La Fundación del Porvenir

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

Cuando se habla de ciencia ficción, el público, en general, vizualiza películas de efectos especiales que incluyen monstruos, extraterrestres, naves espaciales o viajes por el tiempo a la velocidad de la luz. Cuando se menciona a la ciencia ficción entre los aficionados al género, se acepta, sin titubeos, que se está hablando de cuentos o novelas, es decir, que estamos ante un género literario eminentemente narrativo, que cuenta cosas, que relata historias sobre el futuro de la humanidad o la aventura del espacio exterior. A lo más, acudirán a su mente las artes visuales con pinturas, ilustraciones, cómics o filmes que tratan esos temas.

Pocos son los que tienen conocimiento de que la ciencia ficción también incluye a la poesía como medio de expresión y que, en el caso de México, bien podemos retroceder hasta Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) y su Primero Sueño, un poema alegórico, de corte filosófico, que entre muchos otros temas explora la visión del cosmos (el mundo iluminado, y yo despierta), tal y como se le concebía a fines del siglo XVII, esto es, como un espacio de estudio y reflexión, donde misticismo y razón se complementan para mayor gloria de Dios.

Sin embargo, es necesario conocer que, por más prestigioso antecedente que sea Sor Juana, la poesía como vehículo expresivo de la ciencia ficción nacional ha tenido pocos seguidores desde entonces hasta nuestros días. Y si buscáramos a un pionero consciente de que estaba haciendo poesía con el futuro o los viajes espaciales, éste tendría que ser, sin duda, un autor menos lejano para nosotros, como lo es Amado Nervo, poeta nayarita y principal representante del modernismo latinoamericano en nuestro país, especialmente a partir de 1895, año de la muerte de Manuel Gutiérrez Nájera.

En Amado Nervo (1870-1919), hay una actitud despierta por querer ir más allá de las fronteras del conocimiento de su tiempo y proponer, así, las preguntas obvias sobre la situación de la humanidad en su desafío cósmico. En su poemario En voz baja (1909), Nervo traslada al verso modernista la experiencia del viaje estelar. Semejante al cuento de Pedro Castera, escrito cuarenta años antes y en pleno apogeo romántico, el poema de Nervo, titulado Yo estaba en el espacio, tiene igualmente como protagonista a un alma viajera en busca del misterio de las cosas y de los fantasmas del sueño:

Yo estaba en el espacio. ¿En qué punto? ¡Quién sabe! El espacio es un círculo cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna Yo estaba en alma y carne en el espacio, libre y poderoso como un ángel En mi torno bogaban las estrellas, las estrellas gigantes, como una imponderable flota de oro incendiada, en un mar imponderable Recuerdo de dos soles, verde el uno y el otro blanco; errantes el uno eternamente en pos del otro, buscándose los dos sin encontrarse. ¡Qué esmeralda! ¡Qué diamante! ¡Qué milagro de blancuras impolutas! ¡Qué prodigios de verdes ideales! Recuerdo de un cometa enorme; de verdosas tenuidades, cuya cauda tenía la forma de un alfanje y que, bohemio sideral , cruzaba ingrávido, las noches inmutables, sembrando acaso gérmenes de vida en planetas distantes. Y recuerdo de un sol sin sistema, solitario coloso radiante, que alumbraba tan sólo el vacío como fuego ya inútil que arde Y recuerdo de soles extintos, que en siniestro enjambre, arrastraban sus negros planetas en donde pensaron las humanidades. ¡Sus negros planetas helados! ¡Sus negros planetas cadáveres! ¡Oh!, no sé cómo estoy vivo ahora después de ese viaje; ¡No sé cómo me atrevo a escribirlo! Rojo padre Dante, ¡tú no viste las cosas tremendas que me fue dado ver, rojo padre!

Para Amado Nervo, el viaje por el cosmos es una forma de ahondar en la naturaleza de las cosas, en su esencia divina, donde el ser humano no es más que una criatura minúscula frente a los portentos que deslumbran sus sentidos. La travesía estelar es impulsada, sobre todo, por la imaginación del poeta, por su voluntad de ir más allá de las explicaciones de la ciencia o de las creencias de la religión para quitarle el velo al universo y contemplar, a la vez, la belleza y el horror de la realidad cósmica. Nervo, como Pedro Castera, no sabe si lo que ve es un sueño de opio o una visión esclarecedora de las leyes universales que su mente ha captado desde la inconsciencia curiosa del escritor que se atreve a todo. De lo que sí está seguro es que el espacio sideral es el campo de su curiosidad, la frontera del saber que espera ser explorada, descrita, catalogada por el poeta que tiene la suficiente imaginación para captarla en su totalidad, en su misterio y magnitud:

Surgió una voz de pronto, que me dijo: ¡Detente! (Surgió dentro de mi alma, porque el espacio es mudo). Y me detuve lleno de horrores, y mi mente quiso exhalarse en una plegaria, mas no pudo. ¡Detente, un sol avanza por su órbita. Pudiera cruzarse con tu ruta la línea misteriosa que sigue, y como pluma que cae en una hoguera, como perla de ámbar, como gota de cera, fundir tu cuerpo en esa fotósfera espantosa. Pronto mi ángulo visual fue a la estrella tangencial; y aprecié la mole aquélla: ¡Cuán terrible, mas cuán bella! ¡Oh!, cuán bella era la estrella, roja dalia sideral! Me olvidé de mis temores ante aquella portentosa visión, y cual mariposa que enloquecen los fulgores, quise mis alas quemar en el inmenso crisol, en su pos quise volar. Mas ¡ay! al irlo a intentar ¡ya había pasado el sol! Un dios misterioso y fuerte, que, como juglar divino, en el éter se divierte, lanza y recibe con tino sus enjambres de cometas, en perenne torbellino. Y a tales juegos y a tal torbellino, la ilusión de un inglés original llamó la Ley de atracción, de atracción universal. Mas ya que ese juego vi, yo que al juglar admiré, raro como te ofrecí, más raro libro pensé. Y el canto. ¡lo traigo aquí! Y el libro. ¡lo escribiré!

Amado Nervo es uno de los pocos poetas modernistas de fines del siglo XIX y principios del XX que se siente más cómodo mirando las maravillas del futuro que las galas aristocráticas del pasado. Y esta intrepidez, esta búsqueda continua de novedades lo hace un viajero del espíritu que gusta más de la aventura del porvenir que del canto al cisne mitológico, como lo propusiera Rubén Darío, el padre fundador del modernismo. Así, en un poema de su etapa tardía, titulado El largo viaje y escrito en 1918, Nervo toma prestada la figura de Cristóbal Colón para explorar el espacio, para recordarnos que el siglo XX es el siglo de la tecnología puesta al servicio de la curiosidad humana, del afán viajero que suelta las amarras rumbo a lo desconocido: ¿Quién será, en un futuro lejano, el Cristóbal Colón de algún planeta? ¿Quién logrará, con máquina potente sondear el océano del éter y llevarnos de la mano allí donde llegaron solamente los osados ensueños del poeta?

Y nuestro autor acepta que este viaje de exploración tiene como fin contactar a otros seres, en otros sitios del universo: humanidades de otros orbes, que giran en la divina noche silenciosa, y que acaso hace siglos que nos miran.

Esta reflexión acerca de la vida en otros planetas también está planteada en su poema Kalpa, que es un homenaje a la teoría del eterno retorno de Nietzche: En todas las eternidades Que a nuestro mundo procedieron ¿cómo negar que ya existieron planetas con humanidades; y hubo Homeros que describieron las primeras heroicidades, y hubo Shakespeares que ahondar supieron del alma en las profundidades? Serpiente que muerdes tu cola, inflexible círculo, bola negra, que giras, sin cesar, refrán monótono del mismo canto, marea del abismo, ¿Sois cuento de nunca acabar?

Después de Amado Nervo, escasa poesía se escribe basada en especulaciones de la ciencia. Tal vez José Gorostiza (1901-1973), y su visión del universo como un proceso de destrucción/renovación (muy en la teoría del Bing-Bang), que aparece en su poema cumbre, Muerte sin fin (1939), se aproxime en algo a la ciencia ficción dura. Pero el caso más evidente es el de Jorge Cuesta (1903-1942), poeta y ensayista en términos literarios, pero antes que eso un estudioso de la física y las matemáticas y un alumno de la facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de México, carrera que concluye en 1925. Como Luis Mario Schneider lo ha dicho, Cuesta logró aunar, por estructuras de íntima fusión, la ciencia y la poética, mejor definida, quizá, como una poética científica. Y agrega que frío y concluyente, hizo del verso un laboratorio donde la palabra, como entidad lingüística fue elemento de una composición fisicoquímica, y se manifestó como algo parecido a aquéllas fórmulas de ecuaciones, donde lo que domina es una persecución cotidiana por enrolar pasión totalitaria con la inteligencia, con la razón, como en su poema mayor, Canto para un dios mineral (1942), donde Cuesta dota a la naturaleza geológica con una conciencia muda y una certidumbre pensativa: La vista en el espacio difundida, es el espacio mismo, y da cabida vasto y mismo al suceso que en las nubes se irisa y se desdora e intacto, como cuando se evapora, está en las ondas preso. Es la vida allí estar, tan fijamente, como la helada altura transparente lo finge a cuanto sube hasta el purpúreo límite que toca, como si fuera un sueño de la roca, la espuma de la nube. Como si fuera un sueño, pues sujeta, no escapa de la física que aprieta en la roca la entraña, la penetra con sangres minerales y la entrega en la piel de los cristales a la luz que la daña. ¡Qué eternidad parece que le fragua, bajo esa tersa atmósfera de agua, de un encanto el conjuro en una isla a salvo de las horas, áurea y serena al pie de las auroras perennes del futuro! Pero hiende también la imagen, leve, del unido cristal en que se mueve los átomos compactos: se abren antes, se cierran detrás de ella y absorben el origen y la huella de sus nítidos actos.

El verdadero continuador de amado Nervo, en su entusiasmo por los portentos del mañana, es un poeta costarricense nacido en 1917, afincado en México en los años cuarenta y muerto aquí en 1998. Su nombre: Alfredo Cardona Peña. Autor de cuentos de ciencia ficción, en 1966 publica en la revista Cuadernos americanos el más ambicioso (en extensión y temática) poema de la ciencia ficción mexicana para su época, Recreo sobre la ciencia ficción, un poema compuesto de versos largos cuyo tema es la propia ciencia ficción, su historia, tradiciones, autores y hazañas, de tal manera que el poema incluye 19 notas a pie de página para hacerlo comprensible al lector que ignora la importancia de los personajes o los acontecimientos que este texto da cabida. El poema comienza con un canto en honor de la imaginación humana que va desde la fantasía mitológica, épica, a la visión del futuro por medio de sus cronistas, los escritores contemporáneos de ciencia ficción: Más hermoso que un sueño como un viejo laureado actor interpretando Otelo en Marte con celos de platino y miradas de amianto más fantástico que la telepatía perfeccionada al extremo de apretarse un dedo y conversar sin mover los labios con un amor situado en otro continente, más impresionante que un fantasma en el fondo de la noche de nuestro cuarto, mirándonos sin asustarnos ni perder su condición inexplicable, mucho más sorprendente que una abeja interpretando la muerte del cisne sobre la boca perfumada de la primavera, es lo que puede realizar el pensamiento cuando navega en la superficie movible y sonora de la posibilidad imaginada, con todos los temas desplegados, gozando y no temiendo la ruta que iluminan los astros como rondas de niños asidos de las manos; cuando, aprovechando la pequeña mensualidad que le ofrece la ciencia en una beca generosa, trabaja por estimular a su bienhechora con el espectáculo de sus capitales futuros, anticipándose a lo que indudablemente sobrevendrá cuando ella termine de confeccionar su definitivo viaje de oxígeno. Bolas deslumbrantes de oro, prados verdes donde pastan minosaurios y parkas, animales que salían del fondo de los núcleos cuando éstos ensayaban el primer acto de la tragedia encomendada por la creación oh, y el hombre liberado de las guerras, conduciendo una armadura de fulgores frente al tablero de mandos tachonado de mapas, luminoso con sus números educados para traducir lenguajes desconocidos. Aquí está la poesía que no se encuentra en los libros repetidos por el hastío, la muerte de la solemnidad, el derrumbamiento de la retórica, el olvido de los vicios, la vuelta de espalda a lo convencional, vulgar y pequeño de los actos, el asombro abriendo la boca como una gruta en cuyo interior ardiese un grito colgado de un precipicio. Esta es la fuga sensacional del pensamiento , su plan de evasión: estaba prisionero y limó los barrotes, calladamente, mientras los símbolos establecidos para vigilarlo dormían cansados de sí mismos.

Para Alfredo Cardona Peña, su poema es un metaviaje por las distintas visiones que el ser humano ha imaginado en su exploración por el tiempo y el espacio. De libro en libro, de autor en autor, nuestro poeta va de la mitología en estado puro hasta la ciencia ficción como sus contemporáneos la escriben y difunden. De dios a la nada, de las alas de los ángeles a las naves espaciales, Cardona Peña disfruta semejante compañía porque ésta representa, ni más ni menos, que una liberación para el ser humano, un infinito territorio conquistado al silencio, ganado a la censura, al miedo: Pues cada época tiene un estilo de enamorar a la fantasía, y la reina de las reinas ha premiado a los campeones de lo osado: un tiempo entregó su mano a los que inventaron asambleas de rayos y nube, a aquellos relojeros del destino, que apareciendo en las batallas, decidían la muerte y la victoria según se comportaran los escudos; anduvo envuelta en citas de hechiceros, comió con los profetas, sonrió a los que separaron el mar para que pasaran los ejércitos, sopló sobre la frente de los ancianos Biblias y Popol Vúhes, Viracochas y templos en la altura, fue amiga del que durante mil y una noches, se aplicó a dibujar los espejos del oriente y pasando por la selva donde mora el dragón -ese fox terrier de San Jorge- fue invitada de honor en la memorable velada de Villa Diodati donde el infortunado señor Polidori, y la inteligentísima señora Shelley, se citaron para celebrar el nacimiento del vampiro y de Frankestein, respectivamente, Con la circunstancia de que el hijo monstruoso de la señora Shelley fue el primer robot demente hecho con carne descompuesta: si lo comparáramos con las modernas construcciones antropoeléctricas, sería tanto como medir la distancia que va de la carraca al flamante convoy intergaláctico. Pues bien, la fantasía ha entregado ahora una corona supersónica a los cronistas del futuro a los que con su imaginación han pisado los jardines privados del abismo, escribiendo calidoscopios editados por las velocidades del sonido; seguramente se irán multiplicando en el porvenir -punto de origen y partida- porque el universo -que es eternidad y expansión- ha grabado en el hombre una consciencia en llamas sin fronteras máquinas que con dedos y gargantas han creado los humanos a su imagen y semejanza inspiraron relatos para se exhibidos como grandes Picasos en el tiempo. sus autores han hecho de la ciencia una mágica golondrina, de la ficción un pájaro madrugador y servicial que encerrado en una jaula hipnotizada capta y envía al mundo cual lluvia de gorjeos sus imágenes.

Según Cardona Peña, la ciencia ficción no reconoce límites espaciales y temporales: puede manifestarse en pasados remotos o en futuros en donde la vida es apenas intuible. Él prefiere, como el escritor español Luis Ortíz Muñoz, denominarla fantasía de la ciencia y acepta, de buena gana, que este género es una fuerza disparada hacia el porvenir, una posibilidad creativa para echar un vistazo a lo que nos aguarda en nuestra peligrosa era atómica. Y entonces Alfredo Cardona pasa a presentar a sus autores favoritos, a la dinastía de ingenios que partiendo de un hecho rigurosamente científico entran en lo maravilloso para robar su corona de cometas excelsos. Y llamándolos poetanautas, dialoga con ellos a través de la poesía hermanada a la investigación científica, una poesía de la razón que, paradoja de paradojas, mucho le debe, en su euforia, en su exaltación, al romanticismo: He aquí a los doctocosmos, poetanautas, ingenieros en prosa ultraceleste que por las noches, después de trabajar en sus laboratorios de cristal se reúnen para jugar a los astros sin hacer trampa, y a mostrar los trofeos de sus viajes flores parlantes, límites vencidos, resplandores que ayer eran misterio, y que hoy duermen temblando entre sus manos como perritos recién paridos. y de pronto entra Bradbury como las perspectivas desatadas de Ucello, agitando una sábana de vidrio, ¿Qué traes? -le preguntan sus vivaces camaradas y Ray Douglas les responde, triunfal: ¡Una peluca para la mujer robot fabricada con los rizos que he cortado a la Cabellera de Berenice! y Terry Carr (el más joven, quizá, de los poetanautas) ordena a Pilot, el hombre construido de ultramida que sirva unas copas; Pilot, diligente, hace un chasquido con sus dedos de plástico, y.¡pum! aparecen los vasos en el aire tintinando como campanas instantáneas. Arthur Clarke les ofrece su nave, Y retrocediendo en el tiempo, atravesando la nebulosa de la Lechuza (M 97), Y el Cúmulo de Hércules (M13) Contemplan desde un palco micrometeórico la explosión de la supernova Cuyos restos (semejantes a una muralla agrietada de luz verdosa) pueden contemplarse en lo que hoy forman la nebulosa del Cangrejo. La maravilla más deslumbrante del universo en continua manifestación de sí mismo.

Unos años más tarde, en 1970, Alfredo Cardona conoce en persona a Ray Bradbury en los Ángeles, California. Ambos se hacen buenos amigos y Cardona Peña logra entrevistar al maestro de la ciencia fición en un restaurante de Beverly Hills. Bradbury, casi al terminar la entrevista, le advierte de las trampas de la tecnología moderna en malas manos: nunca confíe en una máquina. Todas las construcciones mecánicas están acechando para hacernos una trastada a nuestras espaldas. En agradecimiento del tiempo e interés que Bradbury le dedicara, Alfredo Cardona escribe un poema titulado Las crónicas marcianas en su honor: Imaginad un pingüino astronauta, un Perrault en la Luna y los enanos de Blanca Nieves descubriendo Uranos con picos y calzones cosmonautas. Duendes imaginad tocando flautas más allá de Saturno, en otros planos inaccesibles para los humanos. Pues bien, esas reliquias bien contadas produjeron ayer el mismo efecto que las Crónicas hoy, iluminadas Bajo el genio pretérito perfecto de Ray Bradbury impar. Por ese viaje a Marte y sus escobas, mi homenaje.

En las décadas siguientes se escribe, a cuenta gotas, pero se escribe, en México, poesía de, o acerca de, la ciencia ficción. Algunos poemas de José Emilio Pacheco (1939), hablan, sesgadamente, del porvenir que nos espera ante las calamidades de una civilización que se devora a sí misma, que destruye todo lo que toca. David Huerta (1949), por su parte, escribe un poema en homenaje a la película Blade Runner y Gabriel Trujillo Muñoz (1958), hace lo mismo con Aliens, ambas cintas dirigidas por Ridley Scott. Pero estos poemas son más producto de un entusiasmo cinéfilo que literario. Ya en los años noventa, en la revista Umbrales que dirige Federico Schaffler en Nuevo Laredo, Tamaulipas, José Luis Zárate y Alberto Chimal publican, en 1994, una serie de haikús cyberpunk, basados en esta corriente narrativa de ciencia ficción que une, como dice Bruce Sterling, uno de sus creadores, la bohemia contracultural con las nuevas tecnologías computacionales y de comunicación: Veamos algunos ejemplos, a doble mano, de estos poemas mínimos hechos por Zárate y Chimal: Crea mundos (otros) un dios nunca tangible Divino software * * * Ciberespacio: En las casas virtuales la voz del Hielo Alberto Chimal es quien más poemas publica en Umbrales en ese tono y con el interés de decir lo esencial a la japonesa. Sus haikús son, realmente, poesía de imágenes brillantes, como la pantalla de una computadora, como la realidad virtual del mundo contemporáneo: Arar el mar de las ideas que fluyen: la clave de acceso. * * * Sílabas, signos: eléctricos cimientos del Universo. * * * La profecía: Fallas de luz harán que el mundo caiga.

Recapitulando: la ciencia ficción mexicana no se circunscribe sólo a la vertiente de la prosa de ficción (cuentos y novelas) ni al ensayo (reseñas, artículos, historias). Cuenta, también, con la vertiente poética para expresarse. Y aunque no es considerable el número de autores que utilizan a la poesía como su vehículo de creación, sí existe una tradición literaria reconocible en este campo, una tradición que abarca desde Amado Nervo hasta Alberto Chimal, desde Alfredo Cardona Peña hasta José Luis Zárate, desde Jorge Cuesta a Sor Juana. La poesía, pues, también fija la vista en el futuro y examina, en la síntesis verbal, en la metáfora épica, su visión del universo y de la ciencia, del destino de la humanidad a través de un género como la ciencia ficción, que es pionero de todas las hazañas o, como lo establece Cardona Peña, es la plataforma donde se reúnen los videntes como una procesión de brujos blancos.

En verdad, como lo expone Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano, la ciencia ficción puede ser (como decía algún escritor estadounidense) el eslabón que se necesita entre la ingeniería y la poesía, el puente que une lo sensible y lo medible, que amalgama todos los tiempos en el verso oracular que da sentido y proporción al vértigo del futuro; el verso, pues, que responde a los avatares de lo virtual y lo concreto con imágenes perennes donde la ciencia ficción no cesa y la imaginación perdura: intacta y metamórfica, rigorista y desenfrenada, premonitoria de un mañana que ya vive entre nosotros.

Ya lo dijo, un poco antes de morir, el poeta tabasqueño José Carlos Becerra (1933-1970): vivimos en un tiempo de palabras enchufadas en la corriente eléctrica del vacío/ con el cable de alta tensión del delirio, para hacer creíble el discurso del infinito, el sueño de una nueva destrucción, la vida como un circo tiernamente monstruoso. Así, el poema sintetiza los desafíos de ser humanos en una era de alta tecnología y fronteras desplazables a la velocidad de la luz. En sus imágenes, el otro (el replicante, el extraterrestre, el hombre o la mujer del mañana) muestran sus inclinaciones, sus reclamos, que son, al final de cuentas, también los nuestros: Asumo la tempestad de estar vivo La ambigüedad del tiempo y sus enigmas El despertar sin paraíso Mi estirpe es la del espejismo que asciende Entre las máscaras del hombre Con su orfandad íntima y secreta Para fundar contra la noche El milagro tenaz de la conciencia: Única mirada que persiste