Advertir el Futuro: La Ciencia Ficción Mexicana y su Cruzada Ecológica

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

La ciencia ficción en México ha recorrido un largo trayecto para ser tomada en cuenta como parte vital de la literatura latinoamericana. Parecería que hablar de ciencia con estilo o hacer de la imaginación argumentada una creación perdurable fue, para los escritores de este siglo que agoniza, la peor herejía. Tal vez uno de los anatemas que pusieron a los autores mexicanos de este género al margen de la república de las letras nacionales fue ese factor incómodo de ver una literatura que englobaba, al mismo tiempo, extrapolaciones científicas y narraciones aventurescas, es decir, una narrativa que se acercaba peligrosamente tanto al estudio de tesis como a la literatura para niños.

Todavía hoy, la ciencia ficción es vista como una anomalía en el campo de la narrativa mexicana, tan proclive al realismo a secas o a la fantasía pura. Varias son las explicaciones: se le critica su evidente dependencia, en temas y personajes, de la literatura de ciencia ficción anglosajona, se le niega validez literaria a sus argumentos por pueriles o poco profundos; pero, sobre todo, se le hace a un lado por su carácter optimista en relación con el uso de la ciencia, por su visión de un futuro mejor cuando las pruebas en contra se acumulan unas tras otras.

Muchas de estas críticas son válidas, pero sólo para la ciencia ficción mexicana anterior a 1968. Este año, además del movimiento estudiantil que desembocó en la noche de Tlatelolco, se publicó la novela Mexicanos en el espacio de Carlos Olvera, donde el mañana que contemplamos es un reflejo, bastante fidedigno en usos y costumbres, de la sociedad mexicana de la década de los años sesenta. Por vez primera en este género, el futuro no es una etapa superior de la evolución humana sino un alud de prejuicios y complejos por demás compartidos con humor y desvergüenza. Desde los años setenta, la ciencia ficción nacional, lo mismo que la latinoamericana, tomó nuevos caminos. La crítica social, el espíritu libertario, la experimentación estilística, la búsqueda de temas menos obvios, transformaron los paradigmas del futuro visualizado por los más jóvenes creadores. Entre estos nuevos paisajes del mañana, la ecología, con sus advertencias ante una naturaleza asediada por la tecnología y por la explotación inmisericorde de sus recursos, tomó un lugar central en los textos de escritores de este género que se han dado a conocer en los últimos veinte años.

Entre tales autores habría que mencionarse a Edmundo Domínguez Aragonés y un cuento clásico de la ciencia ficción mexicana: Árbol de vida, publicado en 1981 en la revista Ciencia y Desarrollo de Conacyt. En este relato, Domínguez Aragonés nos presenta una tierra tan contaminada que en ella sólo sobrevive, en una especie de invernadero, el último árbol del planeta, con el fin de que los humanos del futuro puedan tener una idea de cómo eran las plantas que alguna vez poblaron nuestro mundo y que para entonces no pasan de ser un recordatorio de todo lo perdido por la depredación humana, que no previó las consecuencias fatales de su rapiña en los seres vivos de nuestro entorno. Árbol de la vida, sin embargo, no es una visión pesimista, sin esperanza alguna, del mañana que viene. Domínguez Aragonés nos hace ver, desde la perspectiva de un niño, el viaje peregrinatorio que una familia del futuro realiza para contemplar el portento del último árbol vivo; así el cuento es un diario de viaje y la base de una promesa de verdor que este árbol guarda, para los protagonistas, bajo la amplia arquitectura de su fronda:

Se abrió ante nosotros el espectáculo.

Allí estaba, en el centro de una inmensa cúpula de cristoplástico: verde, enorme, lleno de ramas y de hojas relucientes; erguido y sus nudos y corteza retorcidos por los cien años de vida: oloroso y viril: el árbol de la vida. Mi primer árbol visto en vivo en toda la existencia. Y abajo, a su pie, el motivo de todas las curiosidades y exclamaciones: un retoño de no más de un metro de alto.

El árbol de la vida había retoñado.

Lloré.

Al regreso, papá y mamá reconvinieron a Elis por su indiferencia y más por haber arrastrado a Sile en esa inconciencia. Elis lloró. Sile también.

Cenamos en silencio como si todo el esplendor contemplado nos abrumara y con una sensación de despojo, como que era demasiado y había sido tan poco tiempo; escasos dos minutos ante el árbol de la vida, el árbol que va creando el bosque. Papá intentó estar optimista por la posibilidad de otro viaje inmediato, fuera de temporada, para que pudiéramos disfrutar el prodigio más a nuestras anchas, antes de que el renuevo sea transplantado a otro lugar del país y bajo cúpula. Esto nos tranquilizó.

En otra novela de esa época, Los herederos de Scammon (1982), de Arturo Casillas, la postura ecológica se traslada a otra especie en peligro de extinción, las ballenas que viajan por las costas del océano Pacífico y vienen a aparearse en la bahía Ojo de Liebre, en la península mexicana de Baja California. En esta obra, Casillas, un periodista que había realizado varios reportajes sobre esta migración de cetáceos, decide poner en contacto a Jorge Isaac, su protagonista, con las propias ballenas que aquí, en el espacio de la ciencia ficción, son seres pensantes que buscan comunicarse con la humanidad por medios telepáticos, para que nos demos cuenta de que debemos respetarlas en vez de cazarlas o encerrarlas en acuarios:

Al volver la vista hacia el mar, descubrió que varias ballenas nadaban a los lados de la lancha. No esperaba algo así, pensó.

-¡Nos siguen! -gritó el lanchero-. ¡ Nos quieren hundir!

-¿Satisfecho?

La pregunta retumbó en la cabeza de Jorge Isaac. No era la voz del lanchero. En ese momento, éste seguía entretenido con el timón y el acelerador.

-¿Acaso querías acción?

Las palabras eran pronunciadas con lentitud, sonaban lejanas, sin seguir un tono estable, más bien era similar al producido -al hablar- por los niños cuando están entrando a la pubertad.

-No puede ser -murmuró-, las ballenas no hablan.

-¡Claro que puede ser! Las ballenas hablan, pero no toda la raza humana está facultada para escucharlas.

Jorge Isaac trató de mantener su ecuanimidad y a la vez buscaba entre las ballenas cuál era la que supuestamente hablaba. Me estoy volviendo loco, cruzó por su mente.

El título de la novela, Los herederos de Scammon, alude al famoso ballenero norteamericano que, a mediados del siglo XIX, descubrió Ojo de Liebre y mató, aunque la bahía era territorio mexicano, a cientos de ballenas para la industria pesquera de su país. Casillas señala en su obra que tenemos que decidir, ahora mismo, si deseamos ser herederos de un depredador como Scammon o si queremos luchar por preservar la vida de todas las especias marinas en peligro de extinción. En su novela, los seres humanos son incapaces de comprender el mensaje de las ballenas y terminan por enfrentarse con ellas.

Esta actitud de recelo ante los intentos por detener la catástrofe ecológica que se nos viene encima es la que ha prevalecido, hasta nuestros días, en la ciencia ficción mexicana. Quizás porque muchos de los autores más jóvenes han sido testigos presenciales del deterioro de los niveles de vida de sus respectivas ciudades o regiones y esto los ha vuelto escépticos de la posibilidad de revertir los cambios que la explosión demográfica, la insuficiencia reglamentación para el cuidado del medio ambiente, la desidia política ante los desastres que el hombre ha provocado (incendios forestales, accidentes petrolíferos, contingencias ambientales, basureros tóxicos), por su afán de lucro y de consumo. Por ello, en la narrativa reciente no hay lugar para la excesiva esperanza de cara al futuro.

En obras como Cristóbal Nonato (1987) de Carlos Fuentes, La destrucción de todas las cosas (1992) de Hugo Hiriart, Tiempo lunar (1993) de Mauricio Molina, La leyenda de los soles (1993) de Homero Aridjis, Los imecas. Hijos de la contaminación política (1995) de Mauricio García Sainz, Sequía. México 2004 (1997) de Francisco Martín Romero y Lejos del Paraíso (1997) de Sandro Cohen es ostensible la preocupación por un mañana donde ya será imposible detener el deterioro de nuestros mares y tierras, de nuestra atmósfera misma, y los mexicanos acabaremos, parafraseando a Rosario Castellanos, matando no sólo lo que amamos sino todo aquello que nos da vida, que sustenta el azul de nuestros cielos, el verdor de nuestros bosques, la variedad y colorido de nuestras especies animales y vegetales, desde el borrego cimarrón hasta la mariposa monarca. La advertencia no es, en estas novelas, para nuestros sucesores: su anuncio nos incumbe aquí y ahora. Está escrito para nosotros mismos. La prevención de los desastres futuros, dicen estos autores, se halla en nuestras manos. Como lo expone Molina en Tiempo lunar, las ciudades crecerán tanto que terminarán por consumir los recursos naturales del país entero y cuando esto suceda, ya sólo quedará el cataclismo final, la muerte del organismo social que se desmoronará a pasos agigantados:

Desde hacía años grandes regiones de la ciudad habían sido evacuadas por órdenes superiores. Se aludían múltiples razones nunca completamente claras: contaminación, inundaciones, peligro de derrumbes, epidemias. Algunos de esos territorios estaban custodiados por soldados; otros habían sido abandonados al deterioro. Nadie sabía a ciencia cierta cuál era la causa real de las evacuaciones. Se sabía que la contaminación y la sobresaturación demográfica habían provocado en otras épocas muy graves problemas, pero las verdaderas razones nunca fueron reveladas y la población acató las órdenes gubernamentales.

Sólo por eso, la ciencia ficción mexicana es una ventana abierta a los horrores y maravillas que nos esperan. Una toma de conciencia, sí, pero también un espacio literario capaz de observar las realidades del mundo contemporáneo sin perder de vista el vínculo vital, la red de relaciones y correspondencias que hacen del ser humano parte de un todo llamado naturaleza. Ahí, en ese territorio textual, conceptual, vivencial, es donde mejor se expresa lo que el poeta Delmore Schwarz dijera hace ya medio siglo y frente al peligro nuclear: La responsabilidad comienza en nuestros sueños.