Más Allá de lo Imaginado: La Antología que Hizo Historia

Por: Miguel Ángel Fernández

Cuando John Clute analiza, en su Enciclopedia Ilustrada de la Ciencia Ficción, la obra de Octavia Butler, autora estadounidense de ciencia ficción de raza negra, se pregunta sobre las razones por las cuales hay tan pocos autores y lectores negros en el género. Su respuesta es que hasta antes de la década de 1960, aproximadamente, la ciencia ficción estadounidense, que constituyó la forma dominante del género por varias décadas, trataba acerca de quienes poseían el mundo, o estaban a punto de poseerlo. La ciencia ficción no había sido creada para ser escrita ni leída por los desposeídos.

Un párrafo después, afirma que tampoco la ciencia ficción de esa época estaba destinada a los lectores (nunca habla de escritores), del Tercer Mundo. No -agrega-, la ciencia ficción no fue escrita para los perdedores, fue escrita para los herederos de la Tierra... Pero (desde luego) los perdedores somos todos nosotros y los herederos de la Tierra somos todos nosotros. Hacia los años sesenta se había hecho obvio que la ciencia ficción, si quería dirigirse a la raza humana, tenía que dejar de hacer propaganda solamente a un pequeño grupo de interés: los opulentos blancos.

Enseguida celebra el hecho de que autores negros como Samuel R. Delany y Octavia Butler hayan sido capaces, a pesar de todo, de escribir ciencia ficción, y que al mismo tiempo lograran crear trabajos que subvirtieron radicalmente algunas de las viejas convenciones del género, por el bien del mismo y el de todos nosotros(2).

La anterior es una valiosa reflexión de un canadiense, quien ahora reside en el Reino Unido, que padece, al igual que la mayoría de los norteamericanos y algunos europeos de raza blanca, temor hacia todo aquello que no se parece a lo suyo, pero pretende superarlo. Ya bien lo dijo el célebre escritor de ciencia ficción brasileño André Carneiro: Estoy totalmente persuadido que ellos nos tienen temor, creo que se han quedado sin ideas y se han puesto muy reiterativos en los temas. Constantemente me aclaraban que nosotros no escribíamos Ciencia Ficción, que nosotros no debemos editar en Estados Unidos, que nosotros escribimos Realismo Mágico. En fin, ellos cuidan su mercado y lo hacen porque ven con temor nuestra gran imaginación, nuestro humanismo contra su materialismo, nuestra solidaridad contra su frialdad, nuestras ganas de trabajar en conjunto contra su individualidad(3).

La ciencia ficción latinoamericana, en general, es más literaria que la de los países anglosajones, como la ha caracterizado A.E. van Vogt, en su prólogo a la antología que recopiló junto con Bernard Goorden(4). No es escrita por grandes cerebros; su mayor sofisticación se debe a que está escrita por grandes corazones. Para finalizar su presentación a la obra, van Vogt agregó: Si Franz Kafka, Albert Camus, Thomas Mann o W. Somerset Maugham hubieran escrito alguna vez ciencia ficción, éstas habrían sido indudablemente las historias que habrían creado.

Así es como ven el género que se desarrolla en nuestros países desde fuera. En México, la opinión de los propios escritores y críticos es muy parecida, lo cual resulta un indicador confiable de que estamos caracterizando en forma realista y correcta nuestra ciencia ficción. Federico Schaffler, en su introducción a Más allá de lo imaginado I, escribió en el último párrafo: Lo que nos puede distinguir a quienes escribimos ciencia ficción en México es la calidad literaria. Esto es lo que nos puede hacer destacar, no como un género reducto de frustrados autores de 'bestsellers' o rechazados por la élite literaria, sino como escritores plenos, capaces, legibles y profesionales(5).

Cuando Edmundo Flores, director de la revista Ciencia y Desarrollo en su primera época, decidió incluir cuentos de ciencia ficción en ella a propuesta de una junta editorial multidisciplinaria, a partir del número 13 del bimestre marzo-abril de 1977, creía únicamente que el género podía influir en alguna forma sobre los asuntos científicos y tecnológicos, la real politik y el desarrollo económico en general(6); pero nunca imaginó el gran favor que le haría a los autores y lectores de la ciencia ficción en México.

Entre los números 13 y 50, que ocupan el periodo correspondiente al segundo bimestre de 1977 y el primer semestre de 1983, la revista Ciencia y Desarrollo publicó a doce autores estadounidenses, como Isaac Asimov, Fredric Brown, Robert Silverberg, Ray Bradbury, Kurt Vonnegut Jr., Damon Knight, Frederik Pohl y Philip K. Dick; a cuatro británicos, incluyendo a H.G. Wells, Fred Hoyle, Arthur C. Clarke, de quien se incluyó en tres entregas El fin de la infancia, y Olaf Stapledon, a quien le publicaron en el mismo número de entregas la novela Juan Raro; a tres franceses: Jacques Sternberg, Yves Dermèze y Jules Verne; dos soviéticos: Vladimir Savcenko y Viktor Saparin; un polaco, Stanislaw Lem; un austriaco, Herbert W. Franke; y un español: Leopoldo Alas Clarín; hasta que en el número 51, del bimestre julio-agosto de 1983, apareció Antonio Ortíz con La tía Panchita, cuento de ciencia ficción escrito por un físico, divulgador científico y pintor mexicano, que trata sobre un romántico electricista que viaja por el tiempo. Desde entonces, la sección literaria de la revista, viendo que los mexicanos podían también aportar algo original y divertido al género, buscaron su material entre otros autores nacionales y latinoamericanos, como Manou Dornbierer, Daniel González Dueñas, Juan José Arreola y Jorge Luis Borges.

A principios de 1984 apareció en Ciencia y Desarrollo y en muchos otros medios, la convocatoria para el Primer Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción Puebla, cuyo ganador, La pequeña guerra de Mauricio-José Schwarz, apareció en el número 59, del bimestre noviembre-diciembre del mismo año, y desde entonces, los subsecuentes ganadores han aparecido en la revista, junto con quienes obtienen menciones honoríficas y se consideran con calidad digna de publicación.

Desde los primeros concursos, se buscó encausar a los escritores de ciencia ficción nacionales, para darle una identidad propia al género en México. Así podemos ver cómo el jurado calificador de la segunda convocatoria, celebrada en 1985, integrado por Laszlo Moussong, Mario Méndez Acosta y Mauricio-José Schwarz, sostuvo que, La decisión final del jurado se basó no sólo en el valor literario de los textos, sino en sus aportaciones a la naciente ciencia ficción mexicana. En ese sentido, un relato con elementos eminentemente mexicanos, que incorporara aspectos singulares de nuestra nacionalidad, sería juzgado más merecedor del premio que otros también de gran calidad literaria pero que podían haber sido escritos en cualquier parte del mundo(7); por ello el ganador en ésta ocasión fue Héctor Chavarría con su cuento Crónica del gran reformador.

En el siguiente concurso, manteniendo el mismo criterio, el jurado calificador, ahora integrado por Evodio Escalante, Carlos Chimal, Victoria Miret y Antonio Ortíz, decidió no nombrar a ningún ganador, con la siguiente justificación: [S]e recibieron 120 trabajos. Aun cuando en la mayor parte de ellos se tocaban temas de vanguardia, tanto de la ciencia como de la tecnología, o extrapolaciones de éstas hacia el futuro, su tratamiento cuando no pobre, remitía al trabajo realizado por autores ya consolidados en el campo de la ciencia-ficción (Julio Verne, H.G.Wells, Isaac Asimov, etcétera), al de los ganadores de los concursos anteriores o a las películas de ciencia ficción recientemente exhibidas en México(8).

Estos criterios y medidas han fructificado, y ya no tuvieron que reiterarse en los ulteriores concursos. Sin el concurso Puebla, cuyos concursantes nutren en considerable proporción a las antologías Más allá de lo imaginado, éstas no hubieran existido y la ciencia ficción en México hubiera seguido siendo una copia servil de los modelos extranjeros.

La serie de antologías Más allá de lo imaginado que compiló Federico Schaffler, son ya una fuente de referencia obligada para conocer el género de la ciencia ficción contemporánea de México, y se pueden comparar, para hacer más patente su mérito, con las antologías de Bantam Books, creadas por Lou Aronica, bajo el título de Full Spectrum, que en tres volúmenes aparecidos entre 1988 y 1991, aunque de mayor número de páginas, incluyeron principalmente cuentos de ciencia ficción literaria y una menor proporción de ciencia ficción dura, mezclando exitosamente autores de renombre con otros desconocidos, pero muy prometedores.

Por su distribución también pueden equipararse con The Berkley Showcase, serie de antologías de Berkley Books, que dio a conocer cinco volúmenes entre 1980 y 1982 y anunció en su primer ejemplar, en una forma completamente inusual en Estados Unidos, que con dicha colección no se pretendía hacer dinero, lo cual recordé afortunadamente después de que David G. Hartwell no pusiera ninguna objeción en pagarme veinte dólares por el primer tomo de Más allá de lo imaginado, a fines de marzo de 1997, siendo que yo había pagado treinta pesos por ella en México, un año atrás.

Cuando apareció Más allá de lo imaginado I, Federico Schaffler daba a entender en su introducción, que la serie no era sino una especie de apéndice de una antología mayor y mucho más importante, titulada La mejor ciencia ficción contemporánea de México, que publicaría Ultramar Editores, gracias a la mediación de Domingo Santos, en una colección que ya desapareció. Pues bien, sean cuales hayan sido las razones por las que el proyecto no fructificó, a mi modo de ver, en él tenemos listo el material para Más allá de lo imaginado IV, y en los autores que quedaron fuera del tercer volumen, mencionados por su nombre en la introducción al mismo, está el material para Más allá de lo imaginado V.

Propongo que la serie de antologías Más allá de lo imaginado continúe indefinidamente bajo los mismos criterios editoriales, si no se consigue ya el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, bajo el sello de otra casa editorial, al fin y al cabo sus ventas y su éxito ya están garantizados.

José Ortega y Gasset sostuvo alguna vez que el hombre da lo mejor de sí mismo cuando toma plena conciencia de sus circunstancias. Aplicando esto mismo a la ciencia ficción mexicana, que conoce ya su identidad y sabe sus límites, no cabe duda que las antologías Más allá de lo imaginado fueron, son, y seguramente continuarán siendo, el vehículo adecuado para que el género en nuestro país siga prosperando.

Notas al pie.

1. Intervención en la mesa redonda del mismo nombre, celebrada dentro de la Tercera Convención de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCyF), el domingo 13 de julio de 1997, en el Centro Cultural Raúl Anguiano del Parque Huayamilpas, Coyoacán, México, D.F.

2. John Clute, Science Fiction. The Illustrated Encyclopedia, Nueva York, Dorling Kindersley, 1995, p. 189.

3. André Carneiro, La fuerza de la ciencia ficción latinoamericana, en Umbrales. Revista mexicana de ciencia ficción y fantasía, Nuevo Laredo, núm. 1, invierno 1992-1993, p. 22.

4. Bernard Goorden y A.E. van Vogt, Lo mejor de la ciencia ficción latinoamericana, Barcelona, Martínez Roca, 1982, pp. 9-13.

5. Federico Schaffler González (compilador), Más allá de lo imaginado I. Antología de ciencia ficción mexicana, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991, p. 23.

6. Edmundo Flores, Carta del director, Ciencia y Desarrollo, México, CONACYT, núm. 13, marzo-abril 1977, p. 3.

7. Resultados del II Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción 'Puebla' 1985, ibid., núm. 66, enero-febrero 1986, p. 147.

8. Resultados del III Concurso Nacional de Cuento de Ciencia Ficción 'Puebla' 1986, ibid, núm. 72, enero-febrero de 1987, p. 121.