El Año de la Ciencia Ficción Mexicana

Por: Miguel Ángel Fernández

La ciencia ficción, como la mitología y las casas de espejos, tiene la virtud de presentarnos lo familiar como desconocido y lo desconocido como familiar, al ofrecernos una perspectiva inédita de la realidad. La ciencia ficción mexicana no escapa a esta regla, aunque cuenta con características propias, como bien saben los extranjeros que, hasta ahora, parecen más interesados en conocerla que nuestros compatriotas. Con el fin de ofrecer un panorama de su historia y circunstancias, utilizaré uno de los recursos pedagógicos de la divulgación científica que permite observarla bajo un lente nuevo: reducir la historia de la ciencia ficción mexicana, desde sus antecedentes más remotos, a un año de calendario. De este modo, los 473 años que nos separan de la llegada a la Nueva España de los primeros libros de protociencia ficción, pueden convertirse en doce meses de lecturas programadas e investigaciones –pues no todas se han hecho- por emprender.

Si sorprende este largo trayecto cronológico, o existe la sospecha de que tratamos de alargarlo para hacer más importante el decurso de una literatura siempre considerada marginal, veremos que en realidad se pretende dar a conocer su muy peculiar trayectoria, donde aparecen utopías que tratan de hacerse realidad, una sociedad colonial cada vez más preocupada por el futuro o por arrebatarle sus secretos a la naturaleza, frailes que escriben o apoyan, desafiando a la Inquisición, viajes estelares inspirados en Voltaire, o libros que llegan clandestinamente prometiendo un porvenir pleno de libertades. La protociencia ficción o ciencia ficción que no reúne todas sus características modernas, sino apenas algunos de sus elementos, tiene relevancia por la misma razón alguna vez expuesta, como ejemplo, por Brian W. Aldiss, para entender la arquitectura moderna, es necesario conocer antes las catedrales góticas.

1 de enero a 22 de febrero

En la Nueva España, los libros del conquistador fueron para algo más que solaz y esparcimiento

Los títulos de novelas de caballería que Irving A. Leonard dio a conocer como los libros del conquistador, inspiradores de gran parte de las hazañas de los soldados españoles, en su mayoría en lecturas colectivas en voz alta, llegaron casi sin restricciones a la Nueva España durante el siglo XVI, a pesar de las prohibiciones reales, de las quejas de los misioneros y del control de la Inquisición. El best seller de entonces fue el Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1516), donde Orlando, paladín de Francia, se entera de que su amada Angélica ha entregado su corazón al moro Medoro, y pierde la cabeza. En uno de sus capítulos, su amigo Astolfo viaja en sueños en un carro de fuego a la Luna, bajo la guía de San Juan, porque en ella se guardan todos los objetos inmateriales que se pierden en nuestro mundo, y en un frasco, encuentra el juicio extraviado de Orlando.

También llegaron a estas tierras otros libros que podríamos llamar del conquistador espiritual, como la Utopía (1516) de Tomás Moro y los Diálogos de Luciano de Samosata, traducidos por Moro y Erasmo de rótterdam, entre 1505y 1514. Utopía es el primer intento por presentarnos una sociedad nueva creada por seres inteligentes y ajenos, casi del todo, a la maldad imperante en el viejo mundo europeo. Alguien así era el juez y luego obispo michoacano Vasco de Quiroga, que eliminó al libro de Moro de sus elementos subversivos y utilizó el sobrante como los planos para tres fundaciones llamadas pueblos-hospitales, que sobrevivieron, con altibajos, hasta fines del siglo XIX. En los Diálogos de Luciano, donde se encontraba el “Icaromenipo” o “Menipo en la Luna”, encontró Quiroga “Las Saturnales”, sobre las fiestas romanas del mismo nombre, con lo que logró dar a conocer a las autoridades españolas las costumbres y carácter de los indígenas mexicanos.

26 de abril a 11 de junio

La pluralidad de los mundos y los primeros raptos novohispanos

El principal divulgador científico del siglo XVII, el sacerdote jesuita Athanasius Kircher, cuyas obras sobre acústica, biología, óptica, geología, música y egiptología, eran apreciadas por religiosos y letrados como la Mecánica Popular de su tiempo, porque en sus libros se ilustraban también experimentos sobre las propiedades del aire, el ciclo del agua, cajas musicales, magnetismo, etc., movieron a más de un novohispano a escribirle y a imitarlo. Así lo hizo Carlos de Sigüenza y Góngora en su Libra astronómica y filosófica (1690), uno de los muchos escritos que dedicó a la demostración de que el cometa de 1680-81 no tenía ningún carácter funesto, donde, asimismo, citando la autoridad de Kircher, se adhirió a la teoría de la pluralidad de los mundos (expuesta por Nicolás de Cusa en el siglo XV).

Otra lectora de Kircher y amiga de Sigüenza, Sor Juana Inés de la Cruz, trató de imitar los raptos o viajes mentales del jesuita, para concebir su obra más ambiciosa, “Primero sueño” (hacia 1685). Más de medio siglo después, un jesuita mexicano, José Mariano de Iturriaga, escribe el último de estos raptos, bajo el título de La Californiada (1740). Esta tradición de los viajes mentales continuaría en el México decimonónico con “Un viaje celeste” (1872) de Pedro Castera, y culminaría en el siglo XX con Hacedor de estrellas (1937) de Olaf Stapledon.

31 de enero a 12 de agosto

Los expedientes secretos de la Inquisición

El tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, establecido formalmente en la Nueva España en 1571, nos legó infinidad de volúmenes para conocer las inquietudes y obsesiones de la sociedad colonial durante casi tres siglos, donde nunca hubo falta de interés por el porvenir, aunque más en el aspecto individual que en el colectivo, el deseo de volar y la posibilidad de hacerse invisible. Así, desde los inicios del siglo XVII pueden encontrarse acusaciones contra hombres y mujeres “por usar la astrología judiciaria para saber los futuros contingentes y cosas por venir”, como fray Juan de Jesús, acusado, en 1678, por predecir el advenimiento del Anticristo y el fin del mundo, y fray Francisco Monterón quien imaginó lo que sucedería al reino e iglesia españoles en las décadas venideras. Los métodos coloniales de prospectiva eran de lo más variado: granos de maíz marcados con letras, hechizos para ver el futuro en la uña del pulgar derecho, o la captura de un demonio en una cáscara de avellana. En cuanto a la invisibilidad, María Zamora hacía aparecer y desaparecer animales por medio de orejas de gato negro y huesos de zopilote, pero fue un dominico, Pedro Mártir, quien mejor explotó el don de hacerse invisible, vendiendo recetas para lograrlo y conseguir mujeres. Los registros de quienes supuestamente robaron el más caro secreto de las aves, se remontan también al siglo XVII. La negra Leonor y los mulatos Andrés, Francisca, y su pequeño hijo, fueron castigados por volar de Mérida a Campeche y Tabasco; una bruja fue acusada por enseñar a “alzar figura”; y a la esclava Antonia se le denunció por volar en traje de bruja. Pero el caso más celebre es el del fraile Rivas, quien no intentó volar en realidad, sino imaginar un viaje a la Luna. Por su importancia, le damos un lugar especial en nuestro calendario.

2 a 9 de julio

El primer viaje a la Luna y una acusación por herejía

El fraile franciscano Manuel Antonio de Rivas puede considerarse, con justicia, el padre de la ciencia ficción mexicana. No fue el primero en imaginar un viaje a nuestro satélite en un aparato volador, pero sí el primero en preocuparse porque tuviera alguna verosimilitud científica. Rivas era un lector voraz, tanto de literatura –prefería a los clásicos y, entre los modernos, a Voltaire- como de obras científicas que, a pesar de las restricciones de la Inquisición, seguían llegando en forma clandestina a nuestro país. Su tragedia comenzó al ser trasladado al convento de San Francisco de Mérida, Yucatán, gobernado por frailes ignorantes y cuando decidió denunciar su falta de respeto hacia los votos monásticos con el fin de alcanzar el más alto grado jerárquico en el convento. Sus hermanos de orden nunca lo perdonaron, acusándolo primero ante las altas autoridades franciscanas, y luego ante la Inquisición de México. Mientras este tribunal investigaba las acusaciones, el fraile Rivas fue recluido y vigilado en una celda del convento. Como no lo privaron de papel, tinta y algunos libros, escribió cartas en su defensa y su mente errabunda decidió redactar un almanaque astronómico para el año 1775, en cuya introducción escribió unas “Sizigias y cuadraturas lunares” con la historia del francés Onésimo Dutalón, lector de Descartes y de Newton, quien decidió hacer diversas pruebas con un carro volador construido según los más recientes adelantos científicos, para ver si sería posible viajar a la Luna. Finalmente consigue llegar a ella, y se encuentra con los anctítonas, con los que comparte información científica. Los guardias le arrebatan a Rivas el manuscrito y lo agregan a las pruebas en su contra para el Santo Oficio. Los primeros en revisarlo, fueron un par de dominicos, que encontraron algunas proposiciones heréticas. Contra l acostumbrado, se pidió una segunda revisión al fraile Diego Marín de Moya, de la orden de los agonizantes, quien declaró que en las “Sizigias y cuadraturas lunares” no había ninguna herejía, pues se trataba de un simple apólogo o fábula, y ejemplos de esta modalidad literaria podían encontrarse incluso en la Biblia. La causa había concluido, aunque no los problemas para su autor, que tuvo que huir el resto de sus días.

10 de julio

La ciencia ficción es peligrosa

El 20 de abril de 1778, el rey español Carlos III, expide una real cédula que prohibe la lectura o propiedad de un libro titulado Año dos mil cuatrocientos y cuarenta. La obra, salida de la pluma del francés Louis Sébastien Mercier, apareció en un principio sin nombre de autor ni de impresor, y era considerada una gran amenaza “porque no sólo se combate en él la religión católica y lo más sagrado de ella, sino que también se tira a destruir el orden del buen gobierno, la autoridad de los magistrados, y los derechos de la soberanía, promoviendo la libertad, e independencia de los súbditos a sus monarcas y señores legítimos”, por lo tanto, el monarca resuelve “que además de prohibirse por el Santo Oficio este perverso libro, se quemen públicamente por mano del verdugo todos los ejemplares que se encuentren”. Mercier había contado la historia de un hombre que cae en un sueño profundo para despertar en el año 2440, donde no describe las maravillas tecnológicas de entonces (que ni siquiera se molestó en imaginar), sino la realización de los ideales de la Revolución francesa. Este libro fue leído al menos por uno de los precursores intelectuales de nuestra independencia: Melchor de Talamantes.

29 de agosto a 3 de septiembre

Cuando los globos aerostáticos dominaron la Tierra

El 21 de noviembre de 1783, la ascensión del globo aerostático de los hermanos franceses Joseph y Étienne Montgolfier, desató una inquietud casi universal por conquistar los cielos con aparatos cada vez más sofisticados. En Jalapa, Veracruz, ya en 1784, José María Alfaro hizo volar un globo no tripulado. En los alrededores de la ciudad de México, se planearon y presentaron vuelos de exhibición con globos aerostáticos entre 1828 y 1835. La primera ascensión de un mexicano, Benito León Acosta, se verificó en abril de 1841, elevándose más de dos mil quinientos metros sobre la capital mexicana. En 1844, el primer aeronauta nacional y otros dos compatriotas, Manuel Lapuente y Joaquín de la Cantolla y Rico, se unieron para fundar la empresa Aerostática Mexicana. El mismo año, la revista de divulgación científica El Ateneo Mexicano, que pedía eventualmente a sus autores ilustrar al lector empleando “los atavíos de la fábula”, incluyó en su primer número un artículo sobre daguerrotipos y otro sobre globos aerostáticos, firmados por Sebastián Camacho Zulueta, además de un cuento titulado “México en el año 1970”, de un autor cuyo seudónimo era Fósforos Cerillos (seguramente el mismo Camacho Zulueta), donde se proyectaban a futuro las aplicaciones prácticas de los temas expuestos: una magnífica ciudad poblada de globos aerostáticos y gigantescos daguerrotipos móviles. En la capital de Yucatán, Gerónimo del Castillo Lenard, publicó en 1849 una nota titulada “Gacetín de Mérida, Capital del Bajo Yucatán, enero 30 de 1949”, imaginando que los globos serían, en cien años, el principal medio de transporte de pasajeros y del correo, en un mundo donde resurgirían los imperios en Europa y las monarquías en América.

13 de septiembre a 28 de octubre

Los hijos de Fourier, Comte y Darwin

El filósofo e inventor Juan Nepomuceno Adorno nunca le dio mérito alguno por su “filosofía providencial” al utopista francés Charles Fourier, y entre sus inventos, los pocos que vieron la luz, sólo tuvieron algún éxito en ferias o exposiciones. Viajó por Europa entre 1848 y 1859, y publicó en Londres una introducción a su sistema filosófico, que terminó al volver a México, dándolo a conocer como Armonía del universo sobre los principios de la armonía física y matemática (1862). Aquí ofreció un esquema del progreso humano, dividiendo la historia en doce etapas, desde la primitiva y natural, la constitucional (en que vivía), la federativa, la del trabajo o federativa absoluta, la convencional y la de la solidaridad, última etapa de la evolución, cuando el ser humano regresaría a las costumbres de su estado natural, pero enriquecidas con los progresos de las ciencias y las artes. Entonces habría federaciones filosóficas que predicarían la tolerancia, extenderían los límites fraternales de las sociedades humanas, nulificarían poco a poco las tiranías, resolverían los problemas internacionales por vías diplomáticas, y se erradicaría por completo la guerra. Nada que no hubiera escrito anteriormente Fourier, pero Adorno se adelantó a su maestro al recurrir a la “poesía intuitiva”, para describir, en un apéndice a su libro titulado El remoto porvenir, lo que sería vivir en mundo así: el hombre y la mujer tendrían los mismos derechos, los matrimonios serían programados y el instinto sexual limitado para evitar excesos y derroches de energía; los animales domésticos perderían sus propiedades nocivas (como los cuernos del toro); hay comunicaciones de un extremo a otro del planeta; el vapor, la electricidad, el magnetismo y el calor terrestre dotarían al ser humano de fuerzas prodigiosas; el gas y la electricidad tornarían la noche en día; los mares serían cruzados por inmensas embarcaciones; y los globos aerostáticos completarían en los cielos el cuadro del poderío del homo sapiens.

Pedro Castera, ingeniero de minas, periodista y poeta romántico, mejor recordado por la novela Carmen, escribió más de un artículo científico en pleno ascenso del positivismo comtiano, además de un par de cuentos y la primera novela mexicana de ciencia ficción. El primero, “Un viaje celeste” (1872), lo publicó en su juventud. El resto, al salir del manicomio de San Hipólito, donde fue recluido durante seis años debido a sus frecuentes manías depresivas. En 1890, regresó al periodismo, y la imprenta de El Universal le publicó sus últimas obras, entre las que se encuentra la insufrible “Rosas y fresas” (1890), sobre un ingeniero de minas que se hospeda en la mansión de un colega cuya fortuna le ha permitido construir una mina completamente automatizada, que es apenas el fugaz escenario para contar la trama principal del invitado que se enamora sin esperanzas de la esposa del anfitrión. Muy superior es su última obra, la novela Querens (1890), donde narra los experimentos de hipnotismo y mesmerismo que un científico y una persona convaleciente por el exceso de trabajo, realizan en el pueblo de Tlalpan con una mujer que no tiene voluntad propia, y sólo bajo hipnosis es capaz de hablar y razonar. El ayudante del científico, para variar, se enamora de ella, y ambos se empeñan entonces en dotarla de sentimientos para que pueda corresponder al pretendiente.

El médico, educador, escritor y pintor Eduardo Urzaiz Rodríguez, una de las figuras intelectuales más influyentes en la península de Yucatán durante el siglo XX, pionero de la psiquiatría en México, introductor de prácticas revolucionarias en la obstetricia, impulsor de la educación mixta, rural y secundaria, no sólo se adelantó a su época en estos campos del conocimiento, sino también con su única novela: Eugenia: Esbozo novelesco de costumbres futuras (1919). En Villautopía (la Mérida del siglo XXIII), capital de la Subconfederación de Centroamérica, en el año 2218, un estado benévolo ha establecido un régimen de propiedad comunitaria, los matrimonios poligámicos, la educación universal y una institución que controla la reproducción de sus habitantes, donde los hombres y mujeres más armónicos en lo físico, sicológico y genético, deben servir por un año. Los programas oficiales de eutanasia, esterilización de personas con defectos y de los mayores de cincuenta años, han hecho innecesarias prisiones, manicomios y hospitales. Una utopía de la eugenesia, aunque su autor parece dudar al final acerca de sus bondades. Si se parece a Un mundo feliz de Aldous Huxley no es casualidad. La novela de Huxley se escribió trece años después, para tratar el mismo tema en tono más pesimista.

11 a 29 de octubre

Amado Nervo

Antes de Amado Nervo, la ciencia ficción escrita en nuestro país, en términos generales, concedía mayor importancia a las ideas científicas, relegando al estilo literario a un segundo o ulterior término. El autor modernista, mejor conocido por su obra poética, lector de Verne, Wells, Flammarion y de buen número de publicaciones científicas, destacando las astronómicas, tenía su propio telescopio en casa y, gracias a su amistad con Luis G. León, dictó una conferencia titulada “La literatura lunar y la habitabilidad de los satélites”, ante la Sociedad Astronómica de México, en 1904, y en su boletín publicó, un año después, “Astros” y “Yo estaba en el espacio”. También a él se debe “El gran viaje” (1917), con aquellos versos que preguntan “¿Quién será en un futuro no lejano / el Cristóbal Colón de algún planeta?”

Muy poco conocidos, aunque superan la docena, son sus cuentos de ciencia ficción. Podrían ser más si le atribuimos la serie de las Crónicas del porvenir firmadas por Natalis, que aparecieron en 1898 en El Mundo: Semanario Ilustrado, donde publicó bajo su nombre verdadero “La última guerra”, llevando la teoría de la evolución hasta sus últimas consecuencias. El resto lo publicó en revistas y periódicos, que luego se recogieron en colecciones como Cuentos misteriosos (1921) y otras más. Sus temas: el fin del mundo, la criogenia, el mito del eterno retorno contado desde una perspectiva científica, operaciones cerebrales para ver el futuro...

11 de octubre a 9 de noviembre

Los hijos de Verne y Wells

Los autores de romances científicos más influyentes de los siglos XIX y primera mitad del XX, no sólo inspiraron a Amado Nervo. El zacatecano José María Barrios de los Ríos dio a conocer hacia 1900, “El buque negro”, en el que don Veremundo de la Garza y Contreras, una especie de capitán Nemo, se queda a vivir en la península de Baja California, entre misioneros jesuitas. Carlos M. Samper, en un suplemento a Revista de revistas, narró La vuelta al mundo en 24 horas: Novela futurista (1928), y el Dr. Atl, entre sus Cuentos de todos los colores le dio cabida a “El hombre que se quedó ciego en el espacio” (1941), con un protagonista que recuerda a Robur el conquistador.

La impronta de Wells contó con mejor fortuna con Martín Luis Guzmán y “Cómo acabó la guerra en 1917” (1917), sobre una máquina inteligente que prevé las consecuencias de la Gran Guerra; Julio Torri  en “La conquista de la Luna” y “Era un país pobre” (1917); Francisco L. Urquizo con Mi tío Juan (1934), donde vuelve a utilizar la fórmula de gigantismo de El alimento de los dioses. Quizás el Dr. Atl acudió también al autor de La guerra de los mundos para escribir Un hombre más allá del universo (1935). Volvió a explorar los extremos de la teoría de la evolución y del temor a la máquina Bernardo Ortiz de Montellano en un par de historias recogidas en Cinco horas sin corazón (1938); y a Carlos Toro lo cautivaron En los días del cometa, e imaginó el desastre que podría haber arrastrado el cometa Halley y el maquinismo exacerbado que recogió en un par de cuentos de la colección El miedo (1947).

11 de noviembre

Germán List Arzubide y los nuevos cuentos infantiles

En noviembre de 1934, a escasos días de que el general Lázaro Cárdenas asumiera la presidencia del país, el Congreso de la Unión reformó el artículo 3º. constitucional para darle a la educación un sentido “progresista”. Germán List Arzubide, recién nombrado jefe de inspectores de escuelas particulares y subjefe de la Oficina de Radio de la Secretaría de Educación Pública, escribió Troka el poderoso (1939), como parte de la Biblioteca del Maestro. Troka, “el espíritu de lo mecánico, puesto al alcance de las inteligencias infantiles”, en realidad era un robot que se transformaba en toda suerte de aparatos mecánicos, explicando sus funciones y el poder de “¡Todo lo que puede la inteligencia del hombre...!”

8 a 27 de noviembre

Las revistas pulp en México

La primer revista mexicana de papel de pulpa de madera en publicar periódicamente historias de ciencia ficción, fue la semanal (quincenal en sus primeros números) Emoción, que inició como una revista de literatura policiaca. Quizás para probar el gusto de los lectores, introdujo, a partir del número 2, una o dos historias traducidas de originales de Amazing Stories, Wonder Stories y Scientific Detective Monthly. Los autores más importantes que aparecieron aquí, fueron John W. Campbell (como Don A. Stuart) y Stanley G. Weinbaum. En los números 19 y 20 (abril, 1935) , le dieron la oportunidad por primera vez a un autor mexicano ya reconocido, Alejandro Cuevas con “El aparato del Dr. Tolimán” (original de sus Cuentos macabros, 1911). Más adelante, en agosto-septiembre del mismo año, se publicó quizá al único mexicano que escribiera específicamente para la revista, G. Loreto con “Los últimos días de la Tierra”, una inquietante historia sobre la pérdida gradual del campo gravitacional terrestre y los intentos desesperados de los sobrevivientes por escapar a la catástrofe.

El periodo de auge de las revistas pulp en el país tuvo lugar entre 1948 y 1958, con títulos como Los Cuentos Fantásticos, Enigmas, Ciencia y Fantasía y Fantasías del Futuro, conformadas, en su mayoría, por traducciones. Su importancia consiste en haber introducido en México algunos de los principales autores de la llamada edad de oro de la ciencia ficción estadounidense, como Robert A. Heinlein, Isaac Asimov, Ray Bradbury, A. E. van Vogt, Theodore Sturgeon, C. L. Moore, y Fredric Brown. También hicieron sus pininos literarios en Los Cuentos Fantásticos María Elvira Bermúdez y Diego Cañedo.

15 de noviembre a 7 de diciembre

Diego Cañedo

El discípulo más destacado de H. G. Wells en nuestro país, fue sin duda alguna Diego Cañedo (seudónimo literario de Guillermo Zárraga, 1892-1978), cuya obra fue elogiada y reseñada por Alfonso Reyes. Debutó casi a los cincuenta años con una novela impresionante: El réferi cuenta nueve (1942), que transcurre en un México paralelo, donde los nazis nos invaden; continuó con Palamás, Echevete y yo, o el lago asfaltado (1945), con viajes en el tiempo por el México prehispánico y colonial, y concluyó un primer periodo con La noche anuncia el día (1947), sobre una máquina que legó un ingeniero soviético, que es utilizada para leer la mente de la clase política. Cañedo se dedicó después a escribir cuentos y novelas cortas, en ediciones de autor de muy corto tiraje, que regalaba entre sus amistades (y por eso cuesta tanto trabajo conseguirlas). Destaca, por su carácter casi profético, El gran planificador (1971), donde la ciudad de México, en 1980, sufre un terremoto devastador, agravado por la mala planificación urbana y otros problemas citadinos.

22 de noviembre a 31 de diciembre

El realismo mágico

Lo que internacionalmente se considera la literatura fantástica par excellence de los países latinoamericanos, el llamado realismo mágico, ha aportado títulos fundamentales a la ciencia ficción mexicana, desde “Baby H. P.”, “En verdad os digo” (1952) y “Anuncio” (1962) de Juan José Arreola, los cuentos de Manú Dornbierer reunidos En otras dimensiones (1996), y las novelas La destrucción de todas las cosas (1992) de Hugo Hiriart, Un dios para Cordelia (1995) de Malú Huacuja del Toro y ¿En quién piensas cuando haces el amor? (1995) de Homero Aridjis. Pero, el principal y más prolífico de todos, es Carlos Fuentes, quien comenzó en 1954 con “El que inventó la pólvora”, siguió con Cristóbal nonato (1987) y ahora con La silla del águila (2003).

1 a 11 de diciembre

La primera generación de autores de ciencia ficción

Bajo la batuta de dos extranjeros de ideas vanguardistas, Alejandro Jodorowsky y René Rebetez, aparecieron los dos únicos números de la revista de ciencia ficción pánica Crononauta, donde también colaboraron, entre otros, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, Manuel Felguérez y Fernando Arrabal. A Rebetez se deben también La nueva prehistoria y otros cuentos (1967), una antología y un ensayo sobre la ciencia ficción (1966), utilizados como libros de texto en las secundarias oficiales. Por otro lado, la inundación del mercado librero con traducciones de novelas de bolsillo (1955 a 1975) por parte de las editoriales Diana y Novaro, fueron responsables de la primera generación de autores nacionales que se dieron a conocer escribiendo esta literatura: Juan Aroca Sanz, Luis Fernando Bonilla Ruz, Jaime Cardeña, Agustín Contín, Agustín Cortés Gaviño, Carlos Olvera, Antonio Sánchez Galindo, Jorge Tenorio B. y Jesús Pavlo Tenorio. Podemos incluir en este grupo al Dr. Juan Miguel de Mora y su fábula filosófica Otra vez el día sexto (1967).

17 a 31 de diciembre

Los autores contemporáneos

La presente generación de autores de ciencia ficción, nació en 1984, cuando la revista Ciencia y Desarrollo convocó y entregó el premio del Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción, organizado por el CONACYT de Puebla. En 1992 se fundó la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCYF). Federico Schaffler, su primer presidente, logró reunir a 42 autores de varios estados en la antología en tres volúmenes, Más allá de lo imaginado (1991-94). Desde Nuevo Laredo, Tamaulipas, el mismo autor ha creado una verdadera escuela, a través del taller Terra Ignota y la revista Umbrales (1992), con más de un reconocimiento a nivel nacional.

En Mexicali, Baja California, un autor, historiador y académico de la ciencia ficción tan prolífico como Gabriel Trujillo Muñoz, ha trabajado sin cesar para que se reconozca a esta corriente dentro y fuera del país, obteniendo el premio estatal de literatura (1990 y 1995), el segundo lugar ex aequo de novela corta de la Universidad Politécnica de Cataluña (1998) y el premio nacional de narrativa Colima (1999), todos ellos con ensayos y novelas de ciencia ficción.

A principios de la década pasada se formó un grupo entusiasta de jóvenes autores de Nuevo León, reunidos en la antología Natal: 20 visiones de Monterrey (1992), recopilada por Felipe Montes.

En Ciudad Victoria, Tamaulipas, José Luis Velarde y Guillermo Lavín fundaron en 1985 la multipremiada revista de literatura general A Quien Corresponda, en cuyas páginas aparecen con frecuencia cuentos y números especiales dedicados a la ciencia ficción. Puebla continúa como la sede anual del concurso nacional de cuento de imaginación científica, abierto igualmente desde 1998 a los autores de fantasía. En su capital residen José Luis Zárate Herrera y Gerardo Horacio Porcayo Villalobos, dos incansables promotores y prolíficos autores que han logrado distinciones por su obra de ciencia ficción dentro y fuera del país.

En la ciudad de México, tras la fugaz existencia de las revistas Espacio (1977-78) y Kosmos 2000 (1978), siguieron apareciendo cuentos de ciencia ficción en Ciencia y Desarrollo y algunas otras. No hubo otra publicación dedicada exclusivamente a esta literatura hasta que apareció Asimov Ciencia Ficción (1994-99). También pertenecen a la década de 1990 los fanzines o revistas de aficionados, entre las que hay que destacar a Sub (1996) , reconocida a nivel internacional por su diseño.

H. Pascal fundó en 1998 el proyecto editorial Goliardos, dio vida al fanzine Azoth, después lanzó la colección Terra Virtual junto con la editorial Ramón Llaca, las micronovelas Azoth y, recientemente, las plaquettes y libros Goliardos, casi siempre en coedición con la Universidad Autónoma de Tlaxcala y otras instituciones culturales.

16 de noviembre a 31 de diciembre

Varia invención

Los autores de ciencia ficción no son sino poetas del cambio con una clara visión moral acerca de la realidad y la problemática del mundo, expresada en un humanismo mezcla de pesimismo y fe en la raza humana. Esta actitud se refleja mejor en su ingenioso retrato de los más diversos inventos. Eduardo Delhumeau (El año 3000 bis, 1945), Marcela del Río (Proceso a Faubritten, 1976) y Héctor Chavarría (Adamas, 1995), nos hacen dudar que la inmortalidad sea una panacea. Rafael Bernal (Su nombre era muerte, 1947) descubre la lengua de los mosquitos y les predica unmensaje de rebelión. Oscar de la Borbolla reinventa el tiempo (Ucronías, 1990) y los gadgets (La ciencia imaginaria, 1996); Irving Roffe da a conocer nuevos mundos para la ciencia y la filosofía (Vértigos y barbaries, 1988); Alfredo Cardona Peña (Los ojos del cíclope, 1980 y Los mejores cuentos de magia, misterio y horror, 1990) y Jaime Cardeña (Los supervivientes, 1982), nos inquietan y entretienen con todo tipo de invenciones; Ernesto de la Peña (Las máquinas espirituales, 1990), con ideas eruditas, y Gonzalo Martré (Coprofernalia, Jet Set y Cuando la basura nos tape, 2001) con ocurrencias grotescas. René Aviles Fabila comenzó imaginando cómo derrocar a los responsables de la llamada guerra sucia (Nueva utopía (y los guerrilleros), 1973), pero luego se resignó a su laboratorio intelectual (Fantasías en carrusel, 1978). Juan José Morales no cree que la tecnología pueda ser tan cruel (El proyecto Supermán y otros cuentos, 1989). En años recientes, sobresalen las colecciones desaforadas de Mauricio-José Schwarz (Más allá no hay nada, 1996), Bernardo Fernández (¡¡Bzzzzzzt!! Ciudad interfase, 1998), Gerardo Sifuentes (Perro de luz, 1999, y Los pilotos infernales, 2002), José Luis Zárate (Hyperia, 1999), Ramón López Castro (Soldados de la incertidumbre, 2000) y el homenaje que le rinden Gerardo Horacio Porcayo y otros autores (El hombre en las dos puertas, 2002) a Philip K. Dick, un seudosanto patrono de la ciencia ficción mexicana. Entre los novelistas, hay que mencionar a José V. A. Icaza, quien imagina y analiza los resultados de un sistema para combatir los efectos destructivos de los terremotos (Pálpito de una estatua sensible, 1997) y Luis Eduardo García Guerra, con un sistema de realidad virtual para recrear lo sucedido el 2 de octubre de 1968 (Technotitlán: Año cero, 1997).

1 a 31 de diciembre

La evasión sobre una banda de Moebius

Aunque se la considere literatura escapista, toda la ciencia ficción lleva indeleblemente su propio “sello del momento”. Así lo demuestran los títulos más destacados dentro de la corriente de aventuras, como El mensaje de Fobos (1964), de Irene y Arturo Gutiérrez Arias. Su mensaje pacifista les valió el primer premio en un concurso de la ONU. Mejicanos en el espacio (1968) de Carlos Olvera, cuyo título puede parecer una evocación de conquista, de progreso tecnológico sin tregua, es más bien un espejismo que bien pronto se desvanece para contarnos lo que sería una versión futurista de la canción “¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?”. Un cuento de hadas puede transformarse en una reivindicación del amor que no se atreve a decir su nombre en Xxyëröddny, donde el gran sueño se enraíza (1984) de Kalar Sailendra (Arturo César Rojas). El personaje más popular de la lucha libre nos puede dar una lección de realismo grotesco en Xanto: Novelucha libre (1994) de José Luis Zárate. Precursores (1995) de María Luisa Erreguerena, cuenta desde otros planetas el progreso social e intelectual de la mujer. H. Pascal (Fuego para los dioses, 1998), no duda que en una comunidad planetaria, traficaríamos con nuestros chiles como si se tratara de una arma biológica; y el pasado nos persigue como un asesino serial que viaja desde la Nueva España hasta el presente en Pisot, los dígitos violentos (2000), de Isaí Moreno Roque.

2 de noviembre a 31 de diciembre

El futuro de la ciudad, el país y el planeta

La ciencia ficción de contenido social ha sido la preocupación más recurrente entre nosotros. Eduardo Urzaiz imaginó al país convertido en una utópica y socialista Subconfederación junto con Centroamérica (Eugenia, 1919), pero menos de una década después, Félix F. Palavicini (¡Castigo! Novela mexicana de 1945, 1926) previó que serían una desgracia los Estados Soviéticos Mexicanos, o una república según el modelo estadounidense, y era necesario buscar un modelo de nación de acuerdo a nuestros propios intereses y necesidades. Como pasaban las décadas y la situación seguía empeorando, Armando Ayala Anguiano planeó un cambio radical hacia la derecha para 1988 (El día que perdió el PRI, 1976), mientras Juan Guerrero Zorrilla creyó que el paraíso estaba demasiado lejos (Destruyan a Armonía, 1982). Con excepción de los títulos anteriores, desde 1968, los panoramas imaginados para el futuro de México pertenecen al reino de las pesadillas. En el año mencionado, Juan Aroca (El último reducto) llevó al gobierno a unos seres de sexo neutro que prohibieron la imaginación y la procreación natural, colocando robots policías en todas las esquinas. Edmundo Domínguez Aragonés recreó el mismo ambiente en Argón 18 inicia (1971), y Paco Ignacio Taibo II, una alegoría de la guerra sucia (“Llamaradas para fechas vacías”, Nueva Dimensión, oct. 1978).

Los vientos sin cambio favorable y el continuo deterioro de lo que vendrá se perciben en las más diversas formas en Cristóbal nonato (1987) de Carlos Fuentes; El presidente Lemus (1993) de Daniel S. Cárdenas; Que Dios se apiade de todos nosotros (1993) de Ricardo Guzmán Wolffer; Los Imecas (1995) de Mauricio García Sainz; ¿En quién piensas cuando haces el amor? (1995) de Homero Aridjis; Máscara Azteca y el Doctor Niebla (después del golpe) (1996) de Paco Ignacio Taibo II; El dedo de oro (1996) de Guillermo Sheridan; Sequía: México, 2004 (1997) de Francisco Martín Moreno; Barrio viejo: Balada de Elsinor la Trebolera (1998) de Jorge Anaya; y La silla del águila (2003) de Carlos Fuentes.

Desde el punto de vista tecnológico, nos pintan un mundo lleno de luces y sombras Gerardo Horacio Porcayo (La primera calle de la soledad, 1993, y Silicio en la memoria, 1997) y Willivaldo Delgadillo (La virgen del barrio árabe, 1997).

En el remoto porvenir, Tomás Mojarro (Trasterra, 1973) y Carmen Boullosa (Cielos de la Tierra, 1997) , piensan que volveremos a buscar nuestras raíces históricas; pero otros creen que nuestra principal inquietud, será reconstruirnos a nosotros mismos: Gabriel Trujillo (Laberinto (as time goes by), 1995), Antonio Malpica (El impostor, 2001) y Fernando Lobo (Después de nada, 2002).