La Ciencia Ficción y la Ciencia Ficción Mexicana

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

I

Desde sus inicios, la ciencia puede ser vista como un proceso que se ha caracterizado por ofrecer al hombre una visión cada vez más depurada del orbe que habita y un mayor conocimiento de su propia condición humana. Para comprender el desarrollo de la ciencia es necesario comprender el desarrollo mismo de la sociedad humana.

La ciencia aparece en tiempos primitivos y abarcaba desde el uso del fuego hasta el lenguaje. Son los griegos el primer pueblo donde los hombres buscaron sistematizar el saber que poseían. Los romanos difundieron los descubrimientos de la ciencia griega, pero padecieron la escasa practicidad de tales conocimientos.

Con la caída del imperio romano, llegó el caos social y hubo un retroceso del conocimiento, con la aparición del cristianismo, que anteponía a la verdad empírica la verdad revelada. Sólo con el rescate de los textos griegos y latinos la ciencia vuelve a desarrollarse, y con la aparición de las universidades y los descubrimientos geográficos del Renacimiento, el hombre comprende que la tierra es más vasta de lo que él creía, y que no es el centro del Universo. Por la misma época Tomás Moro, escribe su obra Utopía, sucesora de la República de Platón, y que describe un mundo perfecto, ideal, en comparación con la sociedad que le había tocado vivir.

Este género novelesco tuvo inmediatos seguidores; pero las obras que siguen siendo originales y válidas son Los viajes de Gulliver de Swift y Robinson Crusoe de Defoe.En ambas, la tradición utópica persiste, pero en la primera con ironía y crítica mordaz: las sociedades perfectas como espejismos del hombre. Y en la segunda, como afirmación del nuevo hombre burgués, metódico y reflexivo, el prototipo del racionalismo triunfante del siglo XVIII.

Para el siglo XIX, la Revolución industrial y el maquinismo cambian no sólo la fisonomía de las ciudades, sino que crean un reacomodo social considerable, donde obreros y empresarios ocupan campos opuestos, antagónicos. A la vez, hay una vuelta a los valores humanos a través del romanticismo y la literatura de terror. En este ambiente de manipulaciones tecnológicas primerizas, aparece Frankenstein de Shelley. El monstruo creado por la ciencia del hombre acababa siendo el verdugo de su creador. La ciencia ficción ha nacido. Por otra parte, Julio Verne es el escritor paradigmático del optimismo del siglo XIX: la ciencia como panacea y cura de todos los males sociales. Las múltiples obras de Verne, tienden a mostrar al hombre como un conquistador irresistible de la naturaleza. Nada obstaculiza sus deseos de conocimiento. Novelas como Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en 80 días, lo atestiguan. Pero pronto el optimismo es dejado de lado. La industrialización provoca conflictos sociales; la ciencia encuentra que no puede explicarlo todo con los métodos en boga, Darwin descubre que no provenimos de un génesis mitológico a instancia divina, sino que somos de la misma familia de muchas otras especies de animales. H.G. Wells aparece entonces como escritor que ve con pesimismo y desaliento la senda que sigue la humanidad. La máquina del tiempo, El hombre invisible, La isla del Doctor Moreau, son obras donde este escritor se interroga sobre el uso de la ciencia por el hombre, sobre sus consecuencias para la humanidad.

Durante el siglo XX ocurre un sinnúmero de revoluciones científicas: Einstein, Godell, Heisenberg, Freud, Saussure, Weber, Keynes, Watson y Crick, transforman con sus teorías y descubrimientos el mundo que habitamos. Es en 1911, cuando se acuña en los Estados Unidos el término ciencia ficción: un relato de aventuras cuya finalidad es la divulgación del conocimiento científico; los primeros en escribirlos son científicos deseosos de popularizar la ciencia. Con el tiempo se convertiría en un género que englobaría una escritura rigurosa y formal y una conceptualización crítica de la realidad.

Las utopías del siglo XX son pocas; los horrores de nuestro tiempo no conducen a mundos ideales, sino a mundos distintos, incluso peores que el nuestro. Los ejemplos abundan: Nosotros de Zamiatin, Un mundo feliz de Huxley, 1984 de Orwell o El cuento de la criada de Atwood.

La ciencia prosigue develando nuevos caminos. Pero ya no es vista como una panacea universal. La ciencia ficción ha sido una de las encargadas de hacérnoslo ver, de señalar sus errores, sus defectos, sus terribles consecuencias para el mundo; la ciencia como un instrumento más del poder; y la ciencia ficción como un estímulo imaginativo acerca de nosotros mismos. Esperanza y temor en una misma senda creativa.

II

En Latinoamérica, y especialmente en México, la ciencia ficción es un género literario que ha tenido, hasta hace poco tiempo, escasos cultivadores. Pero incluso estos pocos autores se han caracterizado por utilizar este género como una herramienta de transformación social, como un vehículo idóneo para introducir nuevas ideas y conceptos. Desde los sacerdotes librepensadores que en la Nueva España leen a escondidas el Micromegas de Voltaire y acuciosamente lo imitan, hasta los escritores que, ya en pleno siglo XIX, prefieren publicar sus historias extraordinarias bajo seudónimo, para no incurrir en la ira de los tradicionalistas y los conservadores. Desde entonces, la ciencia ficción ha sido una literatura al margen de los gustos establecidos y las modas literarias. Pero nunca ha cejado en plantearnos posibilidades inéditas o puntos de vista iconoclastas y bizarros sobre la realidad presente y futura.

La ciencia ficción mexicana de fines del siglo XIX y principios del siglo XX se expresa bajo las influencias literarias de Édgar Allan Poe y Julio Verne. Del primero recibe una visión tamizada por el terror y la ambientación romántica de sus escenarios. Del segundo, el tema de la ciencia y el progreso, a través de experimentos increíbles para su época. De tal forma que buena parte de los autores de este período -llámense Pedro Castera o Amado Nervo- no buscan, como sus contemporáneos europeos y norteamericanos, que sus escritos sirvan, a nivel popular, como divulgadores de los logros de la ciencia y de los avances de la tecnología de su tiempo, sino que sean textos donde se consumen las extrañas nupcias de la narrativa fantástica con el positivismo filosófico imperante.

A partir del fin de la etapa violenta de la Revolución Mexicana y de la llegada de un orden social y político más o menos estable, la narrativa mexicana se vuelve de un realismo exacerbado. Pero aun así van surgiendo, aquí y allá, como islas diminutas, textos de autores que se aferran en contemplar nuestros posibles futuros y en difundir los mundos, maravillosos o terribles, que ellos imaginan nos están esperando. Escritores de índole tan diversa como Francisco L. Urquizo (reconocido más por sus aportaciones a la novela de la Revolución Mexicana) o Narciso Genovese (quien hace del planeta Marte su tierra de Jauja, su utopía).

La ciencia ficción de estos tiempos -y me refiero al período comprendido entre 1930 y 1960- sigue siendo un género no reconocido en el panorama de la literatura nacional, que entonces oscilaba entre el relato rural a lo Juan Rulfo y la cosmovisión urbana a lo Carlos Fuentes. Es notorio que varios narradores mexicanos tomen en consideración algunas temáticas de la ciencia ficción, pero pocos de ellos cuenten con un conocimiento profundo de la ciencia ficción internacional más reciente. La mayoría saquea todavía las obras de Julio Verne y H.G. Wells para hacer sus propias historias. No se advierte en sus textos huella alguna de Bradbury, Asimov o Clarke. Mucho menos se aprecia que tengan interés por crear mundos autónomos o futuros típicamente mexicanos.

Para que esto suceda es necesaria la aparición de una nueva generación de lectores/escritores de ciencia ficción, la cual surge a mediados de los años sesenta. En este momento, el clima intelectual ya es otro: los subgéneros literarios, como la ciencia ficción, empiezan a ser considerados como formas expresivas válidas para percibir las nuevas realidades, conflictivas y caóticas, del mundo contemporáneo. En especial la ciencia ficción anglosajona sirve de modelo para desatar la imaginación y cuestionar la realidad. Escritores como René Rebetez, Alfredo Cardona Peña y Carlos Olvera anuncian la buena nueva, pero sólo unos cuantos escuchan el llamado: Edmundo Domínguez Aragonés, Marcela del Río y Manú Dornbierer.

La breve explosión creativa de los sesenta lleva, en las décadas siguientes, a la publicación de una docena de libros de cuentos y novelas que pueden situarse en las inmediaciones o dentro del género, pero cuyas repercusiones en la propia literatura mexicana son prácticamente nulas. Hay que señalar, sin embargo, que ciertos temas caros a la ciencia ficción, especialmente el futuro apocalíptico, continúan siendo utilizados por los principales escritores de la literatura mexicana, para expresar sus puntos de vista sobre la situación del país. Allí están, como ejemplos, Cristóbal Nonato de Carlos Fuentes, Cerca del fuego de José Agustín, Al norte del milenio de Gerardo Cornejo, La sangre de Medusa de José Emilio Pacheco o Gran teatro del fin del mundo de Homero Aridjis. Todos estos libros dan cuenta del temor creciente por el futuro de México y a la vez son la voz de alarma frente a la catástrofe económica, política, social y de deterioro ambiental que nuestro país manifiesta y ante la cual sólo queda la responsabilidad colectiva.

Pero la ciencia ficción no permanece inmóvil. Para 1984 la revista Ciencia y Desarrollo del Conacyt y el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología de Puebla convocan al primer concurso nacional de cuento de ciencia ficción que, desde entonces, se convierte en uno de los foros principales para el desarrollo de esta literatura a nivel nacional. De este concurso surgen escritores de primera línea, expertos conocedores de los caminos estilísticos y temáticos de la ciencia ficción contemporánea, como Adriana Rojas, Mauricio-José Schwarz, Federico Schaffler o Héctor Chavarría.

Para los años noventa la ciencia ficción mexicana continúa apareciendo, cada día en mayor número, en revistas y periódicos a lo largo y ancho del país. Los escritores que la realizan prosiguen luchando por una ciencia ficción que pueda expresar sus esperanzas y temores, sus certezas y dudas, sus sueños y visiones. Cada año surgen nuevos prospectos, nuevos interesados en describir el universo del mañana, en detallarlo con todos sus misterios y paradojas, en dar a conocer un atisbo de nosotros mismos a través de la perpetua parábola del futuro. Por supuesto, de nuestro propio, independiente futuro.

III

He aquí, entonces, historias de un mañana que es nuestro propio presente. Pero no olvidemos que con el simple hecho de leerlas algo habrá de cambiar en nuestra percepción de la realidad: nunca más volveremos a ser los mismos. Tal vez porque el conocimiento es, antes que otra cosa, un instrumento de cambio. Y la ciencia ficción, desde sus orígenes, ha sido una literatura transformadora y revolucionaria. O como lo dijera Richard Corliss: la ciencia ficción es un acto de subversión disfrazado de cuento de hadas.

Esperamos, pues, que usted, lector, habrá de elegir acompañarnos en este viaje inédito, en esta travesía rumbo a un universo discontinuo, sorprendente y novedoso: el de la ciencia ficción mexicana de nuestros días.

1. Este texto apareció originalmente como prólogo a la antología de Federico Schaffler González, Más allá de lo imaginado I, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991, pp. 9-15.