La Literatura Maravillosa

Por: Amado Nervo

Jamás hubiera presumido nadie que en este siglo, enemigo por excelencia de la imaginación y de la maravilla, la literatura maravillosa, o lo maravilloso en la literatura, si a ustedes les place mejor la designación, tuviese acogida tan amplia y éxito tan linsonjero.

No hay mes sin un libro maravilloso, y si contamos todas las publicaciones, especialmente en Inglaterra y en Estados Unidos, no hay semana sin uno de estos libros. El público se los arrebata y los devora, y no es extraño ni mucho menos, que el banquero ventri y auripotente, que ha pasado todo el día en Walls [sic] Street haciendo malabarismos de bolsa, vuelva a su home, se plante las babuchas, y al lado de la luminosa ventana que da a la Quinta Avenida, se engolfe en la lectura de la última producción de Conan-Doyle [sic], de Wells o de María Corelli.

Cierto que en esas páginas, lo maravilloso no se llama ya ni talismán, ni conjuro, ni varita de virtud, ni lámpara de Aladino, ni sésamo, ábrete. Se llama Sherlock Holmes, Cavor, el doctor Moreau, etc.; el juguete se nos ha vuelto científico, pero sigue siendo juguete predilecto. El buquecito ya no anda con ruedas, sino con vapor; el cañoncito no es ya de resorte, sino de retrocarga, de acero rayado... Como los grandes. El molino ya no se mueve con aspas de cartón, a las cuales se les da cuerda, sino con motor eléctrico.

Pero el amor y el interés con que jugamos es el mismo, y el afán de lo milagroso más grande que nunca.

Wells alcanza ediciones fabulosas: es traducido a todas las lenguas; su último libro, que nos habla de combates aéreos de los Estados Unidos y Alemania contra Inglaterra y el Japón, The War in the Air, (1908), es uno más de estos juguetes científicos. Las deducciones y las posibilidades que hay en él, son perfectamente lógicas. Lo que anticipa, de seguro que puede suceder; pero, hoy por hoy, nos resulta todavía novelesco, y allí está justamente el secreto de su éxito.

Nosotros, hombres serios de este orto del siglo XX; nosotros, hombres desdeñosos del prodigio, atiborrados de filosofía positiva, orgullosos de la linternita temblorosa con que alumbramos un pie cuadrado de terreno en medio de este océano sin límites de lo desconocido...; nosotros nos perecemos por el milagro, por los cuentos de nodriza, exactamente como nuestros antepasados. Solo que, temerosos de que padezca nuestra infantil reputación de hombres de seso, de personas formales, en el día hacemos la comedia de la seriedad, y en la noche sacamos de debajo de la almohada el libro que nos transporta a mundos desconocidos.

¿Veis a esos señores que durante las diez horas hábiles del día llenan columnas de números, plantean los negocios más audaces y, convencidos de su excepcional importancia, no se atreven ni a sonreír? Pues muchos de ellos, llegados a su casa después del cierre de la Bolsa, se pondrán con dos o tres personas de su familia, alrededor de una mesita, a evocar a los espíritus, y soportarán toda la guasa de los muertos chocarreros, que les darán las respuestas más peregrinas de la tierra. Otros, abrirán un mueble, y del cajón más escondido y discreto sacarán una novela de Julio Verne, o, si están más al corriente de la literatura maravillosa, una de Wells.

Otros se quedarán boquiabiertos leyendo las Extraordinarias aventuras de Arsenio Lupin y El misterio de la alcoba amarilla, y no será extraño que el señor Ateo que en la mañana nos dio una conferencia sobre la evolución de la Materia, en la noche llame desconsolado a su mujer y encienda la luz, porque oyó el traquido de un mueble o le pareció que le oía...

Hemos querido matar al misterio, pero el misterio cada día nos envuelve, nos satura, nos penetra más...

Creímos que la ciencia lo destruiría, y lo trae de la mano y nos lo pone delante.

La lucecita pálida de los conocimientos humanos nos hace adivinar cada día arquitecturas más vastas, masas enormes de cosas sin nombre, cuyas aristas apenas iluminan muros, pirámides, cordilleras de enigma, que nos abruman con su pesadumbre.

* * *

Antes, todo lo que ignorábamos tenía una designación, y se sustantivaba en seres sobrenaturales. Hoy no sabemos cómo llamarlo; pero nos impone su majestad y su silencio; está ya no solo fuera, sino dentro de nosotros.

Trajimos, para medirlo, el cálculo, y vimos que no tenía medida. Trajimos, para aproximarlo, el telescopio, y cuanta mayor claridad había en la lente, más vertiginosa era la sombra que la rodeaba. Nos asomamos curiosos al microscopio, pensando que veríamos los elementos constitutivos de las cosas, y no hemos hecho más que presentir otro universo aplastante dentro de lo infinitamente pequeño; más arcano aún e indescifrable que todos los otros.

Pedimos a la química, para orientarnos, su ayuda en este océano de la sustancia, y ella nos desconcierta cada día con nuevos cuerpos, con nuevos agentes, con nuevas propiedades y fenómenos, con nuevos relámpagos, a cuya vislumbre nuestro azoramiento ve hoscos horizontes lívidos, en los que se amontonan negros nubarrones preñados de secretos...

Y ansiosos, inquietos, presintiendo que nos vamos, que desaparecemos de un momento a otro, sin darnos cuenta ni siquiera de la envoltura, de la fisonomía, del embozo, de eso desconocido que nos rodea; y llenos también de una curiosidad que nos pica a todas horas el alma, apoyamos nuestra frente en el regazo de la buena nodriza que se llama la Novela maravillosa, y le decimos:

-Nana, cuéntame un cuento... Resuélveme lo que yo no puedo resolver. Dime lo que sucederá mañana. Descríbeme los sortilegios del siglo futuro... Esplícame [sic] cómo se despejarán todas estas enredadas ecuaciones que me rodean...

Y la nana, esa nana de todos los siglos, la que nos ha hablado por boca de un Luciano de Samosata, de un Ariosto, de un Rabelais, de un Kepler, de un Godwin, de un Wilkins, de un Cyrano de Bergerac, de un Kirchen [sic por Kircher], de un Holberg, de un Voltaire, de un Swedenborg, de un Alqueberg, de un Wells... nos cuenta su cuento estelar su luminoso cuento de fantasmas, mientras gravita sobre nuestras frentes todo el silencioso arcano de la inaccesible noche en que tiemblan los mundos desconocidos.