Mexicanos en el Espacio Periódico

Por: Miguel Ángel Fernández

Durante el siglo XX, la ciencia ficción en todo el mundo ha presentado una peculiaridad que nunca tuvo en siglos anteriores. El libro no fue su medio primario de difusión, sino la revista. En estas publicaciones, que buscaban allegarse del mayor número de lectores al precio más reducido, nació la ciencia ficción del siglo XX, autores, ilustradores, articulistas, recencionistas, promotores, editores y simples fanáticos. Hasta mediados de la centuria, los libros aparecieron con el fin de tratar de recuperar el mercado que, a manera de monopolio, habían ocupado históricamente. Sin embargo, los nuevos autores e ilustradores, las nuevas plumas y propuestas, las ideas más innovadoras, continuaron naciendo en las revistas; los libros no eran campo propicio para darle su primera oportunidad a quienes deseaban incursionar en el género. México no ha sido una excepción a este fenómeno internacional.

Hasta donde alcanza mi información, jamás se ha intentado historiar a las publicaciones periódicas de ficción científica en México. Salvo el párrafo que les dedicó Michael Ashley -más por curiosidad que por un interés real en el asunto- nada más he encontrado que se haya escrito acerca del tema. (Bernard Goorden y A. E. van Vogt pretendieron hacer una enumeración de revistas en su antología sobre lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana, pero en ella sólo aparece una publicación mexicana: la revista Espacio).

1. Precursoras

El primer cuento de ciencia ficción mexicano incluido en una revista, apareció en circunstancias muy parecidas a las que llevaron a Hugo Gernsback a publicar por entregas una novela de ciencia ficción dentro de una de sus revistas científicas (Ralph 124C41+, en Modern Electrics, 1911-12), sólo que varias décadas antes: en 1844.

Las primeras revistas científicas y literarias en México aparecieron en 1826, pero las que contaron con apoyo semioficial surgieron entre 1832 y 1845. El gobierno las consideraba parte de un proyecto de difusión cultural y con miras muy específicas: 1) divulgar entre la población los conocimientos básicos de las distintas ciencias y artes, tratando de despojarlos de toda oscuridad comprensiva; 2) fomentar a través de la vulgarización de la técnica, la creación o mejoramiento de pequeñas industrias consideradas indispensables para fortalecer la economía nacional; y, 3) consolidar los valores morales lesionados por las constantes revoluciones, en gran parte debido a la difusión de doctrinas contradictorias. Las dos primeras de dichas revistas (el Registro Trimestre 1832-33; y la Revista Mexicana, 1835-36), verdaderas misceláneas de literatura y de conocimientos curiosos e instructivos, no concibieron la utilidad que los relatos de ciencia ficción podrían prestar a sus fines. No sería sino la revista El Ateneo Mexicano (1844-45), órgano de difusión de la sociedad científica y literaria méxico-española del mismo nombre, donde uno de sus colaboradores (Sebastián Camacho Zulueta), bajo el seudónimo de Fósforos Cerillos, publicó el cuento México en el año 1970, pues su interpretación del artículo 8°. del reglamento de la sociedad (El Ateneo Mexicano publicará cuando le sea posible un periódico destinado únicamente a la propagación de los conocimientos útiles, señaladamente para la clase menesterosa y menos instruida. Algunas veces consignará en él principios de moral y revestirá ésta con los atavíos de la fábula), fue en el sentido de preparar un relato en el que a la vez se diera a conocer la utilidad de los dos inventos sobre los que había escrito en el mismo número de la revista: los globos aerostáticos y el daguerrotipo -el primero como el principal medio de transporte, y el segundo como el primer medio de comunicación en el México del futuro-; y ofrecer una lección con moraleja -la sociedad mexicana futura será tan próspera material y moralmente, que la corrupción de los funcionarios públicos será algo extraordinario.

La segunda revista que publicó un cuento de ciencia ficción en el siglo XIX, tenía muchas cosas en común con El Ateneo Mexicano. Se llamaba El Domingo, cuyo subtítulo era: Semanario de literatura, ciencias y mejoras materiales, la que, a pesar de ya no contar con ningún apoyo gubernamental, participaba del mismo espíritu de divulgación científica, literaria, artística y tecnológica. Pedro Castera publicó en ella, en el número 29, aparecido el 1 de diciembre de 1872, su relato Un viaje celeste.

Ya en pleno auge del porfiriato, apareció El Mundo. Semanario Ilustrado (1898), revista más literaria y periodística que científica, en la que publicaron, entre una mayoría de autores extranjeros, algunos nacionales como Amado Nervo. No obstante, comúnmente se encontraban en ella noticias acompañadas de ilustraciones sobre los más recientes adelantos científicos y tecnológicos. Algún autor, sumamente preocupado por el futuro del mundo, escribió, bajo el seudónimo de Natalis, una serie de reportajes ficiticios, supuestamente escritos en un porvenir lejano, sobre lo que llegaría a ser la economía, el periodismo y la guerra en el siglo XX, en una columna que primero apareció con el título de Cuentos del porvenir (6 y 20 de febrero de 1898) y más tarde como Cuentos de los siglos futuros (19 de junio de 1898). Ross Larson es de la opinión de que fue en esta misma revista donde Nervo publicó La última guerra y otros de sus cuentos cortos, el mismo año en que aparecieron estos cuentos del porvenir, lo cual refuerza mi teoría de que Natalis, además de la cercanía estilística y de la afinidad temática, era un seudónimo -que no aparece en los diccionarios especializados- de Amado Nervo.

El resto de los cuentos de ciencia ficción del célebre poeta modernista, salvo El sexto sentido, que apareció en la revista La Novela Semanal de El Universal Ilustrado (1918), aparecieron en Madrid, en publicaciones tales como la Revista de Archivos y La Novela Corta, o ya en forma de libro.

Pocos años antes de que estallara la Revolución mexicana, salió a la venta una publicación periódica de Excélsior, Revista de Revistas, que sobrevive hasta hoy. Por tener, obviamente, asuntos más importantes sobre los cuales escribir, no se preocupó por publicar cuentos de ficción en general, sino hasta finales de la década de 1920, y con una peculiaridad que también compartieron los pulps mexicanos: la castellanización deliberada o la deformación accidental -o ambas cosas a la vez- de algunos nombres de los autores extranjeros: Hugo Jorge Wells, Pat Scachner, Robert Block, Isaac Azimov, Gordon R. Sickson, Alan E. Nowrse, Roberto Sheckley, Julio Reynolds, Murray Zeinster, Luis Grant, Diego Blish y Carlos L. Harness, son algunos de los autores del auténtico universo paralelo que comenzaba a ser la ciencia ficción extranjera castellanizada y mexicanizada.

Hacia 1928, comenzaron a aparecer periódicamente en Revista de Revistas autores como H.G. Wells y J.H. Rosny, además de artículos de especulación científica, al estilo de los que entonces publicaba Hugo Gernsback en Estados Unidos, como La verdad sobre el sol negro de Francisco L. Porcel (Revista de Revistas, núm. 942, 20 de mayo de 1928), reseña de un artículo científico del fundador de Amazing Stories.

La editorial Sayrols publicó, desde fines de los años treinta hasta principios de los cuarenta, una revista que recobraba el espíritu de las primeras revistas mexicanas aquí mencionadas: Ciencia y Paciencia, dirigida por Francisco Sayrols, aunque en realidad se trataba de una imitación de publicaciones como Popular Mechanics o de las revistas científicas de Gernsback (Modern Electrics, Electrical Experimenter y Science and Invention), en la que igualmente había lugar a las especulaciones fictocientíficas, tanto a manera de artículos como en forma de historietas.

2. Pulps mexicanos

Las revistas pulp aparecieron en México a mediados de los años treinta, años después de que esta clase de impresos probaran su éxito en Estados Unidos. En dicho país, las revistas pulp medían en promedio 25x18cm, y eran impresas en papel barato creado por medio del proceso químico de la pulpa de la madera (de ahí el nombre de revistas pulp o pulp magazines), inventado apenas a principios de la década de 1880. El resultado era un papel de ínfima calidad, absorbente y ácido, con un olor distintivo muy apreciado por los coleccionistas, que se deteriora rápidamente por su alto grado de acidez, tornándose amarillento y quebradizo en poco tiempo. La primera revista pulp fue The Argosy, editada por Frank A. Munsey, cuyo número correspondiente a 1896 creó un paradigma para toda una exitosa generación de publicaciones periódicas. La revista de Munsey ofrecía al lector un amplio abanico de literatura de imaginación: aventuras del Oeste americano, históricas, de misterio, policiacas y no en poca proporción, cuentos científicos.

En México, el auge de las revistas pulp e historietas ocurrió después de un suceso semejante al ocurrido en el vecino país del norte. La Gran depresión ocasionada por la caída de la bolsa de valores de Wall Street en 1929, provocó la aparición y agudización de una cantidad sin precedentes de literatura de evasión para el gran público. Historietas como Tarzán (1929), Buck Rogers (1929), y Flash Gordon (1934), entran en escena en ese entonces. En nuestro país, la crisis política y social en la que se desenvolvió el gobierno de Pascual Ortíz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, tuvieron un efecto semejante.

La primer revista pulp mexicana, Emoción. Magazine Quincenal (luego semanal, a partir del número 5), de Aventuras, de Editorial Emoción y dirigida por Alfredo García L.P., hizo su aparición el mes de octubre de 1934, con una oferta de ficción semejante a la del primer pulp estadounidense, en la que no podían faltar las narraciones de ficción científica, aunque éstas no se mencionaran en las palabras de presentación de la revista, que, además, demostraban una pobre capacidad de redacción de los editores:

El propósito que nos movió al editar Emoción no es otro que el de poner a disposición de los amantes de la literatura policíaca [sic] o terrorífica, un magazine que, costando unos cuantos centavos, aune [sic] a la vez la más irreprochable presentación y un material ameno y variado.

Al presentar el primer número de Emoción, esperamos que éste sea del agrado del público, proponiéndonos mejorarlo de una edición para otra, hasta llegar a ser el magazine predilecto del público mexicano.

Con este objeto, ofrecemos a nuestros lectores que desde el próximo número aparecerá en Emoción únicamente novelas [sic] y cuentos traducidos expresamente para ella, de los mejores autores extranjeros y lo mejor de lo mejor que en nuestro género produzcan los literatos nacionales y los demás iberoamericanos.

Al salir por primera vez a la luz pública, queremos también enviar nuestro más cordial saludo a todos los colegas de la República, ofreciendo colaborar firmemente para que nuestra patria enorgullezca de sus publicaciones.

Editorial Emoción

A diferencia de ulteriores pulps mexicanos, Emoción no utilizaba portadas de artistas estadounidenses, sino que la mayoría de ellas fueron encargadas a Alfonso Tirado, realizadas a color, y otras ilustraciones interiores en blanco y negro, imitando el estilo estadounidense de escenas atroces e inverosímiles para atrapar la atención de los lectores.

La bienvenida de la revista Emoción fue tan grata, que los editores escribieron al inicio del segundo número lo siguiente: Sirvan las presentes líneas para manifestar nuestro más sincero agradecimiento al público por la magnífica acogida que prestó a Emoción, lo cual viene a confirmar plenamente la necesidad existente, hasta antes de la salida de nuestro magazine, de una publicación amena que fuera vendida a bajo precio. Así es que, aunque la revista era de impresión mediocre y descuidada (sirvan los siguientes ejemplos: los nombres de los colaboradores extranjeros presentaban comúnmente erratas; en el segundo número apareció un cuento de terror titulado El tajador de cadáveres, mismo que apareció en la cornisa como El fajador de cadáveres; en el número 5, del 4 de enero de 1935, apareció un anuncio que decía: Por no haber recibido a tiempo la continuación de El fin del mundo nos vemos precisados a publicarlo hasta el próximo número), en sus páginas los lectores encontraron traducidos por primera vez nombres como los de Nat Schachner, Clyde Crane Campbell, Ray Cummings, Laurence Manning, Harl Vincent, Edmond Hamilton, Stanley G. Weinbaum (sus cuentos Por los mundos del si... y El ideal, se publicaron en los números 37, del 16 de agosto, y 40, del 6 de septiembre de 1935, respectivamente), y Clark Ashton Smith. También se tradujeron para Emoción algunos cuentos de H.G. Wells (La puerta en el muro, en dos entregas, núms. 11 y 12, 15-22 de febrero de 1935; y El huevo de cristal, en el número 13, del 1 de marzo de 1935), y de G.K. Chesterton (El hombre invisible, número 14, 8 de marzo de 1935). Igualmente, Alfonso Tirado contribuyó para amenizar la revista con su historieta de ciencia ficción, Aventuras en el microcosmos, con guiones del director de la misma, Alfredo García.

En el tercer número (primera quincena de diciembre de 1934), se lee en el editorial que los lectores solicitaron una sección de cine y otra de radio para la revista, y Emoción no sólo acató la recomendación a partir del siguiente ejemplar, sino que en el número 6 (11 de enero de 1935), Roberto Garza Marquez explicó en un artículo los aspectos técnicos del aparato radiofónico; la sección de radio continuó, al igual que los anuncios de nuevos programas radiofónicos, y también los editores decidieron incluir una sección infantil, que aparece sólo en el ya mencionado número 6, en la que un autor anónimo escribe sobre Prestidigitación y Física recreativa.

Como afirman Juan Manuel Aurrecoechea y Armando Bartra, en México, los diferentes medios de comunicación, desde los años veinte hasta los cuarenta, no competían entre sí, sino que coexistían armoniosamente y se retroalimentaban. Entre los de carácter narrativo -literatura, cine, serial radiofónico e historieta- la simbiosis es completa y los géneros, temas, argumentos y personajes traspasan sus fronteras sin visa ni pasaporte.

En el número 8 de Emoción (25 de enero de 1935), apareció la convocatoria para un curioso concurso de cuento corto policiaco (mil palabras), con un premio extra de tres centavos por cada palabra ahorrada, ej. 500 palabras= $ 15, 451 palabras= $ 16.47; cuentos no premiados, pero publicables, $ 3. El ganador del concurso fue el mexicano O.F. Iglesias, con un cuento de 522 palabras (Veneno) que se tradujo para él en $ 14 pesos con 34 centavos. El premio volvió a ofrecerse, pero en el número 10 (8 de febrero de 1935) se declaró desierto y no volvió a convocarse de nuevo.

El término ciencia ficción, que había acuñado Hugo Gernsback en junio de 1929, no aparece en las páginas de Emoción, y no lo hará sino hasta finales de los años cincuenta. Tal vez hubiera sido útil a los editores, no el término en sí, sino al menos un mejor conocimiento del contenido de los relatos que presentaba su revista, así habrían evitado el bochornoso caso de retractación a que los llevó el cuento publicado en dos entregas Los últimos días de la tierra, de G. Loreto, al que anunciaron primero como un posible apocalipsis terreno y científicamente posible, pero del que advirtieron -con su acostumbrada mala redacción- al presentar su parte final (6 de enero de 1935), que por una omisión en nuestro número anterior no advertimos que esta novela carece de base científica alguna sino que su autor se aparta de todas las leyes de la Ciencia para dar vuelo a su fantasía.

No hay indicio de que Emoción haya sobrevivido más allá del número 76, correspondiente al mes de mayo de 1936, siendo la revista más longeva hasta la fecha de los subgéneros de ficción en México. En los puestos de periódicos no se encontraron otras publicaciones semejantes sino hasta 1940, en que apareció la revista Misterio, de la que no he hallado más datos.

Los adelantos en la tecnología atómica que el mundo conoció al final de la Segunda Guerra Mundial, aumentaron la popularidad de la ciencia ficción. En Estados Unidos, el número de revistas dedicadas al género aumentó de ocho títulos en 1945, a treinta pocos años después. El fenómeno de la ciencia ficción, que comenzó siendo privativo del mundo anglosajón, se hizo popular en el orbe entero entre 1940 y 1950.

Estados Unidos, seguido muy de cerca por Gran Bretaña, iban a la vanguardia con el mayor número de publicaciones periódicas de ciencia ficción. Canadá, misteriosamente, prohibió la importación de revistas pulp estadounidenses, pero permitió la creación de revistas locales en las que abundaban las reimpresiones de material de su vecino país del sur, y la copia de títulos de sus revistas. La única excepción fue Science Fiction (1941-42), con portadas e ilustraciones interiores de artistas canadienses, pero los escritores en su mayoría no eran nativos de Canadá, como aseguraba su director, pues reproducía textos de las estadounidenses Science Fiction y Future Fiction, así como algunas de las ilustraciones.

En Argentina, desde 1939 y hasta 1950, apareció la revista mensual Narraciones Terroríficas, virtualmente integrada por la traducción de reimpresiones anglosajonas. Suecia aportó al género la semanal Jules Verne Magasinet (1940-47), también con reimpresiones, principalmente estadounidenses; y Francia, desde 1939, gracias al esfuerzo de George H. Gallet, director de la revista Conquestes, publicó por convenio traducciones del material aparecido en la británica Tales of Wonder.

En 1948, la editorial Enigma de la ciudad de México, tomó la iniciativa de contratar con una publicación estadounidense de prestigio para publicar una versión mexicana de la misma, costumbre que seguirían después casi todos los pulps nacionales. Enigma contrató con All-Fiction Field Inc, subsidiaria de Popular Publications de Nueva York, la mayor cadena de editores de revistas baratas en Estados Unidos, responsables de la revista Famous Fantastic Mysteries, dirigida por Mary Gnaedinger, cariñosamente conocida por sus colegas como la reina de la ciencia ficción. El resultado fueron Los Cuentos Fantásticos, dirigida por Antonio Mejía, cuya oferta principal, al igual que la de su hermana estadounidense, era de reimpresiones del material publicado en revistas como Argosy y All Story en los cuarenta años precedentes, esto es, plumas como las de Ray Cummings, George Allen England, A. Merritt, Francis Stevens, E.E. Smith, etcétera; ocasionalmente aparecían junto a ellos otros autores con nombres de origen español, pero de los que no se ofrecía ningún indicio para conocer su nacionalidad. Las portadas a color (de las que nunca se ofrecía el nombre del artista), eran copias de las originales de Famous Fantastic Mysteries, en su mayoría hechas por Virgil Finlay, quien también ilustraba sus interiores junto con otros célebres artistas como el legendario Frank R. Paul y John Grossman. Los Cuentos Fantásticos publicó 48 números, de 1948 a 1953, con un promedio de 65 páginas, y a precio de un peso por ejemplar.

Dos años después de la desaparición de Los Cuentos Fantásticos, editorial Proteo de México, en virtud de un arreglo con Better Publications, ofreció a los lectores mexicanos la versión nacional de Startling Stories y Fantastic Story Magazine, publicaciones hermanas de la compañía estadounidense, con el título de Enigmas, publicación mensual de 128 páginas, bajo la dirección de Bernardino Díaz. El primer número salió a la venta el mes de agosto de 1955, con portada de Earle K. Bergey, quien hizo la mayoría de ellas, pero sin que se le reconociera crédito alguno. A lo largo de sus 16 números dio a conocer reimpresiones, o tradujo material nuevo de importantes autores como Chad Oliver, Leigh Brackett, Kendell Foster Crossen, Jack Vance, Ray Bradbury, Walter M. Miller, Jr., Arthur C. Clarke, A.E. van Vogt, Judith Merril, Frank Belknap Long, James Blish, Richard Matheson, Henry Kuttner, Mack Reynolds, Wallace West, Kris Neville, Murray Leinster, Robert F. Young, Gordon R. Dickson, Miriam Allen de Ford, Ray Cummings, Robert Sheckley y Philip K. Dick. Enigmas se preocupaba también por incluir en cada número un promedio de dos artículos de divulgación científica, de Pat Jones, R.S. Richardson, o Willy Ley, el más renombrado autor de esta clase de escritos antes de Isaac Asimov; igualmente acompañados de otros artículos científicos firmados solamente con las iniciales de los responsables. El editor (probablemente Bernardino Díaz) acompañaba con notas explicativas los mejores relatos de cada nuevo título. Hasta su número 10 (mayo de 1956), la revista apareció mensualmente; de los números 11 a 13 (junio a octubre de 1956), fue bimestral, y ya los últimos tres números (14 a 16), que vieron la luz en 1957, salieron sin indicación de fecha.

Los números finales de Enigmas tuvieron que competir en los puestos de periódicos, desde septiembre de 1956, con la nueva revista de la editorial Novaro, Ciencia y Fantasía, versión mexicana de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, por acuerdo con Mercury Publications de Nueva York, que ofrecía el mismo número de páginas que Emoción, aunque en un formato más pequeño, casi de bolsillo, tamaño que alcanzaron realmente los números 10 a 14. No he podido encontrar datos sobre los precios de venta de una y otra (solamente los números 13 y 14 de Ciencia y Fantasía llevan impreso el precio de 2 pesos ó 20 centavos de dólar), pero Michael Ashley asegura que Ciencia y Fantasía decayó al aumentar sus precios, por lo que es probable que al aparecer la revista de editorial Novaro, haya tenido un menor precio de venta que Enigmas, lo cual aceleró su desaparición. A pesar de ello, Ciencia y Fantasía es, sin duda alguna, la mejor revista de ciencia ficción de autores extranjeros que ha existido en México. Su editor o director -cuyo nombre jamás aparece-, realmente conocía el género y tenía una clara visión sobre los alcances y corrientes principales de la ciencia ficción, género al que denominó en un principio ficción científica, y luego literatura de ciencia y fantasía, antes de usar la denominación más común de ahora; el editor o director presentaba cada contribución a su revista y a sus autores, especialmente a los poco conocidos entre los lectores del país; rellenaba los espacios libres de la publicación con cápsulas de información sobre ciencia y tecnología -a partir del número 5 incluyó en la parte interior de la portada un vocabulario científico en el que se explicaron, en forma por demás prolija, términos como el ciclotrón, el isótopo radiactivo, el espectroscopio, la electricidad estática, los cuantos, la cibernética, el radar y los asteroides-, historia de la ciencia, literatura -en el número 3 apareció, también en la parte interna de la portada, una muy concisa historia del género de literatura de ciencia y fantasía-, y anécdotas en general. Asimismo mostraba un enorme interés por las ilustraciones con motivos de ficción científica pues, además de las portadas a colores tomadas directamente de los originales estadounidenses, desde el número 5 incluyó en la parte interior de la contraportada ilustraciones en blanco y negro en las que, en sus palabras: los dibujantes acometen... la tarea de presentar plásticamente las posibilidades de un futuro cercano. Salvo en el número 6, estas obras artísticas aparecieron sucesivamente hasta el número 11, pero omitiendo los datos acerca de sus autores (en The Magazine of Fantasy and Science Fiction de los mismos años estos trabajos no aparecían).

Las portadas de Ciencia y Fantasía eran por lo común detalles de las propias de la versión estadounidense. Nunca se daba crédito a los autores, pero he identificado algunos trabajos de Nicholas Solovioff (febrero y septiembre de 1957, esta última titulada Hostile planet), Ed Emshwiller (julio de 1957 -Disintegration of a Field Force- y diciembre de 1957), Nuetzell (agosto de 1957), y Morris Scott Dollens (noviembre de 1957 -Approaching the Space Station).

En Ciencia y Fantasía los lectores mexicanos encontraron material nuevo de sus viejos autores conocidos, pero también descubrieron a otros como Idris Seabright, Theodore R. Cogswell, Alfred Bester, R. Bretnor, Robert Abernathy, Arthur Porges, C.S. Lewis, Damon Knight, Lord Dunsany, Garson Kanin, Jay Williams, Robert A. Heinlein (Una puerta hacia el verano se publicó en tres entregas, núms. 8 a 10, jun.-ago. 1957), Avram Davidson, Anthony Boucher, Theodore Sturgeon, Bertram Chandler, Philip José Farmer, Ray Russell y Fritz Leiber. Ciencia y Fantasía fue asimismo la primera revista de ciencia ficción mexicana que mencionó los nombres de sus traductores -aunque no de los primeros números-: Jorge Peón Bolio (quien tradujo íntegros los números 6, 7 y 10) y Emilio F. Avila (virtió al español por completo los números 8, 9, 11, 12, 13 y 14).

Los artículos de divulgación científica o sobre la historia de la ciencia y de la ciencia ficción, no estuvieron tampoco ausentes de las páginas de Ciencia y Fantasía. Arthur C. Clarke, Anthony Boucher (publicó un ensayo sobre Julio Verne en el número 7, del mes de mayo de 1957), John Christopher y Robert S. Richardson, firmaron, cada uno, una de dichas colaboraciones. Igualmente, la revista publicó (núm. 3, enero de 1957) la respuesta que le dieron Miriam Allen de Ford y Poul Anderson al mismo Dr. Richardson, quien había ofrecido su opinión sobre los problemas sexuales que experimentaría la primera misión humana a Marte, recomendando que entre la tripulación fueran algunas mujeres hermosas para levantar la moral de los expedicionarios. Allen de Ford le contestó que las mujeres no son organismos sexuales ambulantes, explayándose con otras críticas en el mismo tono; Anderson, por su parte, recomendó, en lugar de mujeres hermosas, la receta de un famoso explorador de las regiones polares: llevar consigo a la mujer más fea y vieja que fuera posible encontrar para que, llegado el momento en que empezara a encontrarla atractiva, estar seguro de que era el momento de volver.

De acuerdo con Michael Ashley, Ciencia y Fantasía fue bien recibida en sus comienzos, pero al aumentar su precio, bajó su aceptación, hasta que desapareció en diciembre de 1957, siendo el número 14 su última entrega.

El vacío dejado en el mercado de las publicaciones periódicas nacionales a la desaparición de Ciencia y Fantasía, trató de cubrirse con una revista importada de Argentina y con otra publicación mexicana. Pistas del Espacio, de editorial Acme de Buenos Aires, apareció a finales de 1957. Era también una revista pulp mensual, que incluía en cada título una novela corta, un par de cuentos cortos y a veces una pequeña historieta. Salvo Murray Leinster, el resto de sus colaboradores eran anglosajones desconocidos. Sólo tengo noticia de cuatro ejemplares de ella (octubre de 1957 a enero de 1958). La editora Sol de México lanzó a la venta, en septiembre de 1958, el único número de Fantasías del Futuro, dirigida por Eduardo Trueba Urbina, y supuesta licenciataria de varias publicaciones estadounidenses (Science Fiction Quarterly, Super Science Fiction, Future Science Fiction, Planet Stories y The Original Science Fiction, las revistas más mediocres del mercado de Estados Unidos). Fantasías del Futuro fue fiel reflejo de la mala calidad de las revistas de donde entresacó sus relatos, y además copió la crudeza de sus portadas. Incluyó, entres sus 128 páginas, un artículo anónimo acerca de las posibilidades de Un viaje a Marte, y cuentos de Robert Silverberg, Calvin M. Knox, Roberto Sheckley [sic], Julio Reynolds [sic], Murray Zeinster [sic], Luis Grant [sic], Diego Blish [sic], Clee Garson, Robert Abernathy, Carlos L. Harness [sic] y Margarita Clingerman [sic]. Siendo la menos memorable de las revistas pulp mexicanas, Fantasías del Futuro fue la última de su generación entre las que nacieron en editoras nacionales.

La editorial Novaro había sacado a la venta, a finales de los cincuenta, un par de revistas hermanas de Ciencia y Fantasía, Colección de Misterio Ellery Queen y Novelas y Cuentos Mercury, ambas por acuerdo, asimismo, con Mercury Publications. La primera, al igual que la original en que estaba inspirada (Ellery Queen Mystery Magazine), publicaba exclusivamente cuentos de misterio, detectives y policiacos; la segunda, novelas cortas y relatos de aventuras, acción, drama y también algunos policiacos. En cierta ocasión, la editorial decidió convocar, en las páginas de Colección de Misterio Ellery Queen, a un concurso nacional de cuentos del mismo estilo de los que ofrecía la revista. La respuesta fue tan buena e inesperada, tanto en calidad como en cantidad, que Novaro, quien había prometido publicar a los ganadores y menciones honoríficas en su revista, prefirió incluirlos en una publicación nueva, llamada Aventura y Misterio, que salió a la venta en enero de 1957, y en la que se dieron a conocer autores mexicanos e hispanoamericanos como José Luis Caballero, Raúl Pérez Arce, Blanca Ortíz, Alfredo Cardona Peña y Gustavo de la Llave, quienes incursionarían eventualmente, salvo Cardona Peña que lo haría con mayor frecuencia, en la creación de relatos y poesías de ciencia ficción.

Parece ser que, desde los inicios de la década de 1950 y hasta los primeros años de los sesenta, llegaban a México con regularidad las revistas pulp estadounidenses, lo cual queda de manifiesto en los sellos o marcas de algunos centros de distribución que aparecen en gran cantidad de ellas, mismas que aún pueden conseguirse hoy día en librerías de viejo. En lugares como Sanborns, la American Book Store, y la Librería Atlántida (en el pasaje Industria y Comercio, localizado en Balderas 36), se podían adquirir mensualmente los ejemplares de Astounding Science Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, Galaxy Science Fiction, Amazing Stories, The Original Science Fiction Stories, Other Worlds, Fantastic, Science Fiction Adventures, etcétera; pero ya difícilmente se encuentran ejemplares con dichos sellos o marcas de mediados de los sesenta y hasta los primeros años de los años ochenta. Sanborns y la American Bookstore volvieron a exportarlas a mediados de los ochenta, pero ya solamente las más reconocidas (Analog Science Fact & Fiction, The Magazine of Fantasy & Science Fiction, Amazing Stories y Asimov's Science Fiction), aunque con gran irregularidad, hasta desaparecer en la actualidad de los estantes de dichos centros comerciales.

El fenómeno de las revistas de ficción científica continuó creciendo a nivel mundial durante la década de los cincuenta. A mediados de 1956, además de México, Estados Unidos y Gran Bretaña, otros países también contaban con publicaciones propias, aparte de las mencionadas párrafos atrás: Australia (Thrills Inc. y Science Fiction Monthly), Argentina (Más Allá y Pistas del Espacio), Francia (Fiction, Satellite y Galaxie), Suecia (Häpnal y Galaxy), Noruega (Tempo), Finlandia (Aikamme), Dinamarca (Planet), Alemania (Utopia Magazin y Galaxis), Italia (Urania, Oltre il Cielo, Au Delá du Ciel, Galassia, y otros 22 títulos), Rumania (Colectia Povestiri Stiintifico Fantastice), Unión Soviética (Iskatel), Yugoslavia (Kosmoplov y Galaksija), y (en 1960) Japón (SF Magazine). La mayoría de ellas sólo traducían la producción de autores anglosajones, pero algunas, especialmente las europeas, ya incluían trabajos de escritores nativos.

Sin embargo, también a finales de la década de los cincuenta las publicaciones periódicas de ciencia ficción estadounidenses y de otros países, comenzaron a afrontar a un par de rivales antes desconocidos: los libros de bolsillo del mismo género literario y la televisión. Aparte de ellos, los libros y revistas de ovnis (objetos voladores no identificados) arrebataron parte del mercado de lectores de ciencia ficción, comenzando a divulgarse lentamente desde principios de la década, hasta saturar los puntos de venta en 1957. A México llegó en 1959 la colección Cenit, y poco después Nebulae, de la editorial Edhasa, ambas de Barcelona, con traducciones de novelas de autores de lengua inglesa, pero también, esta última, obras de españoles como Antonio Ribera, Francisco Valverde Torné y Domingo Santos. Poco después llegó también la editorial argentina Minotauro a ofrecer nuevos títulos de los autores más reconocidos.

De gran ayuda para reconquistar el mercado de la ciencia ficción del dominio de las publicaciones seudocientíficas, fue el comienzo de la era espacial, a partir del lanzamiento del Sputnik, el 4 de octubre de 1957, y del Explorer, el 31 de enero de 1958. Pero en México, a pesar del entusiasmo despertado por los primeros viajes espaciales, los extraterrestres, no los de ficción, sino los que supuestamente venían en realidad a conquistarnos en sus platillos voladores, permanecerían en animación suspendida para invadir el mercado de la ciencia ficción nacional más adelante.

3. Entre la ciencia ficción internacional y las conspiraciones extraterrestres

El continuo aumento de las ventas de los libros de bolsillo de ciencia ficción en Estados Unidos, a pesar de la naciente era espacial y de sus secuelas imaginativas, no fue ocasión para que el mercado de las revistas del género volviera a las dimensiones y oferta del periodo de la posguerra. En 1960, sólo sobrevivían seis títulos, tres por su calidad (Astounding-Analog Science Fiction, Galaxy y The Magazine of Fantasy and Science Fiction), una por un golpe de suerte (If), y el resto, quizá, por su larga trayectoria (Amazing Stories y Fantastic).

En México no aparecieron nuevas revistas de ciencia ficción sino hasta 1964, cuando llegaron a los puestos de revistas los primeros números de Minotauro, versión argentina de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, de presentación muy sobria y sin ilustraciones, pero que en cierta forma hizo renacer en los lectores el recuerdo de Ciencia y Fantasía.

Poco después, en el mes de junio del mismo año, apareció una revista de ciencia ficción diferente por completo, tanto en presentación como en contenido, a las publicaciones conocidas anteriormente. Crononauta. Revista mexicana de ciencia-ficción y fantasía, fundada por el mimo, director de cine y experto en historietas chileno, Alexandro Jodorowsky, y el colombiano René Rebetez, tenía un formato de tamaño parecido al de los pulps, pero la cubierta era de papel cartón, en cuya portada aparecía un collage surrealista, realizado por Jodorowsky, con una extraña mujer desnuda en el centro, rodeada de un bestiario de seres fantásticos e inverosímiles. Costaba diez pesos, ofrecía 96 páginas, y su papel no era amarillento, ni quebradizo, ni despedía olor alguno, sino que era blanco y de buena calidad. En su índice no se leía el nombre de ningún autor anglosajón, sino que los que aparecían eran, en su mayoría, nombres de origen español; algunos de ellos debieron sonar o sonarían conocidos en algunos años a los lectores, pero por motivos muy diferentes a aquello que habían escrito o ilustrado en Crononauta, como Homero Aridjis, Raquel Jodorowsky, Carlos Monsiváis y José Luis Cuevas, además de Alexandro Jodorowsky y René Rebetez.

La presentación del primer número de Crononauta trataba de despejar el misterio de la nueva propuesta de revista de ficción científica:

Crononauta, como un pequeño monstruo venido de alguna sabia dimensión, acaba de nacer. Este viajero a través del tiempo sabe que viene a llenar un enorme vacío en la literatura de habla hispana. En ésta, su primera incursión en los terrenos de la ciencia, la ficción y la fantasía cuenta con la colaboración de un equipo internacional de crononautas, diez de ellos mexicanos, cuatro europeos y cinco sudamericanos, todos a bordo de esta nave que emprende viaje a través de las mentes.

De vosotros, compañeros de viaje, depende en gran parte la llegada a buen término. Este vehículo es vuestro, al fin y al cabo. Si queréis pasar a bordo, no tenéis más que dar rienda suelta a vuestra imaginación y acompañarnos en este viaje al infinito.

¡Bienvenidos!

Para algunos, la lectura de las anteriores palabras y los nombres de los colaboradores, hicieron aparecer a Crononauta, de primera impresión, snob y elitista, y un tanto pretenciosa al calificar su contenido como ciencia ficción, cuando gran parte del material que ofrecía no era otra cosa sino literatura experimental, fantasía, literatura del absurdo o surrealista, así como artículos o cuentos basados en seudociencias. René Rebetez escribió en el primer número un ensayo sobre Raymond Roussel (1887-1933), quien, en palabras de Jacques Pauvert, mismas que recoge Rebetez, es ciertamente el inventor de la ciencia-ficción moderna, tal y como la conciben Sheckley, van Vogt, Clifford D. Simak, Ferederk [sic] Brown y Theodore Sturgeon; y el autor del ensayo agregaba que la obra de Roussel, incluso, contiene el gérmen [sic] del lenguaje del futuro. Nadie debe dudar de su cultura literaria si el nombre de Raymond Roussel no le resulta familiar, pues difícilmente lo encontrará en enciclopedias generales o de literatura. Tampoco los eruditos de la ficción científica deben desilusionarse si el apellido Roussel nada evoca en su memoria, y en vano lo buscarán igualmente en libros de referencia sobre la ciencia ficción. El único lugar en donde podrán encontrarlo caracterizado como autor del género mencionado, es en el primer número de Crononauta, en donde Rebetez y Jodorowsky, más allá de la afición de Roussel por Julio Verne, consideraron que sus originales juegos de palabras contenían el secreto de los más grandes escritores de ciencia ficción, y el germen de la lengua del porvenir.

Toda las revistas de ciencia ficción, tanto nacionales como extranjeras, contienen regularmente relatos de fantasía y hasta, a veces, artículos que cuestionan o analizan el origen de las seudociencias. Pero este no era el caso de Crononauta, en la que apareció incluso un relato basado en el testimonio de una enferma mental adaptado por su siquiatra (Tiburcia de Alfonso Domínguez Toledano), que nada le debe al arte pero sí, y mucho, a la falta de cordura y al mal gusto literario. En la revista de Rebetez y Jodorowsky se incluyeron asimismo artículos del socialista utópico Charles Fourier, y hasta extractos del libro del profeta Ezequiel, con el fin de demostrar que la Biblia, al igual que otros libros sagrados, pueden considerarse verdaderos compendios de Ciencia-Ficción.

Pero no todo en Crononauta se caracterizaba por los extravagantes y poco atinados gustos de sus directores en relación con la ficción científica, porque en sus páginas también aparecieron muy importantes cuentos del género, como La epopeya de Elías de Manuel Felguérez, el famoso muralista mexicano, que aportó una interesante colaboración sobre una pareja de científicos que descubren la forma de trasplantar sus cerebros a otros seres vivientes, con el fin de alcanzar la inmortalidad. Salvo su final, enteramente predecible, el cuento es de lo mejor que escribieron los autores mexicanos en los años sesenta; La primera piedra del poblano Ramón Rivero Caso, acerca del uso de las ciencias exactas para controlar todos los conflictos sociales en una sociedad futura; el ensayo Los contemporáneos del porvenir de Carlos Monsiváis, sobre los orígenes históricos de la ciencia ficción; o la publicación original del cuento La nueva prehistoria de René Rebetez, que luego daría nombre a una de sus antologías.

José Luis Cuevas y Enrique Bessonart ilustraron, con dibujos de gran originalidad, los dos únicos números de Crononauta, los cuales son ahora un par de revistas muy apreciadas por los coleccionistas.

Jodorowsky y Rebetez anunciaban en su publicación periódica la existencia de un Club de Ciencia-Ficción de Crononauta, que realizaba reuniones mensuales donde se hacían lecturas y discusiones de los trabajos de los socios, se prestaban servicios de biblioteca y hemeroteca de ciencia ficción, cine, y posibles viajes cósmicos.... Para integrarse en él había que pagar 55 pesos, con el fin de tener derecho a membresía por un año; a cambio se entregaba una credencial de socio, se podía participar en todas las actividades del club y estar al tanto de las últimas noticias concernientes a la ciencia-ficción en todas sus ramas. No tengo más noticias acerca de esta organización que, de haber realizado lo que prometía, sería la pionera de su especie en México.

La revista El Cuento de Edmundo Valadés, en su segunda época, publicó a finales de la década de los sesenta cuentos de ciencia ficción de autores extranjeros, así como de algunos nacionales, como Froylán Manjarréz y J.J. Fábregas. Casi al mismo tiempo, Suspenso y Misterio dio a conocer en sus páginas a uno de los escritores mexicanos más conocidos a nivel nacional: Jorge Martínez Villaseñor, con títulos como La muchacha en la jaula de cristal o La bomba omega.

A principios del año 1968 llegó a México la célebre revista española Nueva Dimensión desde su número inaugural. Hasta mediados de los años setenta, la revista de Sebastián Martínez, Luis Vigil y Domingo Santos llegó a nuestro país con periodicidad casi religiosa, pero de un número a otro, sin razón aparente, dejó de exportarse desde Barcelona, privando a los ávidos lectores y coleccionistas mexicanos de una de las mejores publicaciones periódicas de ficción científica que han existido a nivel internacional.

Ningún consuelo fueron otras revistas españolas semanales de formato pequeño (10 x 15cm) y de contenido mediocre, que llegaban al país desde mediados de los años cincuenta, como la colección Espacio de ediciones Toray, y otras que siguieron exportándose en la década de los setenta, como Galaxia 2001, de Editorial Andina (distribuidas desde Florida por Editorial América), Héroes del Espacio de Ediciones Ceres, o La Conquista del Espacio de Bruguera, escritas por españoles que firmaban con extravagantes y a veces hasta absurdos seudónimos anglosajones, como S.S. Kent, Law Space, Johnny Garland, Clark Carrados, Louis G. Milk, J. Tell, etcétera.

Seguramente el vacío dejado por Nueva Dimensión fue la ocasión para que la editorial Mosaico decidiera sacar a la venta la revista Espacio, dirigida por Carlos Jaumá Guix, por concesión de ediciones Picazo de Barcelona, cuyo primer número fue el correspondiente al mes de agosto de 1977. Las atractivas portadas de Espacio, hechas por Hans Romberg, y las ilustraciones interiores (anónimas), junto con el anuncio de autores bien conocidos en México, fueron garantía de ventas al principio. El formato de Espacio era muy semejante al pequeño que adquirió la revista Nueva Dimensión a partir de su número 110; Espacio ofrecía 96 páginas por número, pero su selección de autores no se restringía únicamente a los anglosajones: Nos proponemos dar cabida en estas páginas a las narraciones debidas a las más relevantes figuras de la ciencia-ficción, a los gigantes del género que acaparan la atención general: Isaac Asimov, Ray Bradbury, Margaret St. Clair, Arthur C. Clarke, John Varley, Paul [sic] Anderson, Marck [sic] Reynolds, Franck [sic] Herbert, Frederick [sic] Pohl, Howard L. Myers... Y tantos otros cuya fama ha alcanzado ya dimensión planetaria; decían las palabras de la presentación al número inaugural. Entre las plumas de fama internacional a que aludían, estaban casi tan sólo autores soviéticos (Vladislav Krapivin, Alexander Belyaev, Arkady y Boris Strugatsky, y R. Yarov), salvo el español Domingo Santos. Espacio publicó seis números, entre agosto de 1977 y marzo de 1978. Junto a ella aparecieron las revistas Intriga, de relatos policiacos, y Duende, de cuentos fantásticos, ambas de editorial Mosaico, que tampoco llegaron a conocer la década de los años ochenta.

En México, el auge de las revistas de ovnis y fenómenos paranormales comenzó hasta principios de la década de 1970. Duda (1971) fue la primera publicación periódica que se especializó en estos temas. Los pocos números de dicha revista que he podido consultar, nada contienen que guarde relación con el género literario que aquí nos interesa. Contactos Extraterrestres (1976), dirigida en un principio por Ariel Rosales y luego por Héctor Chavarría, apareció para hacerle competencia a Duda, con reportajes del mismo estilo, pero además con cuentos de ciencia ficción, aunque no solamente de autores extranjeros. Desde el número 1, aparecido en la primera quincena de diciembre de 1976, las firmas de colaboradores como Avram Davidson, Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, Fredric Brown, Frank Herbert, Larry Niven, Arthur C. Clarke o Damon Knight, alternaron quincenalmente con las de Ricardo Martín, Ramiro Garza, Ángel Arango (cubano), Luis R. de Arellano Gil, Antonio Ribera, Pablo Latapí Ortega, Sergio Sarmiento, Mauricio-José Schwarz, Federico Arteaga, Julio Coll o Hernán Rodríguez.

No solamente esta mezcla de estilos, razas, culturas e ideas, sino igualmente el hecho de publicar ficción en una revista de reportajes sobre hechos sobrenaturales, supuestamente comprobados científicamente, ocasionaron, en más de una ocasión, confusiones entre los lectores, especialmente en aquellos que no tenían la costumbre de leer ciencia ficción. Si alguien leía un artículo acerca de la visita o la conspiración de seres extraterrestres para apoderarse de la Tierra, que pretendía hacerse pasar por verídico, y a la vuelta de la página se encontraba con una narración como El centinela de Clarke, o Cómo servir al hombre de Knight, se quedaba con la sensación de que esos gringos escribían los mejores y más espeluznantes reportajes sobre ovnis de los que jamás había escuchado. No otra cosa ocurría al leer a los autores mexicanos y latinoamericanos de ciencia ficción.

Contactos Extraterrestres también ofrecía periódicamente reseñas de libros y películas de ficción científica, así como artículos sobre temas relacionados con el género: el anónimo Ray Bradbury: Cronista de Marte (núm. 4, 19 de enero de 1977), La aventura del cine con tema extraterrestre de Walter Schmidt, publicado en dos entregas (números 22 y 23, septiembre y octubre de 1977), La imaginación también se premia de Mauricio-José Schwarz (reseña de la 36a. entrega del premio Hugo, núm. 47, 16 de octubre de 1978), o Julio Verne, escritor de la historia futura de Rudolph G. Aicardi (núm. 55. 7 de febrero de 1979).

Contactos Extraterrestres desapareció a mediados de 1982, habiendo sobrevivido, por muy poco, a otra de sus principales competidoras: Oculto (1978), dirigida por Victor Gascón Priego. Esta revista, de contenido y estilo similar, continuó la costumbre de publicar cuentos de ciencia ficción de autores consagrados anglosajones, pero también de otros no menos reconocidos dentro del terror (M.R. James y August Derleth). Los artículos en homenaje a personalidades (L. Ron Hubbard, Frank Frazetta, Boris Vallejo, H.P. Lovecraft, Julio Verne), o personajes famosos dentro de la ciencia ficción (Flash Gordon), y las reseñas cinematográficas de los estrenos relacionados con nuestro género, no estuvieron ausentes de las páginas de Oculto. Sin embargo, a diferencia de Contactos Extraterrestres, la aparición de colaboradores mexicanos con relatos de ficción científica, no era muy común. Tal vez el desconocimiento de tales escritores, o de su calidad, movieron a la directiva a convocar a un concurso nacional de cuento de ciencia ficción. El ganador fue Jorge Martínez Villaseñor (bajo el seudónimo de Clark Garland) con su impresionante cuento de corte lovecraftiano La dimensión 'N, publicado en las páginas de Oculto en su número 61 (marzo de 1980). Los siguientes cuatro lugares -aunque no todos eran de ciencia ficción-, igualmente adornaron las páginas de esta revista; curiosamente tres de ellas eran mujeres: María del Carmen Orozco Cano (Los fantasmas de San Antón, segundo lugar, núm. 63, marzo de 1980), Ilona Morales (La voz del más allá, tercer lugar, núm. 65, mayo de 1980), José García Barona (Mimí, cuarto lugar, núm. 67, julio de 1980), y Emma Patiño de Saavedra (El visionario, quinto lugar, núm. 69, agosto de 1980).

Con el número 80, correspodiente a febrero de 1981, la revista Oculto se despidió de su público. Hasta la fecha muchas otras publicaciones periódicas de ovnis, sin importar su calidad, publican cuentos y artículos sobre autores, o reseñas de películas de ciencia ficción, aprovechando la fórmula inventada por Contactos Extraterrestres, ocasionando así también que los límites entre la seudociencia y la ciencia ficción se borren o confundan en el imaginario colectivo, y ésta pierda aún más credibilidad como literatura.

4. La revista Ciencia y Desarrollo

El 23 de diciembre de 1970 fue creado por decreto presidencial el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), organismo descentralizado cuya finalidad era promover, coordinar y asesorar el desarrollo de las investigaciones y actividades en materia de ciencia y tecnología, así como procurar una aplicación más eficaz de los recursos naturales con idénticos propósitos. El CONACYT, al igual que las sociedades científicas mexicanas decimonónicas, consideró apropiado publicar una revista para divulgar el conocimiento científico y tecnológico, siendo éste el origen de Ciencia y Desarrollo, de periodicidad bimestral, y cuyo primer ejemplar fue el correspondiente al bimestre marzo-abril de 1975.

Cuando Edmundo Flores, director de Ciencia y Desarrollo en su primera época, decidió incluir cuentos de ciencia ficción en la revista, a propuesta de una junta editorial multidisciplinaria, exactamente dos años después de su fundación (en el número 13 del bimestre marzo-abril de 1977), creía únicamente que el género podía influir en alguna forma sobre los asuntos científicos y tecnológicos, la real politik y el desarrollo económico en general, como escribió en su Carta del director o editorial; pero nunca imaginó el gran favor que con el tiempo le haría a los autores y lectores de la ciencia ficción en México.

El primer relato que apareció en las páginas de Ciencia y Desarrollo fue Verdadero amor, de Isaac Asimov, el cual desató reacciones por completo encontradas entre algunos lectores. En el siguiente número de la publicación, dentro de las Cartas de nuestros lectores, una estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM escribió:

Estimado Joe:

Ni creas que voy a andar saliendo con una computadora, llena de foquitos, parpadeos programados y convulsiones electrónicas. Mejor me dices a donde se fue Milton, a qué prisión lo mandaste, y ahí lo voy a ver.

Charity

P.D. El cuento, ni tan cuento de Isaac Asimov, me conmovió hasta el grado de sentirme Charity, por eso escribo así esta carta.

Catalina Marín

Estudiante de Ciencias, UNAM

México, D.F.

Pero en el número 15, en el que no apareció cuento alguno de ciencia ficción, otra carta criticó acremente la inclusión en la revista de esta clase de literatura, que en su parte relativa decía: Me pregunto... cuál es la intención con que se da cabida al cuento de Isaac Asimov, en el que de manera sibilina se asocia la imagen del científico al delito y a la incapacidad afectiva, explotando la ya gastada metáfora de la sustitución del hombre por la máquina, fantasma en el que ya ni los niños creen y que los fabulosos adelantos tecnológicos de nuestra época han permitido reducir a un argumento de humanismo trasnochados y socializantes [sic]. La carta la firmaba Eusebio Ramos de la Fuente, Programador, con domicilio en San Luis Potosí.

En cierta ocasión, Brian Aldiss afirmó que la ciencia ficción no se escribe para los científicos como tampoco los relatos de fantasmas se escriben para los fantasmas. Los lectores de Ciencia y Desarrollo con formación dentro de las disciplinas científicas, bien podían sentirse felizmente identificados con los personajes del cuento de Asimov; o asumir una seriedad extrema, creyendo que se les denostaba al ofrecer ficciones de científicos poco ejemplares, o situaciones en que la tecnología podía representar una amenaza para el hombre. El efecto, en este último caso es muy similar al de los asiduos lectores de reportajes sobre ovnis que comienzan a leer ficción científica, pues en ambos ocurre una confusión de la realidad con la irrealidad; como si los fantasmas de los que habla Aldiss pudieran llegar a pensar que ellos debían ser los héroes de las historias en que aparecen y desaparecen.

Por fortuna, las actitudes negativas o de incomprensión hacia el género en comento, no reaparecieron entre las cartas de los lectores de Ciencia y Desarrollo, sino que fue la actitud de la estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM la que predominó, es decir, un enorme entusiasmo por la ciencia ficción, ya fuera como vehículo de auxilio a la divulgación científica, o como simple pasatiempo de extrapolación científica y tecnológica. Como ejemplo está la carta de felicitación al cuento El eclipse de Augusto Monterroso (en el número 15 de julio-agosto de 1977), que en realidad no pertenece a la ciencia ficción, pues trata de un fraile español que cae en manos de unos aborígenes quienes intentan sacrificarlo a sus dioses, aunque el fraile, echando mano de sus conocimientos científicos, trata de disuadirlos amenazándolos con una venganza divina, pues sabe que ese día ocurrirá un eclipse. Sin embargo, los nativos sacrifican al fraile, y luego revisan su calendario autóctono para saber cuándo tendrán lugar los próximos eclipses, tanto de sol como de luna. Un lector de la misma nacionalidad que Monterroso (guatemalteco), envió una carta (número 17, noviembre-diciembre de 1977) en la que imagina lo que habría sido el relato de haber intentado inscribirlo dentro de la ciencia ficción:

El cuento El eclipse es perfecto. Nos remonta al siglo XVI por sus personajes y sus anécdotas. Hoy contada, esa misma historia, dentro del género ciencia-ficción, fray Bartolomé sería el doctor Schnell y los mayas los programadores de algún centro de cómputo perdido en algún edificio de investigaciones astronómicas. La computadora, ciertamente, sería antropófaga.

Luis Henestrosa V.

Guatemala, Guatemala

En Ciencia y Desarrollo también aparecían reseñas de libros de autores de ciencia ficción, como ocurrió con In Memory yet Green de Isaac Asimov, corriendo la recensión a cargo de Jerome Zukosky (núm. 29, noviembre-diciembre de 1979); y ensayos como La ciencia ficción: una opinión personal de Carl Sagan (núm. 30, enero-febrero de 1980). CONACYT también decidió recoger en una antología los cuentos de ciencia ficción publicados en sus primeros números en un par de libros.

Entre los números 13 y 50, que ocupan el periodo correspondiente al segundo bimestre de 1977 y el primer semestre de 1983, la revista Ciencia y Desarrollo publicó a doce autores estadounidenses, como Isaac Asimov, Fredric Brown, Robert Silverberg, Ray Bradbury, Kurt Vonnegut Jr., Damon Knight, Frederik Pohl y Philip K. Dick; a cuatro británicos: H.G. Wells, Fred Hoyle, Arthur C. Clarke -de quien se incluyó en tres entregas El fin de la infancia, porque Edmundo Flores, director de Ciencia y Desarrollo, confesó en su editorial no haber podido resistir la tentación de publicar una obra llena de realismo y misterio, que en vez de perder actualidad la gana con el paso del tiempo y el progreso (núm. 35, noviembre-diciembre de 1980)-, y Olaf Stapledon, -a quien le publicaron, asimismo en tres entregas, la novela Juan Raro-; a tres franceses: Jacques Sternberg, Yves Dermèze y Jules Verne; dos soviéticos: Vladimir Savcenko y Viktor Saparin; un polaco, Stanislaw Lem; un austriaco, Herbert W. Franke; y un español: Leopoldo Alas Clarín; hasta que en el número 51, del bimestre julio-agosto de 1983, apareció Antonio Ortíz con La tía Panchita, cuento de ciencia ficción escrito por un físico, divulgador científico y pintor mexicano, que trata sobre un romántico electricista que viaja por el tiempo. Desde entonces, la sección literaria de la revista, al ver que los mexicanos podían también aportar algo original y divertido al género, buscaron su material entre otros autores nacionales y latinoamericanos, como Manú Dornbierer, Daniel González Dueñas, Juan José Arreola y Jorge Luis Borges.

El entusiasmo o, más bien, escepticismo despertado por los mexicanos y latinoamericanos que escribían ciencia ficción es la única explicación a la carta enviada por un lector, que apareció en el número 62 (mayo-junio de 1985), preguntando por la veracidad de un recurso literario empleado por Antonio Ortiz en uno de sus relatos:

En el número 54 [de enero-febrero de 1984] de la revista Ciencia y Desarrollo, se publicó un cuento de ciencia ficción titulado Bajo la noche del tiempo, en el que su autor, Antonio Ortíz, menciona una teoría que recibe el nombre de hiperinformación. Quisiera saber si esa teoría es tan sólo un recurso literario, o si existe un estudio serio sobre ese tema.

Javier A. Mendoza

Puebla, Puebla

A principios de 1984 apareció en Ciencia y Desarrollo la convocatoria para el Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción Puebla, cuyo ganador, La pequeña guerra de Mauricio-José Schwarz, apareció en el número 59, del bimestre noviembre-diciembre del mismo año, y desde entonces, los subsecuentes ganadores se publicaron en la revista, junto con las primeras menciones honoríficas.

De esta forma fue como comenzaron a aparecer en las páginas de Ciencia y Desarrollo los que con el tiempo se convertirían en los cuentos clásicos de la ciencia ficción mexicana, ya por haber ganado el concurso Puebla, ya por haber obtenido alguna mención en él, ya por haber sido, literalmente, despojado del premio mencionado, o ya simplemente por tratarse de un relato que todos los lectores mexicanos han oído mencionar pero muy pocos han leído, como por ejemplo: La pequeña guerra de Mauricio-José Schwarz (ganador del primer concurso Puebla, aparecido en el núm. 59, nov.-dic. 1984), Kubrick's 2002 de Guillermo Fárber (núm. 61, mar.-abr. 1985), Mundo blanco de José Luis Zárate (núm. 64, sep.-oct. 1985), Crónica del gran reformador de Héctor Chavarría (ganador del segundo concurso Puebla, publicado en el núm. 66, ene.-feb. 1986), el anónimo Fase Durango (escrito por Juan Armenta Camacho, cuyo nombre se omitió por razones desconocidas; en el núm. 67, mar.-abr. 1986), Sueño eléctrico de Gerardo Horacio Porcayo (núm. 68, mayo-jun. 1986), Orquídeas de Adriana Rojas Córdoba (núm. 70, sep.-oct. 1986), y La voz de nuestros mayores de Guillermo Fárber (núm. 76, sep.-oct. 1987).

Un gran clásico titulado El viajero de José Luis Zárate, que no sólo ganó el premio Puebla en 1987 y el Kalpa en 1993, sino que logró trascender las fronteras al adjudicarse el premio Más Allá de Argentina, donde se le consideró como la mejor historia de ciencia ficción de la década de los ochenta, fue la ocasión de otra dura carta de protesta de parte de uno de los lectores de Ciencia y Desarrollo, no obstante que uno de los motivos que el jurado del premio Puebla señaló para concederle el galardón, fue su originalidad y el ágil manejo del lenguaje. La siguiente carta de reclamación, apareció en el número 61, de julio-agosto de 1988:

Desde hace siete años soy lector y suscriptor de la revista Ciencia y Desarrollo. Es innegable que esta revista ha adquirido un gran prestigio por la calidad de sus artículos y noticias lo que hace que sea leída por mucha gente. Con base en lo anterior, me permito manifestar mi protesta por la inclusión del cuento El viajero de José Luis Zárate Herrera, en la sección Ciencia Ficción del número 79 de esta prestigiada revista. La razón de mi protesta es simplemente el lenguaje soez y obsceno que el autor utiliza en todo su cuento. ¿Cómo es posible que en una revista tan bien cuidada técnicamente haya podido colarse un escrito de este tipo? No es de mi incumbencia el por qué el jurado calificador del IV Concurso Nacional de Ciencia Ficción Puebla 1987 otorgó el primer lugar a este cuento; yo sólo protesto porque en mi opinión la calidad de la revista no puede concordar con una obra de estas características.

Atentamente

Ing. Héctor J. Guagneli V.

México, D.F.

El viajero, contra lo que podría pensarse después de leer la anterior carta de protesta, no era un compendio de la picardía mexicana ni nada semejante, sino que el protagonista, un detective mexicano del futuro, hablaba con el lenguaje empledo por esta clase de profesionistas en nuestro país y no, como parecía desear el autor de la protesta, con la compostura de Hercules Poirot o Sherlock Holmes. No era la primera vez que un concursante destacado del premio Puebla se metía en problemas por utilizar el florido lenguaje de arrabal mexicano. Es un secreto a voces que el cuento El que llegó al el metro Pino Suárez de Arturo César Rojas Hernández, no obtuvo el primer premio en el concurso Puebla de 1986, el cual se declaró sin ganador, precisamente por haber empleado la lengua y algunos términos populares mexicanos -en menor medida que en El viajero de Zárate-, y que, además, sin importar el haber obtenido una mención honorífica, el cuento de Rojas nunca apareció en la revista Ciencia y Desarrollo. Tal vez la directiva de dicha publicación reflexionó sobre el fenómeno y, contra su costumbre, respondió a la anterior carta de protesta lo siguiente:

Al igual que sucede con todos los escritos de ficción científica, la sección Ciencia Ficción de nuestra revista es más literaria que científica. Por esta razón, los organizadores del concurso al que hace mención nombraron un jurado con capacidad para evaluar los méritos literarios de los cuentos, cuya decisión acatamos. Sentimos mucho que le