Jack

Por: José Luis Zárate

Hay seres que, a pesar de tener una existencia real, documentadamente precisa (como, por ejemplo, Vlad Tepes el Empalador, figura histórica en la cual se basa el Drácula de Stoker) dan la impresión de haber sido inventados.

No es pues, extraño, que personajes reales, como Jack circulen en la literatura fantástica. En la prestigiosa antología Visiones Peligrosas compilada por Harlan Ellison no hay uno, sino dos cuentos que combinan al asesino de Whitechapel y a la ciencia ficción; sin mencionar a Sinceramente suyo, Jack El Destripador de Robert Bloch que nos habla de un asesino inmortal, incluso el capitán Kirk tuvo que destruir a uno de los avatares del asesino; también, en el terreno de la ficción, se le han enfrentado H.G. Wells, Sherlock Holmes, el conde de Transilvania, incluso un Batman victoriano. Sin negar la belleza oscura de algunos de estos homenajes al criminal, no hay nada tan terrible como la verdadera historia.

El asesino psicótico, figura importantísima en la literatura de horror, posee dos características que hacen su sombra más ominosa: Nadie conoce su forma y nunca es posible saber cuando aparecerá.

Es una sombra afilada.

Quienes lo representan son sus víctimas, los rastros sanguinolentos que deja tras de sí. A veces los despojos son terriblemente convincentes, los más extraños y entusiastas representantes que puedan imaginarse, forjadores de pesadillas. Los cadáveres de Jack fueron más lejos: tejieron una leyenda.

Jack El Destripador no fue muy prolífico en cuanto a muertes, apenas cinco entre agosto y noviembre de 1888. Más que cantidad prefirió calidad. Un detallista que optaba por una minuciosidad artesanal, en vez de la mera producción en serie. Tenía un sentido estético visceral: nada le gustaba más que decorar el escenario del crimen con los órganos internos de sus víctimas.

Los medios de comunicación del siglo pasado no sabían qué opinar de ese hombre, todos estaban de acuerdo que era un monstruo, pero era difícil definir la personalidad de alguien capaz de abrir un vientre de tajo y hurtar un feto, y adornar con cuidado una ventana usando las entrañas. ¿De que forma imaginar su rostro, cómo describir su atroz simetría? ¿Describirlo como un loco homicida, brutal, babeante mientras descargaba el cuchillo una y otra vez, desgarrando, destrozando, destruyendo; o como un hombre pálido y nervioso dividiendo, abriendo, cortando decidida y eficazmente mientras buscaba el hecho estético suficiente para aterrorizar a quienes vieran su obra?

Los evidentes elementos teatrales que tanto atrajeron al asesino de Whitechapel lo hicieron darse a si mismo el nombre de Jack El Destripador. También mandó cartas a los hombres encargados de cazarlo y escribió poemas detestables:

Six little whores, glad to be alive
One sidles up to Jack, then there are five
Four and whore rhuime aright, so do three and me
Ill set the town alight, ere there are two

(Seis pequeñas prostitutas, contentas de vivir/una topa con Jack y solo quedan cinco/cuatro y prostituta riman muy bien, lo mismo que tres y yo/ Incendiaré la ciudad y sólo quedarán dos).

Se duda de la autenticidad de las cartas, "¡Le escribo desde el infierno, señor Lusk!, pero el nombre de Jack The Ripper esta qué ni mandado a hacer. La silueta más oscura entre la opresiva niebla del Londres Victoriano. Un sueño obsesivo que millones compartieron.

¿Disfrutó el asesino con el miedo que creaba? Eran tiempos anteriores al conocimiento de Freud y a los demonios interiores del subconsciente. ¿Se imaginó alguien a un hombrecillo que atisbaba la oscuridad desde su casa, temeroso de abandonar su refugio de luz y calor para adentrarse en las negras calles donde podía reinar el mal con total impunidad, un hombre gris leyendo con miedo y con cierto retorcido deleite que no puede comprender, las crónicas de los brutales asesinatos, alguien que parece carecer de las fuerzas suficientes para hacer frente a los hechos del día; y sin embargo, dentro de su mente, detrás de objetos nimios están escondidos los instrumentos de trabajo de un asesino, los resortes secretos que lo hicieron emprender su sangrienta cruzada, las razones del porqué Jack era Jack? ¿Se imaginó alguien a la bestia temerosa de la sombra que era él mismo?

Tal vez Jack no sea una mala figura emblemática para el Londres de 1888. Después de todo, esos hechos sangrientos ocurrían en la capital de uno de los imperios más poderosos de su época. Tal vez, como el hipotético Jack que ignoraba su personalidad, la sociedad victoriana miraba a su monstruo con idéntico temor, ignorando que ella lo había creado, que su alimento era su sistema social. Que había surgido en esa época y lugar porque, precisamente, era producto de esa época y lugar.

Era, como lo es siempre, como lo es ahora, el tiempo de los asesinos.

Hollywood le dio por representar a Jack El Destripador como un hermano menor del Fantasma de la Opera, vestido con capa, chistera, un buen traje y llevando siempre sus instrumentos de trabajo en un maletín de cuero: elegancia y previsión en uno.

En 1888 la figura de Jack era múltiple, tan diversa como las conjeturas que se hacían a su alrededor: era el asesino del Mandil de Cuero, el medico desastroso, el embrutecido marinero, la siniestra comadrona...

Jack era escurridizo, nadie podía atraparlo, no había señales de él después de cometer sus crímenes. Una teoría afirmaba que era un Hombre Invisible. Es decir, alguien que no desentonaba en absoluto con el ambiente del lugar, o de quien nadie tendría sospechas: un cura, un policía, una prostituta.

También se decía que podía ser alguien que era más conveniente no ver: un hombre poderoso, un criminal notorio, un miembro de la realeza.

Prácticamente cualquiera podía ser Jack El Destripador. Tal vez el vecino de enfrente, el pariente lejano, los hombres que discutían en la calle, esa mujer extraña que no se fijaba en nadie.

Cualquiera que luciera diferente podía ser el asesino.

Los extranjeros eran vigilados estrechamente, bajo sospecha todo aquel que tenía un punto de vista distinto al establecido.

Lo diferente, se decía la sociedad victoriana, debe ser malo. Pero era tan difícil vivir en lo que se consideraba la norma, que ser diferente era lo normal.

La zona de podredumbre que era Whitechapel, el escenario que había escogido Jack para su extraña obra, representaba las contradicciones del Imperio, como lo hace todo barrio pobre, ciudad perdida o favela. Terminar con esas diferencias atacándolas de raíz, era atacar las bases del imperio inglés. Se decían, con la seguridad del avestruz, que todo estaba bien, a excepción del asesino nocturno. Una de las más conocidas estrellas de la Nota Roja: el criminal por excelencia.

Ante la aparente imposibilidad de deducir su nombre o su rostro era, pues, imprescindible atraparlo con las manos en el hígado de su víctima.

La escena que todos esperaban como un digno y melodramático final del terror era el de los cazadores llegando a un callejón oscuro y ahí, un hombre agazapado como un araña, levantaba la vista, sorprendido, mientras que sus manos empapadas de sangre humeaban en el frío anterior a la madrugada.

Por esa imagen la jauría humana se lanzó tras la presa, con lo cual facilitó enormemente el trabajo del asesino. Quienes espiaban detrás de las ventanas al acecho de la sombra, se encontraban con una multitud de siluetas circulando a todas horas. ¿Ese que iba allá era un ciudadano dispuesto a tomar la justicia por sus propias manos o el criminal reconociendo el terreno?

La forma, aparentemente más sencilla para evitar un encuentro con Jack era quedarse en casa. Pero las mujeres de Whitechapel no podían permitirse el lujo de la seguridad. Debían vender su sexo para sobrevivir. Habría quien deseara ese cuerpo. Y lo había: en pedacitos e inmóvil.

Las mujeres salían a las calles musitando una pequeña oración: no me puede suceder a mí.

Londres era, en ese entonces, la ciudad más grande del mundo, su enorme tamaño brindaba una especie de seguridad estadística: con tantas posibles víctimas ¿era lógico esperar el encuentro con el monstruo?

Sólo a cinco mujeres les fallaron los números. El mismo golpe de suerte necesario para sacarse la lotería las ayudó a encontrarse con Jack.

Al mirar el rostro que todo el mundo buscaba, tal vez no lo reconocieron de inmediato, o no creyeron que era la bestia, pero el escalpelo, el bisturí, aquel cuchillo preciso de Jack hizo las presentaciones necesarias.

Un misterio mayor que la identidad de Jack El Destripador es lo que ocurrió entre las víctimas y el carnicero en esos pocos instantes del encuentro.

Las cinco mujeres que conocieron la cara de Jack fueron: Polly Nicholls, muerta el 13 de agosto de 1888, Annie Chapman el 8 de septiembre, Catherine Eddowes y Elizabeth Berner muertas el 30 de septiembre a pocas calles de distancia una de la otra, y finalmente Mary Jane Kelly, el 8 de noviembre. Los expertos aseguran que esas fueron las únicas víctimas de Jack El Destripador, el brazo arrancado que se encontró en el Támesis por esas fechas debió ser obra a otro asesino, la muerte de Martha Tabram por 39 puñaladas un hecho cotidiano. Después de todo, Jack no era la única bestia suelta en el Londres de 1888. Era una ciudad grande. Había lugar para todos. Las cinco mujeres murieron de la misma forma: Jack les tapó la boca brutalmente con una mano mientras les cortaba el cuello con la otra.

Encuentros efímeros, barcos cruzándose en la niebla. ¿Cual el dolor mayor: la feroz presión de los dedos del asesino sobre el rostro, o el súbito tirón del degüello? Se sabía que Mary Kelly vivía aterrorizada temiendo un encuentro con Jack. ¿Qué pensó en esos minutos? ¿Qué puede uno pensar en los fugaces instantes del crimen? Un instante del cual nadie está a salvo. El encuentro con una muerte sin sentido ni piedad, una noche cualquiera que puede transformarse en la última. El encuentro incomprensiblemente íntimo con el asesino, es una pesadilla recurrente en nuestra sociedad actual.

Después de todo, el gran atractivo de las ciudades son las posibilidades que encierra.

Siempre puede uno conocer a gente interesante.

Jack trabajó siempre de noche, fue visto por mil gentes pero nadie imaginó que él era el criminal. Invisible. ¿Abordó a las prostitutas que iba a matar con cortesía, o con la indiferencia propia del que hace uso continuo de ellas? Tal vez se fingió un borracho inofensivo buscando unos instantes de calor humano. ¿Cómo saberlo? Lo único cierto es que Jack apartó a sus víctimas del río de gente, de la realidad, y las sumergió con él en el mito.

Al matarlas les brindó la inmortalidad. Tal vez no lo ignoraba.

¿Qué palabras usó? ¿les habló siquiera? ¿Hubo una presentación formal? De ser cierto que escribió las cartas dirigidas a la policía, entonces Jack debió ser un hombre que adoraba lo teatral, el melodrama. ¿Qué público más atento que sus víctimas? Nunca debió esperar aplausos ni crítica alguna. Era una obra de un acto, irrepetible. ¿Cuando tiempo se tarda en morir? ¿qué frases, que oración puede susurrar el asesino en esos instantes?

Las mutilaciones vinieron después.

¿Para quién trabajó Jack en esos momentos? ¿quien o qué lo motivaba a seguir con su sangrienta labor, trazando surcos en la carne, acariciando vísceras secretas, descubriendo órganos ocultos: el amor hacia el cuerpo destrozado, su propio mensaje secreto, la búsqueda de sus desconocidas necesidades? ¿Se sintió Jack solo en esos segundos, o el cuerpo tibio era una compañía largamente esperada? ¿O tal vez el cadáver a sus pies no era más que un instrumento, materia prima y su trabajo fue realizado para que lo admiraran los cazadores? ¿qué es peor: el amor o la indiferencia hacia los cuerpos? Tal vez de saber el nombre de Jack El Destripador fuera sencillo adivinar sus motivaciones. O tal vez no. ¿Quien podría saberlo?

Lo cierto es que a nuestra civilización el misterio de Jack le resulta intensamente atractivo. Miles de gentes, a través de los años, se han esforzado por dotarlo de un rostro, de una voz, por descifrar el mensaje oculto detrás de sus crímenes.

Seguimos buscado esas líneas dichas en una callejuela oscura, una noche de 1888 a una mujer trágicamente condenada.

Jack nos llama desde esas sombras y nosotros acudimos a su llamado.

Como Jack El Destripador no era nadie, se transformó en todos.

Jack era el Londres nocturno, las calles malolientes, la seguridad lejana. Jack: la necesidad de salir a las calles aunque no se quisiera, el miedo atenazando a los que se sumergían en la noche en busca de alimento. Jack: la niebla, y los pasos imprecisos de alguien, algo, que se acercaba. Eran los callejones negros y los ojos de fiera en la penumbra.

Jack era omnipotente, omnipresente.

De quererlo podría hacer cualquier cosa, cometer cualquier crimen fuera de su particular coto de caza, entrar a cualquier lugar, acercarse a la mujer que deseara con su acerada sonrisa. Y no sólo las mujeres le temían, Jack podría cambiar de víctimas en cualquier momento.

La prostitución en el Londres victoriano de 1888, sumergido en una de las peores épocas represivas donde la moral y las buenas costumbres estaban ante todo, era una realidad molesta que Jack había puesto a la luz. Hay quien afirma que ese era el propósito de las carnicerías, matar violentamente a quien la sociedad mataba con lentitud. Están aquí, son producto de ustedes mismos y al matarlas los destrozo a ustedes: tal podría haber sido el mensaje. Pero en 1888 el sentimiento hacia esas víctimas era ambiguo: eran unas pobres mujeres asesinadas y a la vez unas prostitutas, es decir (según la moral imperante) las mujeres más envilecidas.

No es difícil imaginar seguir la línea de pensamiento de las "buenas conciencias", es posible que se dijeran que los asesinatos eran un repulsivo final para una vida igual... si vivieran diferente, si - como las mujeres decentes - se quedaran en sus casas limpiecitas y cuidaran a sus bellos niños no les habría ocurrido nada... tal vez se lo merecieran, pero no tener casas limpiecitas, ni niños bonitos, ni marido que se ganara fácilmente la vida con sus negocios, ni dinero suficiente para no tener que salir a la calle... posiblemente sus vidas desordenadas atrajeron al asesino... si no existieran... si fuera posible erradicarlas... entonces ¡el asesino desaparecería!.

Resultado: una cacería de brujas contra las prostitutas. Ellas eran, también, Jack El Destripador. Las víctimas eran el asesino.

Y como a un asesino se les trató. Culpables de estar vivas, de manchar Whitechapel, Londres, de ser la base de una pirámide social y económica que centralizaba el dinero y el poder en unas pocas manos. Debían acabar con ellas a base de persecuciones, de remodelaciones del barrio que las sacaran de ahí (¿hacia donde? no importaba), destruirlas a base de sermones llenos de ira en contra de las vidas salvajes que se oponían a las sanas costumbres victorianas. Si no se regeneraban... era culpa suya lo que pasara a continuación. Todos eran Jack El Destripador.

Las crónicas de la época hablaban con clínico detalle de las mutilaciones, siguieron casi con placer cada uno de los bizarros elementos de los crímenes, fustigaron a los cazadores, se burlaron de las ridículas pesquisas policiacas, atacaron cruelmente a la prostitución, empezaron el juego eterno de ponerle un rostro a Jack. Eran los medios de comunicación de masas en su estado primitivo. ¿Cuanto hicieron estos medios por alimentar a Jack El Destripador? ¿Fue el primero de los asesinos conscientes de que la sangre puede ser un medio magnifico para llegar a un público indiferente? Se dice que Jack buscaba una solución al problema de la prostitución y los cadáveres eran las frases balbuceantes de una propuesta monstruosa. Pero ese mensaje debía llegar a Londres, a todo el Imperio. ¿Confiaba Jack en el periodismo victoriano? Tal vez en algún punto de su cruzada, el asesino perdió la fe en sus apóstoles de tinta: culpaban al Destripador de cualquier crimen, no sólo de los asesinatos sino de multitud de violaciones, robos, paros cardíacos.

¿Qué tanto de su fama se debe a las furiosas editoriales, al miedo impreso, al terror en letras de imprenta?

Tal vez porque esa sociedad no deseaba ver las condiciones sociales que generaron una zona de pobreza como la existente en Whitechapel, la imaginación popular se centró tanto en el asesino.

Jack The Ripper es, paradojicamente, el símbolo de toda una época. Dentro de poco se darán a conocer los archivos secretos de la Scotland Yard relativos a Jack, tal vez en medio de los múltiples legajos se encuentre la pista que lleve al asesino, tal vez, más de un siglo después sea posible descubrir al criminal. Los supuestos diarios del asesino piden un poco de fe, que alguien crea que ahí están impresas las confusas imágenes que el hombre de Whitechapel llevaba en la mente.

Pero Jack El Destripador, sea quien sea, descúbrase o no su identidad, seguirá recorriendo las calles de nuestra imaginación: representa lo secreto, un destino ciego y tangible, el momento último. Esta ahí, en las oscuridad, con un cuchillo en la mano y un oscuro regalo que darnos.