Sizigias y Cuadraturas Lunares...

Por: Manuel Antonio de Rivas

Señor Bachiller: tiempo ha que se recibió en este globo de la Luna una carta anónima con data de 5 del mes epiphi del año de Nabonasar 2510. El terrícola que la escribe se titula el Atisvador de los movimientos lunares; lo que hace ver en su carta nuncupatoria, presentándonos las sizigias y cuadraturas lunares, con las neomenías judaicas modernas, nabonasáreas, áticas, egipcias, arábigas, pérsicas, dispensadas por el año común del Señor 1763. Ciertamente el Atisvador en su carta, a vuelta de uno u otro sarcasmo, que mañosamente, y como al descuido, deja caer; tira algunos bellos rasgos de erudición nada vulgar. ¿Creeréis, vos Señor Bachiller, que no se supo acá qué postillón aéreo condujo esta nuncupatoria, ni por qué plaza entró en este hemisferio? Pues es cosa que aún en el día se ignora.

Como el Atisbador se nos manifiesta uno de los pocos terrícolas menos desatentos, y más bien criados, pensamos darle alguna Seña de Reconocimiento al oficio con que nos honra, y del aprecio que hacemos de su mérito, candor y humanidad, compensando obsequio con obsequio. A este fin, de las diferentes regiones, en que se divide este orbe lunar, que vosotros en la selenografía llamáis el Platón, y es el País de las Quimeras, se juntaron los mejores computistas versados en la historia del globo terráqueo, para tratar del argumento. Registrando en la más rica biblioteca, que acá tenemos, todo género de noticias pertenecientes a las épocas memorables del orbe terrestre, después de muy pocos millares de años (porque de los siglos remotísimos, el catástrofe infeliz que han tenido nuestras memorias) (sic), abajo daré un corto apuntamiento, y será el mismo que vosotros debéis saber, pues consta en vuestra mitología (Ovidio lib 72 Metamorphosis). Nuestros historiadores y cronólogos desde luego pronunciaron que todas las sizigias, cuadraturas y neomenías escritas a la frente de la carta nuncupatoria, se ajustan puntualmente a las raíces o fuentes de donde se derivan; de modo que, si estuvieran en uso, nada hubiera que enmendar o corregir. Pero en cuanto a las arábigas o mahometanas, que están corrientes, muchos sintieron que ha sido ímprobo el trabajo del Atisvador. Porque, decían ellos, ¿qué pluma seria puede emplearse en unos epitogismos cuya raíz, y caracteres acuerdan a los cristianos la religión de una canalla brutal, que profesa una secta del todo opuesta a las reglas suaves del Evangelio? Este sagrado volumen pone en camino al Espíritu para unirse a su creador; el Alcorán suelta la rienda al apetito sensual, para hundirlo en las hediondeces de la carne. Por el contrario, algunos no dudaron mantener que la noticia de los años arábigos y la distribución de sus neomenías, no debía[n] ser enojosas a los amantes de las ciencias; y que en esta consideracion se tuviera respecto a los años de la época héjira, y de la primera neomenía Muharran. Esto, Señor Bachiller, es juzgar con equidad.

El mismo castigo, a poco más o menos, sufrió el año judaico y sus neomenías; conviniendo todos que esta casta de gente era la más tonta y estúpida del mundo, pues aún espera la venida del Mesías prometido, como los otros la vuelta del Rey Don Sebastián a Portugal. No obstante, me ordenaron que anotase el año judaico corriente y la primera neomenía tisri; y que, por lo demás, podían los judíos modernos entenderse allá con algunos terrícolas sobre si la ley antigua fue intimada a sus mayores, no como un estado de justicia y salud, sino, más bien, de pecado y de muerte, y si la sinagoga no era otra cosa que una colección de hombres carnales, sólo atentos a las cosas terrenas y que por ellas adoraba a un solo Dios verdadero.

Viniendo ahora al fin desgraciado que tuvieron nuestros antiguos monumentos, bien sabéis, señor Bachiller, que un padre inconsiderado fió el gobierno de los caballos del sol a un hijo joven, arrogante, desvanecido, con sola la vana precaución de un medio tutissimus ibis, el cual, cuando por las vastísimas provincias del Éter, incendió todos los planetas y nuestro orbe, reduciendo a polvo todo cuanto encontró en su superficie, salvándose algunos pocos anctítonas en la profundidad de las cavernas. Como nuestras memorias estaban grabadas en láminas de plata, que es el papel de que aún hoy usamos, no pudieron resistir a la actividad de un fuego voracísimo. En fin, el desvanecido Faetón pagó su loca temeridad cayendo de cabeza en el Pó, otras veces, Eridiano. Tan cierto es que el fausto, la pompa, el valimento y otros cualesquiera halagos de la fortuna -en los palacios regia solis erat-, si no se ajustan a las inspiraciones de la moderación y de la prudencia, llevan insensiblemente al precipicio. En este incendio memorable fijamos nuestra época, según la cual este presente año es el de 7,914,522 del incendio lunar. No os debe hacer novedad este número de cifras, siendo constante en vuestras relaciones (padre Joan Baptista Du Halde, Cartas edificantes) que los más de los cronólogos del dilatado Imperio de la China, el año de Cristo contaban 88,639,860 años de la creación del mundo. También puede seros importante saber que nuestro año lunar consta de 437 días, distribuidos por 12 meses, los cuales son Hidrón, Schtyhón, Crión, Taurón, Dydimón, Kaakinón, Leontón, Pardienón, Zigón, Scorpión, Toxón, Ogón.

Estando para disolverse el Congreso, a que yo asistí, como secretario y computista, vimos como a distancia de dos millas y media (¡quién lo pensara!), un carro o vajel volante, instruido de dos alas y un timón, puesto donde debe estar, que venía rompiendo nuestra atmósfera con una celebridad increíble. Al principio pensamos que todo era ilusión, pues no hay memoria ni tradición de haberse visto jamás en nuestro orbe hombre alguno en cuerpo y alma. Salimos a conducirle a nuestro Ateneo y, después de haber hecho el arráez una profunda reverencia, dio cuenta muy por menor de su viaje y destino -del que nosotros solo podremos hacer un extracto muy diminuto-, y él, allá de vuelta, podrá explayarse cuanto pueda y quiera. Monsieures, dijo, yo me llamo Onésimo Dutalón: nací en un pequeño lugar del Bayliage dÉtampe, en la Francia; hice mis primeros estudios en mi patria, mas viendo que la filosofía de la escuela era inútil, y que no podía hacer docto chico ni grande, pasé a París, en donde me entregué, con aplicación infatigable, al estudio de la física experimental, que es la verdadera; y, con esta ocasión, después de una meditación pausada en las obras de aquel espíritu de primer orden del suelo británico, el incomparable Isaac Newton, me hice dueño de los más profundos arcanos de la geometría. Vuelto a mi patria, cultivé la comunicación y amistad de un eclesiástico, llamado monsieur Desforges, hombre que sabe apreciar el mérito de los sabios sin respecto a facultades, autoridad ni poder. Como nuestra amistad se iba estrechando cada día, quise darle una prueba de confianza comunicándole el empeño en que estaba de fabricar una máquina volante, la cual es la que veis. Después de una infinita repugnancia, instruí a monsieur Desforges, porque así lo pedía, en todas las reglas que podían dirigir la práctica del secreto comunicado. Yo no podré decíros, monsieures, en que paró la instrucción. Por lo que a mí toca, previniendo que al vérseme discurrir por el aire se encendería una hoguera para ser quemado públicamente en la plaza como mágico, tuve por conveniente, para hacer algunos ensayos antes de remontarme a las esferas, salvarme en una de las Islas Calaminas en la Libia, flotantes o nadantes en la superficie del agua, de que hacen mención Plinio lib. 2, cap. 95, y Séneca lib. 3, cap. 25. Retirado, pues, a una de estas islas, hice el primer ensayo lustrando toda la África. En el segundo, picado de una curiosidad geográfica, quise examinar por mí mismo si había alguna comunicación por la parte del Norte entre nuestro continente y el americano, y hallé que los dividía un euripo del mar glacial. En el tercero, levantando un poco más el vuelo, hice asiento en la eminencia de los dos montes más altos de la Tierra: el de Tenerife, en una de las Canarias, y el de Pichincha, en el Perú. En la cumbre de este último cerro tuve el gusto de experimentar que el agua regia o fuente, libre de la gravitación y presión del aire, no disolvía el oro, poco ni mucho; como también, por esta misma causa, no tenían gusto alguno sensible los cuerpos picantes, y mordaces, como la pimienta, la sal, el azíbar, etcétera. Sobre la elasticidad, o resorte del aire, también hice algunos experimentos, que ahora no importa referir. Después de dos meses y medio, volví a la isla flotante de mi residencia y, mirándome en una disposición ventajosa para emprender un viaje literario a este planeta, me embarqué en mi carro volante, encomendándome a mi buena o mala suerte, hallándose la Luna dicótoma respecto de quien la observa desde la Tierra, de cuyo centro distaba, segun su paralaje, 59 semidiámetros terrestres. Como yo en mi viaje no me apartaba del plano de la equinoccial, corridas 273 leguas de atmósfera, tuve la curiosidad de arrojar al fluido, que navegaba una cuartilla de papel de China, y observé, con grande admiración mía, que el papel seguía hacia el Oriente la rotación que llevaba la atmósfera con el globo terráqueo. Antes de salir de esta región, hacía un frío incomparablemente más intenso que el que sentí en la Estotilandia en mi segundo ensayo, sobre [lo] que hice una reflexión digna de la atención pública en oportunidad favorable, para esforzar la opinión de cierto filósofo moderno, en orden a la causa del frío en sitios elevadísimos sobre el nivel del mar. Tenía yo andados bien seguramente 25 mil leguas, cuando tuve bastante que reír, acordándome del turbillón terrestre de monsieur Descartes, quien, por un rapto de imaginación extravagante, hace dar vuelta a la Luna alrededor de la Tierra en fuerza de su turbillón, de lo que no encontré el menor vestigio. Y para asegurarme más bien, tiré al fluido una pipa llena de agua del río Letheo, que perseveró inmóvil en aquel éter purísimo. Y también vine en pensar que si allí se construyese una torre cien mil veces más alta que la de Babel, se mantuviera eternamente sin vaivén, sin movimiento, sin desunión de sus partes, ni inclinación o propensión a centro alguno.

Yo (digo la verdad) en medio de aquella materia celeste no sentí frío ni calor, aun herido de los rayos directos del Sol, que congregué en el foco de un exquisito espejo cáustico, y no inflamaron ni licuaron varias materias puestas a conveniente distancia, sin duda por falta del aire heterogéneo; de que concluí que la catóptrica, con sus demostraciones, no tiene qué hacer en aquel éter sutilísimo y homogéneo.

En fin, monsieures, dijo el maquinario Dutalon, después de los auxilios precautorios que tomé para el uso de la inspiración y respiración en un espacio en donde no puede haberle por su raridad y improporción, no tenéis por qué preguntarme, cuando me veis, que sin pérdida de la vida he arribado felizmente a este orbe. Yo os certifico que cualquiera terrícola durmiendo puede hacer el mismo viaje con la misma felicidad. Yo he continuado observando y filosofando, y, después de todo, me hallo con la satisfacción de haberme desecho de una infinidad de preocupaciones, habiendo registrado las claras fuentes en que deben beberse las noticias experimentales; que es lo que aconseja Marcial en el Epigrama 102 del Libro 9.

Multum, crede mihi, refert a fonte bibatur

qui [sic] fluit, an pigro, qui [sic] stupet unda lacu.

Aquí iba a hablar el Presidente del Ateneo, cuando distrajo nuestra atención una tropa de ministros infernales, que entrándose [sic] en la Asamblea. El jefe, que era de muy mala catadura, sin hacer cortesía, se explicó de este modo: Nosotros, de orden de nuestro Príncipe, vamos muy lejos de aquí, cuanto de aquí dista el globo solar; conducimos la alma de un materialista que en el punto de la separación del cuerpo fue arrastrada a la puerta del infierno, en donde no quiso recibirle Luzbel, diciendo que estaba informado por sus esbirros, que rodean toda la Tierra, que es un espíritu inquieto, turbulento, enemigo de la sociedad racional, y de la espiritualidad del alma; que, en su opinión, la madre que le parió no era de mejor condición que el zorro, el puerco espín, el escarabajo y otro cualquiera vil insecto de la tierra, cuya alma muere con el cuerpo; que no quería aumentar el desorden, la confusión y el horror que eternamente habita en su república, tal cual ella es, con el establecimiento de un impío. Y que luego luego, escoltado por un destacamento de cuatrocientos demonios, fuese llevado a aquel gran pyrofilacio, el Sol. ¿Al Sol?, dijo el Presidente del Ateneo, ¿en donde el Altísimo colocó (Psalm. 18) su trono y pabellón? Sí, monsieur, al Sol, repuso Dutalón: porque en el Sol colocó el infierno un anglicano, natural de Londres, llamado Sevidín, que en una disertación, con los dos versículos 8 y 9 del capítulo 16 del Apocalipsis, pretende persuadir que el lugar de los condenados está en medio del Sol, en donde el Demonio fijó su trono (Actas de los eruditos al mes de marzo, 1745), y que ésta es la razón porque tantas naciones en el orbe terráqueo hayan adorado al Sol como Dios.

Según creo, dijo el Presidente del Ateneo, que el fatuo Suvidín también pudo con el mismo derecho haber colocado el infierno en este orbe lunar; pues es constante en nuestras memorias que la Luna ha tenido en la Tierra sus adoradores. Por ventura, monsieur Dutalón, prosiguió el Presidente, ¿hay todavía por allá altares consagrados a nuestro culto? Yo no sé, respondio monsieur Dutalón, que se haya renovado las víctimas y holocaustos de aquellos remotos siglos, después del hecatombe que ofreció el fundador de la escuela itálica, Pitágoras, en Crotón, noble población al fondo del seno torrentino en la Calabria, provincia del Procurrente de Italia, en acción de gracias por haber hallado la proposición 47 del libro 1o. de Euclides con que enriqueció las matemáticas. Y vos, materialista, dijo el Presidente, encarando hacia él, ¿havéis estado en el Chirsoniso de Yucatán y tratado o conocido por ventura allí de un Atisbador de movimientos lunares? Yo Señor, respondió el materialista, he paseado todo aquel país y conocido un sinnúmero de atisbadores de vidas ajenas, pero de movimientos lunares sólo he oído hablar de un almanaquista que ocupa el tiempo en esas bagatelas, pudiendo emplearlo más útilmente en formalidades forenses, como: dar traslado a la parte; en vista de autos; escrito de bien probado; acusar la rebeldía; girar los autos, que es ciencia de notarios y se hizo ya de la moda; a que pudiera añadir el leve trabajo de registrar índices de libros de consultas, en romance o en latín, tan claro como el canon de la misa, para hacerse espectable en el vulgo por este camino, ya que no puede por otro. También oí decir que el almanaquista mantiene comunicación epistolar con el Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, residente en el pueblo de Mama, hombre de un juicio sólido, muy práctico en los primores de la música moderna y en el manejo del canon trigonométrico; de quien podréis informaros en cuanto deseáis saber. Dicho esto, le arrebataron los demonios, siguiendo su derrota a aquel océano de fuego.

Ido el destacamento infernal, monsieur Dutalón pidió, con un modo muy obligante, se le diera una instrucción para correr todo este hemisferio y su opuesto, y notar lo más excelente que encontrare en el orbe lunar.El Presidente del Ateneo compendió el itinerario en pocas palabras, diciéndole: monsieur, nosotros sabemos, por repetidas observaciones, que el diámetro verdadero de la Luna con el de la Tierra guarda la proporción de 33 con 121, con la diferencia de una fracción minutísima, y a este respecto es importante dividir el viaje que vais a hacer en 3 distancias, siguiendo el vertical, que pasa por el sudoeste. La primera distancia es de 132 leguas y termina en un monte de plata, que puede observarse muy bien desde la Tierra con el subsidio de la dióptrica, y aún medirse geométricamente, pues se levanta sobre el plano horizontal 296 exápedas, que hacen 2066 pies de Castilla con corta diferencia. La segunda distancia en el País de los Sordos y termina en un puente magnífico, de una estructura acabada, llamado el Puente de los Asnos, cuyo número de arcos es tal que, restado de 188 y del mismo número de arcos restando 48, los residuos o restas son como 12 con 8= 2,256 12 V 8 V 386.

Hecha la análisis conveniente, habréis pasado el puente con el gusto de saber cuántos arcos tiene el Puente de los Asnos. En la tercera distancia, cuya mayor parte ocupan los Campos Elíseos, tan famosos en la teología gentílica, se descubre una ciudad donde reside el Cherif, con todas sus casas, calles, plazas, etcétera, de plata; ni más ni menos que la ciudad que os descrive Mayoli (Sobre la fee de otro) en el coloquio 23 del libro 1; situada cerca de Bazzaín, navegando de Ormuz a Goa, en la India Oriental; toda la ciudad, de una peña cortada y excavada; con esto, monsieur, dijo el Presidente, pienso haber satisfecho a vuestro deseo. De modo que el cuadrado de la primera distancia, 132 leguas, juntamente con los dos cuadrados de la segunda y tercera distancia expresadas, suman 1,585,584. Bien sabéis, monsieur, que el cuadrado de un número es el producto del número multiplicado por sí mismo.

1a. .... ...............132 V + 2.

2a. .... ..17424.12 _ V2 + 1,585,584.

Conque, descifrada esta algarabía algebraica que os presento, vendréis a saber cuántas leguas tiene la segunda distancia, cuántas la tercera. Monsieur Dutalón se entró en su carro volante, tomando el rumbo del sudoeste y, dado el buen viaje, nos mantuvimos en el Ateneo hasta su vuelta.

Entre tanto, nosotros tomamos la gustosa diversión de colocar la ciudad de Mérida de Yucatán debajo del meridiano inmóvil de un globo geográfico, que aquí dejó monsieur Dutalón, y hallamos que su latitud septentrional es 20 grados 20 minutos, lo mismo que teníamos observado, como también su situación a la mitad del tercer clima, cuyo día máximo del año debe ser de 13 horas, 15 minutos. Y como desde aquí vemos que gira la Tierra de Poniente a Levante sobre su propio eje, a proporción del movimiento de la equinoccial terrestre le corresponde a esta península, según su paralelo, cuatro leguas españolas en un minuto de tiempo. Verdaderamente es un milagro continuado de la Omnipotencia que todos sus habitadores no sean lanzados por esos aires con un movimiento muchísimo más impetuoso que el que a la piedra da la honda pastoril por la tangente de su círculo.En esta consideración debéis padecer vértigo o desvanecimiento de cabeza permanente, que impida las funciones y reflexiones de una alma racional, dándoos, como gente sin un adarme de seso, a todo género de profanidades, al lujo, a la farándula, al dolo, a la perfidia, a la alevosía, a la simulación profunda, a la codicia sórdida, a la ambición violenta, hasta pisar descaradamente lo sagrado; una adulación fastidiosa, hasta el abatimiento; una calumnia detestable, hasta el más alto grado de malicia; una discordia perpetua entre la lengua y el corazón; una sensualidad más que brutal, que sólo con la muerte acaba; una mendacidad por herencia, una volubilidad o inconstancia por temperamento, y otras torpezas indignas de la naturaleza racional, que pueden llenar de borrones más papel que conduce una flota al Puerto de la Vera Cruz.

De intento hemos formado este panegírico, o llámese invectiva, si así lo queréis, en despique de los chistes que nos comunica el Atisbador en su carta del 5 del mes epiphi, en que dice que los pocos terrícolas que allá están por nuestra existencia dicen que sí, que somos gente, pero, ¿qué gente? Una gente sin palabra, sin vergüenza, sin seso, unos tramposos, inconstantes, lunáticos. ¡¡Miren quienes hablan!!

Vuelto monsieur Dutalón de su viaje, en que gastó cerca de cuatro meses celestes, nos manifestó el placer de que estaba penetrado de haber corrido todo nuestro orbe lunar. Monsieures, dijo, en todo el Universo no puede darse lugar más cómodo, más ameno, ni más delicioso para habitación de vivientes que adoren y alaben al Criador. Yo apuesto que si hubiera discurrido por todas estas regiones cualquiera de los que condenan como absurda la opinión de colocar en la Luna el Paraíso, de donde fue empujado el buen Padre Adán por dar gusto a una muger (¡ojalá no se hubiera derribado a su posteridad esta fácil condescendencia!) acaso moderara su sentir. ¡Qué maravillas y bellezas de naturaleza, que aquí pasan por ordinarias y no pueden contemplarse sin estupor y asombro! ¡Qué gobierno tan dulce y acomodado a la temperie de los anctítonas! Ciertamente, allá nuestro globo terráqueo, por su constitución ha menester distinción de clases, en donde la suerte de los que gobiernan es la más infeliz; porque si el superior gobierna mal, a todos desagrada; si gobierna bien, a pocos podrá agradar, siendo muy pocos los amantes de la justicia y equidad. En fin, monsieures, ya se acerca el tiempo de subir al globo de donde vine y retirarme a mi amada isla flotante, a trazar la obra que os dije, de que a otro viaje prometo daros un ejemplar que podréis añadir a vuestros registros, o memorias.

El Presidente del Ateneo suplicó a monsieur Dutalón se sirviera pasar por la Península de Yucatán, y poner en mano propia del Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, residente en el pueblo de Mama, este escrito, que será bien recibido por estar grabado en láminas de plata. Y monsieur Dutalón respondió que todo ejecutaría con buena voluntad; y añadió que, a otro viaje, se vería con el Bachiller Echeverría, de quien recibirá órdenes para el globo de la Luna; porque quedamos muy obligados.

Y a mí, el presente Secretario, mandó el Presidente del Ateneo Lunar, diera fe de todo lo dicho y obrado y lo firmara de mi nombre, lo que hago hoy 7 del mes Dydimón, de nuestro año del incendio lunar, 7,914,522.

Señor Bachiller

Por mandado del Presidente del Ateneo Lunar.

Remeltoín Secretario

Nota: el título original del manuscrito es "Sizigias, y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna, y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha Ciudad, y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la Península de Yucatán, para el año del Señor de 1775".