Terra Ignota y la Frontera Desconocida

Por: Arturo Zárate

Quiero hoy expresarle al Grupo Terra Ignota mi admiración por su sobresaliente producción literaria. Quiero especialmente hacerlo por develar una frontera que para muchos es desconocida, una frontera que rompe las imágenes imperantes de la Tijuana acartonada. Porque esos clichés existen, y aún la literatura en boga los vocifera -ésa que da por contado que en la frontera no somos un sólido jamón sino mera ensalada en medio de un estridente sandwich. He allí los Cristóbales Nonatos, y los yoremitos quienes asumen que la cultura fronteriza es un premezclado de estilos de vida y de idiomas disonantes. Por ejemplo, Rafa Saavedra, en Tijuana Para Principiantes (Bonus Track), escribe: My city tiene una zona de tolerancia para amantes de las infecciones y el asunto sádico del sex for money. Hoteles de paso y mogollón de ilegales en pos del sueño americano. Una central camionera en que ávidos polleros y carteristas se pelean por clientes elusivos. Funciones de box y lucha, canales locales de tele, cine para ratas (...) intelectuales y punkies reciclados resistiéndose a morir. Arte popular en el Cecut. Cafés y videobares. Un resurgimiento de los fuckin´cholos, conejillos de indias para estudiosos del Colef.

Y Juan Antonio Di Bella publica: La última vez que vi a Yizus the Man fue en el callejón detrás del liquor..

Y no es que niegue en los yoremitos y en otros escritores afines la novedad y aún frescura que brindan a las letras mexicanas. Pero su idea de la frontera como un pastiche es tan real como el color pistache del Sagrario Metropolitano.

Es más, si a capirotadas vamos, vengan los ignotos. Se dan el lujo de incluir en sus escritos imágenes de México estereotipadas, esas obsesionadas con nuestro pasado, nuestras raíces, nuestros fantasmas, como lo han hecho un Paz, un Fuentes, un Rulfo, en La Muerte de Artemio Cruz, Llano en Llamas y Pedro Páramo. He allí el relato Huida de Marcos Manuel Rodríguez Leija: ¡Preparan armas! ¡Apunten...!

Pero los ignotos se permiten también -y aún prefieren- fantasear con el futuro -¿Podríase, por ello, acusárseles de fronterizos americanizados. En fin, al mirar hacia adelante, juegan, por ejemplo, con estereotipos de la ciencia ficción, como lo hace el mismo Rodríguez Leija en su relato La Visita: Faustino no tiene el rostro fresco de un adolescente de secundaria, mucho menos aquel de angustia y desesperación al momento en que se sentía que se lo tragaba el río. Su cuerpo desprende luz, un aura blanca agradable para la vista. No ciega, no molesta, no irrita. Parece estar desnudo, su cuerpo es blanco como la leche, no se aprecia a simple vista su verdadero sexo. Su cabeza está calva. Respira por dos pequeños orificios que se ubican entre su boca y los saltones y oblicuos ojos color violeta.

Balanceándose en este desfase de tiempos, incursionan nada estereotipadamente en el terror, o en la dimensión desconocida, y aún en lo grotesco. He aquí, de nuevo, Rodríguez Leija: La mató celoso de pensar que pudo ser de otro... Pero antes de que el astro diurno asomara su luz incandescente, desvistió aquel cuerpo inerte que yacía en el piso, lamió el charco de sangre coagulada sobre el que reposaba, y decidió hacerle el amor hasta que llegara el fin de su existencia.

El resultado suele ser un humor negrísimo, como el de Rodríguez Leija en Invocación, lo irreverente, como el de Federico Schaffler en Secreto de Confesión: Era un sacerdote chapado a la antigua. A pesar de la bula de Papisa Madonna II estipulado que los prelados católicos podían prescindir del voto del celibato, prefería conseguir su satisfacción de manera virtual, a través de la red, y no con parejas reales de cualquier sexo, como ya estaba permitido oficialmente.

O aún un horror que aunque cruel no deja de ser simpático, como el de Jorge Eduardo Alvarez: Maestro, inició Tivek, Ya estoy listo. Espera joven Tivek. Debes saber que es espécimen humano que trajiste de la Tierra hace unos días ha muerto. Murió de inmediato. No puede respirar nuestra atmósfera. Mientras no consigas otro vivo no podrás aprobar. Tivek se sentó, muy desolado. Qué es lo que pasa preguntó el maestro. Ya no puedo, los he traído a todos. Acabo de traerlos a todos, logró gemir. Y todo esto no pocas veces lo logran, en escenarios neolaredenses, o parecidos, como lo plasma a lo fantástico Jorge Eduardo Alvarez: La burbuja lo materializó en las afueras de una ciudad que le trajo recuerdos del Nuevo Laredo tecnificado. La noche azul y sin luna tenía un extraño contraste con la multitud de vehículos silenciosos sobre la carretera que rodeaba la urbe. A lo lejos, en el centro de la metrópolis, brillaban edificios de muchas formas y tamaños, algunos sobresalían a las nubes más bajas.

O como lo consigue a lo cotidiano Marcos Manuel Rodríguez Leija: Buenos días, -le dice un fiscal al momento de arribar al punto de revisión aduanera. Es la garita Camarón...

Y lo resume en breves trazos Federico Schaffler: El calor de más de 42 grados centígrados era abrumante, como sucede en todos los años en Nuevo Laredo, durante la canícula. Estaban a la sombra de un mezquite en el patio trasero de su casa... No había el menor asomo de una brisa que alejara el infernal calor. El pavimento parecía chicle.

Quizás por no proponérselo de lleno, los ignotos simplemente hacen surgir a Nuevo Laredo de sus libros sin forzarlo y sin encajonarlo en imágenes prefabricadas de la frontera. Rodríguez Leija, por ejemplo, nos describe un ahogado en el Bravo: Nosotros por el temor de una represalia en nuestras casa, preferimos irnos de pinta al río, como regularmente lo hacíamos cada sábado y domingo por la mañana. Lo malo de esta vez fue cuando el Pecas se le ocurrió la estúpida idea de nadar hasta una isleta que estaba río adentro... Me queda vivo en la memoria tu rostro de angustia en el momento en el que aún no llegabas a la mitad del tramo cuando un remolino te absorbió... Luego de tanto jaloneo no saliste más. Los bomberos tardaron horas en rastrear tu cuerpo y otras tantas más en poder sacarte. Fue hasta el día siguiente que lo vieron en un tronco, a la altura del Parque Viveros... Es un ahogado que no tiene nada que ver con los tan publicitados migrantes o con los tan pregonantes narcotraficantes.

Lo que no quiere decir que los ignotos se hagan de la vista gorda ante la realidad de la frontera. Por ejemplo, Federico Schaffler narra: Alix huía del lugar de su último atentado... era una de las principales grafiteras de ambos lados de la frontera. Cruzaba tantas veces como podía y sólo una vez fue deportada. Ni los traficantes de humanos tenían tanto éxito en el traslado de su mercancía humana en ambas direcciones del Río Bravo como ella con sus incursiones punitivas. Sus mensajes de protesta e insultos contra los abusivos invariablemente eran borrados por las autoridades al día siguiente, pero lo importante era dejar constancia de la inconformidad contra el sistema y quienes usándolo se aprovechan de la gente.

Esta realidad más que acercarlos a los Estados Unidos -americanizarlos-, los aleja. Federico Schaffler por ejemplo cuenta: ...vino la represión armada y los abusos cometidos en nombre de la superioridad aria. Es increíble lo que en pleno año 2014 puede lograr los medios de comunicación... Sabes que le echaron la culpa a las minorías de ser los propagadores del SIDA IV. ...la violencia empezó en unas cuantas horas en todo Estados Unidos... cuando se intentó pacificar..., había ya más de 100 mil muertos... victimaban a nuestros hermanos de raza y a los pocos indocumentados que quedaban... No sólo Laredo, Texas, quedó casi desierto, sino buena parte del sur de los Estados Unidos...

Y tan alejados están, que los ignotos parecen no estar contaminados aún con las falsas correcciones políticas norteamericanas. Jorge Eduardo Alvarez, por ejemplo, ni se inmuta en especificar de manera altisonante la raza de uno de sus personajes, ni aún -¡Oh, my God!, se persigna un güero- de insertarlo en un escenario de cavernícolas: Y Saturnino... su joven y brillante asistente de raza negra, que tanto había aportado, no regresaba... lo imaginó solo, asustado, tal vez acorralado en medio de una horda de primates enardecidos, o hecho trizas entre los voraces colmillos de un legendario dientes de sable...

A este su distanciamiento respecto a los Estados Unidos tal vez le corresponda, en ocasiones, una exaltación de lo mexicano. Así parece ocurrir con Schaffler: ... cuando intervino México abriendo sus fronteras a los refugiados, no sólo recibimos a nuestros hermanos latinos, sino a todos aquellos perseguidos por los blancos... ahora estamos con problemas de vivienda y abasto, pero aún así defendemos con vigor y convicción nuestra política y postura. No nos interesa que nuestros vecinos sean un estado militar, ni que su presidente kukluxklanesco piense reelegirse. Lo único que nos interesa es ahora defender nuestra frontera y evitar la expansión del cáncer que representa su ideología... dijo el hombre mientras levantaba su arma automática, se ponía el casco y encaminaba sus pasos hacia la calle, rumbo a su puesto de vigilancia... Tío, estoy orgulloso de ser mexicano y de que tú seas soldado. Cuídate y no dejes que pasen los gabachos mala onda.

Pero esta exaltación de la mexicanidad no cae en el aplaudirlo todo.

Por ejemplo Jorge Edardo Alvarez escribe: Martha sabía que un viaje en el tiempo no era considerado aún seguro. Si la tecnología temporal en países desarrollados sufría algunos accidentes al año, ¿que podía esperar de un tempomóvil hecho en México?

Tampoco dicha exaltación cae en identificarse indistintamente con cualquier región de la república, como si Nuevo Laredo, su frontera, estuviese inscrita en un México invariable. Los ignotos reconocen y aún establecen las diferencias. Son cortantes con los defeños. Así lo hace Jesús DLeón-Serratos en Los Malditos: La capital nos tiene relegados, parecemos apestados o roñosos. Nunca vienen y cuando lo hacen, vienen con afán de burlarse o ponernos de ejemplo: -Mira, hijito. ¿Ves cómo esta chusma no tiene el vochito volador que te acabo de conseguir? Te traigo aquí para que te des cuenta que hay gente que está más en el fondo. Cuando escuché a ese chilango, los odié a todos.

De la narrativa de DLeón-Serratos emana no sólo resentimiento contra los capitalinos, sino también reminiscencias del traidor abandono que sufrió Tamaulipas, por parte del centro, al principio de la guerra de 1847: Es que no mames, cuando los Yunaites Esteits vinieron a robarse dizque una bomba muy chingona que el gobierno mexicano logró hacer, los chilangos vinieron a llevarse gente de aquí, para ponerlos al frente de los batallones. Hubo un putazo de muertos. Pero los soldados de la capital, ellos si estaban protegidos, ellos estaban arriba del Castillo de Chapultepec, tumbando aviones y dando órdenes. Los norteñitos abajo, sin saber un cacahuate de lo que pasaba, y luego, cuando vieron que los güeritos nos estaban metiendo la mazacuata, sueltan la bomba -que se llamaba Carroña Mexicana porque dijeron que un norteño la ideó-. Qué vergas me salieron mis compadres. La capital y sus alrededores estaban hasta el culo de refugios anti-bombas, pero nosotros no. Se soltó un pinche virus hediondo que se fregó a casi todos en el norte. Bueno, aunque todos sabemos que ellos siempre nos han tirado mala onda, y nos ven como unos charritos, bigotones, que andamos en un caballo y con una botella a un lado. Por eso pienso que lo de la guerra por defender al país, y eso de que México nuestro o de nadie, fue puro pedo, lo que en realidad querían era mandarnos a la goma.

Este resentimiento lleva a DLeón-Serratos a mejorar el significado de viejas frases: Prosigue haciendo patria. Mutila a un chilango.

E incluso lo lleva a identificar al Enemigo con el chilango: -Ya me cansé de dejarlos defecar mi mundo -vociferó Lucifer enfurecido y golpeó el piso violentamente. Salió una bola enorme de lava roja y se esparció por todo el sitio y nosotros, todos culos, corrimos como locos. Sin embargo, sorpresivamente brilló una luz en el cielo y las nubes que antes estaban oscuras se iluminaron, nosotros nos escondimos en una cueva porque el resplandor era muy potente. El firmamento se abrió y salió una mano que agarro al chamuco chilango y lo despedazó ante nuestros oclayos. El fulgor desapareció. Agustín y yo salimos para encontrarnos con el Quetzal. -Tenía que ser chilango, el maricón -nos dijo-. Solo él le puede temer a esas mamadas. -¿Que chingados le hiciste ahora? -preguntó Agustín. -El pinche truco de que Dios viene a chingárselo. Puta, es viejísimo, creí que batallaríamos más en esta ocasión pero no cabe duda que es un pendejo. -Arriba el norte, cabrones -grité emocionado. Volvimos a putearnos al Diablo. Sólo espero que a la otra no venga disfrazado de chilango, esos maricones no nos dan miedo.

Pero esta contraposición de los norteños con el centro, y especialmente con los defeños, no se queda en lo genérico. Entra en mayores presiones, también cortantes, que no permiten confundir a Tamaulipas con Nuevo León. Por ejemplo, DLeón-Serratos lo hace notar en el graffiti de sus Malditos: Aquí termina Nuevo León y principia el territorio de Los Malditos. No entrar.

Para algunos ignotos, como Jorge Eduardo Alvarez, Monterrey es imprescindible y apenas merece una nota a pie de página: Aún se recordaba la desaparición de la ciudad de Monterrey en una explosión accidental de la planta nucleoeléctrica. Los expertos habían atribuido la falla a la negligencia del millonario fabricante de los aislantes antirradioactivos, pero aunque fue demostrada su culpabilidad nunca se le castigó por motivos desconocidos.

Para otros, como DLeón-Serratos, Monterrey es mero lugar para ir a joder: -Vamos a Monterrey a buscar putas -sugirió Agustín.

Este esfuerzo por distinguirse de los otros no hace a estos escritores caer en un patriotismo provinciano. Por ejemplo, Rodríguez Leija no duda en quejarse de su Nuevo Laredo, contraponiéndolo con las oportunidades de estudio en Monterrey: Recuerdo que debo justificar mi inasistencia al periódico. Llamó a Oscar, le pido el favor de falsificarme una receta médica por gastroenteritis y accede inmediatamente. Cómo habría de negarse si desde chavitos hemos sido grandes amigos. Estudiamos juntos de la primaria al bachillerato, ya después cada quien agarró por su lado. Él, se fue a estudiar medicina a una universidad regiomontana, gracias a la posición económica de su familia; yo, no concluí la licenciatura en ciencias de la comunicación, no por falta de ganas, sino por la pinche economía y lo costoso que me resultaba estudiar en la única escuela particular que imparte esa carrera en este pinche pueblo fronterizo en el que vivo.

Y, por supuesto, los ignotos se olvidan de que por ser escritores fronterizos tengan siempre que retratar la frontera. Por ejemplo, Rodríguez Leija sitúa sus Remordimientos en los callejones de la ciudad de México, y Federico Schaffler coloca su Muerte en el Telepress de Oriente en Monterrey: Vi muchas cabezas volteando hacia el suroriente, de gente alegre, dándose palmadas en los hombros e incluso abrazándose. Al llegar al resto derruido del Monumento al Sol de Tamayo y pasar bajo él, vi el motivo de su alegría. A lo lejos, se veía claramente nuestro símbolo. El Cerro de la Silla. Esta sí es una buena noticia. Es la primera vez en cinco años que desde esta distancia puede verse con toda nitidez la montaña. Me regocijé al sentirlo... Me acordé de Dios en ese instante y le di las gracias, mientras aceptaba y correspondía con gusto el saludo y abrazo de un perfecto desconocido, que imprudencialmente se había quitado los filtros nasales y el visor ante la magnificense vista. La ocasión no es para menos, pero yo no soy tan pendejo.

De cualquier modo, los ignotos no regalan con frecuencia retratos de la frontera, los de una frontera no genérica sino específica, de Nuevo Laredo, y por ello desconocida para aquellos que aun no trascienden los clichés. Los ignotos lo consiguen aún en su contexto preferido de la ficción futurista. Por ejemplo DLeón-Serratos escribe: No hay mucho que decir, las cosas continúan igual como hace 25 años. Esto sigue siendo un desierto, la gente vive en unas chozas -muy mal hechas- todas de madera; los mezquites pedían brazos para poder defenderse de cómo llegaba la raza a tumbarlos, al menos que les dieran patas, para correr y que esto se quedara todavía más amarillo. Aparte, el pinche sol jodía de a madre. No volvió a llover desde la gran inundación del 2025, ahí se murieron chingos de personas, el agua los sepultó. Yo creo que los pocos sobrevivientes mariconearon con Dios, para que jamás volvieran a diluviar así tan gacho. Pero también Dios se la jaloneó muy sarcásticamente, no ha caído una sola gota de agua en el lugar otra vez. Ahí están todos -bueno, estamos, yo a veces- asaltando pipas que vienen de los Yunaites Esteits, y que en ocasiones vienen a tirar agua a la pinche presa del Bravo, otras veces son químicos que se llevan de encuentro a uno que otro puto. Pobres batos, nos dan lástima, por eso más que nada, no nos los chingamos a ellos. Ya han sufrido un resto.

Pero aun más importante que sus retratos de la frontera, son ellos mismos. Al manifestarse como excelentes escritores neolaredences muestran al público un aspecto de su frontera antes desconocido.

Arturo Zárate es investigador del Colegio de la Frontera. Es corresponsal de A Quien Corresponda en Matamoros, Tamaulipas. Este ensayo fue presentado durante el Primer Encuentro de Escritores Tamaulipas-Texas efectuado durante el Festival de la Frontera en Mayo de 1998 y publicado en el número #80 de la revista A Quien Corresponda: Primer Encuentro de Escritores Tamaulipas-Texas Volumen II.