Páginas Olvidadas en la Historia de la Ciencia Ficción Mexicana

Por: Miguel Ángel Fernández

Debo a la conjunción de un libro y a mi enfermiza curiosidad, el descubrimiento de valiosos títulos de la historia de la ciencia ficción mexicana. El libro inquietaba la parte baja de un anaquel en la librería Eureka, en Avenida Universidad 1195, local A; su título es Los temas de la ciencia ficción en Trafalgar (Universidad Autónoma del Estado de México, 1993), y se trata de un análisis de los lugares comunes en este género literario, según se descubren en la novela Trafalgar, de la argentina Angélica Gorodischer.

El hecho ocurrió hace un año. Su autora, Claudia Sánchez Arce, sostiene en el prólogo que no consideró para su examen a la ciencia ficción mexicana porque en su mayor parte es deficiente y, citando a Federico Schaffler, afirma que sólo el diez por ciento de la producción es buena, para apuntar por sí misma, enseguida, que la que se encuentra en la antología Más allá de lo imaginado es poco atractiva, excepción hecha de algunos cuentos.

Al llegar a la introducción, una nota a pie de página me acechaba. Descubrí en ella (mi vicio de leer siempre esas letras pequeñas lo hizo inevitable), que la ciencia ficción mexicana ha tenido representantes monstruosos. En ese lugar Sánchez Arce decía que en el país el género tuvo manifestaciones esporádicas y aisladas desde el siglo pasado y, en la nota 4, que Ross Larson, en su estudio Fantasy and Imagination in the Mexican Narrative (Arizona State University, 1977), proporciona una lista en la que incluye a 28 autores.

Olvidando ya esta especie de parodia al cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges, porque ésta no es una reseña de libros y autores inexistentes al estilo borgeano, debo agradecer a Claudia Sánchez Arce porque gracias a ella me surgió la inquietud de revisar la historia de la ciencia ficción mexicana con los indicios que ella misma aportaba, para conocerla mejor y saber si realmente era tan carente de interés como para que no pudiera considerarse material digno de un estudio profesional.

Conseguí el libro de Ross Larson, el que se citaba en la nota, e inicié la búsqueda, autor por autor y título por título en la Biblioteca Nacional de México. Las novelas y los cuentos eran muchos e inconcebiblemente interesantes, y resultaba desconocida la faceta de autores de obras de ciencia ficción, como el Dr. Atl, Bernardo Ortiz de Montellano, Martín Luis Guzmán, Julio Torri, Antonio Castro Leal, Manuel Becerra Acosta y demás. Por un momento llegué a temer que había caído, sin darme cuenta, dentro de un universo paralelo.

Cuando volví de la biblioteca, para salir de mi temor, pedí prestadas a un amigo las obras completas de Amado Nervo y me encontré La última guerra, una historia de ciencia ficción que me era familiar, pero también otras que no lo eran; por esos días cayó en mis manos igualmente un libro nuevo para mí, de Pablo González Casanova, quien descubrió el primer cuento de nuestro género en México (al que dedicó un capítulo de su libro La literatura perseguida en la crisis de la Colonia, México, El Colegio de México, 1958), titulado Un utopista mexicano (México, Secretaría de Educación Pública, Letras Mexicanas, 1987), volviendo a toparme con una gran sorpresa.

Días después, al volver a sentirme en el mejor de los sitios y universos posibles, empecé a leer.

A continuación narraré mis descubrimientos, no en el orden en el que se fueron produciendo, sino siguiendo su secuencia dentro de la cronología histórica.

De acuerdo con el estudio de González Casanova, en el siglo pasado existió un soñador, originario de México D.F., llamado Juan Nepomuceno Adorno, quien le hacía honor a su nombre de santo por sus invenciones, todas ellas patentadas, creadas buscando un enorme beneficio para la humanidad, pero de una ingenuidad directamente proporcional al grado de dificultad de los problemas que pretendía resolver. Durante un larga visita a Londres publicó en inglés en la misma capital su Introducción a la Armonía del Universo; o Principios de la Geometría Físico-Armónica (1851). A su regreso a México aumentó el libro para publicarlo en dos partes, intitulándolo ahora La Armonía del Universo (1862 y 1882). Según algunos estudiosos, como Humberto Musacchio, con estas obras Adorno se incluye entre los utopistas y se le considera como un filósofo mexicano original, pero en realidad no es sino un vil plagiario de La armonía pasional del nuevo mundo (1808), y otras obras del utopista y pensador francés Charles Fourier.

A pesar de ello, en la parte final del primer volumen incluyó un original capítulo llamado El remoto porvenir, una descripción de un mundo futuro, resultado de la correcta aplicación de sus consejos, en el que el hombre y la mujer tienen los mismos derechos, y existe una técnica que podría considerarse ingeniería genética, al decir: ... la ciencia y Providencialidad humana no se han detenido a hacer sólo al hombre feliz. / Las especies vivientes han recibido, asimismo, las benéficas modificaciones a que el genio las ha sometido, y aquellas que sólo eran perniciosas cesaron ya de existir. / Sí, ya veo esos dulces rebaños engalanados con floridas guirnaldas obedecer a la voz y a la llamada de los acordes de armoniosa trompa. Y tú, leal amigo del hombre, perro amoroso, inteligente y grato, conduces los tiernezuelos corderillos con las caricias de tu suave y salutífera lengua, y auxilias a la madre que balando los llama. / Y hasta de sus armas de otro tiempo los ganados carecen; ya no se mira del potente toro la frente armada de los punzantes y robustos cuernos, que amenazante y feroz ostentaba un día. Aparte de estos descubrimientos, prevé toda clase de máquinas que hacen menos fatigosa la rutina diaria y las comunicaciones, hay ciudades flotantes y casas portátiles.

Amado Nervo no únicamente escribió un cuento y unas cuantas poesías de ciencia ficción. Es autor de historias como El sexto sentido, en la que, imitando tal vez Los distantes ojos de Davidson de H.G. Wells, un hombre es sometido a una operación para poder ver el futuro, pero lo que más le importa saber no es el porvenir de la guerra, la ciencia, la tecnología o la política, sino cuál será la mujer de su vida; Los congelados, en la que plantea, basado en la literatura científica de su época, la posibilidad de la animación suspendida. Entre sus crónicas de Europa incluyó, en 1906, el cuento Dentro de cincuenta años. Diálogos hipotéticos, donde la gente se desplaza en aerocabs, como él los llamó, hay una colonia comunista al norte de Francia, matrimonios sujetos a tiempo determinado por contrato, fonógrafos que pueden alterar las palabras que se transmitieron originalmente; trusts (sic) de transmisores marconiteslianos, que no son sino una especie de teléfonos celulares, etcétera.

Los artículos científicos de Nervo son sumamente amenos, pues tenía la costumbre de extrapolar siempre las posibilidades de los últimos inventos o de los descubrimientos más recientes. En sus reseñas literarias demostró también conocer satisfactoriamente la obra de Edgar Allan Poe, Jules Verne, J.H. Rosny, Arthur Conan Doyle, Camille Flammarion, Cyrano de Bergerac, Edward Bellamy, Villiers de l'Isle Adam y H.G. Wells. Este último era su autor predilecto. El 7 de septiembre y el 8 de octubre de 1904 leyó ante la Sociedad Astronómica de México un discurso, dividido en dos partes, sobre La literatura lunar y la habitabilidad de los satélites, donde resumió las novelas Los primeros hombres en la Luna, La guerra de los mundos, y las novelas cortas La estrella y El huevo de cristal, todas de Wells. Después enumera la totalidad de los satélites conocidos de los planetas de nuestro sistema solar, detallando sus características físicas, desbordando sus esperanzas de que puedan habitarse e imaginando cómo será su paisaje y su cielo. También aquí hace la siguiente confesión: ...os confesaré que mi suprema aspiración sería llegar a ser el poeta digno de cantar este milagro celeste, el poeta cósmico, que todavía no aparece, por cierto, en ninguna de las naciones cultas del mundo, porque, ¡ay!, en este siglo, que es por otra parte el más sabio en la ciencia de Urania, ni los poetas alzan ya los ojos al cielo... (Obras Completas, tomo II, México, Aguilar, 1991, p. 512), autonombrándose, si no el primer autor mexicano de ciencia ficción, por lo menos el primero del siglo XX.

En 1917 aparecieron tres cuentos de ciencia ficción, La conquista de la luna, y Era un país pobre, de Julio Torri. En el primero de ellos, los habitantes de nuestro satélite natural son conquistados sin resistencia por los terrícolas; pero luego, empezando por Francia, los conquistadores comienzan a imitar las costumbres de los selenitas, hasta acabar la Tierra sojuzgada culturalmente por completo. El tercer relato fue Cómo acabó la guerra en 1917, de Martín Luis Guzmán, sobre una sociedad que es gobernada por un cerebro electrónico que es capaz de almacenar inconcebibles cantidades de información, con el exclusivo fin de controlar toda la correspondencia comercial y privada; idea que le inspiró al autor su visita a Nueva York ese mismo año, y la tremenda impresión que en él provocaron los adelantos tecnológicos. Ambos relatos aparecieron en la reciente antología de Gabriel Trujillo Muñoz, El futuro en llamas (México, Grupo Editorial Vid, 1997). Por su parte, Era un país pobre es el retrato desdeñoso del que alguna vez fue un país opulento en el que el fluctuante valor de la literatura se registra en el mercado de valores. Veinte años después, Antonio Castro Leal repitió el mismo argumento en La literatura no se cotiza (1937), en forma más elaborada pero sin ninguna originalidad.

Sabemos ya que el género de la ciencia ficción inició en México a finales del siglo XVIII con un cuento escrito en Mérida, Yucatán, las Sizigias y cuadraturas lunares, del fraile Manuel Antonio de Rivas. Lo que no sabíamos es que la primera novela mexicana de ciencia ficción fue escrita en la misma ciudad, en 1919, por el médico siquiatra Eduardo Urzáiz Rodríguez, con el nombre de Eugenia (esbozo novelesco de costumbres futuras), una descripción de la vida en Villautopía, capital de la Subconfederación de Centroamérica en el año 2218, ciudad en la que las autoridades ejercitan un control absoluto sobre la sociedad. Las terribles guerras de los siglos XX y XXI provocaron un rechazo por toda clase de armamento y la desaparición de las fronteras, liberando por consecuencia a los hombres del servicio militar obligatorio. Ahora los varones de mayor atractivo físico y equilibrio sicológico son seleccionados para servir como Reproductores Oficiales de la Especie por un año, siendo su única obligación engendrar veinte niños. El programa de gobierno para la eutanasia y la esterilización selectiva de todas las personas con defectos físicos o mentales y de aquellos que han llegado a la edad de cincuenta años han hecho innecesarias las prisiones, los manicomios y los hospitales para los incurables, ahorrando grandes sumas de dinero que han servido para erradicar la pobreza. La utopía de Urzáiz se transforma gradualmente en lo contrario, una dystopía, trece años antes de que Aldous Huxley desarrollara un argumento parecido en Un mundo feliz (1932).

Gerardo Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl, escribió en 1935 el ensayo narrativo Un hombre más allá del universo (México, Ediciones Botas), que él mismo describió como una abstrusa sinfonía de la suposición -el rumor de extraños sonidos en el frío silencio de la mente. En él desarrolla sus ideas acerca de la física y la astronomía, narrando también la visita a la Tierra de un ser proveniente de una región distante del universo que viaja en un artefacto al que denomina cristal cósmico, que es un poliedro de 32 caras de un material desconocido, capaz de alcanzar velocidades inconcebibles. El mismo cristal cósmico es la fuente de poder de la espacionave que es captada en la Tierra y ocupada por un ser que pretende explorar los límites del universo en el cuento El hombre que se quedó ciego en el espacio (1941).

En 1940 Bernardo Ortiz de Montellano publicó su colección de cuentos Cinco horas sin corazón (entresueños) (México, Editorial Letras de México), uno de los cuales, La máquina humana, puede considerarse un lejano precursor del subgénero cyberpunk, pues trata acerca de un hombre que muere y es resucitado para seguir existiendo dentro de un mecanismo humanoide gracias al cual narra en primera persona su experiencia. También en esta antología se incluye el cuento Cinq-heures-sans-coeur, de título francés en el original, donde nuestro mundo ha sido heredado por una especie de liliputienses que se resignan a vivir y morir en ciclos vitales tan breves como los de las moscas.

Durante la Segunda Guerra Mundial aparece Diego Cañedo (seudónimo de Guillermo Zárraga), mejor conocido, según las palabras de Ross Larson, por sus obras de fantasía de mediana calidad. A pesar de ello, es el autor de una obra que, a mi modo de ver, se disputa junto con Eugenia, de Eduardo Urzáiz, el título de la mejor del género en la primera mitad del siglo XX mexicano. Me refiero a El réferi cuenta nueve (México, Editorial Cultura, 1943), novela que se desarrolla en San Miguel de Allende, durante el mismo evento bélico que dividió al mundo, donde se descubre un manuscrito con un diario, envuelto dentro de un periódico, ambos fechados en 1961, en México, D.F., en el cual el protagonista describe la invasión nazi al país en un universo paralelo, denunciando la existencia de campos de concentración en varios estados de la república y la requisa y posterior incineración de toda clase de libros que recordaran la influencia anglosajona en la cultura nacional, diez años antes de que Ray Bradbury explorara la misma idea, bajo otra justificación, en Fahrenheit 451 (1953). Diego Cañedo es también autor de Palamás, Echevete y yo o el lago asfaltado (México, Editorial Stylo, 1945), novela sumamente lenta y con varias situaciones poco convincentes, más, sin embargo, con el mérito de ser probablemente el primer viaje en el tiempo de la literatura mexicana, y en cuyo epígrafe el autor se excusa diciendo With my apologies to H.G. Wells.

En el último año de la guerra, el editor del periódico Excélsior, Manuel Becerra Acosta, publicó Los domadores y otras narraciones (México, Editorial Excélsior, 1945), que contiene tres cuentos de ciencia ficción de corte clásico: El mecanismo del dolor, El laboratorio de espíritus, y El negro que se pintó de negro.

La violenta incursión del mundo en la era atómica orientó a los autores mexicanos hacia diferentes temas apocalípticos. Rafael Bernal escribió Su nombre era muerte (México, Editorial Jus, 1947), donde los mosquitos intentan apoderarse de la Tierra; Jaime Cardeña, con Charles Darwin IV (1964), en el que los monos pretenden lo mismo; Froylán Manjarrez hace heredar nuestro planeta a las cucarachas en Los blátidos (1967), y Guadalupe Dueñas, basándose en los capítulos del 6 al 8 del Libro de la Revelación, describe un planeta moribundo en Y se abrirá el Libro de la Vida (1957). No es mejor el destino de la humanidad que plantea Alfredo Leal Cortés en Orestes (1964), cuyo protagonista del mismo nombre vive en un futuro distante, donde le ha sido dado llegar a abarcar todo el conocimiento y la fama a la que puede aspirarse, adornos que de nada le sirven al encontrarse con unas hormigas, cuando se creía que todos los insectos se habían extinguido desde un siglo atrás y su reaparición acarrea terribles consecuencias para los hombres, quienes, incluyendo a Orestes, acaban siendo devorados por millones de ellas.

La pesadilla de la Segunda Guerra Mundial tardará en desaparecer en la temática de la ciencia ficción mexicana. Eglantina Ochoa Sandoval duda acerca de si el hombre estaría dispuesto a aceptar la evidencia objetiva de lo que en realidad constituiría a un superhombre. Esta inquietud es abordada en su Breve reseña histórica (1962), cuento en el que un científico alemán recurre al suicidio cuando el bebé que ha creado en su laboratorio empieza a manifestar los rasgos de la raza negra. De manera similar, Antonio Sánchez Galindo predice, en Orden de colonización, una nueva revolución en la Unión Soviética, a consecuencia del control genético implantado por el Estado. Del mismo autor hay otros títulos igualmente interesantes, todos contenidos en el libro homónimo Orden de colonización. Cuentos (México, B. Costa-Amic, 1966), como Venganza en cadena, en el que trata el tema de la nanotecnología; La última revolución, Amor mecánico, La última sonrisa y El C.D..

Existen otros cuentos de menor categoría, que también se habían olvidado, pero si ahora agregamos más autores y títulos para comprobar la riqueza -tanto en cuanto a número como en cuanto a calidad- de la ciencia ficción mexicana, por el mismo razonamiento habrá que eliminar obras que se han enumerado en nuestra historia del género, pero que no pertenecen en realidad a él. Me refiero a la novela de Narciso Genovese, Yo he estado en Marte (1956; 2a. ed., 1966), por más que haya sido traducida al alemán en 1964 o, al menos, eso dice su prólogo, porque su autor afirma sin rodeos que todo cuanto en ella expone ocurrió en verdad, con lo que se sale de los ya de por sí ambiguos límites de la ciencia ficción. La ciencia expuesta en la obra es muy discutible y el propio Genovese dice que su narración no es ficción, sino que él viajó en persona a Marte (y el Sojourner aún no encuentra sus rastros). Lo mismo hay que decir de sus imitadores: Salvador Villanueva Medina, con Estuve en el planeta Venus (1958, supuestamente también traducida al alemán y un hecho verídico), y Pedro Camarena y El mundo que soñamos (1956), que cuenta como sucedida la visita al planeta de misioneros de Venus y Marte.

Finalmente pongamos aquí un postscriptum, como lo hizo Borges al final del cuento que aquí empezamos parafraseando, para ir actualizando estas páginas olvidadas de la ciencia ficción mexicana con los nuevos títulos de cuentos, novelas, discursos y ensayos que se vayan descubriendo.

-Intervención en la mesa redonda La ciencia ficción mexicana: desarrollo y perspectivas, celebrada dentro de la Tercera Convención de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCyF), el 12 de julio de 1997, en el Centro Cultural Raúl Anguiano del Parque Huayamilpas, Coyoacán, México, D.F.