Literatura Digital

Por: Guillermo Lavín

La metáfora

No hace mucho llegué a la conclusión de que el ser humano ha cimentado su vida en la metáfora. ¿Qué somos para la Biblia, por ejemplo, sino la extensión de un sonido o un aliento, el producto de una voz, de una palabra, del verbo? ¿El Gólem? A propósito, Borges afirma que El nombre es el arquetipo de la cosa / En las letras de `rosa´ está la rosa / y todo el Nilo en la palabra `Nilo´.(1) El pensamiento es una metáfora, un acercamiento a la realidad, pero es también otra realidad, una realidad que depende de los órganos sensoriales y de lo que encuentre a su alrededor. Me pregunto si el cerebro, separado de esos órganos sensoriales sería como una computadora apagada. Quizá el pensamiento sea la primer forma de realidad virtual que existió, pero lo ignorábamos.

Con la metáfora vamos más allá, quebramos el mundo inmediato, estiramos su significado, destruimos la asociación entre el pensamiento y el objeto, para crear una nueva relación, y buscamos con ella conmover, de alguna manera, a los demás. Cada metáfora es una nueva identidad, y si bien el objeto sigue siendo el mismo, la percepción que tenemos de él se trastorna.

Los humanos queremos conservar nuestro mundillo personal. La nostalgia, la melancolía nos atrapa cuando pensamos que un día, quizá próximo, habremos de abandonar para siempre a aquella que amamos, este hijo que nos hace vibrar, la pluma con la cual escribimos algunas cartas, el libro de cabecera. Ansiamos preservar las cosas que nos rodean porque así se crea la ilusión de permanencia, como si pudiera preservarse nuestra existencia; escribimos un poema para rescatar del olvido el sentimiento que nos invadió una noche.

La metáfora más depurada que enseña el afán de crear algo para poder sobrevivir un poco más, se encuentra en la historia de Sherezada, que debía de crear cuentos una y otra vez, o perdería la vida. Las artes significan, entre otras cosas, una extensión del instinto de supervivencia, una forma depurada de rasgar la frontera de nuestro cuerpo para exhibirlo y perpetuar el universo de sensaciones e imágenes que portamos ocultas en la intimidad, y que sólo se muestran a través del lenguaje.

El arte responde a una necesidad. Cada vez que alguien pregunta la razón de la escritura, los motivos, las inclinaciones, las fuerzas internas que mueven al escritor, se inventan respuestas razonadas que van desde el simple deseo de agradar a los amigos, de buscar una respuesta inmediata, de romper el aislamiento, hasta la necesidad de transformar el mundo, pasando por el sencillo deseo de distraer a los demás. ¿Qué necesidad esconde la música de Molotov y el insulto colectivo? ¿Qué motivos inducen a Marylin Manson a orinar y chorrear sangre sobre su público? ¿Qué relación guardan ambos con García Márquez o Picasso?

En una conversación que sostuve con unos jóvenes, me aseguraban que Molotov es un grupo fenomenal, músicos excelentes, creadores maravillosos. No pretendí entonces cuestionar esos adjetivos. Sólo les pregunté: Y después de la mentada de madre, ¿qué? ¿Habrá otro insulto más escandaloso que les permita impresionar un poco más a sus adeptos? O se volverán cantores cristianos, como ha sucedido con otros que palpan los extremos de la vida. Ya le ocurrió a Madona, a Yuri y a José Vasconcelos.

Es más fácil escandalizar y llamar la atención con un insulto, que trabajar durante meses y años para escribir una novela. No obstante, para ser justos, preguntemos: ¿Pierde validez Molotov? ¿Es arte? ¿Es una propuesta estética? Indudablemente es una metáfora de la realidad que viven, que traducen como pueden, que tal vez a algunos no nos conmueve, pero que agita las sensaciones juveniles. Basta con asistir al cine y ver cómo las películas son cada vez más rápidas, las imágenes se suceden sin freno, avasalladoras, los sonidos estallan, las perspectivas marean; MTV transmite imágenes con celeridad impresionante, imágenes que suelen ser de agresión y sexo, que impactan con colores intensos. Y todo esto no tiene ya que ver con lo que conocimos quienes ahora tenemos más de 40 años. Representa una crisis de la metáfora dominante en la sociedad. Los jóvenes buscan su propia metáfora. Es una ruptura, como la que ocurrió en los sesenta. Como ha sucedido siempre.

La gente que vivió hace mil años cerca de las murallas de piedra de la Sierra Madre Oriental, por el rumbo de El Cielo, en Tamaulipas, cubrió la palma de las manos con algún tipo de pigmento y pintó manos negras en las piedras. Aún no sabemos que quisieron decir. ¿Sería una advertencia para que otras tribus supieran que aquellas cuevas ya estaban ocupadas? Quizá competían para saber quién saltaba más alto. Lo único cierto es que las manos están allí para decirnos algo, pero no entendemos el mensaje. La metáfora se perdió, como suele perderse cada día en el uso del lenguaje. Añadimos metáfora sobre metáfora, haciendo más sofisticado el sentido. La casa es una cueva, Tyson es una fiera, esa niña es una gatita. Ya nadie dice que va al retrete, sino al excusado. Y con la metáfora se pide perdón, sin saberlo.

La metáfora es la que nos lleva más lejos, el lenguaje es el que nos conecta con el mundo exterior. Usamos imágenes, abstracciones para comprender lo que nuestro cuerpo percibe. La metáfora nos lleva más allá (fero: lleva; meta: más allá), a través de una ilusión, a la ilusión de la realidad, nos sirve para traducir esta Torre de Babel en que vivimos.

La realidad virtual

En los últimos años se ha puesto en el tapete de discusión, el tema de la realidad virtual. Los expertos dan explicaciones tecnológicas, nos ilustran las revistas especializadas de computación acerca de cómo funciona la computadora que la produce, los cables que conectan al cuerpo con ella, el programa que conduce el proceso para producir en nuestra mente una realidad virtual. Poco a poco se crea un nuevo lenguaje de vida vertiginosa, un código de especialistas, que crece a diario y aleja a aquellos que no se acercaron hace diez años a ese nuevo mundo recién descubierto.

Hay algo peculiar en la glorificación que los vendedores de computadoras atribuyen a la tecnología. La vinculación que se produce entre el mundo de los años sesenta y esta nueva sensación virtual: Timothy Leary decía que la contracultura era el origen del ordenador personal. Y había algo de cierto. Steve Jobs, fundador de Apple, viajó a la India, estudió el budismo y regresó a su casa asegurando que la humanidad debía más a Einstein que a Buda. Bill Gates, destacado psicodélico en su época estudiantil en Harvard, asegura que si activas tu mente con drogas psicodélicas obtienes sensaciones que sólo pueden ser descritas electrónicamente(2). En 1969 McLuhan afirmó a la revista Play Boy que las drogas eran imitadores químicos, que permitían una empatía eléctrica con el entorno. De ser así, la pregonada realidad virtual es sólo otra forma de simulación, de ir más allá de nuestras limitadas percepciones.

En los años sesenta, los jóvenes se manifestaban contra la guerra de Viet Nam. Ahora mismo EUA está en guerra. Pero la guerra de hoy es virtual, se nos presenta ascéptica, exacta, que corta tumores con la precisión quirúrgica del escalpelo láser. La vemos en la televisión como si fuera un juego de Nintendo, una fantasía de luces y resplandor, estallidos que tienen menos realismo que el juego de Star Fox. Vemos la guerra apoltronados en la cama, entre cuatro almohadones. En lugar de oler la carne chamuscada y arrinconarnos temerosos del posible derrumbe, saboreamos nieve descremada y soda light, alimentos virtuales para un mundo virtual. A veces me pregunto cuál guerra es más real: la de la OTAN contra Kosovo, o la de Explorer contra Navigator. La percepción ha cambiado tanto que provocó más atención y reclamos la boca multifuncional de Mónica Lewinsky, que los bombardeos en Yugoslavia. Esa es la nueva percepción, las que llega cada día a casa, la que está formando una nueva generación.

Comprender el significado de la metáfora y, al mismo tiempo, el desarrollo histórico de un pueblo o región, nos sirve para comprender sus expresiones artísticas, su literatura. Toda forma de comunicación es una metáfora, es el instrumento fundamental de comprensión. Esto explica cómo, en la medida en que avanza la civilización, cambia la imagen que tenemos de nuestro entorno. La metáfora colectiva, esa forma de pensar que nos identifica en un lugar y momento especiales, es un vínculo entre los hombres, pero es también el que pone la distancia.

Vivir fuera de la metáfora

Me parece que cualquier estudio acerca de la literatura debe considerar siempre el desarrollo de la sociedad que la gesta y, sobre todo, la forma en se comunica ese grupo con el resto del mundo, el acceso logrado a la información mundial, la facilidad o las dificultades para conocer lo que ocurre más allá de las fronteras.

En 1985 estudié el desarrollo de la literatura tamaulipeca(3) en los últimos cien años. Llegué a una conclusión: no existía una tradición literaria que fuera significativa más allá de la geografía política del estado. La escritura creada en esos cien años, con raras excepciones, no lograba traspasar la frontera, ya no del estado, ni siquiera de las ciudades donde se producía. Estoy convencido de que la incomunicación fue la causa. Una breve mirada por su historia nos señala su tardía colonización, los difíciles y accidentados caminos, las sierras atravesadas como murallas impidiendo el flujo de mercancía e ideas, el río Bravo, el río Pánuco y el Golfo de México abrazando la tierra, el suelo receloso y terco y las hostilidades constantes con los habitantes prehispánicos y el centralismo avasallador restaron oportunidades a los colonizadores. Tardaban semanas en viajar a México, ombligo todopoderoso de la nación incipiente.

La gente del noreste mexicano se fue alejando del pensamiento mayoritario, de la metáfora predominante, y se produjo en consecuencia una metáfora inerte, oculta, de validez regional. Decía T.S. Elliot que sólo crecen y se desarrollan las culturas cuando interactúan: que cada región tenga su cultura característica y que esa cultura armonice con la cultura de las regiones vecinas y las enriquezca.(4)

Extrapolar la idea me lleva a pensar que aquellas regiones poco comunicadas, desinformadas, que no tienen acceso a los movimientos culturales contemporáneos, que no interactúan con otras regiones, tienden, como en la economía, a crear sociedades culturalmente autárquicas. Si ocasionalmente reciben información, lo más probable será que la menosprecien. En Tamaulipas ocurrió. Los poetas de principios de siglo, anclados en el romanticismo decimonónico, menospreciaban y desdeñaban la corriente modernista, que ya ni siquiera constituía una vanguardia. La consideraban decadentista.

Para refrendar la opinión, observamos que apenas en este siglo, en los años cincuentas, aparece la Universidad de Tamaulipas, en los sesenta entra de lleno la televisión, entre 1951 y 1957 se crean diversas casas de cultura. La carretera que cruza la entidad de sur a norte se inauguró en la década en que el hombre pisaba la luna. Y a fines de los años setentas y principios de los ochenta cambia por completo el panorama literario y cultural. Surgen nuevas generaciones, mejor informadas, con el deseo de crear una literatura más representativa y de trascendencia. Pero es además una generación que no intentó salir del estado. Por supuesto, quedarse a vivir en un lugar donde aún no hay condiciones propicias para un buen desarrollo cultural implica cierta renuncia y arriesgarse a permanecer en el olvido.

Para evitarlo, los escritores buscaron subsanar la carencia fundamental, creando herramientas para abrir el flujo de la comunicación. Así surgieron, por orden temporal, A Quien Corresponda, Mar Abierta, Caliche, Umbrales, Reflejos, Sintaxis, Diamante, El Bagre, entre otras revistas orientadas a difundir la cultura. Estas publicaciones abrieron un espacio a los escritores de la región, les permitieron conocerse, compartir y disentir, confrontar estilos y reflejar contextos. Para eso son las revistas. El acceso a la información y la posibilidad de comunicarse son, en síntesis, fundamentales en el desarrollo de la literatura.

El empaque

Uno vive dentro de un paquete, un envase. El cuerpo es la envoltura de nuestro pensamiento, nuestra frontera. Todo lo que existe, existe dentro de algo. La literatura tiene su propio empaque, el libro, que por cierto ha devenido durante cinco mil años de múltiples maneras: es una hoja que se extrae del Papyrus en Egipto, una hoja de seda en China, tablillas de Arcilla en Sumeria, hoja de palmera en la india, piel de cordero en Pérgamo. Byblos, llamaron en griego a la corteza de árbol que se usaba para elaborar el papel. Durante cientos de años el libro se ha hecho de papel, gracias a un invento maravilloso de los chinos.

El libro es un sobreviviente, un mutante que busca su nuevo destino en el plástico del CD y en el monitor de baja emisión. Para escribir el libro, transitamos de la pluma de ave a la caña gruesa y hueca, de la pesada máquina Remington, al invento del Sr. Biromé. El teclado de plástico, la pluma electrónica, el mouse y los bits son la nueva herramienta de escritura.

Por muchos siglos, los libros se guardaron en recipientes cilíndricos de madera o piedra, que los griegos denominaron bibliotheke. Al menos tres mil años antes de Cristo, ya había preocupación por conservar el pensamiento, la creación humana, en bibliotecas. Dicen que en la biblioteca de Alejandría conservaban 750,000 rollos -libros-. Los emperadores Ptolomeo I y II(5) destinaron una gran inversión a crear esa biblioteca y a conservarla, a pagar copistas que rastreaban el mundo para conseguir libros y copiarlos. Pero bastó una bola de fuego, una guerra, para cercenar la maravillosa odisea cultural. El papel se desgasta con el tiempo, se deteriora con paso irremediable, se lo comen los roedores y en los lugares cálidos aparecen pequeños bichos platinados con figura de pecesillos, que los devoran inexorablemente, como niños en fiesta de cumpleaños que reciben una bolsa de chocolates. El libro no resiste la humedad y el moho; el engomado, tieso, se fractura y libera las hojas(6). El papel contemporáneo está elaborado con ácidos que tornan quebradizo el papel antes de 30 ó cuarenta años. Las hojas se vuelven amarillentas, se doblan las esquinas, se desbarata el lomo. El libro es un hijo amado y frágil.

En cuanto a la reproducción de libros, quisiera pensar un momento en el uso de los tipos de barro que usaban los chinos, de madera y metal, después; en los tipos fundidos por Gutemberg e incluso en las máquinas Composer con que hacíamos la revista A Quien Corresponda a mediados de la década de los ochenta.

En unos años la situación ha cambiado. ¿Cuántos libros caben en un CD? La enciclopedia Encarta del 98 ocupa dos de esos discos de 4.5 pulgadas de diámetro. El Diccionario de Inglés de Oxford sacó su segunda edición en 1992 y ya está el línea. Consta de 20 volúmenes, 22,000 páginas de referencia, con un millón de entradas. El tiempo que aplicaban en la edad media el copista y el corrector de cada ejemplar no tiene manera de equipararse con los treinta minutos que tarda mi CD-WR en hacer una copia casera. Ahora, con el programa de diseño editorial Ventura, un procesador de textos como Word, un conjunto de programas de diseño gráfico como Corel, se elabora la revista en un par de días. Como parámetro, sirva decir que una vez, cuando hacíamos la revista en Compuser, llegamos a tardar un día en armar una página de publicidad.

La abundancia tipográfica, la facilidad con que se elabora un libro, es también una desgracia. Cada vez que visito la librería, me duelen los árboles que talaron para imprimir tanta basura. Lo mismo está ocurriendo con la Internet: En el ciberespacio hay opciones y desafíos; existen numerosas expresiones de creatividad y propuesta en todos los campos pero, desde luego, también insidias y provocaciones, basura y delito. Uno de los apologistas -pero con realistas reservas- del nuevo mundo cibernético, Nicholas Negroponte, quien es director del famoso Media Lab del ITM, ha escrito en la conclusión de un libro sobre la nueva era digital, que la tecnología puede ser entendida como un obsequio de la ciencia pero también tiene su lado oscuro: La próxima década, vamos a ver casos de propiedad intelectual, abuso e invasión de nuestra privacía. Experimentaremos vandalismo digital, piratería de software y hurto de datos. (7)

Buena parte del mundo ha colocado su página personal. Y, ¿a quién le importa que fulanito viva solo, que le guste beber cerveza en lata y que escuche a los Rolling Stones durante sus noches solitarias, mientras acaricia el pelaje de sus tres gatos? No obstante, la humanidad siempre ha obrado así. Es una especie de chauvinismo personal. La ventaja de la red es que no cortan árboles. La eterna ambivalencia.

El enamorado del libro puede ser o no un lector. Hay quienes aman al objeto, que necesitan ver el lomo en las estanterías de la biblioteca, que presumen la posesión de tal o cual incunable, que exigen la textura del papel(8). El mouse les causa urticaria y no soportan el brillo del monitor. Y quizá tengan razón. A mí me desagrada leer un buen libro en el monitor. Algo debe de estorbar a la lectura, que exige la participación del lado creativo del cerebro. Quizá el monitor, al ser fuente de luz, nos distrae; el libro se limita a absorber y reflejar la luz. Por otro lado, la historia está llena de gente que mira atrás, como si el pasado ofreciera admiración y el futuro náuseas. Cada vez que aparecen cambios, surgen reacciones adversas. William Morris fundó la Imprenta Kelmscott Press a fines del siglo XIX, una empresa artesanal, con métodos ya entonces en desuso, que idealizaba la vida renacentista.

Hace un par de años, durante un seminario de literatura se desató una breve, pero ilustradora polémica. Unos decían que para escribir es mejor el lápiz; otros, la pluma fuente -tal parece que otorga cierta dignidad a los signos-; los más se inclinaban por la máquina de escribir, y muy pocos, yo entre ellos, hicimos un voto público a favor de la computadora. Ahí empezó el debate. El argumento contrario a la PC es que permite escribir demasiado rápido, se pierde la reflexión, la profundidad: no es lo mismo que ver el papel. A favor, la fácil corrección, no tener que pasar en limpio una y otra vez el texto, disponer de correctores ortográficos y de sinónimos de uso inmediato, y uno puede corregir en el papel, una vez impreso. En fin, uno de los presentes, con el ánimo de culminar las diferencias añadiendo una voz autorizada, dijo haber leído una entrevista que le hicieron al respecto a Salvador Elizondo, quien se inclinaba por la pluma. Según nuestro amigo, el diálogo fue máso menos así: ¿Pero no cree -le preguntaron al maestro Elizondo-, que con una computadora puede escribir más rápido? Tal vez -respondió-, pero yo no quiero escribir más rápido, quiero escribir mejor. El argumento es sólido. Pero lo es para ambos lados. En realidad uno sabe que escribir bien o mal es un asunto que no depende la pluma o el teclado -es absurdo pensar así-, sino del que escribe. ¿Existe alguna diferencia entre el teclado de la PC y el de máquina de escribir? Imagino que hace algunas décadas hubo escritores que se indignaron con la posibilidad de escribir a máquina. Ahora la PC es la causa de la controversia.

No obstante, la novedad es el ebook (libro electrónico). Un objeto que pesa unas 22 onzas, tiene la forma de un libro, una pantalla de alto contraste y excelente definición, es sensible al tacto y tiene una pluma para subrayar y hacer anotaciones. Un ebook -libro electrónico- puede almacenar 4000 páginas, unas diez novelas, tiene acceso a la Internet y se pueden cargar y descargar libros. El dispositivo cuesta unos 300 dólares. Dicen que Microsoft ya le echó el ojo. En breve se estandarizará; imagino que habremos de sufrir la caída de Windows cuando estemos leyendo la parte de más tensión de la novela. El olor del papel será sustituido por un par de baterías recargables. Pero Umberto Eco no lo cree así, si bien se maravilla con las posibilidades del CD, al mismo tiempo nos alerta sobre sus limitaciones: el disco está llamado a sustituir a los repertorios y enciclopedias, pero no a los libros de profundización o reflexión filosófica ni a las obras literarias(9). Parece cierto, al menos por ahora. La tecnología avanza tan de prisa, que resulta casi imposible predecir lo que producirán mañana.

La tendencia a leer y comprar libros en su forma tradicional tiende a bajar. En México hay sólo una librería formal por cada 180,000 posible lectores, en el año 1994 se publicaron 92 millones de libros, sin considerar los libros de texto: poco menos de un libro por habitante. Casi la misma cantidad que cuatro años atrás. La población crece en México, pero la producción de libros no. En los EUA el año pasado las librerías devolvieron a los editores el 45% de todos los libros y el 25% de los libros universitarios también fueron devueltos(10). Los costos del libro impreso se elevan. Por el contrario, la impresión de una página en una láser casera cuesta unos cuantos centavos. El formato de Adobe Acrobat se ha generalizado y permite diseñar libros y revistas a un costo muy bajo, enviarlos por la red, leer en pantalla e imrpimir con todo y el diseño. Y los usuarios de Internet se multiplican como una hiedra. Congestionan el tráfico. Actualmente, la mitad de los hogares norteamericanos tienen una computadora, motivados por la red. La navegación nos maravilla, como en su momento el teatro, la radio, el cine, la revista, la televisión, ya que puede ser un poco de cada cosa. No obstante, me parece que el atractivo fundamental está en el descubrimiento, en el descubridor que todos llevamos dentro, en el niño que se sorprende al encontrar una explicación, un dato, una fotografía. Es también una posibilidad de aprender y de enseñar. Se navega en el mar para descubrir mundos nuevos; se navega en la red con el mismo fin.

El Juan Pablos virtual

De entrada, nos asombra el dato: la librería Amazon vendió un 50% más el último año, gracias a las ventas a través de Internet. Y ofrece descuentos de 20 a 40 %. Pero además existe un proyecto para ofrecer gratis los libros más importantes, de dominio público, en inglés. Basta bajar el archivo e imprimirlo en casa.(11) Es un servicio gratuito.

Pero cabe preguntarse ¿quién fue el Juan Pablos de la era digital del libro? Sé de cierto que en los países de habla hispana fue Eduardo Carletti, argentino, escritor y especialista en computación, que mucho antes de que la Internet se abriera al público, él ya experimentaba. Así creó una revista virtual, Axxón, que llegó a los 86 números(12). Diseñó un programa autoejecutable para producir la revista y libros en disquette, la revista se distribuía en forma gratuita a través de una red de amigos en el mundo. En cuanto apareció Internet, fue de las primeras publicaciones gratuitas en línea.

El libro ha seguido un camino difícil, complicado, lleno de enemigos. Fray Juan de Zumárraga arribó a México en 1533. Entre las cosas que vino a hacer, quemó códices -libros- indígenas, por razones religiosas, y creó la primer biblioteca del Nuevo Mundo: la historia le aplaudirá y le reclamará eternamente(13). Otros, como Hitler, se han solazado quemando libros. En el año 79 el volcán Vesubio arrasó con la ciudad de Herculano; en 1752 se inspeccionó el sitio y encontraron 1899 rollos, papiros, carbonizados. En china, en el año 213 a. De C. El emperador Ts´in Shihuangt, para castigar a los autores que se atrevían a criticarlo, mandó al fuego todas las tablillas de madera que encontró. Pero eso no es nada. Ahora basta un apagón de la Comisión Federal de Electricidad para que se pierdan toneladas de trabajo.

En estos tiempos cibernéticos han aparecido nuevos inquisidores de libros. Aquella profecía de Ray Bradbury, que anunciaba un futuro sin libros, quemados a 451 grados Fahrenheit, tiene sus homólogos en el campo digital. Mientras escribo esto, Melissa invadió el mundo virtual. Es un virus informático distribuido a través de Internet, destinado a destruir los archivos creados con el procesador de textos de Word. Supongo que el creador, David L. Smith(14), tiene algún indiscreto rencor contra Bill Gates. Cada quién con sus prejuicios y sus necedades.

En el nombre de Dios, en el nombre de la raza, en nombre de la igualdad, en nombre de la libertad, en busca de la salvación de la humanidad, los fanáticos siempre terminan destruyendo libros. Como si con eso quemaran las ideas. Ignoran que sólo son el empaque, la caja donde el hombre se expone. Y sin embargo ¿cuántas novelas, cuentos, poemas y ensayos se perdieron o sufrieron mutilaciones? ¿Qué tanto se ha perdido en estos veinte años de virus informáticos? Un virus biológico contiene unos 10,000 bits de información(15), equivalente a una página de texto. Es simple, es eficiente, es capaz de destruir mucho más que el cerillo que encendió la fogata de libros. Hitler no ha muerto.

Literatura Digital

El ebook ya está a la venta. Los libros y las revistas están en Internet. Seguramente en breve aparecerán nuevos y más versátiles ebook, pues los actuales son incómodos. No me gustaría acostarme a leer con esas cajas de plástico iluminado. También se habla de una pluma digital, cuyo prototipo se guarda en una urna de plexiglás, en la Sala Hamburgo, de la Universidad Carnegie Mellon. Dicen que servirá para escribir en cualquier superficie, los sensores seguirán el curso de su punta y enviarán la información a la dirección electrónica que uno desee. También archivará la información. La idea es una antigüedad del año 97.

Pero mucho antes, Bowman jugaba con Hal diversos juegos de mesa, entre ellos el ajedrez, y, aunque Hal podía ganar siempre, el programa se lo permitía sólo el 50% de las ocasiones. Arthur C. Clark escribió en 1968 su libro 2001, una odisea del espacio, suponiendo entonces que Hal 9000 sería una computadora casi humana, inteligente, capaz de responder a situaciones nuevas.

En mayo de 1997 la IBM sentó a Gary Kasparov frente a Deep Blue, una computadora comercial -RS6000- entrenada para jugar ajedrez. Se diferencia de Hal en que no quiere perder el juego. En un segundo, Gary puede pensar en dos o tres jugadas; Deep calcula 200 millones de movimientos en el mismo lapso. Al perder, Gary dejó entrever que la máquina había sido auxiliada en la segunda partida. Mostró -dijo- signos de inteligencia e intuición. Ese rasgo humano no puede tenerlo una máquina.

Al ritmo que se desarrollan los chips y el software es indudable que en breve tiempo perderemos en el ajedrez. Pero eso es lo de menos. La diferencia, hasta hoy, con la computadora, es la capacidad creativa. En algo así como 1500 gramos de masa gris done existen de 20,000 a 100,000 millones de neuronas, que han evolucionado en los últimos 4,600 millones de años, a partir de polvo y gas interestelar. Es la evolución natural, según la ciencia contemporánea(16). Ahora el cerebro ha creado en unas cuantas décadas la mayor metáfora de sí mismo, la computadora. Funciona con memoria inmediata (bios) y a largo plazo (Hard drive); tiene una cabeza -hardware- y se vale de procedimientos lógicos -software-. De la biblioteca de Alejandría al Autómata, la primer obra conocida sobre robots, escrita por Herón de Alejandría, pasando por los esfuerzos imaginativos del Golem y de los Alquimistas, hemos llegado a la realidad virtual.

La pregunta latente no es qué tantas operaciones matemáticas puede lograr la máquina, ni cuántas opciones puede aprender para dar respuestas a situaciones nuevas. Está fuera de duda que nuestro cerebro no tiene -por ahora- capacidad de expansión fuera del cráneo. Su expansión es la computadora. Lo que me pregunto es si la computadora tendrá un día capacidad de soñar, si podrá reconocer olores y vincularlos al recuerdo, si podrá comprar, abstraer, si tendrá instinto de supervivencia. ¿Podrá tomar datos aislados y recomponerlos, añadir los que falte, verificar sus opciones, revisar lo que siente una persona, sus celos u envidias, los odios encontrados? ¿Tendrá imaginación? ¿Será capaz de crear, de reproducirse? ¿Será el hombre capaz de ser Dios, de crear algo a su imagen y semejanza?

Quizá un día yo tenga ganas de leer, digamos, una nueva novela al estilo de Carlos Fuentes y me baste con encender la computadora para pedirle que, a partir de ciertos datos y retomando el estilo del autor en la novela Terra Nostra, la escriba. Quizá un par de horas después la imprima y la disfrute. No es una posibilidad nueva, hace ya algunos años, en octubre de 1950, Gabriel García Márquez escribió un artículo periodístico donde supuso que llegará el día en que se publique una novela firmada por 7RNX -un aparato fabricado por un electricista irlandés que por añadidura es analfabeto- o se enfrasque el maestro Sartré en una controversia existencialista con el cerebro elctrónico fabricado por un radiotécnico francés(17). Por ahora, esta idea no pasa de ser una fantasía. Una idea nostálgica de un futuro que ahora nos parece tan improbable, como lo parecía el viaje a la luna hace cien años.

En algún debate se dijo que tarde o temprano se construirá un ordenador capaz de superar a la inteligencia humana. Podría tardar 10 ó 200 años, pero ocurrirá, pues en principio nada es imposible(18). Esta idea es producto de la especulación de los teóricos de las megatendencias. ¿Es una posición optimista o pesimista? ¿Está más cerca de la imaginación que de la ciencia? La oficina automatizada es ahora lo que en su momento fue la producción en cadena. El correo electrónico le quita el trabajo al servicio postal. El editor de textos, a la Remington. La cámara oscura es ahora una cámara brillante llamada PhotoShop. Y ya llegaron los electrodomésticos basados en Windows (qué horror).

Cyberliteratura

Creo que al escritor le resulta indispensable estar en contacto con las diversas metáforas que se producen en el mundo y que Internet es un excelente medio para conocerlas casi de inmediato, en cuanto se producen. Creo que al escritor se le abren puertas gracias al bajo costo y la facilidad de la publicación electrónica; creo que los escritores y los editores se comunican más ahora gracias al correo electrónico; es saludable publicar libros en papel a solicitud del lector, evitando las bodegas costosas y el desperdicio. Tener a la mano miles de libros y poder leerlos en el momento en que queramos nos abre la perspectiva de la mayor biblioteca que haya creado el hombre en toda su historia. La informática está abriendo puertas a la literatura, a su difusión, a la creación incluso.

Pero mientras llega ese futuro probable, sólo me preocupan dos asuntos: tener un programa antivius muy actualizado y que las computadoras no lleguen un día a desplazar a su creador, creando literatura.

NOTA BENE: LOS DÍAS 1 Y DOS DE MAYO DE 1999 se realizó en Nuevo Laredo el Segundo Encuentro de Literatura Tamaulipas-Texas. El autor leyó el texto en ese foro. Los organizadores pretenden publicar el conjunto de textos leídos durante los dos encuentros en las formas de libro que actualmente tienen mayor circulación: en papel y virtual, en la red.

Notas al pie.

1 El Golem II. Jorge Luis Borges. Ficcionario. Antología de Emir Rodríguez Monegal. Ed. FCE. Pag. 345. México.

2 Velocidad de escape. La cibercultura en el final de siglo. Mark Dery. Ed. Siruela. España, 1998.

3 Tamaulipas: ¿arte sin tradición?. Guillermo Lavín. P.160-171. En Primer Foro de cultura contemporánea de la frontera norte de México. Ed. SEP. México. 1987.

4 Notas para la definición de la cultura. T. S. Elliot. Ed. Bruguera. España, 1984. P.78.

5 Historia del libro. Svend Dahl. Ed. Alianza-CONACULTA. Col. Los noventa. México, 1991.

6 La magia de la palabra impresa. Varios. México en el tiempo. #29. INAH.

7 La nueva alfombra mágica. Raúl Trejo Delarbre. Los libros de Fundesco. Internet.

8 Libros digitales. Mónica Prieto. Revista Nexos #252. P. 86

9 La nueva alfombra mágica. Op cit.

10 El despegue de la era digital. Daniell Bell. Revista Letras Libres #4. Abril de 1999. P. 28.

En la red, buscar On-line Books Page.

Mientras escribo estas notas, me dicen que Axxón volvió a circular.

El libro de los desastres. Fernando Benítez. Ed. Era. México, p.11.

Periódico Reforma de México. Viernes 16 de abril. Sección Interface. Internet.

Cosmos. Carl Sagan. Ed. Planeta. P.273.

Ibid. P.30.

Textos costeños. Gabriel García Márquez. Obra periodístoca. Vol. 1. Ed Bruguera. España. 1ª ed. Junio de 1981. P. 477

El culto a la información. Theodore Roszak. Ed. Grijalbo. Col. Los Noventas. P. 46.