tus ferradas vías con el dulce y suave movimiento, como el infante que se mece en la cuna, o como el ave que cruza los aires en día tranquilo, diáfano, luminoso y sereno.

Ni el más leve temor, ni el peligro más leve existen ya en esas vías de antiguas y tradicionales catástrofes.

¡El hombre anonada las distancias, del rayo con la fuerza y la presteza!

Tú, Planeta, eres su casa, su mansión divina, y todos tus distintos pobladores son tan sólo ya hermanos.

¡Oh tierra encantadora! ¡Oh dulces pobladores! ¡Oh Edén por sus manos adornado! ¡Los bellos días de la humanidad llegaron; y el placer, la virtud y la inocencia se unen a la sabiduría, y el poder con la bondad se aduna!

Palacios sorprendentes son las habitaciones todas. Concluyeron aquellas deleznables construcciones en que el hombre fijaba a la tierra sus nidos con cal y arena, y con rocas fabricados, y cubiertos de frágiles y corruptibles maderas.

Concluyeron aquellas tremendas conflagraciones en que una sola chispa solía consumir ciudades enteras. Los inmensos edificios que miro son a prueba de fuego, de agua y terremotos. Las piezas de que se componen constan de materiales refractarios a la vez que elásticos, incorruptibles y ligeros. Fuertes tornillos reúnen sus junturas y armamento, y brillantes y tersas superficies presentan los prodigios de las artes y de las formas, bajo el cristal de los barnices, o los brillos del oro y deslumbrantes esmaltes.

¡Oh mansiones sublimes! ¡Ellas sobrepasan con la realidad cuanto la imaginación ideaba en otro tiempo! El lujo, la riqueza, el buen gusto refinado no insultan, no, a la oprobiosa miseria. La miseria, la desigualdad, tiempo ha que ya no existen. Todos los hombres viven con iguales comodidades, con delicias iguales, y la paz y la felicidad habitan sus brillantes mansiones.

Las poblaciones se ligan unas con otras, sin hallarse campos despoblados ni tampoco ciudades apiñadas.

Las vías de comunicación son deliciosos jardines, y los árboles de las calzadas y de los bosques frutales, y sus maravillosos frutos pertenecen a todos.

Las sementeras son lugares de placer y de recreo. ¡Cuánto, cuánto gozo hay en esos campos admirables!

La naturaleza entera parece secundar amorosamente los objetos que el hombre se propone, y dócil, y sumisa y complaciente, rinde todos sus tesoros a la ciencia.

Rientes campiñas, mansiones deliciosas y bosquecillos cortados por el serpentino curso de arroyuelos diáfanos y puros, brotados por artificiales fuentes, son los sitios encantadores que por todas partes presentas, ¡oh tierra!, y en ellos se revelan los signos de la felicidad y de los nobles placeres.

Observatorios astronómicos armados de instrumentos admirables de óptica con dimensiones medianas y perfectamente manejables, pero de una precisión y efecto prodigiosos, hacen mirarse a los habitantes de los diferentes planetas del solar sistema, que se comunican por medio de telegráficas señales con tus felices habitadores, ¡oh tierra portentosa!

¡Cuán varias formas! ¡Cuán grandes inteligencias ha conocido ya el hombre! ¡Cuánto, cuánto se avergüenza de su anterior barbarie y tiranía! ¡Cuánto deplora las máquinas funestas de guerra que dedicaba, con la brutalidad salvaje en los antiguos tiempos, tan sólo al exterminio de sus obras y hermanos!

Él ahora mira esos enormes globos planetarios, que la serie de los siglos va aproximando del sol a la extensa superficie, y en ellos observa costumbres más puras que la especie humana tener solía, y en todas partes, en todos los mundos reconoce los fines Providenciales de un sublime Creador, y a Él se prosterna el espíritu educado, con las lecciones vivientes que le transmite el Universo, con la velocidad y la precisión del elemento fotogénico.

El hombre conoce ya de las estrellas el curso; observa el Parensolis, y mide su enorme elipse biorbituaria con la lente elipse que con el sol en armonía describe. Así calcula el astrónomo extasiado los fenómenos del cósmico sistema, como en tiempos pasados calculaba de la luna la carrera, el ciclo de los eclipses y las perturbaciones.

El armonioso conjunto de los variados movimientos estelares no es ya desconocido. El hombre mira con placer inefable ese estupendo sistema en que todos los astros y todos sus parciales movimientos están relacionados, y ve del Paraíso final el centro prodigioso a donde todas las estrellas rutilantes se dirigen como al faro universal de la comitiva cósmica de faros.

¡Magníficas y hermosas luces que relacionáis los mundos! ¡Vosotras preconizáis de una Providencial naturaleza los trabajos! ¡Cuán portentosos, cuán variados son los detalles de vuestras múltiples creaciones, tributando prodigios al Autor supremo de la creación universal, a quien todos los prodigios se deben!

¡Himno sublime de la naturaleza viviente, escrito con los festonados contornos de los astros! ¡El hombre ya ha aprendido a leerte, y traduce tu poema de armonía con el entusiasmo intuitivo de su anhelante pecho, como el estímulo maravilloso que le enseña los útiles deberes de su Providencialidad, y corre de momento en momento a cumplir su destino sublime como el absorto amante del bien, que no quiere perder ni un instante de tan dulces e inofensivos placeres!

Sí, la especie humana ha transformado la tierra en que vive en prodigioso paraíso, como el obrero que adorna su esplendente carro, para reunirse en la fiesta universal de la naturaleza, con dignidad y gloria.

Y allí, allí en el Paraíso final se reunirán todos los seres y los ornamentados mundos que van a construir el mundo imperturbable de la estupenda y eterna creación, bajo la dirección remuneradora del infinito Creador a que se deben, y que será en ese lugar de gloria y calma sempiterna reconocido y adorado por todos los seres inteligentes de los mundos extintos, para construir con su armonioso y final equilibrio la estabilidad absoluta del núcleo perdurable.

Pero no es sólo en la astronómica ciencia en la que el hombre ha multiplicado sus observaciones y descubrimientos maravillosos. Él conoce ya de los físicos fenómenos el conjunto sublime.

Sí, reconoce la humanidad extasiada, la unidad de la materia y forma primitiva, y del medio universal Armonio los múltiples oficios y sus idénticas esférides.

Los imponderables variados por la multiplicidad de los núcleos y sus posiciones recíprocas están del hombre bajo la potente ciencia, y con ella transforma la fuerza en movimiento, y el movimiento en fuerza y armonía, y la armonía en salud y placer imperturbables.

La mecánica rinde sus inextinguibles recursos al genio humano; ningún obstáculo, ninguna resistencia ni dificultad alguna, puede oponerse a los designios de la ciencia. Todas las artes, todos los oficios se han refundido en uno solo: la mecánica. Ella es la creación del hombre, y su tributaria universal; y tú, ¡oh tierra!, el apoyo de sus palancas prodigiosas, el foco inextinguible de sus helióscopos, caloríferos y electromagnéticos aparatos, y el manantial de las fuerzas indefinidas de que dispone como tu Providente dueño.

Pero tú, Planeta, ganas en maravillas lo que le tributas de obediencia, y el hombre no cesa de embellecerte como al sublime taller, almacén y museo que con su ciencia adorna y glorifica.

¡Oh mundo! ¡Oh ciencia! ¡Oh esfuerzo Providencial del cielo y la tierra, y la atmósfera, y la mar, y los abismos! ¿Podías detenerte aquí al ejercitarte en tu maravilloso destino? ¿Pudieras suspender tus magníficos esfuerzos en los físicos prodigios?

¡Ah, no! En las nobles regiones de la ciencia biológica has obtenido iguales resultados... Tú hallas la vida en todos los fenómenos, y aun en el mismo fenómeno de la muerte. La muerte es ya sólo para ti una faz cambiante de la vida, y la humanidad ha saabido depurarte de todos los agentes deletéreos y de sus antiguos, destructores y bochornosos vicios, y el bienestar y la salud imperturbables son las dulces conquistas de su gloriosa ciencia. ¡La medicina ya no existe; la han reemplazado la moral y la higiene!

Ya no es el hombre aquella centina de miserias, ni aquel envilecido y sufriente foco de dolores, ni aquel asqueroso espectáculo de calamidades. Él nace, crece y envejece sano, y cuando el necesario fin llega de su existencia, es rápido, dulce, calmo, y el solo tránsito sublime del ser Providencial que se transporta a dar razón de sus gloriosos y benevolentes hechos a su Providencial origen.

Sí, la biología en todas sus variadas ramificaciones es el dulce y más útil recurso del hombre como ciencia universal en física. Él ha logrado no sólo salvarse de las enfermedades y dolencias, ha conseguido aún más: reducir su impetuosa ansiedad hacia los placeres carnales a sus límites útiles y convenientes.

Pero la ciencia y Providencialidad humana no se han detenido a hacer sólo al hombre feliz.

Las especies vivientes han recibido, asimismo, las benéficas modificaciones a que el genio las ha sometido, y aquellas que sólo eran perniciosas cesaron ya de existir.

Sí, ya veo esos dulces rebaños engalanados con floridas guirnaldas obedecer a la voz y a la llamada de los acordes de armoniosa trompa. Y tú, leal amigo del hombre, perro amoroso, inteligente y grato, conduces los tiernezuelos corderillos con las caricias de tu suave y salutífera lengua, y auxilias a la madre que balando los llama.

Y hasta de sus armas de otro tiempo los ganados carecen; ya no se mira del potente toro la frente armada de los punzantes y robustos cuernos, que amenazante y feroz ostentaba un día. Su fuerza ya no está doblegada bajo el yugo, ni la pica acrecenta su pena y su fatiga. La felicidad y la ignorancia de la muerte hacen sus días plácidos y dulces, y siempre inofensivos.

Así el hombre ha difundido el bien en todos los seres de la tierra, y la felicidad se palpa en cuantas especies sensibles habitan este globo afortunado.

¿Pero sería posible la felicidad en el hombre sin que éste hubiese hecho iguales conquistas en las ciencias morales? No, sin duda. Mas la moral hoy se funda en la Providencialidad de la especie humana, reconocida y acatada universalmente por todos sus individuos. La moral no es ahora el freno tormentoso que sujetaba en los estrechos límites de artificiales deberes a los hombres. No es aquel lazo estrangulante y severo, aunque invisible e interno, que retenía al esclavo bajo del feroz látigo del dueño, y que reducía a la muerte de hambre y de miseria al infeliz proletario, en medio de los campos cubiertos de sazonadas espigas.

No, la moral ya no es aquella fuerza arbitraria que sujetaba a la desventurada y débil mujer en la mansión de su ultrajador tirano, y que la conducía a la hoguera como un holocausto de pesar, cuando aquél cesaba de atormentarla al bajar a la tumba.

La Providencialidad ha descubierto al hombre la fácil y venturosa realización de su eminente destino. ¿Quién no comprende la ventaja de obrar lo conveniente? ¿Y lo conveniente de todos no es lo justo? ¡Oh sí! Mas lo conveniente y lo justo obsequiados espontáneamente se convierten en el amor virtuoso, y la misericordia a su vez es el resultado de la generosidad del amor.

¡Sí, hombres Providenciales! ¡Al adoptar y practicar las cuatro eminentes virtudes de la Conveniencia, la Justicia, el Amor y la Misericordia, pusistéis los fundamentos de la inmarcesible felicidad que disfrutáis! Desde entonces tembló el deleznable cimiento de la desigualdad. La luz maravillosa de la verdad, concentrada en su diamantino espejo, redujo a cenizas el edificio en que se entronizaban todas las tiranías que sujetaban al débil a una moral facticia que despreciaba y conculcaba el fuerte!

¡Y vosotros, hombres sencillos y de buena fe, ya no despedazáis vuestras carnes con austeros tormentos. Vosotros habéis ya reconocido la bondad infinita que os ha hecho Providenciales y felices, y guiados por esta creencia salvadora, habéis descubierto y ejecutado lo conveniente, y con lo conveniente de todos habéis sido justos, amantes y misericordiosos!

Sí, la moral humana ya no está sujeta a contradicción ninguna de parte de la naturaleza espiritual del hombre. ¿Quién no piensa bien cuando la razón le convence de la misma verdad que posee?

Tampoco está sujeta a contradicción ninguna de parte de su naturaleza física. ¿Quién no está contento de los preceptos que le hacen amar lo que le es conveniente y le hacen feliz con la verdad misma que posee?

¡Divina virtud! ¡Tú, tú también te has identificado con la verdad; y con el noble ejemplo de los más fuertes y bellos de los hombres, has hecho que todos ejerzan el amor y la misericordia, y que se amen profundamente el fuerte y el débil, y que aquél tenga su mayor placer en ser Providente para con el segundo, y éste goce del inmenso deleite de agradecer sin envidia ni celos los beneficios del primero!

Así es como la moralidad del hombre le ha conducido a los prodigiosos resultados de su sociabilidad.

¡Si, tiempo dichoso que intuitivamente toca y mira mi espíritu extasiado! ¡Sí, humanidad feliz que te encaminas a una perfección maravillosa! ¡Sí, mil y mil veces fortunada y resplandeciente época! En ti ya no hay pobres, ya no hay proletarios, ya no hay infelices. La igualdad es el dogma social de la especie humana... Los niños que descansan en vecinas y floridas cunas no miran sino iguales en los compañeros en sus infantiles juegos, y cuando acompañados de sus sabios y felices padres dan vuelta al mundo con la celeridad de la aerostación y visitan las cunas en que reposan los infantes antípodas, allí, allí también miran niños iguales, y la benevolente igualdad nutre sus ideas con la leche del materno pecho, así como con el pan delicioso del festín antípoda.

Y cuando las primeras impresiones de la ciencia se inculcan a los niños, cuando la educación comienza a insinuarse en sus almas y cuerpos, ataviada con todas las delicias del placer y del grato entretenimiento, de nuevo son todos iguales. No se irritan, no, los celos del obtuso con los aplausos del agudo. No se castiga a unos deprimiendo sus facultades, ni se premia a otros excitando su orgullo.

La niñez aprende como máxima fundamental la igualdad absoluta de los hombres y su deber imprescindible de trabajar. El trabajo ennoblecido así es el único representante del poder y del saber; y el niño se acostumbra a mirar como el más digno al más constante en las horas de estudio, aunque no sea el más agudo en los talentos naturales o adquiridos.

De este modo el fuerte trabaja las mismas horas que el débil en la tarea común, y ni aun siquiera calcula si su trabajo ha sido más o menos productivo. ¿No es el resultado de los colectivos esfuerzos igualmente útil y conveniente a todos?

De la misma manera el niño de talento y de genio aprende y procura que aprendan sus iguales sin la necia vanidad de comparar su agudeza superior con los talentos inferiores de los otros. ¿No es asimismo común la ciencia? ¿No son sus benéficos resultados el galardón, así como la gloria de toda la humanidad?

Destruida en su origen la facticia pasión del orgullo, queda reducida a la nada la igualmente perniciosa pasión de la ira. Pronto, muy pronto el niño iracundo comprende que no es ya igual a los demás, y que por su propensión degradante pasa a ser su inferior, y por lo tanto que se hace indigno de vivir con la humanidad, la que lo conmina a la vida solitaria que le hace conocer y aborrecer su falta, y anhelar como el mayor bien el reivindicarse en sus derechos de igualdad con sus felices contemporáneos.

¡Así tú, dogma único y sublime de la igualdad, vienes a ser el germen glorioso de todos los benéficos estímulos de los hombres, y diriges sus virtuosas acciones desde la cuna hasta su florida y glorificada tumba!

En efecto: la igualdad como dogma fundamental de la humanidad, conquistado con miles de años de virtudes heroicas y gloriosos esfuerzos, no puede ya ser conculcada por la tiranía. La tiranía es imposible... El talento, el genio, la virtud sublime se han acostumbrado ya a no amar la gloria personal, sino a referirla a la humanidad toda. ¿Qué importa, pues, el nombre del inventor de una máquina célebre? ¿No se complacía él mismo en referirla a sus consocios? ¿No ha sido de facto el primer pensamiento discutido y mejorado por todos ellos, y la máquina ha venido a ser el resultado de multitud de esfuerzos combinados?

¡Inventores de otro tiempo ya pasado! ¿De qué os servían vuestros privilegios exclusivos? Vosotros sufríais los tormentos del genio encadenado, y la tiranía del capital era casi siempre la que venía a sacar fruto de vuestras concepciones y afanes. ¡Qué de miserias, qué de humillaciones devorábais en vuestro aislamiento, y cuán pronto conocíais que la pueril vanidad de oíros llamar inventores se cambiaba en escarnio cuando la decepción pecuniaria del éxito se desplomaba para sumergiros en el desaliento y haceros libar el caliz amargo del desengaño!

Ahora el genio está seguro de encontrar colaboradores; los esfuerzos comunes fomentan el pensamiento primitivo de una útil mejora, y la humanidad en masa es la que gana. Asegurados los goces de todos con el trabajo de todos, es el común de los hombres el que auxilia al genio, y éste el que inspira los grandes proyectos a la humanidad que los perfecciona y ejecuta.

Así es como el niño aprende a ser modesto y desinteresado desde que logra el sobresalir en sus estudios. Los pensamientos grandes del joven lo recomiendan en la sociedad para darle la ocupación adecuada que lo honra con el empleo de sus facultades en beneficio común, sin que sus goces sean distintos de los de sus asociados. ¿No son todos iguales en la felicidad?

¡Oh, sí, la felicidad del género humano es el mayor galardón del genio, y las virtudes Providenciales ejercidas por él en el grado más eminente son su peculiar premio! ¡Oh fuerza, oh belleza de la Conveniencia, de la Justicia, del Amor y de la Misericordia! ¡Virtudes sublimes, vosotras endulzáis las acciones humanas, y sois al mismo tiempo el germen, el estímulo y el galardón de los grandes hechos! ¡Amparado el genio con vuestro poderoso influjo, no hay miedo, no, de que se pervierta ni amortigüe!

La educación, la mejora de la raza humana, y la trasmisión de los talentos sostenidos por la común beneficencia, han elevado el genio de la humanidad haciendo poco influente el del individuo.

¡Las individualidades se han solidarizado, y la especie humana ha venido a ser ya un elemento absoluto de felicidad por la igualdad de sus partes componentes!

¡Oh felicidad, oh solidaridad tantas veces, tantos siglos esperadas! ¡Cuánto, cuánto habéis simplificado la moral práctica y social del género humano!

Los campos, los jardines ya no tienen cercas ni vallados. ¿No son de todos sus deliciosos frutos? ¿No trabajan todos por sembrarlos, cultivarlos y obtenerlos? ¿No respetan todos el tiempo necesario para que los frutos maduren, y no aman todos el espectáculo siempre admirable y siempre caro de los ramilletes naturales a que damos el nombre de plantas?

¡Oh tierra, oh tierra deliciosa! ¡Tú tienes recursos admirables para todas las edades! En la primavera tus flores portentosas invitan a la festividad de los niños. Ellos parecen las brillantes y esmaltadas mariposas que completan y embellecen tus engalanados jardines.

En el estío tus doradas espigas vienen a coronar rizadas y ardientes cabelleras en la fiesta de la juventud. El sol brilla en tu luciente superficie, ataviada con el regocijo de los placeres y actividad de los jóvenes.

En el otoño la riqueza y variedad de tus frutos llama con la opulencia de tus invitaciones a la festividad de los adultos. Ellos también producen los maravillosos frutos de las artes y ciencias.

En el invierno todos se reúnen alrededor del delicioso hogar, calmo y brillante de felicidad, a disfrutar el divino placer de escuchar a sus padres en la fiesta mil y mil veces cara y dulce de los ancianos. Aun allí, ¡oh tierra!, tus frutos conservados y no menos deliciosos renuevan el pábulo de los inocentes placeres.

Y por último, en el día del solsticio, cuando la luz solar llega a su mínimum, apareces, ¡oh tierra!, iluminada con la fiesta de las vírgenes. El pudor, el divino pudor se intimida con las investigadoras miradas del día vernal, las ardientes impresiones del estío y las embriagantes delicias del otoño, y sin embargo, las maravillosas criaturas que poseen el pudor son las antorchas que alumbran en los dulces y oscuros días del invierno los retretes más caros y misteriosos de la felicidad. Allí también tú, tierra encantadora, proporcionas las sacarinas cápsulas llenas de esencias o de néctar, que ruborosas ofrecen en cajas de oro las virgíneas manos.

¿Pero qué digo de fiestas especiales, si la tierra entera parece engalanada para celebrar la perpetual festividad de la humana ventura? Esos trenes que cruzan en mil direcciones las líneas conductoras. Esos balones de variadas figuras y de los más brillantes colores que pueblan los aires. Ese espectáculo florido y de ostentosa profusión de galas, por los días. Esas noches en que brillantes soles eléctricos difunden en mil variados colores vistosas iluminaciones o detonantes luces, apenas interiores a la radiante luz solar. Esa música admirable que hace vibrar el corazón en bailes y conciertos, en la tierra, en el aire y aun en los extensos mares. Esa inmensa cantidad de buques impelidos por agentes poderosos y ornamentados con dorados frisos en los canales y ríos. Esas ciudades flotantes que cruzan los mares con su marcha impasible y majestuosa, cual destinados a continuar festines de la tierra. Esos, en fin, mil veces variados y espléndidos vehículos en que el hombre es conducido. Y entre tantos objetos de la locomoción humana, así como entre tantas delicias de sus estáticos prodigios, sólo se encuentran rostros placenteros, como si celebrasen la prolongada y no interrumpida fiesta de la humanidad Providencial.

Niños, jóvenes, adultos y ancianos, todos, todos tienen la dulce sonrisa de la inocencia y de la felicidad. La inocencia de la humanidad no es ya la ignorancia; es sí la carencia del crimen, la carencia del dolor, la carencia del vicio.

Así también la felicidad es la posesión de la verdad en la continua fiesta del género humano, protegido por Dios y obedecido por la naturaleza.

¿Pero tantos prodigios, tantos goces, tantas complacencias a qué se deben? ¿A quién es indispensable reconocer la inalterable festividad de la humana especie? A ti, santa igualdad, sagrado dogma; de la Providencialidad del hombre fundamental precepto. A ti, principio único y fecundo de la personal bienaventuranza en el Planeta. Tú, igualdad divina, por quien suspiraba en los días de su abyección el humilde. Tú, a quien detestaba el soberbio. Tú, que has sido por tantos siglos combatida, tú eres a un tiempo la panacea de las sociales dolencias y germen fecundo de todos los humanos deleites. ¡Igualdad, igualdad dulce y sublime! Tú has enjugado los llantos del iracundo niño. La ira ya no se mezcla en sus festivos juegos. ¿Contra quién sería irascible quien sólo mira iguales? Tú has desterrado la presunción de los jóvenes. Tú has domado el orgullo de los adultos. Tú has hecho inútil la ambición de los hombres. Tú has nulificado la avaricia de los ancianos. Tú has quitado a los unos el desprecio por los otros, y a éstos la envidia por aquéllos. Por ti, divina igualdad, ya no hay antipatías, ya no hay odios, ya no hay crímenes, ya no hay venganzas, ya no hay vicios. El trabajo moderado de todos es el alivio de todos, y el placer y provecho de todos. ¿Quién está exento de trabajar? Únicamente el desgraciado, y la desgracia sólo es el remoto y raro caso de accidente inevitable. También está exento de trabajar el niño cuando sus fuerzas aún no lo permiten; pero antes que éstas se desarrollen para el trabajo corporal, su inteligencia se educa y desarrolla. Tampoco trabaja el anciano cuando las fuerzas comienzan a abandonarle; pero su inteligencia subsiste poderosa, y ella lo hace aún más útil e influente en la sociedad que por él reconocida trabaja. Así la propiedad es general. ¿Cómo puede haber cercados ni valladares cuando la igualdad se equilibra y sostiene en el trabajo, y cuando todos tienen igual derecho para sojuzgar y seducir a todos? Ni hay códigos, ni jueces, porque no hay criminales. La igualdad ha hecho imposible los grandes delitos. ¿Qué estímulo pudiera ninguno tener para cometerlos? Así es que los crímenes sólo son y se pueden considerar como resultados de la demencia, y los delincuentes son tratados como locos. Pero los locos son muy raros, porque la felicidad y la igualdad de los hombres evita los casos de alienación mental. ¡Costumbres puras, armonía admirable, tiempo de felicidad, de amor y de gloria! ¡Ya percibido de tu orden prodigioso los complicados resortes que obedecen suavemente a su feliz y fácil conjunto! Los hombres viven y se unen bajo el amor Providencial. Este mutuo y virtuoso amor es la gloria de la naturaleza humana. Libre de abusos y libre de desórdenes es el paladín de la libertad. Mas la libertad es apenas mencionada. ¿Cómo pudieran dejar de ser libres los hombres una vez establecida la absoluta igualdad como base universal de la especie humana? La locomoción y la telegrafía, facilitadas al extremo más absoluto, hacen que la tierra entera sea el vecindario de la ciudad común: el Planeta, ornamentado con las más deliciosas mansiones. Así pues, aun las antípodas son vecinos. Las mansiones son portátiles, pero rara vez se aprovecha su movilidad. ¿Quién querría mudar la residencia permanente cuando ama todo lo que le rodea, y lo que le rodea es el mundo? Esas mansiones se hallan situadas entre deliciosos jardines, y en sus brillantes y lujosas habitaciones se respira el salutífero y perfumado ambiente de las flores, las que ornamentan todos los climas y todas las estaciones, aunque en las grandes latitudes se encierran bajo magníficas bóvedas de cristal, en suntuosos invernáculos. Las mansiones, variadas al extremo en sus formas y detalles, tienen el genérico nombre de núcleos sociales. Los núcleos sociales, a imitación de los celestes, pueden tener los síntomas y organizaciones más complicados, sin que esto perjudique en lo más leve ni su armonía, ni la belleza y regularidad de sus movimientos, concordes todos con el movimiento universal y peregrino de la humanidad. La verdad fundamental en que descansa todo el hermoso sistema de la Providencialidad social es el anonadamiento de las individualidades para elevarse a su debida importancia la humanidad toda, representada por el trabajo de sus individuos. Así es que, considerada como un elemento armonioso, tiene en sí todas las individualidades que obran como las fuerzas vivientes del complicado aunque bello sistema del trabajo. El trabajo está subdividido en tantos géneros cuantos son necesarios para el completo desarrollo de las condiciones de producción, preparación y fabricación de los materiales que originan los diferentes objetos útiles a la humanidad. Los géneros o sistemas diversos del trabajo forman asociaciones vastísimas y éstas se subdividen en núcleos sociales, los que a su vez se subdividen en las individualidades, es decir, en los hombres dedicados a un mismo género o sistema de trabajo. Así es que las hermosas mansiones en que viven los individuos de cada núcleo social son las variadas y prodigiosas habitaciones que tengo indicadas, donde se hallan reunidos tantos individuos de una misma o análoga profesión cuantos son convenientes higiénicamente hablando. Pero como hay géneros de trabajo que requieren la armonía de complicadísimos sistemas para la producción, preparación y fabricación de los objetos útiles, hay núcleos diseminados en toda la superficie de la tierra, y aun a veces flotantes sobre los canales y mares, utilizados por personas que pertenecen a los diversos géneros de trabajo, empleadas en la concentración o distribución de los productos. De este modo se relacionan entre sí las labores pertenecientes a un núcleo, y los núcleos a sus respectivos sistemas, dividiéndose el trabajo cuanto conviene para utilizar del mejor modo posible los elementos de cada sistema. Necesariamente los individuos de un núcleo están garantizados socialmente en los casos de accidente, enfermedad o vejez. Del mismo modo los núcleos de un sistema están garantizados por éste en la satisfacción de todas las necesidades y comodidades de sus individuos. Mas los sistemas todos del trabajo están garantizados por la humanidad, la que equilibra las comodidades de todos los hombres, recompensándolos con igualdad de goces por la igualdad del tiempo que todos dedican al trabajo útil y productivo. ¡He aquí cómo la igualdad, cual verdad fundamental de la especie humana, encierra en sí todo el orden y armonía que ésta necesita para la felicidad! ¡Tiempos infelices en que los hombres trabajadores estaban sojuzgados y humillados por los ociosos y explotadores del trabajo: pasastéis ya para dejar en lugar del caos y del desorden de la desigualdad la poderosa armonía de la felicidad en la igualdad humana! ¡Gloria al trabajo, gloria a la ciencia, gloria a la Providencialidad, que han realizado el destino sublime de la humanidad sobre la tierra! Mas si el trabajo, la ciencia y la Providencialidad del hombre han conducido a la humanidad a la inmensa altura en que se halla de felicidad y de poder, sólo ha logrado estos sublimes prodigios simplificando sus sociedades, moralizando sus costumbres, dulcificando sus goces, y retornando a la simplicidad e igualdad primitiva con todas las conquistas que ha logrado del bien en la luenga serie de los siglos. ¿Pero diremos por esto que la igualdad absoluta de todos los hombres existe? ¿Y si existiera, en qué emplearían sus virtudes y Providencialidad? Los hombres, con el grado de perfección a que han llegado, tienen menos diferencias entre sí que en los tiempos pasados. La fuerza, la belleza y la inteligencia son ahora en ellos más semejantes; pero la igualdad absoluta es imposible en las organizaciones complicadas como la del hombre, y he aquí lo grandioso y sublime de la Providencialidad humana, que ha sabido equilibrar esas pequeñas diferencias con las virtudes recíprocas de los hombres. ¡Oh sí; yo veo esos dulces y benevolentes niños ansiar con todo el fervor del entusiasmo el sobresalir en sus estudios, no para humillar a los menos aptos sino para auxiliarlos en sus intelectuales tareas! También los miro lanzarse a los ejercicios gimnásticos, para poder un día ser útiles con sus físicos esfuerzos a sus semejantes. ¡Qué gloria, qué placer es para cualquiera de ellos el salvar de las profundas ondas al que accidental fatiga ha sumergido en el baño! Asimismo percibo esos hombres llenos de fuerza, de vigor y de inteligencia lanzarse a los trabajos más duros sin especial recompensa, por ceder a los menos fuertes otros trabajos más suaves y más al alcance de su poder relativo. Así es como en las profesiones hay el placer, mas no el honor ni el derecho de ejercer las más difíciles. Los niños al concluir sus estudios y elegir la profesión de su vida se presentan a examen en la festividad de Primavera y se les aplica a los diferentes trabajos según sus aptitudes, advirtiéndose a los más exaltados en la colocación social, que ésta no les quita el carácter de iguales, ni les da especiales derechos, sino más bien que siendo más aptos para ejercer la Providencialidad, ésta les sujeta a especiales deberes de protección y abnegación hacia sus semejantes. En la juventud, en la fiesta del estío, se previene a los jóvenes el deber de equilibrar los esfuerzos mutuos, ejerciendo desinteresada y desapercibidamente las virtudes necesarias para elevarse en la sociedad humana, sin hacer mérito de las ventajas individuales para una aspiración personal, porque ésta haría inmediatamente al que la tuviese inferior a los otros. En el otoño, en la fiesta de los adultos se presentan los proyectos de las mejoras físicas, mecánicas o científicas, que se hayan proyectado en los peculiares núcleos, y se consignan al examen general de los diversos sistemas del trabajo a que pertenecen, y que cuando son útiles sancionan su ejecución. Pero cuando esos proyectos son de utilidad universal, se presentan en el invierno, en la festividad de los ancianos, quienes deciden la ejecución de los trabajos en que se interesa toda la humanidad. En el otoño se leen, con gloriosa emoción de júbilo y respeto, los nombres de los adultos que han tocado la ancianidad, en que deben dejar el corporal trabajo y pasar al goce del retiro y de las ocupaciones intelectualmente directivas de la sociedad. Entonces es cuando el hombre sufre su segundo examen y es llamado el anciano a ejercer aquellas nobles ocupaciones a que lo consignan su aptitud y virtudes. En el invierno, en la fiesta de los ancianos, se leen con reverente respeto los nombres de los centenarios que se consignan a la apoteosis viviente. Ellos quedan exentos de todo deber, de todo trabajo, de toda liga socialmente individual. Su edad avanzada los consigna a las atenciones humanas, y sea cual fuere su decrepitud, ellos son mirados como seres divinos en quienes se representan los hechos Providenciales de sus floridos años. Así es como la parte directiva de la sociedad está encomendada a los proyectos de los jóvenes y adultos y a la sanción de los ancianos. La telegrafía hace fácil este método en la humanidad en masa. Despojado el hombre de sus facticias pasiones, no tiene ya reticencias, no tiene antipatías para ejecutar el bien. La policía es inútil cuando todos la ejercen sobre sí mismos. Las faltas graves son calificadas de locura, porque en el absoluto bienestar de la humanidad, sólo el loco puede ser criminal y así el delincuente es tratado como loco. Las faltas leves las castigan los núcleos mismos en sus asociados. Las tendencias hacia las pasiones tiránicas se castigan con el confinamiento solitario. El que ataca la sociedad se hace indigno de ella. Pero la tiranía es imposible, pues no hay autoridad recíproca, y la autoridad de los ancianos sólo es sancional de los proyectos y mejoras elevados por los jóvenes y adultos, discurridos por ellos mismos o inspirados por los ancianos. ¡Dulce, dulce y beatífico edén, mansión del orden y de la felicidad! ¡Yo extasío mi alma regocijada en tu contemplación! ¡Yo percibo el deleite de la bienaventuranza al meditarte! Y cuando vuelvo mis tristes y patéticas miradas a los calamitosos tiempos de la desigualdad, no puedo menos de preguntarme con ansiedad dolorosa: ¿cómo era posible que los hombres prefiriesen el aislamiento y debilidad de las roedoras pasiones facticias, a la pureza y felicidad de la igualdad natural en la asociación? ¡Salve, mil veces salve tú, humanidad gloriosa, que has sabido depurarte de todas tus deficiencias, y elevarte espléndida, sublime y Providencial en el maravilloso Planeta que habitas...! De este modo ha vuelto el hombre, según la significativa parábola, hacia la dulce mansión de su infancia: la cuna del género humano, y percibe la bendición de su Padre celestial en el logro dulce y beatífico de todas sus Providenciales empresas. Al retornar a la mansión paterna, la humanidad conduce sus portentosas riquezas consigo: ¡las riquezas de su virtud y ciencia! Pero además conduce también el mayor de sus tesoros, el inmenso bien con que el benevolente Creador ha querido facilitar su felicidad. ¡Hablo de ti, dulce y bello sexo, de la estirpe del hombre, mitad la más amable! ¡Hablo de ti, mujer maravillosa, que aún en los días de llanto, de pena y de infortunio, eras el prodigioso consuelo de la humanidad doliente! ¡Hablo de ti, tierno y encantador conjunto de las delicias más caras de la humanidad! ¡Hablo, sexo hermoso, de ti, y trémulo de emoción y respeto te saludo! ¡Mas, oh pobre pluma mía! ¡Oh palabras lánguidas que mi balbuciente labio tímido articula! ¡Y, oh tú mi triste pincel, cuyo débil colorido encuentro ahora tan opaco y deficiente! ¿Cómo podré servirme de vosotros cuando mi intuitiva mirada os encuentra tan inferiores para expresar las emociones de mi entusiasmado espíritu? ¡Pero tú, sexo grato, tú perdonarás mi modesta y reducida ofrenda; y ya que no puedo coronarte con guirnaldas sublimes de esplendentes flores, recibe al menos mi humilde ramillete en que lucen en primer término las tímidas violetas! ¡Oh mujeres prodigiosas, cuántos hechizos habéis reunido en el conjunto admirable que os constituye! ¡La hermosa, la portentosa hermosura es vuestra común realidad! ¡Forma y color y hechizos seductores son en vosotras ya las esplendentes galas con que la naturaleza pródiga os adorna! La salud y el vigor os dan la radiante belleza de la venus ática, y la virtud y el pudor os envuelven en el misterioso lino de la vestal velada. Cuando marcháis, parece deslizarse la aérea visión de transparentes y nítidos celajes, y cuando reposáis formáis los grupos de beatíficos encantos. ¡Cuánto, cuánto ha engrandecido vuestro dulce prestigio la reunión divina de vuestros hechizos naturales y de vuestras virtudes! Vosotras conocíais, aún en los tiempos de vuestra esclavitud y llanto, el maravilloso poder del virgíneo pudor; pero este caro bien de vuestras dulces almas os lo arrancaba el dueño opresor que tiránico os avasallaba. Mas ahora, si sois niñas, el pudor da el tinte de vuestras sonrosadas mejillas. Si sois jóvenes, el pudor os adorna con el divino velo de vuestras mismas gracias. Si sois núbiles, el celestial pudor aún permanece virgen; y en fin, aún en las gradas descendentes de vuestra dulce vida, es el pudor y el vigor de las virtudes el que os apoya con su invencible fuerza. ¡Tiempos ya pasados en que la mujer aislada y miserable tenía que vender sus gracias, contrastando y al fin despreciando el pudor con que la misma naturaleza la dotara cual de un poderoso y salvador instinto! ¡Tiempos de infamia y baldón para la mujer virtuosa, vosotros erais el mayor oprobio de la humana historia, y no se vuelven los ojos a vuestra despreciable crónica sin hallar los tristes y melancólicos siglos en que la sociedad era una plaga de dolencias infames, y la mujer un ser vendible y susceptible de convertirse en el conjunto más asqueroso de podredumbre y vicios! ¡Pasastéis, sí, oh tiempos de llanto y de ignominia para los seres débiles y abyectos, y de opresión y duelo para la mujer dulce y sensible! ¡La Providencialidad humana ha vindicado los derechos de la mujer, de ese ser Providencial por excelencia, y en su corazón suave y afectuoso ha elevado el trono de las más tiernas virtudes! La mujer se ha emancipado de su antigua debilidad y servidumbre. Ella es la consocia del núcleo en que nace, y desde la cuna tiene los mismos derechos que los infantes varones. Y en la vejez, cuando las gracias naturales se marchitan, la mujer ejerce aún la Providencialidad y el encanto de su sexo. ¡Dulce, dulce y delicioso es para el tierno infante el reposar su rizada cabeza en el seno de la cara abuela, y recoger los besos amorosos de la afectuosa centenaria que parece ya no vivir sino en el amor de sus admirables descendientes! ¡Oh sexo, oh sexo maravilloso que infundes interés en la cuna, amor en la juventud y respeto en la vejez; tú pareces reasumir todos los sentimientos dulces y caros del hombre, y éste te dirige sus ardientes y plácidas miradas también desde la cuna, en que antes que nadie tú recibes su primera sonrisa, hasta el lecho de muerte en que después que nadie cierras tú los párpados de sus apagados ojos! ¡Oh, cuán bien sentía el corazón del hombre las exigencias de sus nobles instintos! ¡Pudor y amor buscaba para rendirles el más profundo amor y respeto, y sin embargo, el vicio, el venenoso vicio sólo anhelaba el amor para ultrajarlo y el pudor para envilecerlo y destruirlo! ¡Y tú, triste y oprimida mujer de los pasados tiempos! ¡Cuántos dolores sufrías hasta hundirte en el vicio, y cuántos hacías sufrir una vez enviciada! ¡En ti sembraba el hombre una amarga semilla de oprobio y de miseria, y recogía a su vez la funesta y venenosa cosecha de sus crímenes, germinada en tu débil y corrompido seno! Mas ahora el pudor libre e independiente es el eterno paladín del sexo delicado, y el hombre ha reconocido al fin que sólo puede tener el deleite de la felicidad, ¡el deleite supremo en la tierra!, cuando el amor y el respeto obtienen los favores virtuosos del pudor y el amor inseparables de la esposa digna. Sí, el hombre ha hecho conquistas Providenciales de bien en todos los resortes de su felicidad. El amor sexual ya no es aquel frenesí de angustias y de celos que absorbía sus momentos y potencias. La ciencia ha sabido desarmar a sus apetitos de la continua y viciosa urgencia de otro tiempo, y ahora el placer se aduna a la razón para dar días de gloria al pudor y al amor, resplandecientes de libertad y de prudencia. En esos núcleos sociales, en esas mansiones deliciosas en que el hombre ha sabido formarse los dulces retretes del perennal edén que constituye este Planeta, los sexos diversos tienen habitaciones separadas. Mucho, mucho se cuida de conservar la inocencia de los niños y de no despertar los apetitos dañosos en la juventud. Las jóvenes permanecen en sus estudios y utilitarias labores hasta la edad en que el desarrollo de sus formas y fuerzas es completo. Entonces concurren como protagonistas en la deliciosa fiesta de las vírgenes, y ellas son presentadas en la sociedad que las aclama núbiles. ¡Oh fiesta prodigiosa; de amor y de deleite precursora férvida! Yo miro tus esplendentes espectáculos, y el éxtasis del placer dulce y honroso que se difunde en la humanidad entusiasmada. Los diversos núcleos de un mismo sistema de trabajo envían a su central agencia sus vírgenes núbiles y los jóvenes púberes que han obtenido con la edad y el premio de las virtudes el derecho de asistir a tan brillante festividad, la que dura tres días. En el primero las vírgenes presentan sus delicadas obras premiadas desde su infancia y en toda la época de su educación, y ejecutan varios ejercicios del provechoso saber que han aprendido. En el segundo día se dedican a manifestar y gozar sus habilidades en las artes liberales y bellas, y en la noche se ejercitan en el baile. ¡Baile de ninfas, sin que en él los hombres tomen parte! El tercer día es la fiesta religiosa de las vírgenes, y en ella la voz conmovida del decano del respectivo núcleo recita la historia Providencial de cada una de ellas. ¡Cuántas acciones admirables, cuánto amor filial, fraternal y humanitario; cuánta ternura y bondad revelan esas dulces historias de las tímidas doncellas! ¡Y cuánta sencillez en sus detalles de pureza y virtud irreprensibles! ¡Allí, allí se encuentra el verdadero interés de las almas virtuosas en los encantadores cuadros llenos de gracia y pureza en su relato! ¡Allí, vírgenes divinas, gozáis del premio de vuestras virtudes; allí eleváis el trono glorioso de la moral; allí santificáis el pudor, y allí despertáis el amor en los generosos y Providenciales corazones de los jóvenes concurrentes que os admiran! Vosotras presenciáis veladas esa lectura deliciosa, y cuando llegáis a adorar a Dios, dándole gracias porque os ha fortalecido en la bondad y la pureza, se humedecen vuestros ojos con las bellas lágrimas del religioso reconocimiento, y vuestras dulces y vibrantes voces entonan el himno grandioso y sublime de la Providencialidad virgínea! ¡Oh mundo, oh mundo convertido en paraíso, y ornamentado con las gracias y virtudes de los seres hermosos cuya festividad presencias; cuán nobles, cuán profundas, cuán virtuosas emociones dejas en los corazones de los jóvenes! Ellos toman sus tarjetas de marfil e inscriben sus nombres al calce de los nombres queridos que pretenden en consorcio, y los entregan ante la remuneradora junta de los ancianos. Éstos arreglan las peticiones, simplifican las que son múltiples, y dirigen a los pretendientes para que no se compliquen en sus solicitudes. Éstas, ya purificadas, se entregan en cajas maravillosamente trabajadas y cerradas a las deliciosas doncellas, las que no las abren sino hasta el nativo núcleo, y allí a sus solas resuelven acerca de su suerte a la vista del retrato, del sencillo relato de amor y de la sucinta aprobación social del que las solicita en matrimonio. Las vírgenes no declaran su elección sino hasta el estío en la fiesta de la juventud, y en ella se mira bailar a los felices jóvenes con sus dulces y recatadas prometidas, pero los matrimonios no se verifican sino hasta el otoño, en la esplendente fiesta de los adultos. ¿Cuántos tiempo dura el matrimonio? El de la voluntad... Lo mismo un día que un siglo, y así como el consentimiento de los contratantes sancionado por la junta directiva de los ancianos valida el acto de unión, así también las mismas circunstancias validan la separación. Mas tú mujer, tú por tu misma debilidad relativa, tienes por la naturaleza la facultad de aceptar y repeler, y aunque tu consorte no convenga en separarse de ti, basta que tú lo pretendas en la fiesta de los adultos, y tu matrimonio queda disuelto. Los matrimonios se pueden renovar en los divorciados, así como pueden verificarse con nuevos cónyuges. Lo mismo puede acontecer después de la viudez; pero esos esponsales son ya privados, y sólo son solemnes los de las vírgenes, en la fiesta del otoño. Al terminar esta magnífica festividad, después de la festividad religiosa se presenta por padrinos adultos el novio radiante de alegría a la tímida doncella, que lo acepta rodeada de sus venturosas amigas; y la nueva y gozosa pareja se despide para hacer un viaje de placer por el mundo. ¡Viaje delicioso! ¡Tú eres el encantador acaecimiento que forma un bouquet de perennales recuerdos en la historia venturosa de la vida! ¡Jamás se marchitan tus fragantes flores! ¡Jamás se opacan tus diamantinos reflejos! ¡Ellos endulzan todas las situaciones de la existencia, y ellos embellecen aún los márgenes de la eternidad en la vejez! Cuando los desposados vuelven al núcleo de su trabajo y residencia, los hombres toman las habitaciones de su sexo, y sólo a la mujer se da posesión de la alcoba nupcial. Ella es la dueña de ese retrete de castos deleites, y el afortunado esposo tiene que solicitar como un amante el ser recibido misteriosamente en sus felices muros. ¿Hay celos en esos matrimonios? No: ¿cómo podría causarlos quien es libre para romper los lazos que lo ligan? ¿Ni cómo podría el vicio corromper la lealtad fortalecida y defendida por todas las virtudes? Así pasan esos dulces consorcios en la plácida calma de la más venturosa Providencialidad; así se unen los corazones sin mancillar las costumbres, y así el pudor y el amor conducen a los desposados de deleite en deleite, hasta que la mano metamorfosista de la naturaleza reclama la materia a la vida corpórea, y deja libre el espíritu para que se dirija hacia la eternal felicidad.