Bastardos y fronteras: los subgéneros en México

Por: Pepe Rojo

El problema de los subgéneros literarios en un país donde el promedio de lectura por cabeza es de medio libro al año puede sonar como un chiste malo. Sin embargo, también tiene su lado curioso. Todas esas personas que leen la mitad de un libro al año (y si no lo acabaron, seguramente era muy malo) están más cerca de los géneros que de la literatura mainstream o blanca, como le llama Paco I. Taibo II (en contraposición a la literatura negra). Creo que no hay mejor manera de acercarse a los subgéneros de ficción especulativa (oximoron de Harlan Ellison) que a través de dos lugares comunes. El primero es una aseveración de Kurt Vonnegut: Decidí dejar de catalogar a mis libros como ciencia ficción porque los críticos confunden el archivo donde se guardan esos libros con el urinario. Al segundo punto de partida se le conoce como la Ley de Sturgeon: El 90 por ciento de la ciencia ficción es mierda, ¡carajo!, el 90 por ciento de todo es mierda.

La ciencia ficción, el horror y la fantasía son, históricamente, la tía tarada de la que nadie quiere hablar, son el patito feo. Además su desarrollo, a nivel mundial, está íntimamente ligado a la producción en serie y a la cultura de masas, en contraste, por supuesto, con la literatura y el arte escritos con mayúscula. Los subgéneros son bastardos, y México no es la excepción. Sin embargo, los subgéneros, contra todo pronóstico, han establecido estrategias y han generado varias obras de calidad como para que se pueda hablar de ellos. No tantas obras, ni tan buenas estrategias, pero sí las suficientes como para redactar un manual de supervivencia.

La historia de estos géneros en México no es el objeto de este artículo, pero sí el de gran parte de la obra de Miguel Angel Fernández, quien, como historiador, ha tratado con éxito de encontrarle linaje al bastardito. La literatura de géneros en México buscó, durante los 90, los mecanismos que hacen que en los subgéneros, a nivel mundial, se estén proponiendo cosas realmente interesantes. Una de las estrategias ha sido autoasumirse como basura y dejar los discursos floreados para aquellos que tengan tiempo de hacerlos. Esto, aunado al hecho de que la academia ya estableció un dictamen respecto a su calidad estética, deja a los subgéneros con una libertad envidiable. Las reglas no están del todo escritas, y los que las escriben no tienen tiempo para dedicarse a ejercerlas en estos terrenos. Esta situación, obviamente, es un arma de dos filos. Por un lado, produce una gran cantidad de obras no solamente mediocres sino francamente mal escritas; pero por otro, arroja una que otra anomalía a la que vale la pena echarle un ojo.

Estas anomalías han incrementado su frecuencia en los últimos diez años. Al carecer de espacios, los subgéneros en México han tenido que crear, a fuerza de empujones, su propio lugar. El boom de fanzines fue de gran ayuda. La autopublicación ha sido un factor clave en el desarrollo de varios escritores, como es el caso de Otton von Bertrab, quien echaba a la cajuela de su VW todas las copias de El dragón emplumado, su novela de fantasía, y se dedicaba a recorrer el país autofinanciando su viaje con la venta de su libro. Hasta ahora, las colecciones que se han dedicado al género han tenido una vida muy corta (cabría mencionar las colecciones de Times Editores, a cargo de José Luis Trueba, Verónica Lozano y Bernardo Fernández, la de Editorial Vid, a cargo de Facundo Burgos, y la de Ramón Llaca, dirigida por H. Pascal y Pablo Llaca), de tal manera que los escritores han tenido que aprender a publicar saltando de una editorial a otra. Ninguna de estas colecciones da señas de vida actualmente.

El trabajo de H. Pascal (novelista de fantasía erótica) también ha sido importante, no sólo porque ha abierto espacios editoriales (aunque también ha intentado destruir otros) sino por su labor de promoción. Su acercamiento es sencillo: hay que salir a buscar lectores. Y para hacerlo, consigue (y a veces inventa) espacios donde el escritor se pueda acercar a quienes lo puedan leer. Además, dice, hay que conseguir nuevos lectores, es decir, atraer a jóvenes que no leen y, como cualquier dealer que se precie de serlo, hacerlos adictos a los subgéneros. Amado y odiado por igual, H. Pascal está tan cerca de ser canonizado como de quemarse en el infierno, y eso es lo que lo convierte en una figura clave en el medio.

El proyecto de la ciencia ficción en México es quizá el más interesante de todos. Jean Baudrillard dice que ya no es necesario escribir ciencia ficción porque vivimos en ella. Este género es extremadamente difícil de definir, ya que si se dedica a explorar la relación del hombre con la ciencia y la tecnología, entonces cualquier obra realista o incluso costumbrista, situada en la actualidad, es, por lo menos en algún momento, ciencia ficción. Además, en los últimos 20 años, la ciencia ficción rebasó a la literatura mainstream y se convirtió en una literatura de experimentación con las herramientas más adecuadas para examinar la condición posmoderna, como sostiene Larry McAffrey. El cyberpunk ha sido el género clave en México, y punto de partida para varias de las obras más importantes, empezando por la novela La primera calle de la soledad, de Gerardo Porcayo, que inaugura, en Latinoamérica, una de las estrategias clave del género: escribir ciencia ficción que ocurre hace 20 minutos, en el pasado, como dice Gerardo Sifuentes.

Curiosamente, Puebla es la capital de la ciencia ficción en México. Tanto Porcayo como Sifuentes, al igual que José Luis Zárate y José Luis Ramírez, han radicado, o radican, en dicha ciudad. Ramírez (Tijuana Express) y Sifuentes (Perro de luz, Contar estrellas), ambos cuentistas, formaron ahí el desaparecido fanzine Fractal, mientras que Porcayo y Zárate editaron La Langosta se ha Posado, revista virtual que se vendía en disquet. La ciencia ficción escrita en México está más cerca de la literatura que de la ciencia, por lo que puede ser denominada blanda (siendo la cf dura aquella que es correcta científicamente). Poca ciencia, mucha ficción. No ocurre en exóticos laboratorios financiados por el gobierno, sino en oscuros sótanos clandestinos. La ciencia ficción en México ha tenido el buen gusto de salir a la calle y registrar ahí el impacto de la ciencia, y generalmente no se ocupa de lejanos planetas sino de la muy cercana realidad. El punto que la unifica, y cito a Fernández citando a Porcayo, es su pesimismo. Los escritores no han buscado a la ciencia en su versión exacta; han preferido encontrarla en las ciencias humanas, y eso los acerca más al cyberpunk que a la ciencia ficción tradicional. Como ejemplo está la novela Laberinto, de Gabriel Trujillo Muñoz, quien, desde Mexicali, construye su texto a partir de un fenómeno que él nombra derridación.

Rechazados, los escritores han tendido un puente real con el underground, y esto ha marcado al género en este país, diferenciándolo considerablemente del resto de la ciencia ficción escrita en español. Los temas recurrentes son las drogas, dislocaciones temporales, locura y perversión, y los límites entre lo humano y lo poshumano. Streamline 98 de Mauricio Bares, por ejemplo, es una novela corta que fácilmente podría ser catalogada como ciencia ficción. Publicaciones independientes como Sub (editada por Bernardo Fernández, Joselo Rangel y Pepe Rojo) han intentado mantenerse en estos espacios de frontera, mientras que otras, como las desaparecidas Asimov Ciencia Ficción (dirigida por Salomón Bazbaz) y Umbrales (dirigida por Federico Schaffler en Nuevo Laredo), se han establecido en terrenos más conocidos para la ciencia ficción. Hasta ahora hay una considerable obra en formato de cuento. Escritores como BEF, Gerardo Sifuentes y José Luis Ramírez han mostrado su eficacia en este formato, aunque ninguno de ellos ha escrito una obra de mayor extensión. La antología Visiones periféricas, editada por Miguel Angel Fernández para Lumen de Argentina, promete un recuento de la producción mexicana de cuento. El salto a la novela ha sido difícil y va a marcar el futuro, literario y económico, de esta generación.

La fantasía, quizá el género más antiguo de la humanidad, tiene una posición difícil en México. Por un lado está asediada por el realismo mágico, y una gran cantidad de los escritos producidos en este género parecen folletos de la Secretaría de Turismo. Por otro, el límite lo marca la fórmula de espadas y hechicería y la tradición tolkieniana, de tal manera que el género ha tenido grandes dificultades para moverse y buscar nuevos terrenos. Sin embargo, hay dos interesantes excepciones. Por un lado está José Luis Zárate (Xanto, novelucha libre), un talentoso contador de historias que ganó el desaparecido Premio MECYF con la novela La ruta del hielo y la sal. Prolífico y efectivo, Zárate siempre tiene algo interesante que contar, y parte de su encanto radica en la manera en que salta de géneros. Por otro lado está Alberto Chimal, un inteligente y erudito escritor, también prolífico, que ha sabido tomar lo mejor de dos mundos (la academia y los discursos más informales) para contar sus siempre interesantes historias. Ambos se han apropiado de las fórmulas básicas del género y las han hecho suyas.

El horror es, quizá, el género menos explorado. Y quizá esto sea un problema de definición. David G. Hartwell sostiene que el horror es un modo literario y no un género, lo que lo hace más difícil de catalogar, pues se le reconoce por su efecto y no por sus características formales. Hay miles de historias sobre monstruos lovecraftianos en Coyoacán que no aportan nada nuevo. Hay una pasión por los vampiros que a estas alturas resulta perjudicial. En el horror se le ha apostado a la fórmula. Me gustaría destacar, como intento de desembarazarse de dicha fórmula, Los creyentes, de Norma Lazo, y, como un intento de agregar variables a la fórmula, Las razas ocultas de Zárate. El Premio Criaturas de la Noche, del Instituto Coahuilense de Cultura, ha mostrado el interés por el género, aunque todavía falta confirmar su calidad.

Los riesgos que corren los subgéneros en México responden también a las situaciones que les otorgan libertad. Hay una tendencia a quejarse de la academia por ser tan ciega que no reconoce el valor literario de las obras. Esas quejas se convierten en credo y producen fanáticos, organizados en una parodia involuntaria de la academia y cuyo único resultado es aumentar el nivel de mediocridad. La condición bastarda de estos géneros aumenta los intentos por legitimarlos, y ahí también la militancia resulta perjudicial, pues se forman círculos de iluminados que utilizan a los géneros como una excusa para no enfrentarse a otro tipo de lectores. Cada vez que escucho a un escritor justificar su obra hablando de mis lectores siento escalofríos. La llamada búsqueda de nuevos lectores no significa solamente escribir para analfabetas. La dinámica del mercado de masas que ha forzado a los géneros a construirse alrededor de fórmulas fácilmente mercadeables (el robot, los vampiros, los mundos alternos, etcétera) no son aplicables a este país, pues aquí no tenemos una masa dispuesta a consumir los productos. Sin embargo, los problemas heredados de dicha dinámica no son menos reales. Los escritores de subgéneros corren el riesgo, al igual que las estrellas de rock, de escribir su mejor obra antes de los 30 años y repetirla incesantemente de aquí a la eternidad.

No obstante, se ha logrado crear un lazo de continuidad con los escritores de la generación pasada (Mauricio José Schwarz, Héctor Chavarría, Federico Schaffler, Paco I. Taibo II), y se han logrado evitar los mexicanismos como manera de legitimizar el género (charrobots, tepitenses alienígenas, jaguares mágicos, etcétera). Se han conseguido espacios (el Festival de Tlaxcala, promovido por la UAT gracias a Alejandro Rosete, los festivales internacionales en el DF, los premios Puebla, Kalpa y Criaturas de la Noche), aunque estos espacios siempre han estado marcados por el intento de legitimar los géneros. La AMCyF (Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía) ha fracasado como organización (aunque cuenta con el honor de haber tenido como presidente al hombre mejor vestido de México: Gonzalo Martré). El miedo a la academia es un arma de dos filos. Se tiene que aprender a usar lo mejor de ambos mundos: ni seguir todas las reglas para que así papá otorgue una mirada condescendiente, ni abandonar todo criterio de calidad y negarse a aprender.

Uno de los problemas clave del siglo que está concluyendo es el de la realidad. Ya no es tan fácil definirla como antes. Los teóricos más aventurados (Virilio, Zizek, Baudrillard) llevan años escribiendo obras que parecen ciencia ficción. No sabemos si lo que está allá afuera lo vemos gracias a la tecnología, a nuestra condición psicológica, a nuestra capacidad metafórica o a un delirio colectivo que le da sustancia a nuestras vidas. Los subgéneros tienen una posición aventajada pues llevan años desarrollando mecanismos y herramientas para lidiar con el apremiante problema de la realidad y la condición humana en un mundo donde todo lo que es sólido se desvanece en el aire.

Los subgéneros en México corren el riesgo de caer en una muy estrecha concepción de sí mismos; intentando hacerse accesibles y legítimos, pueden perder la capacidad de desconcertar, que es su mecanismo clave. Mientras se trate de definir a los géneros fenomenológicamente, a partir de figuras retóricas gastadas e inofensivas, no se va a llegar a ningún lado. Mientras no se intenten abrir puertas a otras concepciones de los géneros, como la utilización de la metáfora en el campo de lo real, o como un espacio perpetuamente fronterizo, indefinible, igual de efímero y etéreo que la realidad, no veo cómo sobrevivirá la promesa que hace un año parecía tan real. La apuesta más fuerte que tienen los subgéneros hoy en día, aquí en México, es mantenerse indefinibles y, a partir de ahí, buscar la variedad. La creación de Zonas Temporalmente Autónomas ha sido su mayor logro, y cualquier intento de hacerlas permanentes es su mayor riesgo.