La Literatura Lunar y la Habitabilidad de los Satélites

Por: Amado Nervo

Señoras, señores:

Ante todo una confesión. Yo no soy astrónomo, ni pretendo serlo. No estoy preparado para esa ciencia, la más bella de todas, más que por el amor inmenso que le tengo desde niño. Soy un aficionado a la Cosmografía, he aquí todo, y si la Sociedad Astronómica de México, a la que me es tan grato pertenecer, no admitiese dentro de su liberal y generosa amplitud a los que desean aprender; si en ella no se codeasen el que descifra el enigma luminoso de las constelaciones y el que solo empieza a deletrear el divino alfabeto de oro de las estrellas, no sería yo quien osara abordar esta tribuna.

Hecha tal aclaración, que acaso acrezca vuestra indulgencia, y con ella mi ánimo para hablaros, voy a abordar el punto que he elegido como tema de un breve estudio y que hace mucho tiempo constituye una de las fases predilectas de mi curiosidad astronómica, a saber: la habitabilidad de los satélites, muy numerosos por cierto, de nuestro sistema planetario.

Desde la más remota antigüedad los pastores caldeos, los viejos patriarcas, los primeros marinos, que en sus largos ocios forzados levantaban los ojos al cielo, cuando la luna se mecía suavemente en el éter, ya en su primer cuarto, como una góndola de alabastro, según la inolvidable expresión del poeta americano [Rubén Darío], ya en su llena como una lámpara votiva, prendida ante el altar de la noche, ya en su segundo cuarto y rodeada de nubes, como la cuna de un dios recién nacido allá en los cielos, se han preguntado si en ese astro hay inteligencias como las nuestras, seres como nosotros; y si existe una literatura socorrida, es sin duda la de los viajes a la luna. No seré yo quien enumere las novelas y fantasías diversas que han tenido ese tópico, y entre las cuales sobresalen, por cierto, el cuento de Edgar Poe [La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, 1835], y la famosísima y ya clásica novela de Cyrano de Bergerac [Historia cómica de los estados e imperios de la luna, 1657], porque sería asunto de nunca acabar; pero sí os referiré muy brevemente algo del último libro que se ha escrito sobre este asunto, porque se trata de un libro sencillamente maravilloso. Me refiero a Los primeros hombres en la Luna [1901] del joven y ya celebérrimo escritor inglés Herbert George Wells, autor de las obras en que sobre una base perfectamente científica campea una de las imaginaciones más privilegiadas del planeta; tal (para no citar de una vez más que una obra) como La guerra de los mundos [1898], en la que el autor supone que los habitantes de Marte, que están enamorados hace tiempo de la Tierra, muy más vasta que su globo, mimada por el Sol, envuelta en una atmósfera riquísima, deciden colonizarla, apoderarse de ella, y nos envían diez proyectiles cilíndricos, en los cuales vienen unos cuantos marcianos, provistos, como un elemento de guerra, de aparatos que proyectan lo que los humanos acaban por llamar el rayo ardiente, con el cual carbonizan cuanto hallan a su paso. Este rayo ardiente proviene de la producción de un calor intenso en una cámara de no conductibilidad práctica absoluta. Lo proyectan en un rayo paralelo, contra los objetos que quieren, por medio de un espejo parabólico, de una composición desconocida, algo así como el espejo parabólico de un faro proyecta un rayo de luz. Un rayo de calor es, pues, la esencia de la cosa, un calor invisible. Todo lo que es capaz de combustión inflama a su contacto: el plomo corre como el agua, el hierro se ablanda, el vidrio estalla y se funde y el agua se vuelve inmediatamente vapor.

Wells describe a los marcianos como unos seres que se asemejan al pulpo, en virtud de su configuración extraordinaria.

Son, para expresarme de una manera sintética, unos cerebros provistos de tentáculos. Unas inmensas arañas con dos ojos enormes de una expresión intensísima de inteligencia y con apéndices tentaculares de una fineza indecible. Estos seres extraordinarios, previendo el exceso de pesantez de la tierra, con relación a su planeta, traen una especie de tripiés gigantesco, de metal desconocido, y de pies articulados, en cuya intersección se yergue una torrecilla blindada, a la cual el marciano se encarama y por ministerio de una maquinaria curiosísima marcha a grandes zancadas, y neutraliza la gravedad. Los marcianos no hablan: su lenguaje es la simple y silenciosa comunicación del pensamiento. No tienen sexo: se producen como las frutas en el árbol. En aquel núcleo de araña va hincándose un apéndice extraño, que un día por su propia virtud se desprende de él, y se mueve con vida propia. Es un marciano niño... Los marcianos no tienen tampoco, como se colige de su estructura ya descrita, tubo digestivo: se inyectan fácilmente... horresco referens!, sangre de ciertos animales de su planeta, ¡sangre que aquí substituyen por la del hombre! Han elegido para enviar sus proyectiles cilíndricos, en el momento más favorable de la oposición del planeta, a Inglaterra, pues que las observaciones asiduas hechas con aparatos de óptica perfectos, les han demostrado que es Inglaterra el país más civilizado del globo, y quieren empezar a comerse el bollo por lo más dorado y a beberse la leche por la crema. No hay que olvidar que el autor de este trabajo es inglés. En vano los soldados británicos hechan mano de sus cañones Maxim, de sus fusiles con balita dun-dun, de sus monitores erizados de ametralladoras, de sus explosivos formidables. Los marcianos proyectan su rayo ardiente sobre un batallón, y los soldados quedan reducidos a un poco de gelatina untada en el suelo y que despide cierto olor a quemado: los ríos se evaporan, los árboles se tuestan y se truecan en cenizas... Lucha heroica, pero inútil, la de una civilización rudimentaria contra una civilización que se ha desarrollado a través de incontables milenarios y que ha llegado a una perfección abrumadora... Los ingleses se resuelven a no luchar más. Si como es presumible -se dicen- estos seres quieren a toda costa establecerse entre nosotros, es en vano tratar de impedírselo: no conseguiremos sino excitarlos a duras represalias. Son infinitamente más civilizados que nosotros y de seguro no matan, pues, por matar. Matan porque queremos oponernos a sus irrevocables planes. Huyamos de ellos como podamos. He aquí el único arbitrio posible. Si han decidido algo así como el exterminio de nuestra humanidad imperfecta, será inútil oponernos; pero acaso no han decidido esto...

Prodúcese, pues, una desbandada inmensa, ante aquellos seres extraordinarios, que avanzan destruyéndolo todo y estableciendo nuevos campamentos. En ellos, por la noche, a los fulgores de una luz fantástica, los raros curiosos que atisban ven moverse los tripiés enormes, que se proyectan sobre el fondo del cielo, y otras máquinas incomprensibles que trabajan en silencio... Y una noche se oye un quejido indefinible, inaudito, extrahumano, basado solo en dos notas: u-la, u-la...; algo semejante a la sirena de un buque... Luego otro quejido que le responde como un eco, otro después... Estos quejidos se escuchan por espacio de varios días..., y cierta mañana, los pocos infelices que han permanecido en Londres, escondiéndose y temblando a cada paso, advierten que en el campamento calla todo, los gigantescos tripiés se yerguen inmóviles bajo el cielo, y en las torrecillas que los coronan los marcianos están muertos... Muertos ellos, los vencedores, los invencibles, los hijos del cielo... Muertos, adivinidad por qué, por quién: pues por los invisibles y pululantes microorganismos del planeta, que se ceban en aquellos seres no prevenidos, destituidos de leucocitos que detengan el envenenamiento de su savia, no aclimatados en este mundo...; venidos, en fin, de un planeta en que, ¡oh dicha infinita!, no hay bacterias... Los marcianos, como verán ustedes, no contaban con la huéspeda..., y la huéspeda los mató.

Hay otra novela corta [La estrella, 1897] en que Wells supone que un planeta, venido de las profundidades del abismo, choca con Neptuno; el movimiento se transforma en calor; los dos planetas se incendian y, convertidos en un sol, se precipitan hacia el astro del día, pasando tan cerca de la Tierra, que licuan el casco nevado de sus polos y hacen un vergel de la Groenlandia, de la Islandia y de las riberas del mar de Baffin, concluyendo por fundirse en el astro central, cuyo poder calorífico aumentan de tal suerte, que los habitantes de la Tierra que sobreviven a los espantosos terremotos, a las terribles inundaciones, al nunca visto y tremendo cataclismo que se produce, se encuentran en las condiciones climatológicas de los mercurianos, los cuales, sin duda, se achicharraron ya.

Hay aún otra novela de Wells, El huevo de cristal [1899], en la que se refiere cómo a un comercio de baratijas un desconocido va a vender un huevo diáfano y misterioso, que observado al amparo de un terciopelo negro, deja ver los paisajes de un mundo lejano, merced a una incomprensible correspondencia visual con otros muchos huevos de cristal que hay en ese mundo, y que están clavados sobre unos inmensos mástiles. Vense pasar por la cóncava superficie del huevo seres alados de una gracia y de una delicadeza incomparables: se advierten edificios hermosísimos, que recuerdan vagamente nuestros palomares y donde aquellos seres se hospedan... Los habitantes de ese mundo ideal han arrojado varios de aquellos huevos a la Tierra para seguir, por medio de una correlación óptica con los que ellos tienen en su mundo, nuestra evolución.

Pero no quiero divagar más y os contaré sucintamente, antes de pasar al núcleo de mi trabajo, el argumento de Los primeros hombres en la Luna. Supone Wells que un tal Cavor, muy sabio y muy loco, descubre una especie de cristal al que llama la cavorita, y el cual puede hacerse insensible, con una simple maniobra, a la atracción de la Tierra y sensible a la de los otros astros. Construye con esta substancia una bala poliédrica, recubierta de acero en cada uno de sus lados y en forma de puertecillas que se pueden abrir y cerrar desde el interior. Llena este de todo lo necesario para un largo viaje, y sobre todo de elementos para fabricar oxígeno, y haciendo jugar hábilmente sus puertecillas corredizas para ir sometiendo la cavorita a la atracción de la luna, y neutralizando la de la tierra, llega, después de algunos días de vertiginosa navegación etérea, a nuestro satélite, acompañado de un amigo decidido que le haya ayudado en sus experimentos..., ¡y que es tan loco como él!

Al llegar, en la zona del satélite donde la bala ha caído, empieza a surgir el sol (cuyo disco alteran inmensas protuberancias de hidrógeno inflamado), sin opacar una sola estrella, y, espectáculo extraordinario: ciertas montañas de una forma caprichosa y de un delicioso color azul, casi diáfanas, que los viajeros observan en la superficie lunar, se deshacen con espantosos silbidos y desaparecen sin dejar huellas... Son montañas de aire, de aire congelado durante la larga noche lunar y bajo el frío espantoso del espacio..., que es de unos 270° centígrados.

A medida que el sol se levanta en el cielo negro, absolutamente negro, sin el menor presentimiento de azul, una vegetación repentina lo invade todo, una vegetación loca, que se ve desarrollarse a la simple vista, lo cual quiere decir que en Selene no es raro ni significa gran agudeza visual eso de ver crecer la yerba... Tal vegetación durará apenas el día lunar y morirá en seguida ante la invasora noche helada.

Nuestros amigos, que han salido ya de su barco y que respiran aunque con cierta dificultad, no pueden hacer el menor esfuerzo muscular sin elevarse del suelo algunos pies, cayendo suavemente, ya al fondo de los inmensos circos penumbrosos, ya al borde de las ranuras que serpentean, ya en las crestas de los taludes y de los cantiles, donde el claroobscuro violento, sin transiciones apreciables, hace pensar en los paisajes de un Rembrandt insensato.

Después de notables descripciones que muestran el profundo conocimiento de la Selenografía que posee Wells, y que yo no repetiré por no desnaturalizarlas, pues hace ya algunos años que leí esa obra, llega el autor al capítulo de los habitantes. La Luna está habitada, densamente habitada, no en su superficie, sino en sus entrañas. El planeta está perforado por galerías y túneles inmensos alumbrados perennemente por una luz azulada que produce una maquinaria incomprensible y que es líquida. Esta luz corre aquí y allí, como una linfa milagrosa que desprende un resplandor bastante para iluminarlo todo. Durante el día lunar los selenitas salen a la superficie; los pastores llevan a pastar sus ganados a aquellas praderas surgidas como por encanto al beso inflamado del sol. Durante la noche, y en general en toda época, viven en aquel gigantesco hormiguero, en aquellas ciudades escondidas, que se mantienen a una temperatura igual lejos de los extremosos y terribles cambios de la superficie. Estos selenitas son invertebrados, especie de insectos gigantescos de las más diversas apariencias, porque allí no se ha desarrollado una sola especie, sino varias especies humanas paralelamente... Más aún: las diversas funciones sociales han modificado todavía estas especies. Los hombres que se han dedicado al estudio, por ejemplo, han desarrollado su cerebro sin límite alguno, puesto que en ellos la substancia gris no está circunscripta por una pared craneana, sino por simples cartílagos susceptibles de desarrollarse, de suerte que la misma función intelectual ejercida durante varios siglos y a través de varias generaciones, ha acabado por hacer de los cerebros enormes masas gelatinosas, sustentadas por un cuerpecillo tan enteco y atrofiado, que apenas si se les ve bajo la mole enorme de la cabeza. Los historiadores han desenvuelto a un grado sumo las circunvoluciones de la memoria, de tal suerte, que son incapaces de olvidar un solo dato, una sola fecha, un solo incidente de la vida lunar desde los primeros tiempos. Esto hace que en la Luna no haya bibliotecas; los sabios son bibliotecas ambulantes. Los poliglotas [sic] han logrado ampliar hasta la monstruosidad la circunvolución que corresponde a los idiomas, y no solo en el terreno cerebral, sino en el muscular, este desarrollo ha podido realizarse. Dos ejemplos: los mozos de cordel en la Luna muestran unos hombros de una resistencia a toda prueba, y los voceadores, los pregoneros, los que dicen las noticias del día y gritan las alabanzas de los grandes selenitas, han llegado a prolongar a fuerza de ejercicio sus bocas, hasta darles la forma de una trompa que en el enrarecido aire lunar se deja oír a buena distancia. La distancia, que crea el órgano, con más razón lo desarrolla, y en la Luna este desarrollo es notable, especializando a cada uno en su profesión, en su oficio, en su misión, de tal suerte que allí no hay quejosos y ninguno envidia la suerte del otro, porque cada cual se siente particularmente, y en virtud de un heredismo ineludible, confinado a una función especial.

¿Cómo acaba esta interesante novela? Pues con la muerte de uno de los exploradores, Cavor, y la escapatoria del otro hacia la Tierra, en la bala de marras. A Cavor lo sentencian a muerte en la Luna porque comete la indiscreción de contar al Gran Lunar, es decir, al jefe supremo de los selenitas, que en la Tierra hay naciones diversas, que estas naciones están continuamente haciéndose la guerra con el fin de comer la carne de los animales que matan y de apoderarse de más terreno, y que él solo es el que sabe el secreto para ir a la Luna. Los selenitas temen la invasión de los terrestres, si se divulga el invento de Cavor, y lo matan, en tanto que su compañero, a quien no han visto, escapa con la máquina.

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He querido contar a ustedes el argumento abreviado de esta novela, para que conozcan el ejemplar más interesante que la literatura moderna ha producido sobre la Luna, esfinge de plata que en todos los siglos ha despertado vigorosamente la curiosidad de los sabios, de los artistas y de los poetas.

Sin ir más lejos, nuestro malogrado Acuña, en una espiritual sátira, se queja precisamente de que no ha habido poeta que no escriba un canto a la reina de la noche, y les reprocha a todos que se suban tan arriba que tengan que escribir sobre la Luna.

Por mi parte, y en unión de un buen amigo mío, miembro de esta Sociedad, me propongo relatar en una de las sesiones próximas, si vuestra indulgencia me lo permite, la influencia que la Luna ha ejercido en el pensamiento y el corazón humanos, en los artistas, en los sabios, en los poetas, y especialmente en los enamorados, desde los límites más lejanos de la historia. Por ahora basta la fantasía y entremos en especulaciones más serias.

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La habitabilidad de los satélites se llama este trabajo, y el primer satélite que hallamos al paso en un posible viaje hacia las fronteras de nuestro sistema es la Luna. ¿Es la Luna un verdadero satélite nuestro? Hay una opinión, muy poco conocida, pero profesada por hombres de alto valer, que dice que no: la Luna, según esta opinión, no brillaba en los cielos terrestres en edades remotísimas, en razón de estar de continuo detrás del Sol con respecto a la Tierra, pues que ambas fueron formadas, si hemos de reproducir lo que cuenta uno de los novísimos popularizadores de esta teoría, en extremos opuestos, con los asteroides de un mismo anillo emitido, sufriendo la Luna atracción combinada de todos los planetas ulteriores, los cuales hicieron que su órbita aumentara de radio, separándose por primera vez de la terrestre trayectoria. Poco tiempo después pudo empero alcanzarla la Tierra y esclavizarla a su órbita como un seudo satélite, pero la curva de la nueva órbita lunar en derredor de nuestro planeta está muy lejos de ser permanente, y a pesar de los artificiosos aunque meritísimos cálculos de Laplace en contrario, lo cierto es que la Luna caerá al fin sobre la Tierra dentro de millares de siglos, no de otra suerte que los anillos de Saturno sobre este, según una opinión, autorizada por el hecho de que lenta pero continuamente van ciñendo más y más al colosal planeta. Cuando la Luna caiga sobre nosotros -Dios nos coja confesados- se producirá un trastorno geológico muchísimo mayor que el de su aproximación por vez primera a sesenta radios terrestres, en lugar de los sesenta o más millones de leguas que antes distaba nuestro mundo, cambio que originó una era geológica y que ocasionó la pérdida de toda su agua y todos sus gases, que casi fueron incorporados a la Tierra.

Según otra opinión, la Luna fue proyectada por la Tierra en uno de sus cataclismos primordiales, y el océano Pacífico, las depresiones de cuyo fondo son enormes, cubrió como si dijéramos el hueco dejado por el desprendimiento. Recuerdo a este propósito haber leído en alguna parte que si la Luna cayese sobre la tierra, en los mares australes, podría flotar como una gigantesca bola de corcho, sin chocar con playa alguna. De tal suerte son vastos estos océanos, o lo eran, en resumidas cuentas, porque la última expedición antártica parece que ha encontrado nada menos que un continente, cubierto por un considerable espesor de hielo, un continente que acaso estuvo habitado en edades que transcurrieron más allá de la historia, cuando los polos eran tibios y permitían la germinación de variadas faunas y floras y aun el desarrollo de humanidades que debieron bajar lentamente hacia los trópicos en demanda de un calor que se les escapaba.

De acuerdo con esta segunda teoría, la Luna vuelve a ser, pues, satélite genuino de la Tierra, no surgido de su ecuador precisamente, sino de sus propias entrañas, lo que es más aún. Pero sea ese satélite físico o satélite apócrifo de nuestro planeta, esto en nada altera los términos del problema que es objeto de mi pequeño estudio, y que se formula en la breve pregunta siguiente: ¿La Luna es o ha podido o podrá ser el asiento de una vida animada? Desde luego responderemos en parte a esta pregunta, diciendo con absoluta seguridad que la Luna no será ya, en un futuro cualquiera, por próximo que se le considere, capaz de producir y sustentar vida alguna distinta de la que haya producido. ¿Por qué? Porque es un mundo en su ocaso, un mundo que se acerca ya a sus últimas etapas cósmicas, un planeta en su crepúsculo. Si la humanidad existe en la Luna, existe sin duda en sus postrimerías, lo cual quiere decir, entre paréntesis, que será una humanidad infinitamente más civilizada que la nuestra y donde sin duda los grandes inventores no se devanan los sesos para construir destroyers, acorazados y granadas de lidita... Todas las observaciones hechas sobre la Luna, desde que Galileo dirigió a ella el primer telescopio, muestran que es un planeta cuyo enfriamiento está muy avanzado y en cuya superficie no se efectúan grandes cambios apreciables para nuestros aún modestos aparatos, sin que por eso debamos negar que estos cambios existen, como se verá luego. Podemos, pues, afirmar que la Luna no es un mundo del porvenir, sino del pasado... Pero, ¿quién ha dicho que los mundos deben poblarse simultáneamente? Para la fuerza que los ha desparramado en el vacío no existe el hoy ni el mañana. Su acción es permanente, y en todos los momentos del cosmos hay cuando menos un mundo que se enfría, una nebulosa que se condensa, un planeta que se endurece, otro que muere y otro que se ostenta en la plenitud de la vida...

Junto a Marte, que probablemente ha llegado ya a un período muy avanzado de su evolución y donde debe haber humanidades de una superioridad tal que entre nosotros pasarían por ángeles, está el colosal Júpiter, más de mil doscientas veces mayor que la Tierra y que no es aún muy probablemente más que un Sol apagado en cuya superficie inmensa, conmovida por tremendos cataclismos, las fuerzas primordiales empiezan apenas a trabajar los continentes de donde ha de surgir la vida futura.

Otro tanto puede decirse del misterioso Saturno, mientras que acaso Urano y Neptuno están ya en condiciones de habitabilidad, y la criatura inteligente que los habita abre apenas sus ojos a la suave y tenue luz del lejanísimo Sol, a aquellos mediodías que aquí serían crepúsculos, y empieza a ascender por la escala de la vida hacia esa meta arcana que persiguen todas las humanidades a través del tiempo y del espacio...

La Luna, pues, decíamos, no es un mundo del porvenir, sino un mundo del pasado, que acaso arrastra consigo una humanidad agonizante, si es que el último selenita no yace ya al amparo sombrío de algún circo a cuyo fondo jamás penetra el Sol.

Cuando la Tierra ardía aún presa de espantosas conflagraciones; cuando en la oleada inmensa de ardientes líquidos pugnaban por formarse leves costras, gérmenes de futuros continentes, que a poco eran agujereados, desgarrados, pulverizados por una erupción; cuando no surgían aún ni las formas primitivas de la vida, y en el futuro lejano de las posibilidades se delineaban apenas las siluetas monstruosas del plesiosaurio, del dinosaurio, del megatérium y de los saurios volantes, de la Luna surgía ya la vida, mimada por las primaveras y dorada por las luces de dos soles enormes: la Tierra, cuyo disco rojo asomaba llenando algunos grados del cielo, y el Sol, cuyo fulgor entonces blanco como el de Sirio, de Vega o de Altair, casi azulado, como el de la Espiga de la Virgen, se combinaba en maravillosos matices con los fulgores terrenos. ¡Qué espectáculo tan maravilloso el que se ofrecía en aquella sazón ante los ojos de los selenitas!... La Tierra, siempre en sus cielos, fue sin duda para ellos el centro del sistema o acaso creyeron en dos astros gemelos, a los cuales elevaron altares. El Sol engendraba apenas a Venus y a Mercurio, y torrificaba a nuestro hoy moribundo satélite, entonces en germinación... ¡Durante cuántos siglos los selenitas, ya en la plenitud de su desarollo, ya en el summum de su cultura, apuntaron con sus telescopios a nuestro planeta, sin sorprender un solo destello de vida animada; con qué ansiedad esperaron el primer balbuceo de nuestra inteligencia!... Ellos fueron testigos de las épocas primitivas en que el laberintodonte mostraba su cabeza deforme y los pterodáctilos, esos grandes pájaro-lagartos, agitaban sus alas membranosas en el aire densísimo. Ellos vieron después al troglodita guarecerse en las cavernas, perseguido por el felis spelaea y por el mamouth [sic]; ellos adivinaron a las primeras humanidades lacustres a la orilla de las aguas tranquilas; ellos contemplaron las opulencias de la edad de bronce... y en el principio y más tarde y después y siempre... vieron al hombre en perpetua lucha con el hombre, vieron al fantasma de la guerra proyectar su sombra esqueletosa sobre las llanuras sangrientas; vieron al rey de la creación hacer concienzudamente un infierno de horrores de lo que Dios en su infinita misericordia había querido que fuese un paraíso... Quién sabe si ahora mismo las últimas familias lunares, refugiadas en los más profundos valles, espían aún nuestros adelantos, esperando que inventemos determinados aparatos que nos permitan comprender ciertos signos repetidos pacientemente por ellos a través de milenarios, y lo único que distinguen son los acorazados rusos y japoneses vomitando por todos sus cañones el exterminio de seres inteligentes y buenos a quienes las clases dirigentes de los dos imperios envían a destrozarse sin piedad por la posesión de algunos kilómetros cuadrados...

En algún tiempo la actividad vital de la Luna era tan vigorosa como lo es hoy la Tierra. El poder fecundo de la naturaleza ejercíase ahí en toda su plenitud. Una atmósfera rica suavizaba los rayos del sol duplo que calentaba nuestro satélite y refrescaba los hondos valles donde la vegetación más lujuriosa se ostentaba en toda pompa y lozanía. El mar de las Crisis era entonces un pequeño Mediterráneo, en cuyos bordes, erizados de cráteres, debieron levantarse muchas ciudades, hoy quizá en ruinas. El mar de las Lluvias y el océano de las Tempestades debieron verse surcados por la navegación activísima de pueblos ricos y productores... Pero no volvamos la imaginación hacia el pasado, un pasado tan remoto ya, y estudiemos por un instante las probabilidades de habitabilidad actual de nuestra pálida Diana. El problema capital que en este caso se nos presenta es el de saber si la Luna tiene atmósfera.

Los astrónomos han dicho en su mayoría que no, condenando al astro a una muerte absoluta; pero ni sus razonamientos son concluyentes, ni aun tan precisos como sería de desearse. Sobre todo, contra los muchos argumentos en contra hay una buena cantidad de argumentos en pro y algunas series de observaciones cuidadosas tienden a demostrar que existe en la Luna una atmósfera muy tenue, susceptible sin duda de alimentar aun la vida. Citemos algunas de estas observaciones con toda la brevedad posible.

El señor Schroeter ha observado en el contorno obscuro de la Luna fenómenos de verdadera vislumbre o resplandor crepuscular. Los señores Pablo y Próspero Henry comprobaron que una claridad de crepúsculo prolonga los cuernos del segmento iluminado y permanece visible fuera del disco obscuro; claridad es esta muy débil en verdad, pero cuya presencia indudable se ha testificado en condiciones especiales de limpidez atmosférica. Hay numerosísimas observaciones respecto de este punto, las cuales aumentan diariamente las probabilidades de una atmósfera lunar. Flammarión, por su parte, después de haber observado durante muchos años nuestro satélite y de conocer palmo a palmo su superficie, asegura haber visto en diversas regiones verdaderos efectos de crepúsculo, así como en determinadas ocultaciones de estrellas y en condiciones atmosféricas excepcionales ciertos indicios de una irradiación atmosférica.

Hay otros fenómenos observados en la Luna, tales como la comprobada desaparición de un cráter muy conocido, el Platón, que hacen pensar en que no está todo tan muerto como se cree en su extensión, desierta al parecer, y que directamente apoyan la creencia en una atmósfera. A saber: el señor Birt, harto reputado por sus estudios selenográficos, ha observado que el fondo del mencionado circo de Platón, muy anchuroso por cierto, y que siempre está muy obscuro, se obscurece todavía más a medida que el sol se eleva sobre él, lo cual sería contrario a toda lógica, a menos de suponer, por ejemplo, una vegetación repentina y vigorosa que se renueva en cada lunación bajo la omnipotente influencia del Sol. El mismo sabio, en unión del señor Web, señala varios hechos que tienden a probar que la actividad volcánica continúa en la Luna. Hay que notar que el gran Herschell [sic] siempre lo creyó así, y que tanto él como Hevelius, consideran a Aristarco como un verdadero volcán en ignición. En cuanto a nuestro amado maestro Camilo Flammarión, cree haber observado en 1867 una erupción en él.

Nuestro ilustrado y laborioso consocio Gastón Hauet dice, refiriéndose a los cambios lunares, en determinada región del planeta, en un pequeño pero nutrido trabajo publicado en el Boletín de la Sociedad Astronómica de Francia, correspondiente a enero del año en curso, que es curioso notar cuán rápidamente varía la mancha que se encuentra al SO. de Copérnico, con variaciones que se efectúan en un espacio muy corto, y excita a los observadores asiduos de la Luna a que se fijen en esta región. El octavo día de la Luna, por ejemplo, la región más obscura de la mancha es pálida y no se distingue de las regiones vecinas. En cambio, la región más vasta de la misma es intensamente obscura y muestra irregularidades que hacen adivinar la existencia de altiplanicies muy elevadas. El onceno día, todo este aspecto ha cambiado, en modo tal, que no se puede atribuir solo a los efectos de la luz.

La índole de este trabajo no me permite acumular citas, que lo harían interminable; de otra suerte, mencionaría observaciones que pasan del centenar y que hacen presumir que las fuerzas vitales de nuestro satélite se ejercen aún de una manera apreciable.

Hay que advertir, por otra parte, que nada nos autoriza para negar que el hemisferio de la Luna que no vemos jamás, ese hemisferio del que apenas adivinamos en las libraciones una mínima parte y que tanto ha hecho teorizar a los astrónomos, desde los que afirman que es alargado como una pera, hasta los que dicen que es poliédrico, y poliédrico asimismo todo el planeta, posea una atmósfera más densa que la del hemisferio que siempre vemos, y se encuentre acaso en mejores condiciones de habitabilidad que este; nos falta, pues, para concluir que la Luna es un satélite muerto, nada menos que la mitad de los datos necesarios.

Un astrónomo amigo de Flammarión, Rabinet, decía en cierta ocasión a este: Si hubiera en la Luna ciudades, monumentos, siquiera del tamaño de Notre Dame, ya los hubiera sorprendido el telescopio de lord Rose, en Irlanda. El telescopio de lord Rose [sic] fue, como ustedes saben, construido en la medianía del siglo XIX, posee un espejo de un metro ochenta y tres de diámetro, y alcanza aumentos teóricos de seis mil diámetros... Solo que suponiendo que estos aumentos se hicieran efectivos, la claridad de las imágenes sufriría de tal suerte que serían nulas. Si el telescopio de lord Rose o cualquiera otro diese aumentos de seis mil diámetros, con perfecta claridad de imágenes, sin duda que la afirmación del amigo de Flammarión debiera tomarse en cuenta, pues que se acercaría la Luna dieciséis leguas de distancia. Pero hasta hoy, y a pesar de los notabilísimos adelantos de la óptica, los mayores que se obtienen, con las gigantescas y purísimas lentes de los grandes ecuatoriales de Lick, Harvard y Yerkes, los tres mejores del mundo (y los tres americanos), llegan a tres mil diámetros, con claridad de imágenes, y la verdad es que estos aumentos máximos son poco usados, pues se ha visto que a igualdad de objetivos, las imágenes son más puras y perfectas a medida que se usan oculares menos potentes, y en la práctica los aumentos que se emplean en los grandes anteojos, para estudiar la selenografía y aun la aerografía, son de cuatrocientos a seiscientos diámetros, los cuales, por lo que se refiere a la aerografía, dan resultados excelentes, pues merced a ellos se han hecho en las oposiciones últimas los mejores dibujos de los mares, los continentes y los canales. Flammarión se lamenta de que Francia, que gasta tantos millones anuales en acorazados, no destine a sus presupuestos un millón de francos para construir un gran anteojo que diese un aumento práctico de seis a ocho mil diámetros, por ejemplo. Sabido es que el famoso telescopio de la Exposición de 1900 [en París] que yo tuve ocasión de ver varias veces, y que, según algunos inocentes, acercaba la Luna a un metro, no dio resultados prácticos apreciables. Pero es seguro que, dados los actuales progresos de la óptica, se llegaría a construir, aunque con mucho trabajo, un objetivo de dos metros de diámetro, de una curvatura perfecta y de una acabada pureza, el cual podría soportar aumentos de ocho a diez mil diámetros con perfecta claridad de imágenes, y nos ampliaría hasta el vértigo los horizontes del infinito. Con ese anteojo podríamos salir, una vez por todas, de dudas respecto de la habitabilidad de nuestro satélite; veríamos, por ejemplo, la sucesión de sus breves estíos y de sus terribles inviernos en la vegetación de sus valles, advertiríamos, por tenues que fuesen, los vapores de su atmósfera; contemplaríamos sus ciudades y monumentos, dado que tuviesen una forma análoga a los de la Tierra y que se levantasen en su superficie; veríamos el agua de sus mares, en el supuesto de que estos no sean ya más que estériles desiertos de arena..., y por lo que toca a Marte, averiguaríamos, de una vez también, si sus sedicentes canales son una serie de puntos que el ojo instintivamente une, por una tendencia natural de la visión, como se afirma ahora, o verdadera obra humana, en colaboración con la naturaleza. Podríamos analizar palmo a palmo su superficie, ya tan conocida, y sorprender las palpitaciones de la intensa vida intelectual que ahí debe reinar. A la maravillosa Venus la sorprenderíamos desnuda y pura como a la Anadiomena a que dio origen, surgiendo del éter como aquella de las ondas amargas, revelando a través de sus densas nubes resplandecientes el secreto de sus inmensas montañas, muy más altas que las nuestras; de sus continentes y de sus océanos. A Mercurio, que con tanta gallardía se mece a uno y otro lado del Sol, lo estudiaríamos, a pesar de su resplandeciente vecindad al astro del día, hasta darnos exactamente cuenta de su vida, y asistiríamos desde la Tierra a los grandes cataclismos geológicos de Júpiter, y develaríamos todo el enigma de Saturno... Pero mientras ese telescopio se construye, y va para largo, en Francia, aunque es muy posible que no suceda lo mismo en América, donde la iniciativa individual es tan poderosa y desinteresada, contentémonos con ver balancearse en el campo de nuestros anteojos a la casta Diana de las antiguas leyendas, veámosla tender su divino arco de plata en el éter nacarado por su luz, y soñemos, soñemos que acaso en esas maravillosas fotografías tan contrastadas por su poderoso claroobscuro, está implícito el detalle de su vida rebelde por ahora a las amplificaciones, y que acaso un día nos contará su enorme secreto...

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Hace un mes tuve el honor de leer a ustedes la primera parte de mi trabajo intitulado la Literatura lunar y la habitabilidad de los satélites, y la satisfacción de sentirme favorecido por una benévola y amistosa atención. Al lado de datos serios que justificaran la índole de mi trabajo, campeaba mucho la fantasía, y no por cierto la mía, sino la de ese incomparable [H.G.] Wells [(1866-1946)], flor y nata de los actuales novelistas ingleses, quien después de haber sido por mucho tiempo profesor de Ciencias Físicas en Londres, resolvió popularizar su hondo saber y sus inapreciables cualidades literarias en libros que son predicciones maravillosas de un porvenir quizá no muy lejano.

Debo confesar que en esta segunda parte de mi trabajo la fantasía campea mucho menos. Voy al grano, como vulgarmente se dice, y he menester de una dosis mayor de indulgencia de parte de mis oyentes. Suplico, empero, a estos que no se alarmen. Voy al grano; pero he procurado mezclar con ese grano algunas flores, alguna amenidad de estilo que me haga perdonar la audacia de tratar de estas cuestiones, en las cuales apenas soy un neófito.

Que las estrellas..., y sus representantes más idóneas sobre la tierra, las mujeres, sobre todo las que se dignan oírme en esta sesión, me perdonen...

Es ya, si no una ley porque le falta la confirmación de Urano y de Neptuno, sí una presunción muy lógica y fundada, que a mayor distancia de un planeta con relación a su astro central corresponde mayor número de satélites. Mercurio no tiene satélite alguno. Venus tampoco, la Tierra tiene uno, Marte dos, Júpiter cinco, Saturno nueve, Urano cuatro conocidos y uno el remoto Neptuno; pero se comprende que a las enormes distancias a que gravitan estos dos últimos planetas, y a las cuales ofrecen apenas ellos mismos un disco apreciable en el campo de las mayores lentes, es difícil descubrir sus satélites. Lo presumible es, sin embargo, que Urano tenga muchos más que Saturno, y Neptuno muchos más que Urano, dentro de la sabia economía del Universo y puesto que los necesitan más por su formidable distancia del Sol. Como se ve, pues, esto de los satélites constituye un curioso procedimiento de alumbrado público gratuito, muy digno de estudio.

Los satélites de Marte se llaman, como todos saben, Phoibos y Deimos, en memoria de dos versos de Homero divino, y fueron descubiertos, respectivamente, en los días 11 y 17 de agosto de 1877 [por el astrónomo estadounidense Asaph Hall (1829-1907)], Phoibos es el más próximo al planeta y tiene el brillo de una estrellita de 10 a. magnitud. Deimos, el más lejano, brilla como una estrellita de 12 a. magnitud. El brillo del planeta impide reconocerlos aun con aparatos de cierta potencia y a esto y a su exigüidad se debe su tardío descubrimiento, a menos que no se deba a su reciente aparición dentro de la zona máxima de atracción del planeta, según una teoría que expresaremos más tarde.

Circunstancia digna de notarse, y que muchos autores registran, es la de que Voltaire habla de la existencia de estos dos satélites en su novela fantástica Micromegas. ¿Es una coincidencia o una adivinación? Chi lo sa... Si no me equivoco, Bernardino de Saint-Pierre, el autor de ese idilio ingenuo cuya lectura iluminó los días de nuestra infancia, habla también de los satélites de Marte. Gulliver también los presiente y describe. Son estos, por lo demás, los mundos más pequeños que conocemos, inferiores en volumen a todos los asteroides que circulan entre Marte y Júpiter y que han podido ser medidos, y se mueven a una distancia tan corta del planeta que entre este y el primer satélite apenas si cabría otro Marte. De consiguiente, no se elevan jamás a mucha altura en su cielo, y en cada una de sus revoluciones se encuentran eclipsados a causa de la cercanía al centro de su mínimo sistema. Phoibos tiene la particularidad de girar alrededor de Marte en el increíble espacio de 7 h. 39 m., es decir, en menos de la tercera parte del tiempo que Marte emplea en girar sobre su eje, de suerte que su movimiento es visible en el cielo para los marcianos.

Phoibos tiene un diámetro de 12 kilómetros y Deimos de 10; cualquiera de los dos cabría, pues, ampliamente en el valle de México.

Sin embargo, como su distancia al Sol no es de las más grandes de nuestro sistema, y pueden muy bien estar constituidos de manera que reflejen la mayor cantidad de luz, para lo cual bastaría que fuesen tan blancos como la Luna, deben producir en las noches marcianas, en aquellas noches purísimas en que rara vez deja de ser visible la opulencia del cielo, una iluminación apreciable.

De pasada diré que Marte, y sobre todo la Luna, son dos maravillosos observatorios astronómicos. Es posible, en cambio, que si los habitantes de Venus existen, hayan visto con tanta parsimonia su cielo, que no se den aún cuenta de su exacta posición en el infinito.

La pequeñez de un mundo nada dice en contra de su habitabilidad. Los satélites de Marte, quizá mucho más viejos que el planeta (que ya va peinando canas) y enfriados a buena hora en razón de su exigüidad, deben estar habitados desde hace muchos miles de años. Por analogía podemos creer que poseen una atmósfera tan densa y rica como la de su planeta central, y que disfrutan de un clima semejante al de este, que es a su vez muy semejante al de la Tierra, con su división de zonas glaciales, templadas y tórridas. ¿Qué clase de habitantes podrían ser los de Phoibos y Deimos, esas Repúblicas de San Marino del Eter? Desde luego podríamos suponerlos gigantescos en virtud de la mínima pesantez de sus asteroides, tan gigantescos que con unas cuantas zancadas diesen la vuelta a sus mundos... Pero nada nos costará, para que todo sea proporcionado, considerarlos muy pequeños..., tan pequeños como ustedes quieran; esto nada significa. Pequeño es un hormiguero y, sin embargo, en él vive una población maravillosa de inteligencia, organizada socialmente, que edifica ciudades, fabrica graneros, tiene establos y ganados, declara la guerra, hace esclavos... está, en fin, a la altura de cualquier tribu de Borneo o del centro de Africa, y aún más civilizada, pues que no practica el canibalismo y tiene virtudes cívicas muy apreciables... Pues bien: en Phoibos y Deimos caben muchos hormigueros.

Cuentan que Napoleón, cuando hubo echado un vistazo a la isla de Elba, exclamó: Helas, mon île est bien petite!... ¿Quién sabe si no hay en Phoibos o en Deimos un Napoleón-hormiga que haya paseado sus armas por toda la para él inmensidad de su planeta? ¿Quién sabe si los habitantes microscópicos de los dos satélites no tienen como axioma algo semejante al world is wide de los ingleses? Todo es relativo...

Júpiter, el viejo Osiris de los egipcios, es el gigante de los mundos, tiene cinco satélites, y de él, lo mismo que de Saturno, puede afirmarse una cosa: que por ahora, cuando menos (y este por ahora en el espacio quiere decir algunos millares de siglos), está hecho para sus satélites y no sus satélites para él. En efecto, todas las observaciones relativas al mundo jovino, están de acuerdo en que atraviesa por los períodos primordiales de su vida.

Las grandes fuerzas plutónicas en acción levantan y derrumban continentes, fraguan cataclismos, trabajan espantosamente un mundo futuro. Este mundo será, en un porvenir de tres o cuatro millones de años, el mejor de los mundos posibles, que dirá un Pangloss de alguna Westfalia de entonces. En efecto, la inclinación de su eje sobre el plano de la eclíptica es insignificante, de suerte que una perpetua primavera reinará en él. Además, su extensión inmensa (Júpiter es 1.234 veces mayor en volumen que la Tierra) impedirá acaso las guerras fratricidas en que se agota la sangre de los pueblos por la posesión de algunos kilómetros cuadrados de tierra... Habrá harto para todas las ambiciones, aunque esto no me atreveré a afirmarlo de una manera absoluta...

Júpiter conserva, sin duda, buena parte de su calor primitivo, y sus satélites, que reciben de él una luz prodigiosa, un claro de luna gigantesco, deben asimismo recibir un tibio calor que se une al del distante Sol... Pero hace relativamente poco que Júpiter era un verdadero Sol y que, como lo expresamos respecto de la Luna, sus satélites estaban alumbrados por una estrella duplex. Con tal época debió coincidir el máximum de condiciones de habitabilidad de estos satélites. Cinco son ellos, como dijimos, y el último fue recientemente descubierto, a saber: Io, Europa, Ganimedes, Calixto y el 5º Ganimedes [sic por Amaltea, descubierto en 1892 por E.E. Barnard]. [Ganimedes] no es un satélite sino con relación a su inmenso planeta, pues que si lo consideramos en sí mismo es un verdadero mundo. En efecto, tiene un diámetro igual a los 47/100 del de la Tierra, es decir, casi la mitad del de esta..., un diámetro que mide 5.800 kilómetros, o sea, 1.450 leguas. Aventaja en cerca del doble el volumen de Mercurio, igual a los dos tercios del de Marte y es cinco veces más voluminoso que nuestra Luna. En cuestión de tamaños, y para que se aprecien los de algunos de los astros menores, se puede establecer la progresión ascendente que sigue:

Vesta, asteroide menor que la Luna.

La Luna, satélite de la Tierra, menor que Mercurio.

Mercurio, primero de los planetas interiores (supuesta la no existencia de Vulcano, casi comprobada), menor que Ganimedes.

Ganimedes, tercer satélite de Júpiter, menor que Marte.

Marte, primero de los planetas exteriores, menor que Titán.

Titán, el mayor de los satélites de Saturno, menor que Venus.

Venus, el segundo de los planetas interiores, menor que la Tierra.

Esta lista, más que muchos números, nos da una idea de lo que son algunos de los mundos, en los cuales apenas si nos hemos fijado por el solo hecho de que ocupan una situación secundaria respecto de otros mundos verdaderamente gigantescos.

Y no se crea que solo Ganimedes merece, entre los satélites de Júpiter, el nombre de mundo: los otros tres satélites principales tienen todos más de 3.400 kilómetros de diámetro.

Io, dista del centro de Júpiter 430.000 kilómetros, y para él, Júpiter se muestra en el cielo como un disco de gigantesco tamaño. Baste decir que visto el Sol desde este primer satélite de Júpiter, aparece como treinta y cinco mil veces menor que el planeta... ¿Conciben ustedes el espectáculo de aquel mundo colosal, que se levanta ocupando casi todo el horizonte? Considerando la luz que la Luna nos da, como unidad, la cantidad de luz que Júpiter da a su primer satélite es igual a ciento cincuenta y cinco. Aun para el cuarto satélite de Júpiter, este aparece con una superficie aparente que excede en 75 veces a la que nos presenta a nosotros la Luna llena... Europa, el segundo de los satélites, dista del centro de Júpiter 682.000 kilómetros, y su revolución dura tres días, trece horas, catorce minutos y treinta y seis segundos. Ganimedes, el mayor de los cinco satélites, dista del centro de su planeta un millón ochocientos ocho mil kilometros, y su revolución dura siete días, tres horas, cuarenta y dos minutos, treinta y tres segundos. En cuanto a Calixto, dista un millón novecientos catorce mil kilómetros, y su revolución dura dieciséis días, dieciséis horas, treinta y un minutos y cincuenta segundos.

Por lo que va a sus diámetros, son:

Io, 3.800 kilómetros.

Europa, 3.390.

Ganimedes, 5.800, como ya lo dije; y

Calixto, 4.400.

Desde todos ellos, aun del más lejano, el espectáculo de Júpiter es inefable. Para todos ellos se levanta como un inmenso disco, que cambia de color a cada momento. Todos ellos siguen paso a paso su evolución astral, auscultan, por decirlo así, los latidos de aquel corazón inmenso, asisten a las enormes convulsiones de aquel coloso organismo y todos ellos verán un día surgir tembloroso, incierto, titánico, sobre el haz del planeta, al Adán destinado a habitarlo, llevando ya en la testa como una luz divina el primer destello de inteligencia, y mostrando en su actitud la misteriosa indecisión y la plenitud de fuerza que se advierte en la nobilísima escultura llamada La creación del hombre, del glorioso Rodin.

Cada uno de estos mundos posee sus años especiales, sus días, y probablemente también sus estaciones, a las cuales presta su contribución el globo inmenso en cuyo derredor giran y que fue sin dida el primer objeto de su adoración, cuando la mirada de sus moradores por primera vez se alzó a los cielos. Los cuatro mundos experimentan variaciones que han hecho creer, y con razón, a los astrónomos, que están dotados todos de atmósfera. El cuarto satélite, Calixto, ha sido numerosas veces observado, de manera tal que se diría no es redondo, sino poliédrico... El tercer satélite, Ganimedes, se ha observado con manchas obscuras, que hacen pensar en océanos.

No hay duda que de los mundos subordinados a otros que existen en nuestro sistema planetario, los satélites de Júpiter son los que en mejores condiciones de habitabilidad se encuentran, y que en ellos se realizan los primeros capítulos de la vida de ese bellísimo sistema, la cual llegará a su coronamiento sublime en el planeta central. ¿Quién sabe si -como dice Flammarión- nosotros, en un estado de cultura muy superior, habitaremos un día ese mundo que hoy modelan las fuerzas cósmicas...? Y yo repito con Flammarión: ¿Quién sabe...?

* * *

Me acerco, señores, a través de este breve y modesto trabajo, sin pretensiones , al maravilloso sistema de Saturno, que consta de un inmenso mundo central, setecientas diez y nueve veces mayor que nuestra tierra; de tres anillos concéntricos y de nueve satélites... y os confesaré que mi suprema aspiración sería llegar a ser el poeta digno de cantar este milagro celeste, el poeta cósmico, que todavía no aparece, por cierto, en ninguna de las naciones cultas del mundo, porque, ¡ay!, en este siglo, que es por otra parte el más sabio en la ciencia de Urania, ni los poetas alzan ya los ojos al cielo...

Recuerdo a este respecto uno de los más bellos pasajes de un viejo libro, modelo de donosura: La expedición nocturna alrededor de mi cuarto, del Conde Xavier de Maistre, que traduzco: ¿Cuán pocas personas -dice- disfrutan en estos momentos, como yo, del espectáculo sublime que el cielo ostenta inútilmente para los hombres adormecidos! ¡Pase que no lo contemplen quienes duermen! Pero ¡qué costaría a aquellos que salen en multitud del teatro mirar un instante y admirar las brillantes constelaciones que fulguran por todas partes sobre sus cabezas! No, los espectadores de Scapin o de Jocrisse (dos piezas de teatro), no se dignarán levantar los ojos: van a volver brutalmente a su casa... o a otra parte; sin pensar que el cielo existe... ¡Qué absurdo! Porque puede uno verlo frecuentemente y gratis, no quieren verlo. Si el firmamento estuviese siempre velado para nosotros, si el espectáculo que nos ofrece dependiese de un empresario, los palcos primeros sobre las azoteas valdrían precios exorbitantes... ¡Oh! Si yo fuese soberano de un país -exclamaba lleno de una justa indignación-, haría que noche a noche se diera el toque de alarma y obligaría a mis súbditos, de cualquier sexo o condición que fueran, a salir a la ventana y mirar las estrellas...

Confieso a ustedes, por mi parte, que la primera vez que dirigí mi pequeño anteojo de 68 milímetros al astro amarillento y misterioso que se arrastra ahora por el asterisco de Capricornio y que puede verse desde las primeras horas de la noche con suma facilidad, y al afocar noté que la imagen se alargaba rápidamente en el objetivo hasta ir proyectando sus anillos en el negro intenso del cielo, sentí una emoción tal, que temblaba entre mis dedos el botón de la cremallera de mi luneta... Ahí estaba la maravilla de las maravillas; mostrándome oblicuamente su anillo de oro verdoso, en el que se adivinaba apenas la división de Cassini, y a un lado, hacia arriba, un punto luminoso lo acompañaba en su viaje: era el satélite Titán, perfectamente visible aquella noche...

Saturno tiene, pues, nueve satélites, y es, según la teoría que expresamos arriba y que ostenta por defensores, entre otros, a Don Pedro Arnó de Villafranca, autor de una obra intitulada El porvenir de la ciencia (obra muy elogiada por una revista técnica que tengo a la vista), uno de los planetas púberes, es decir, que generan satélites; porque han de saber ustedes que, según esta teoría, hay planetas púberes y planetas impúberes. De estos últimos son Mercurio, Venus, la Tierra, que, como decíamos hace poco, no cuenta a la Luna como satélite verdadero, puesto que no ha emanado de ella por proyección ecuatorial, sino que debe considerarse como compañera coeva de la Tierra en el plano de su órbita, que es el del ecuador solar; y, por último, Marte, cuyos dos satélites, Phoibos y Deimos, son simples asteroides de los que giran entre este planeta y Júpiter, aprisionados por Marte en la red de su atracción. Según esta teoría, que seguimos glosando, no sería difícil que los planetas Etra y Eros, que circulan entre la Tierra y Marte, sufriesen un destino análogo a Deimos y Phoibos y que una de estas noches nos encontráramos con tres lunas, en lugar de una, cosa que no creo disgustara ni a los astrónomos, ni a los artistas, ni a los poetas... ni a los Ayuntamientos... Así, pues, Mercurio, Venus, la Tierra y Marte son planetas infecundos en el sentido indicado; mientras que Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y el planeta transneptuniano, según todas las probabilidades, son planetas que generan satélites. Saturno, por su parte, no solo los ha generado, sino que es susceptible de generarlos aún, y no sería aventurado afirmar que sus anillos de hoy, formados, según las teorías científicas más modernas, de corpúsculos que giran a diversas velocidades, se convirtiesen mañana en uno o varios satélites.

Hemos dicho que son nueve los satélites de Saturno, contando con el último que se ha descubierto y del que nos habla nuestro querido Secretario Luis G. León, quien da sus coordenadas en el penúltimo número del Boletín de nuestra Sociedad. Estos satélites se llaman, con excepción, naturalmente, del que se acaba de descubrir y que viaja de incógnito:

1º Mimos, que dista solo del centro de Saturno 51.750 leguas. 2º Encélado, 3º Tetis, 4º Dioné, 5º Rhea, 6º Titán, 7º Hiperion, y 8º Japet.

El más voluminoso es Titán, descubierto por [el astrónomo holandés Christian] Huygens [(1629-1695)] en 1655.

De las observaciones de [Asaph] Hall en 1876, respecto de la rotación de Saturno, que este sabio estima en 10h., 14 m., 24º, comparadas con las novísimas observaciones del señor Comas Solá, miembro de nuestra Sociedad y uno de los sabios más empeñosos de España, el cual encuentra una rotación de 10 h., 38 m., 6º, y con las de los señores Denning y Leo Brenner, que estiman, respectivamente, esta rotación en 10 h., 29 m., 5º y 10 h., 38 m., basados todos en manchas de una relativa fijeza en el planeta, parece deducirse que Saturno gira más rápidamente en el Ecuador que en las latitudes boreales y australes, como Júpiter y el Sol, lo cual prueba que no está aún solidificado y que apenas traspone el ciclo en que era un Sol para su enjambre de nueve mundos, radiando en medio de ellos como el Apolo divino en medio de las nueve musas eternas. Flammarión profesa sin duda esta teoría, pues que dice, hablando de Saturno, que es muy probable que sus satélites sean habitables y estén habitados; que Saturno, bajo el punto de vista de las causas finales, parece hecho más bien para sus satélites que ellos para él. Se recordará que algo semejante decíamos de Júpiter. No hay duda que no está lejano el día en que el continuado perfeccionamiento de los instrumentos de óptica nos resolverá este enigma, más fácilmente aún que los que encierran otros planetas de nuestro sistema, porque hay que advertir que Saturno soporta mucho mejor los grandes aumentos que Marte y Júpiter.

¡Qué espectáculo tan maravilloso el que ha tocado en suerte a los habitantes de los nuevos satélites! Desde Mimos, por ejemplo, Saturno ocupa en el cielo diez y siete grados; es decir, que se ve novecientas veces más extenso en superficie que la Luna llena, y el anillo desde el mismo planeta se extiende como una línea de luz celeste a través de noventa y tres grados... ¡Como si dijéramos la mitad del cielo! ¡Qué noches las de esos mundos!... Víctor Hugo, sin embargo, de tantas bellezas, sugerido tal vez por la antigua idea del Saturno fatídico, coloca en este planeta una especie de infierno... ¿Por qué? Por lo demás, no ha habido opinión humana, por peregrina que sea, que no se haya expresado respecto de Saturno. ¿No creía el inmortal Hershell [sic], por ejemplo, que Saturno es rectangular?

Se han observado, en los satélites de este astro, y especialmente en Japet, ciertas variaciones de brillo que parecen demostrar que giran alrededor de su planeta, mostrándole siempre la misma cara, como hace la Luna con la Tierra.

En cuanto a sus dimensiones, a Titán, no obstante que a la enorme distancia a que se halla aparece apenas como una estrella de octava magnitud, se le ha reconocido un diámetro de medio segundo, el cual corresponde a 1.600 leguas. Por consiguiente, es mayor en volumen que Mercurio y Marte. Japet tiene mil leguas de diámetro, es decir, casi el diámetro de Mercurio. Rhea parece tener el diámetro de nuestra Luna. Los otros cinco miden de 200 a 500 leguas de diámetro. El noveno no está aún suficientemente observado, y apenas si uno o dos grandes instrumentos han podido encontrarlo. Respecto de las variaciones de brillo de que hablamos arriba, y que por ahora constituyen el único fenómeno advertido en los satélites de Saturno, recomendamos a nuestros oyentes el laborioso estudio de nuestro consocio Lucian Rudaux, publicado en el Boletín de la Sociedad Astronómica de Francia, correspondiente a junio último. Las variaciones notables -dice el mismo-, particularmente para Japet, y señaladas hace dos siglos por Cassini, son probablemente debidas a la presencia de manchas que obscurecen una parte de estos globos. Una vez admitido esto, pueden esperarse algunos detalles sobre el movimiento de rotación de los satélites, por medio de largas series de observaciones, que pondrán en evidencia variaciones periódicas.

* * *

Llegamos en nuestro largo viaje a los planetas Urano y Neptuno. Desgraciadamente, en estos no cabe más que la conjetura y la suposición gratuita, pues que de ellos sabemos apenas por el espectroscopio que hay en su atmósfera gases que no existen en la Tierra. Urano tiene cuatro satélites conocidos, los cuales muestran, por cierto, la sorprendente particularidad de no girar como los demás, es decir, del Oeste al Este, sino del Este al Oeste, y en un plano casi perpendicular a aquel en que el planeta se mueve. Llámanse estos cuatro satélites Ariel, Umbriel, Titania y Oberón, pero los cuatro en los más poderosos anteojos aparecen como leves puntos de luz y, por lo tanto, nada debe afirmarse de ellos, así como tampoco del número total de satélites, que es, sin duda, mucho mayor que el de los de Saturno, si hemos de guiarnos por la proporción directa de que hemos hablado al principio. Estos satélites deben ser bastante voluminosos y sin duda sus condiciones máximas de habitabilidad se refieren a la época en que su mundo central era aún un sol. A Neptuno se le ha descubierto un satélite... un punto matemático perdido casi en las riberas de nuestro sistema planetario. Del mismo planeta central lo ignoramos todo. ¿Qué podríamos decir de sus satélites? Apenas que, dada la misma proporción, deben ser más numerosos que los de Urano si han de luchar victoriosamente con el eterno crepúsculo de aquel mundo, crepúsculo en que, por lo demás, los ojos de sus habitantes deben ver tantos como lo que nosotros vemos en la deslumbradora vecindad del Sol, cerca del cual se mueve nuestra Tierra como una inmensa mariposa...

No concluiré este humilde trabajo, que mucho me temo haya fatigado asaz vuestra atención, sin decir algunas palabras sobre los asteroides. Diréis que estos no son satélites, y diréis muy bien; mas algo hay que nos hace asimilarlos a estos últimos instintivamente, quizá su pequeñez; y, sobre todo, sus condiciones de habitabilidad parecen ser más probables que las de muchos otros cuerpos de nuestro sistema planetario.

Ninguno de ustedes ignora que, dentro de la notable ley de Bode, había entre Marte y Júpiter una laguna correspondiente al número 2.8. Esta laguna la empezaron a llenar desde principios del siglo XIX los asteroides, el número descubierto de los cuales es ya considerable. Los cuatro primeros asteroides, por orden de antigüedad, son Ceres, Palas, Juno y Vesta. ¿De dónde proviene tal enjambre de mundos telescópicos? De la ruptura de un gigantesco anillo destinado a generar un planeta, dicen algunos, Júpiter, se afirma, impidió que se formara un núcleo definido entre él y Marte, turbándolo con su poderosa atracción. Los tres primeros asteroides que hemos mencionado, a saber: Ceres, Palas y Juno tienen por término medio cien leguas de diámetro. Ceres es poco más o menos a la Tierra lo que esta es a Júpiter; en efecto: es 1.300 veces inferior en volumen a ella, pero como hemos dicho ya, el volumen de un planeta nada significa para su habitabilidad. La escala de los seres va desde el coloso hasta el organismo microscópico... ¿Qué es, en suma, la dimensión? Una palabra, como el tiempo y el espacio...

Se ha comprobado por el análisis espectral que en muchos de estos asteroides hay atmósfera, especialmente en Vesta. Además, si estos asteroides tuviesen por génesis la dislocación de un planeta primitivo, opinión que es asimismo muy socorrida, nada tendría de extraño que hubiesen sobrevivido en ellos gérmenes de faunas y de floras que se habrían modificado solamente por la razón de la diferencia de pesantez... Respecto de las formas de esos asteroides, hay que decir que no todos son esféricos. Algunos son poliédricos y probablemente la variedad de formas de los aún no conocidos suficientemente, es inmensa. Si estos asteroides estuviesen habitados; si hubiese en ese archipiélago sideral, como en otro tiempo en el divino archipiélago griego, una gran intensidad de vida, sin duda que los habitantes de cada pequeño mundo se comunicarían fácilmente con los demás. En efecto, la distancia que separa a unos de otros es a veces insignificante. La órbita del planeta Cloto, por ejemplo, se aproxima a la del planeta Juno hasta la distancia de doscientas sesenta leguas, de suerte que los dos planetas, con la separación mínima de sus órbitas, cabrían perfectamente en uno de los grandes Estados de México. ¡Qué hermosa solidaridad reinará en esa República ultra-marciana..., qué maravilloso concierto de señales, a las cuales, algo análogo a las ondas hertzianas llevará el pensamiento de uno a otro mundo!