El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bull Dog

Por: Ramón López Castro

A dos de tres caídas sin límite de novelas.

El mito de la máscara. Esa frontera de la identidad y del mito, eidolon convertido en esencia, en eidos. La máscara y los enmascarados tienen un lugar más que distinguido en la reciente iconografía política del mexicano. Esos pasamontañas que dan miedo soñar, tomando por asalto la tribuna, como en un final de novela redactada a cuatro manos entre Taibo II e Ibargüengoitia, esos ojos melancólicos, mirada que ambivalente parece evocar a ratos a Zapata en Chinameca; o a Marlon Brandon que interpretaba a Zapata en Chinameca; acaso a un neozapatista que podría ser interpretado en la pantalla por Benicio del Toro. Y así, las máscaras y los embozados se multiplican, desde una lejana y mítica California de Beautiful Señoritas donde el Zorro cabalga hasta convertirse en un bato loco de la Línea con su paliacate very zapatista. La literatura, sobre todo y en este caso la más reciente, aquella escrita por los nacidos en los setentas del siglo pasado, no ha estado alejada de la máscara como pretexto literario. Y ya que Praetexto es precisamente el nombre de uno de los primeros comediógrafos romanos, vale la pena analizar algunas novelas que se ocupan de una suerte de comedia amarga: el pancracio mexicano, los luchadores enmascarados.

Es necesario tener en cuenta la influencia que ha tenido en los escritores más "jóvenes", otrora infantes oligofrénicos en los setentas, el cine mexicano de CF pergeñado antes o durante la era de la música disco. Lo cortés no quita lo valiente, aunque cierto pudor es necesario para señalar que la novela de José Luis Zarate Xanto, Novelucha Libre (Editorial Planeta, 1994) y la de Ricardo Guzman Wolffer Bestias de la Noche (Ramón Llaca y Cia, 1998) deben mucho al cine nacional cuyo elemento favorito era el enfrentamiento de varios monstruos entre sí o contra los héroes de la lucha libre: los cócteles fílmicos, donde los seres del espacio eran a veces interpretados por Lorena Velásquez seduciendo al Piporro, o por un engendro de caucho que perseguía a Viruta y Capulina. Xanto, Novelucha Libre, situada en un impreciso futuro inmediato, presenta al infatigable luchador de la máscara plateresca (bueno, a un doble muy convincente) en denodado combate contra las fuerzas neopoliciacojudicialeslovecraftianas y otros entes más o menos deformes quienes cohabitan en Puebla. Heredera de toda la biblioteca fílmica del Santo y Blue Demon, éste par que hicieran las delicias por tele y en función de matinee de los escuincles setenteros, Xanto, Novelucha Libre es parodia que a ratos se toma en serio, como alegoría del desamparo del mexicano promedio, que ante las arbitrariedades del poder público y secreto no tiene más remedio que invocar a sus héroes infantiles (al estilo de Taibo II en su novela Heroes Convocados), quienes vía hurracarranas y saltos desde la tercera cuerda mantienen a raya a los malvados. El antecedente más directo seria la epopéyica cinta Santo y Blue Demon contra los Monstruos (Gilberto Martínez Solares, 1968), con toda su parafernalia de gadgets estilo James Bond: videofonos, armas ocultas, momias de Guanajuato en pleno frenesí destructivo y ¡faltaba más! el monstruo "Franquestein" (sic), domado a base de patadas voladoras.

Tenemos por supuesto más de la filmografía local que aborda el tema de la CF y que fue suministrada sin piedad por la televisión en los setentas, en los ochentas y noventas: El Hombre Que Logró Ser Invisible (Alfredo B. Crevenna, 1957), Los Invisibles (Jaime Salvador, 1961, con las actuaciones estelares de Viruta y Capulina) y El Enmascarado de Oro contra el Invisible,( René Cardona, 1964). En nada desentona la CF con las cintas de luchadores. En las películas laudatorias a los héroes del ring, encontramos extraterrestres, "materia lunar inteligente", clones (El Ladrón de Cadáveres de Fernando Méndez, 1956), hormonas e ingeniería genética (aplicada a los luchadores enemigos de el Santo, los convertía en bestias practicantes de la doble Nelson) y telepatía. Los mismos protagonistas estaban caracterizados como cultos paladines, hasta científicos:

.hubo intentos por darle a los luchadores un aire de intelectualidad que subrayara su capacidad cerebral antes que la física.Baste recordar el ostentoso e "hipertecnológico" laboratorio de El Santo (con probetas, tubos, foquitos y humo, muchísimo humo); o los conocimientos científicos de Neutrón y el Dr. Caronte, quien sabe demasiado de física nuclear y parapsicología, con refinados gustos que incluyen un oído educado que se regocija con la Quinta Sinfonía de Beethoven.

El género que vive en el subconsciente literario de Guzmán Wolffer en Bestias de la Noche es el "cóctel de monstruos", el cual resurge luego de la hecatombe nuclear en una postapocalíptica fantasía ciberpunk con rasgos Lovecraftianos (y aún hay más) donde los mutantes radioactivos (monstruos, pues, salidos de los estudios Churubusco) son ahora guaruras - mercenarios - dioses aztecas (luchadores trasvestidos en criaturas amorfas con cierto toque mesoamericano, para no perder el sabor) que se enfrentan en luchas sacadas del más improbable manga japonés (Record of Lodoss War, o quiza la delicia de los video otakus: Los Caballeros del Zodiaco) y que definirán el mundo donde viven el Ocelote de la Viga, Fafner (terrible dragón vampiro.no, es en serio) y todos sus amiguitos que pretenden encontrar el Grial (sí, como en la película de Monthy Python) y evitar que las oscuras huestes del pasado prenuclear se alcen con la victoria; peleas similares libraron los sacrosantos luchadores en Santo y Blue Demon en la Atlántida (Julián Soler, 1969), donde se utilizan inserts de Monster Zero (1965) y Godzilla contra el Monstruo Marino (1969).

A eso se le conoce como "fantasía postapocalíptica", fusión de la CF y la fantasía mitológica (Tolkien-Lovecraft atacan de nuevo) en un futuro postnuclear. Pero en realidad es un homenaje involuntario a una infancia llena de películas "cocteleras", donde el Santo hacia morder el polvo a los mutantes atómicos o a los monstruos; ahora Wolffer adereza un poco su viaje sedentario a la infancia con explosiones termonucleares, personajes que dizque se rigen por la opera de Berlioz y Rossini y una caterva de mutantes muy mañosos. Efectos del club teleadictivo de los luchadores, con algunas influencias de la Japanimation:

Uno no niega la cruz de su parroquia.