Vivir la Incertidumbre: Pronósticos para un Nuevo Milenio

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

La ciencia ficción mexicana ha pasado a una nueva etapa a finales de los años noventa. La comunidad que se presentara, con su traje de graduación, en Más allá de lo imaginario (1990), ya no representa el centro de la ciencia ficción nacional aunque siga en activo. Es notorio que la llegada de sangre joven, mucha de la cual proviene del mundo de la contracultura dark de fin de siglo, del universo de los fanzines donde la ciencia ficción es una veta más del gran árbol de la creación, ha dado un sentido nuevo, una orientación distinta a este género literario en sus formas de percibirlo, escribirlo y promoverlo. Una sensibilidad menos científica, menos racionalista, que ama la oscuridad del horror sobrenatural lo mismo que la fantasía épica, las leyendas de los asesinos en serie y la estética dadaísta, ha puesto en el trono del género al cyberpunk. Ser virtual cuenta más que ser concreto. Mas vale un pájaro digitalizado en pantalla, que cien pájaros reales volando.

Pero el terreno donde se edifica esta nueva ciencia ficción es tan movedizo e incierto como el que pisaron sus antecesores. La cultura mexicana sigue siendo reacia a darle la bienvenida, con todos sus derechos y obligaciones, a un género que no termina de asimilar y al que aún se mira con franca suspicacia. Por su parte, los jóvenes autores de ciencia ficción prefieren vivir bajo las reglas del ghetto y prefieren rolarla en los circuitos conocidos -fanzines, ferias, chats de internet- antes que lanzarse a conquistar todos los caminos del universo. Estar con quien piensa como tú y ama las mismas cosas que tú amas es formidable pero no permite el crecimiento individual, la singularidad creativa.

La ciencia ficción actual es más arriesgada en lenguaje y estructuras narrativas, pero sigue muy atenta a no romper sus propios esquemas de gusto y opinión. El cyberpunk es una vía de creación, sí, lo mismo que el terror y la fantasía pura, pero ninguna escuela o movimiento es el horizonte final, definitivo. Ni la ciencia ficción anglosajona (por más medios de influencia/ingerencia que tenga a su favor) puede ser el único espejo para definir nuestra forma de explorar un género tan iconoclasta como éste, tan diverso en temas y tramas y extrapolaciones.

Y si a esto agregamos los altibajos de las actividades relacionadas con la difusión de esta literatura en México, el panorama es alentador en términos de creación y promoción grupal e individual, pero la incertidumbre reina como siempre en cuanto a proyectos, foros, encuentros, muestras y festivales que apenas van queriendo consolidarse cuando prácticamente desaparecen. Premios van y vienen. Colecciones editoriales mueren por falta de fe en la recuperación de sus costos. La crisis general del país es un poltergeist que acosa sin cesar a los proyectos mejor intencionados. Pero los intentos no se detienen. Al contrario: proliferan.

Lo positivo aquí es que la masa crítica de creadores/promotores/lectores alcanzada a últimas fechas ya es imparable en su fusión/fisión de posibilidades y proyectos. Hoy ya no son unas cuantas almas perdidas. Ahora se cuenta con una conciencia histórica de pertenencia a un movimiento global y, al mismo tiempo, se responde a este movimiento cienciaficcionero mundial con características propias, con antecedentes notables y con aspiraciones distintivas, complementarias. Y esto ya es toda una ventaja a nivel nacional: los autores de ciencia ficción de principios del siglo XXI no viven en el vacío, en la no-existencia de un género invisible para el resto de la literatura mexicana. La república de las letras nacionales puede repudiar esta zona creativa y especulativa, pero no puede ignorarla. Ya no. Y tal actitud no es una concesión de su parte. Es un triunfo de la terquedad, una victoria moral por simple y puro empecinamiento de los que practican este género cada vez con mayor rigor literario. La ciencia ficción mexicana ha logrado establecer una presencia real en la cultura mexicana actual: marginal, tal vez; minoritaria, quizás; pero presencia al fin que actúa y se mueve en pos de su propia agenda de intereses y necesidades.

El punto faltante es dar el gran salto: pasar de la lucha de egos y de los estériles sectarismos al trabajo permanente, a la madurez creativa, a la apertura de nuevos espacios y nuevas formas de escritura. No aceptar, pasivamente, las corrientes de moda de la cultura dominante sin aportar nuevas ideas y conceptos que la impacten en sentido contrario: de la periferia al centro. Esta actitud es ya un punto de partida de la ciencia ficción nacional de cara al siglo XXI. No quedarse en el escenario local repitiendo esquemas importados, sino hacer de lo local una plataforma creativa que impacte a nivel latinoamericano, a nivel internacional. Ser, de nuevo, como Carlos Olvera lo pedía, mexicanos en el espacio.

Y los ejemplos de esta nueva actitud pueden rastrearse en el impacto que están causando los jóvenes y no tan jóvenes narradores. Si ya Mauricio-José Schwarz y Paco Ignacio Taibo II son autores con reconocimiento más allá de las fronteras nacionales, otros se van sumando a la lista en los años noventa, en la década final del siglo XX. Los mapas del caos (1998), una antología de cuentos recientes, ha sido señalada en España por Alvaro Uribe, quien señala que en esta obra se intenta ofrecer el estado actual de la ciencia ficción mexicana. Y lo mismo va para la antología aún más reciente, Cuentos compactos cyberpunk (1998), que Uribe describe como un conjunto de narraciones aceptables, donde el mejor relato es el último, Tijuana Express de José Luis Ramírez, una nerviosa amalgama de hablares mexicanos y spanglish, evocación dolorosa de un amor perdido y de una huida hacia adelante, que recomiendo especialmente. Y a Uribe se le pueden sumar críticos, tanto en España como en los Estados Unidos, del nivel de Miguel Barceló, Andrea Bell, Darrell B. Lockhart, quienes no pierden de vista a la ciencia ficción producida al sur del Río Bravo.

Por ello, esta lectura crítica, esta atención cada vez más esmerada sobre el panorama general de este género en México, sobre ciertos textos particularmente afortunados (Wonderama de Bernardo Fernández y Contar estrellas de Gerardo Sifuentes) es una señal de que la ciencia ficción nacional está creciendo no sólo en cantidad y oportunidades, sino en tratamiento estilístico y conceptual de sus relatos. Como de costumbre, novelas son las que hacen falta, textos de envergadura mayor que difundan una visión más profunda e intrincada en cuanto a escenarios, trama y personajes. El género aún se mueve en el relato corto con una soltura e ingenio que pocos han logrado transferir a la novela.

En los casos que sí se ha logrado este salto narrativo -Gerardo Porcayo, Ricardo Guzmán Wolffer, H. Pascal, José Luis Zárate, Blanca Martínez, Pepe Rojo o Gabriel Trujillo Muñoz-, las novelas resultantes son una mezcla genérica donde la ciencia ficción es un elemento más asediado por la preeminencia de la literatura de terror o la fantasía épica. Esto ha dejado un campo abierto para que autores provenientes de otras zonas de la narrativa nacional incursionen en la ciencia ficción o, al menos, tomen ciertas terminologías o preocupaciones inherentes al género mismo (el fin del mundo, la tragedia ecológica, la deshumanización tecnológica, la inteligencia artificial, el encuentro con otras especies en el universo) y las incorporen en sus obras. Esta apertura, esta zona franca en que se ha convertido la ciencia ficción mexicana crea oportunidades de todo tipo y, a la vez, desdibuja un perfil único para ubicar al género en nuestro país.

Así, la ciencia ficción no es, en México, una sola comunidad de autores, editores y aficionados, como sucede en otros países. Es, desde luego, esta comunidad antes mencionada, pero en ella se deja de lado toda pretensión de monopolio o control. Campo abierto para que autores del mainstream literario, a los que la etiqueta de ciencia ficción no les interesa ni les entusiasma, expongan obras claramente futuristas mas ajenas al movimiento cienciaficcionero actual. Hablo de narradores de la talla de Sandro Cohen, Carmen Boullosa o Guillermo Scheridan, que en la segunda mitad de los años noventa han recreado el futuro que nos espera desde sus propias búsquedas literarias, desde sus muy personales intereses narrativos. La ciencia ficción como accidente afortunado antes que como columna vertebral de sus ficciones.

Por último, la comunidad de aficionados, editores y autores de este género en el país responde a las tensiones y resistencias propias de un movimiento en plena expansión, que se reconoce en un cierto número de voces de peso, pero que carece de liderazgos absolutistas o totalizadores. Esta situación privilegiada por los saberes especializados que hacen gala y al mismo tiempo igualitaria por su vinculación y su acceso sin restricciones vía internet, le da características contradictorias (populismo, más conocimientos restringidos, más gustos sibaritas, más todo se vale, más exigencias de calidad, más anarquía, más disciplina y rigor científico, etc.), características que se reflejan en la escritura de sus textos ya sean estos cuentos , relatos, ensayos, o críticas.

A la ciencia ficción mexicana hay que verla como una literatura de la experiencia/experimental/expresiva que, a su vez, es sintética/simbólica/simbiótica. Género de aficionados especialistas y de profesionales autodidactas. Artificial y artificiosa, espontánea y natural, la ficción científica carece de fronteras específicas. En nuestro país, por su cada vez más obvia presencia en la cotidianidad de nuestras vidas, se ha vuelto un género popular, una literatura propia, cercana, comprensible. El siglo XXI, de seguro, la verá como lo que realmente es: la literatura costumbrista de nuestra época. El reflejo puntilloso y veraz de una realidad que ha multiplicado sus alcances, que ha roto con lo concreto y se ha transformado en una mundo mediático, en una virtud virtual, en una red donde todo se desvanece en el aire y todo renace a imagen y semejanza de cada quien.

La ciencia ficción nacional ha dejado atrás la marginalidad. En cierta forma y aunque la mayor parte de los críticos literarios aún no lo reconozcan así, este género es el vaso conceptual y creativo del nuevo milenio. La plataforma de la imaginación que no se cansa de soñar lo peor y lo mejor de nosotros mismos. La mirada atroz y despiadada, hermosa y evanescente, que es testigo privilegiado de todo lo que viene. Escribirla, leerla o promoverla implica responder a lo nuevo con lo nuevo. Ser la vanguardia del pensamiento en una literatura que a tantos embelesa y entusiasma. En el tren de la ciencia ficción mundial, el reto consiste en dejar de ser los polizontes encaramados en el furgón de cola. Y empezar a tomar, por asalto, lo que a la ciencia ficción nacional le pertenece por derecho de ambición, por derecho de visión. Después de todo y parafraseando a Emiliano Zapata, el futuro es de quien lo trabaja. De quien transforma su imaginación en aventura narrativa, en justicia poética.