Las Primeras Revistas y Novelas de Ciencia Ficción

Por: Gonzalo Martré

En la revista Asimov, el compañero Gerardo Horacio Porcayo tuvo a bien presentarme, por un lado, como en nuevo presidente de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, A.C., y, por el otro, como el decano de la ciencia ficción en México.

Aclaro que no soy el primer decano. Hasta hace dos años lo era el estimadísimo poeta y narrador Alfredo Cardona Peña, nacido en Costa Rica, pero más mexicano que un puchero de armadillo en olla enterrada, platillo típico de Juchitán, pueblo que lo adoptó o tal vez, pueblo adoptado por él. Al morir Cardona Peña ocupé yo su lugar por la sencilla razón de que cuento, a la fecha, con 67 primaveras que he sabido sobrellevar con más o menos elusividad.

No vaya a pensarse de que por el decanato pasé a ser por riguroso escalafón burocrático presidente de la AMCYF, los cienciaficcioneros no nos regimos por usos y costumbres de esa laya, simplemente, una jubilación prematura (debí seguir en la talacha hasta los cien años) me puso en disponibilidad de tiempo, que las ganas ya las traía.

Como decano, puedo contarles de las expresiones de la ciencia ficción traducida al español desde el primer tercio de este siglo, que de otros, eruditos como Mauricio-José Schwarz o Federico Schaffler lo cuentan mejor.

¿Cómo y en qué circunstancias topé con la ciencia ficción allá por el año de 1939, cuando era yo un pequeñín adorable que cursaba el tercer año de primaria?

Pues como muchos que como yo, andan en la quinta edad, a través del cine y la historieta.

En el cine fue la serie de episodios de Flash Gordon. Por esos años vivía en lo que es hoy ciudad Cruz Azul, y en el cine del pueblo exhibían, domingo a domingo, los episodios de, primero, Flash Gordon en Marte, y luego, La Invasión de Mongo. Si no me equivoco, eran tres películas que constaban de doce episodios cada una, y que a los chiquillos nos emocionaba lo indecible.

La exhibición episódica duró seis meses y durante ese lapso mi pandilla infantil dedicó su tiempo a escenificar los capítulos con medios precarísimos, lo mismo que haría también con la serie de Dick Tracy o de El Imperio Submarino.

En el tiradero de chatarra de la fábrica de cemento levantamos nuestras ciudades de otros planetas, y fabricamos nuestras naves interplanetarias. Cuando se trataba de que los hombres arbóreos se lanzaran desde los árboles, íbamos a las construcciones de casas y nos arrojábamos desde los andamios al montón de arena. Los malvados emisarios de Ming ponían cactus enterrados en la arena y no pocas fueron las bajas dolorosísimas sufridas en esas trampas alevosas.

Obviamente, todos queríamos ser Flash Gordon, y nadie deseaba ser el cruel Ming, de modo que los papeles se sorteaban. Los más grandes hacían trampa a los más pequeños entre quienes me contaba yo, y pocas eran las oportunidades que tenía de poner en práctica mi imaginación.

Entre las historietas, mi favorita era Buck Rogers en el siglo XXV, pero no recuerdo con exactitud si los episodios venían en el Pepín o en los monitos de la sección dominical de algún periódico.

Ambos me fascinaban.

Flash Gordon y Buck Rogers sobrevivieron al paso de las décadas. Del primero los episodios se compactaron en películas cortas que hoy son una curiosidad histórica, que mueven más a risa que a la emoción. Después se filmó una superproducción que casi es una ópera del espacio y que es otra cosa, tan memorable como las primeras.

En 1948 apareció una revista mensual titulada Los Cuentos Fantásticos, publicada por editorial Enigma de México, D.F., y cuyo responsable era Antonio Mejía. Traía 65 páginas y sus narraciones eran de fantasía, pero también de ciencia ficción. Poseo tan sólo un ejemplar, el número 24, de julio de 1948. Costaba un peso, cantidad muy respetable para mí, por lo cual creo que no pude hacer colección. Además, los años de 1946 a 1948 fueron especialmente turbulentos para mí, y pensaba poco en la ciencia ficción.

Ya contaba con un cuarto de siglo de edad, cuando descubrí la circulación de una revista de ciencia ficción titulada Enigmas, y ya podía comprarla. Esta revista mensual apareció por primera vez en octubre de 1955, y la editaba editorial Proteo de México, D.F., por convenio con Better Publications, Inc., y el editor responsable era Bernardino Díaz; tenía 128 páginas de formato grande, casi carta, con texto, ilustraciones de portada e interiores de Startling Stories y Fantastic Story Magazine. Cuando las releí recientemente, concluí que su contenido era bueno, excelente en algunos casos, no obstante que no he sabido más de algunos autores. Debo aclarar que en inglés soy incapaz de traducir hasta el nombre de la Coca Cola, por lo cual, para saciar mi sed de textos de ciencia ficción, debía atenerme a las traducciones. Enigmas jamás me decepcionó. Ahí topé por primera vez con autores como Miriam Allen de Ford, Robert Sheckley, Murray Leinster, Philip K. Dick, Jack Vance, Theodore Sturgeon, Arthur Clarke y Richard atheson, y un serial de novelas cortas de Kendell Foster Crossen (autor del cual no tuve más noticia, aparte de esta revista), sobre un agente intergaláctico de seguros, auténtica anticipación de James Bond.

Supongo que Enigmas desapareció de los puestos de periódicos; tan sólo conservo 12 ejemplares. Me quedé, pues, ayuno de más ciencia ficción, hasta que en junio de 1957 surgió la revista mensual Ciencia y Fantasía de editorial Novaro, México, D.F., con los servicios de Mercury Publications Inc. de Nueva York, editores de The Magazine of Fantasy and Science Fiction. De formato de bolsillo, con 128 páginas, una novela corta y varios cuentos y relatos. Ahí se podían hallar con frecuencia autores como Chad Oliver, Isaac Asimov, Alfres Bester, Poul Anderson, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Philip José Farmer, y Robert Young, por citar los más conocidos. Aún conservo seis ejemplares de esta colección.

Al mes siguiente, de ese mismo año, llegó a hacerle competencia la revista Pistas del Espacio, publicación de la editorial ACME de Buenos Aires, Argentina. Esta era de formato pequeño, con 96 páginas.

En Pistas del Espacio, hallé autores no conocidos por mí antes, pero releí en ella con fruición a Murray Leinster, quien ya era para entonces mi autor favorito. Conservo cuatro ejemplares de esta revista.

En 1958, la editora Sol de México, cuyo responsable era Eduardo Trueba Urbina, publicó la revista Fantasías del Futuro, en formato chico, con 128 páginas. Ahí reencontré a Robert Sheckley y a Murray Leinster. Poseo del número uno de la colección, y no recuerdo cuánto tiempo duró en el mercado. Declaraba que su material era obtenido de las revistas Science Fiction Quarterly, Super Science Fiction, Planet Stories y The Original Science Fiction.

Como es fácil advertir, en los años cincuenta hubo un boom de revistas de ciencia ficción en español, con material exclusivamente de autores de habla inglesa que nos puso en contacto a los lectores monolingües, como yo, con lo mejor de la ciencia ficción mundial.

En 1964 llegó a México desde Buenos Aires el primer número de la revista bimestral Minotauro corresponsal de The Magazine of Fantasy and Science Fiction de Mercury Press, de presentación muy sobria y sin ilustraciones, eso sí, con lo mejor de la ciencia ficciín anglosajona.

Las traducciones de novelas largas al español comenzaron a llegar a fines de los años cincuenta, y vino su auge en los años sesenta; así, en 1959, nos llegó la colección Cenit de ediciones Barcelona, con los grandes autores de la ciencia ficción inglesa, y también de Barcelona la famosa colección Nebulae, de la editorial EDHASA, la cual no tan sólo nos proporcionó a los viejos conocidos grandes autores, sino a otros menos conocidos, pero igualmente buenos, como Lester del Rey, John Wyndham, Fredric Brown, etcétera, y lo que es muy importante, por primera vez leímos a autores de habla española, como Antonio Ribera, Francisco Valverde Torné y Domingo Santos. Entonces, quienes pretendíamos escribir ciencia ficción nos animamos más, pues comprendimos que este género no era privativo de los anglosajones, y que podía haber tan buenos como aquéllos.

Por su parte, Minotauro también comenzó a publicar novelas largas, y fue así como accedí a Expresso Nova de William S. Burroughs.

En junio de 1964 apareció Crononauta, revista mexicana de ciencia ficción , hecha por un chileno y un colombiano: Alejandro Jodorowsky y René Rebetez; los colaboradores del primer número, aparte de los ya anotados, fueron, según el orden del índice: Raymond Roussel, Roland Topor, Sergio Vargas, Manuel Felguérez, Emilio García Riera, Ramón Rivero Caso, Luis Urías, Arrabal, Carlos Solórzano, Enrique Lihn, Homero Aridjis, Jacobo Glantz, Raquel Jodorowsky, Paolo Frassi, Alfonso Loya, Alfonso Domínguez Toledano, Enrique Bessonart, Juan A. Morales Silva, Felipe Orlando, y Carlos Monsiváis; las ilustraciones fueron de José Luis Cuevas y Enrique Bessonart, la portada de Alejandro Jodorowsky.

Ignoro quiénes fueron los colaboradores del segundo y último número de Crononauta, porque no lo compré. Me pareció en aquel entonces muy snob, el material demasiado elitista, y los autores más bien ajenos al quehacer cienciaficcionero, pero no desdeñando la oportunidad de aparecer en una exclusivísima revista dirigida por el judío-chileno-mexicano-francés Jodorowsky. Ninguno de los autores de este número hizo carrera en la ciencia ficción, acaso un poco en la fantasía, dos o tres, y paramos de contar. Pero hay que añadir la historieta de Jodorowsky, Cyborg-5, que tampoco llegó más allá del número cinco.

En 1968, llegó desde Barcelona, para cerrar con broche de oro la época dorada de la ciencia ficción traducida al español, la excelente revista bimestral de ciencia ficción y fantasía Nueva Dimensión, dirigida por Sebastián Martínez, Domingo Santos y Luis Vigil, publicada por ediciones Dronte. En cada número, por lo menos aparecía un autor de habla española, y los ilustradores eran españoles. De eso hace 28 años, y la mayor parte de los actuales cienciaficcioneros mexicanos estaban en la primaria o aún no habían nacido. De esta colección poseo los primeros cincuenta números, aparte unos especiales. Durante cuatro o cinco años llegó Nueva Dimensión con mucha regularidad, pero después comenzó a escasear, no fue fácil hallarla, y le perdí la pista.

De España, y esporádicamente, han llegado algunas series tamaño bolsillo y minibolsillo de autores españoles con seudónimos gringos, van y vienen, no son especialmente ciencia ficción, sino aventuras interplanetarias de vaqueros. Un ejemplo es la colección Luchadores del Espacio. Noveletas prescindibles para un buen cienciaficcionero.

Volvamos a mi decanato. No sé si soy decano de la ciencia ficción por razones de edad o por razones de orden cronológico editorial. Pero estoy a tiempo de averiguarlo. Alguien me lo dirá cuando confieso hoy públicamente que mi primer cuento de ciencia ficción apareció publicado en lo que fue también mi primer volumen de cuentos: La noche de la séptima llama, México, Edamex, 1975 (hago la aclaración que es de invención variada y no sólo del género mencionado). El texto que en él incluí se titula Comportamiento colectivo.